17 #2
—Luego de media hora de vuelo, nos tocó hacer un aterrizaje de emergencia, el peor de mi vida, quedándonos en medio de la nada, sin señal y con un helicóptero, que solo servía como choza, para pasar una porquería de noche y así, al otro día, buscar a pie, el primer caserío y pedir ayuda.
Ahora te pregunto, ¿cuál es tu explicación por haberme dejado plantado por casi cuatro horas ayer?
¡De piedra!
No sé qué decir, porque no esperaba aquello. Su voz firme al hablar en contraste con la sorprendente historia, no me da cabida a la duda, ¡en realidad le pasó todo eso!, y me siento terrible, inmensamente terrible por él.
—Todo se explica, aunque no voy a minimizar lo que sentí.
—No digo que no, pero debiste escucharme. En cambio, tú, por miedo a lo absurdo, hiciste las cosas sin justificación, ¿cómo pudiste creer que te dejaría plantada esta vez, después de todo lo que he aguantado, para conseguir que salieras conmigo?
Cierro los ojos con dolor. Visto de esa forma, estuvo mal, muy mal. Suspiro, pues ya no hay vuelta de hoja. En parte tiene razón y de piedra me deja de nuevo, cuando finaliza:
—Ni te imaginas lo que sentí ayer, cuando te vi partir del brazo de aquel idiota.
En su mirada hay enojo, pero más que eso, decepción. Siento mucho que lo haya sufrido, pero ya que toca ese tema, le voy a decir unas cuántas, porque si de sufrimiento vamos a hablar, este no sabe con quién se está metiendo.
—No, Javier, eres tú el que no tiene ni idea de lo que he sentido, en todo este tiempo, chateando contigo.
Frunce el ceño, pero yo ya no puedo parar.
—Esa noche, mientras te esperaba en el hotel y ver que nunca llegaste, fue solo el doloroso despertar de que no había sido correspondida.
Ahora el que me mira con sorpresa es él y por un momento, su decepción se convierte en arrepentimiento:
—Irina, yo…
—No. Ya te escuché, ahora lo vas a hacer tú.
Suspiro para tomar aire y suelto:
—Los días que pasamos en Cartagena y que compartimos con mis amigos, fueron maravillosos y no puedes negar que, entre tú y yo, había algún tipo de conexión. Fue evidente para todos y sé que, para ti, tampoco pasó desapercibido.
» Pero no sé qué fue lo que te pasó en el aeropuerto, estabas muy raro dándome unos cortes incómodos cuando lo que quería, era volver a conectar contigo y ni hablar de lo que pasó después, ¿quieres que te confiese algo?
—¿Qué?
Musita boquiabierto.
—Al ver tu porquería de actitud tan distante, frente a mi insistencia por chatear contigo y mantener una amistad así fuera virtual, te eliminé de mis contactos.
—Pero habías dicho, que tus contactos se habían eliminado de tu celular y…
—Pues, ya ves que mentí, ¿para qué iba a guardar tu número si siempre te ibas a portar como un canalla?
Cabecea con desaprobación.
—Entonces, ¿para qué seguiste chateando conmigo?
—Porque tú tenías la iniciativa, Javier y yo, como una tonta, pensaba que hacías eso porque sentías algo por mí. Pero cuando me dejabas en visto sin razón alguna, la amarga realidad me golpeaba una y otra vez de que me hablabas solo por distracción, no por lo que habíamos sentido en Cartagena.
—No lo puedo creer…
Se pasa la mano derecha por su espesa cabellera castaña. Sigue incrédulo ante la confesión.
—Si, ya sé que toda esta película me la hice yo, son cosas de mujeres, pero nunca te hice ningún reclamo, solo ahora, que estamos explicando la situación.
Javier gesticula. Veo que está turbado y antes de que diga algo, le suelto:
—Pero ya no te preocupes por eso, aunque me gustabas un montón, supe que debía dejar de ser tu entretenimiento esa misma noche del desplante y aunque me diste tus razones, ya ves que todo pasa por algo.
Silencio. Eso es lo que se hace, al finalizar la confesión, que llevaba guardada martirizándome y si antes él quería decir algo, ya no.
Solo nos miramos por varios minutos y no sé por qué siento, que su mirada me traspasa.
Sus enigmáticos ojos me confunden a ratos y cuando se da cuenta de cómo lo estudio, suelta:
—Nunca fuiste una distracción.
—Ah, ¿no?
—No.
—Explícamelo, porque se me hace difícil entenderlo.
