Volverte a ver (Volver 1) 17 #3
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Musito emocionada. Creo que entendió mi mensaje y yo, que siento timidez por este momento tan íntimo que se ha gestado, comienzo a reír, ¡los nervios me tienen mal!

Él también lo hace y yo me relajo. Parecemos dos adolescentes hipnotizados ante estas confesiones. Así que, amenizando el momento, porque ahora sí que se siente tranquilo, Javier esboza esa bendita sonrisa pícara que me encanta y dice:

—¿En serio han pasado cosas?, porque me muero por saberlas.

Me vuelvo a reír y le cuento todo.

La atmósfera ha cambiado y me siento en confianza, para comentarle lo que ha pasado.

Al profundizar sobre el italiano y los argentinos en Cartagena, rueda los ojos con diversión, pero en el fondo, tiene recelo de que le hable de lo que, según él, a mí me gusta tantísimo, los extranjeros, pero no dejo de ver aquello, como si tuviera celos y reconozco, que me encanta saberlo.

Entonces, sin darle más detalle, pues ya dejó ver su molestia con el tema de esos hombres, le hago saber que, gracias a esas experiencias y a otras no tan buenas, he desistido de las redes sociales, porque, al darme cuenta de que los idealizaba tanto,

no era consciente de sus verdaderos colores y se parte de risa, cuando le comento lo que hice con uno de los alemanes en el baño de aquella fiesta del congreso.

Sutilmente, deja entrever su interés por saber, si en serio me siguen gustando o no, pues aún tiene en su retina la imagen del español y yo montándonos al taxi y me explica con vehemencia, lo que sintió al ver aquello.

Al observar su pequeña rabieta, omito hablar de Vladimir y mucho menos contarle, que entre el español y yo hubo un beso sin sentido, pues me parece innecesario, nunca más lo voy a volver a ver y ya para que esté tranquilo, le confieso,

que ninguno de ellos se compara con lo que él ha hecho en la ciudad conmigo y que no significan nada aquellas personas, pues sólo fueron experiencias.

Sonríe con mi respuesta y aunque yo también le muestro, que mi gusto por él sigue latente, Javier me atraviesa con esa mirada misteriosa, leo en ella que sopesa muchas cosas, como un debate interno que guarda, pero nada, no dice nada y aunque ya me dijo que le gustaba, quiero confirmar que le gusto,

en tiempo presente y no pasado.

Entre risas, nos vamos hacia su espectacular Lamborghini aventador y yo ya no sé qué esperar después de esto, pues mi cuerpo, aunque está revolucionado por sexo al recordar lo de ayer, no estoy segura de su actitud, porque como raro, no puedo leerlo.

El trayecto es calmado y veo a Javier conducir con una mano en el volante y la otra en la palanca de cambios, ¡que sexy se ve!, cuando llegamos al hotel, mi libido no puede estar más por las nubes, así que, me separo de él un poco y voy hasta la recepción por la tarjeta de la suite.

Javier me espera con las manos dentro de los bolsillos y cuando voy hacia él, me coloca una mano en la espalda para dirigirnos hacia los ascensores. En aquel espacio pequeño, no puedo mirarlo, porque si no dejaría ver todo lo que siento, así que solo sonrío y por sus exhalaciones, sé que está igual.

Caminamos lento hacia la puerta de la habitación y vuelvo a sonreír, al mirar ese punto en el que ayer el ingeniero me dejó más caliente que un volcán, me volteo hacia y le digo:

—Muchas gracias por la invitación y por haber soportado de mí todo por esta cena.

—Fue un verdadero placer.

Contesta con agrado.

Entonces, se acerca y cuando voy a abrir mi boca, porque lo inminente va a pasar, ladea su rostro y me da un beso en la… ¿mejilla?

«¿En serio?»

«¿En serio no me va a besar en la boca?»

—Yo también la pasé muy bien.

Contesta a casi unos centímetros de mi boca y luego, se retira de mí para buscar algo en el bolsillo interno del saco.

—Esto es tuyo. Palabra cumplida.

Sonrío, pues me está entregando mi tanga y lo miro con picardía, ¿todo el tiempo la tuvo ahí?

—Muchas gracias.

Susurro y contemplo sus ojazos. Leo diversión, picardía, altivez, deseo, ¿en qué pensará?, ¿tendremos sexo?, minutos después de contemplarnos, lo escucho:

—Que pases buena noche.

Repone y yo alucino, ¿en serio?, y cuando veo que se va a ir de mi lado, llamo su atención sin moverme de mi lugar:

—¿En serio?

—¿Qué?

—¿En serio te vas a ir?

—Claro, es tarde.

Lo observo con desafío por unos segundos y luego miro mis uñas con inocencia fingida, para decir:

—Entonces, todo lo que hiciste para trasladarme de ciudad, llamar mi atención e incluso lo que dijiste que sentías por mí esta noche, ¿se va a ir por la borda?

Me observa por un momento antes de responder, sopesando de nuevo su respuesta:

—No lo creo. Hemos pasado una noche estupenda…

—¡Oh!, ¡qué lástima entonces!

—¿El qué?

Frunce el ceño.

—Tanto calentón para nada, ingeniero Morantes.

Suelto con diversión y su sonrisa se ancha.

—Doctora Martínez, ¿usted caliente por un traicionero y solapado bogotano?, no la creí capaz.

Se va caminando lentamente hasta el ascensor y oprime el botón.

Abro la boca de sorpresa. Su sarcasmo y toda su actitud llena de chulería, es porque aún está dolido por mi comentario y disfruta con provocarme a cada rato.

«¡Vaya!»

—Dios, que obstinado eres, ¿algún día me perdonarás?

La puerta del ascensor se abre y antes de entrar, me mira con intensidad para responder:

—Tal vez. Pero esta noche, no.