Le digo en sorna y bebo mi copa de vino. De soslayo, se acerca el mesero con los platos, ¡qué bien!
—Irina, tú también me gustabas.
¡De piedra!
«¡¿Quééééééééééééé?!»
Me quedo estática, tanto que, me atraganto y debo pedirle disculpas al mesero, porque casi le escupo todo el contenido de mi boca en su brazo.
Estoy boquiabierta, mirando su expresión tranquila. Esta mirada si la conozco, dice la verdad, porque es la misma de hace unos minutos, con su historia del helicóptero.
Pasan los segundos y me desespero.
El camarero es muy lento sirviendo todo y yo necesito saber más acerca de esto, ¡no lo puedo creer!, así que apenas se va, suspiro en señal de que necesito que continúe y él lo entiende, ¡gracias a Dios!
—Siento que hayas sufrido mis vacilaciones. Nunca pude ser más consciente de haber hecho eso.
Lo miro por un momento esperando a que añada algo más y al ver que no lo hace, arqueo ambas cejas y cuestiono:
—¿Me estás diciendo, que sabías lo que hacías?
—Claro.
—Pero, ¿por qué?
Se queda observándome con la misma expresión tranquila y comienzo a entender, que cuando me mira así, es porque está buscando como decir lo que tiene por decir, para hacerlo digerible. Así que, para ayudarle, le apremio:
—¡Dilo ya!
Lo mío no es la paciencia como la de él, así que, sonríe con tristeza y contesta:
—Es muy difícil competir a distancia, con la idealización que tienes sobre los extranjeros. Así que, simplemente, desistí.
¡De piedra!
¡De concreto!
¡De diamante!
De lo más duro que pueda existir sobre la tierra, así me quedo con lo que dice. Sigo atónita sin poderlo creer, pero como estoy ávida de información, balbuceó:
—Pero… pero, ¿qué estás diciendo? —Suspiro. Esto es irreal— ¿Qué te hizo pensar aquello?
—Que, ¿cómo lo pensé? —replica con sutil ironía—. Te encargaste de ser muy clara, Irina.
Ahora, en tono serio, agrega:
—Cuando cenamos esa noche en Getsemaní, no dejabas de hablar de que la noche anterior, habías quedado con un italiano, incluso alardeabas de lo bien que besaba.
De que tus extranjeros favoritos son los alemanes, no parabas de volar en una nube al referirte a ellos y ni hablar de cómo mirabas a los argentinos del hostal…
¡Dios mío!
Ya ni sé cómo estoy, si de piedra o qué. Me siento fatal con lo que cuenta, pero sigue, está imparable:
—Fuiste demasiado específica y expresiva en lo que querías para ti y finalmente, me diste el golpe mortal, cuando dijiste que odiabas Bogotá y que no te gustaban los rolos, porque eran lo más traicionero y solapado del mundo, ¿cómo crees que iba a recuperarme de semejante cosa?
Resoplo. Aun con sus razones muy válidas, sigo sin entender algo y me comienzo a desesperar. Así que, intento reprimir mi tono de voz por el lugar en el que estoy e inquiero:
—Y si viste que no había oportunidad conmigo, ¿por qué seguías chateando y dándole likes a mis fotos? Porque esa maldita montaña rusa de día sí día también que hablabas y luego desaparecías, era insoportable.
—Porque a pesar de tu lista de perfecciones que buscabas en un hombre, no quería perder el contacto contigo.
Me dice como soltando un peso de encima. ¡Vaya! Él también tenía cosas reprimidas y continúa:
—Y cuando me ilusionaba chateando contigo, me recordaba una y otra vez tus malditos gustos, así que, por eso, finalizaba las conversaciones.
No tenía caso insistir, si ibas a seguir hablando con esos extranjeros, por esas redes que tanto te gustan y preferí mejor dejarlo; pero por lo que veo, has conseguido lo que quieres, pues me quedó clarísimo anoche cuando te vi con ese.
—¡Dios mío!
Gimoteo. Toda esta conversación es alucinante, ¿qué ha sido todo esto?
—¿Te queda claro? o, ¿tienes alguna otra duda?
Finaliza Javier con la respiración agitada.
Silencio. No puedo seguir respondiendo, porque todo me parece de otro mundo.
Me doy un tiempo para responder y al parecer, él también.
No tiene sentido seguir echándonos en cara todo lo que sentimos, si no damos brazo a torcer, pues se supone que esta cena es para aclarar las cosas y no quedar como si fuéramos enemigos.
Entonces en un tono más conciliador, le digo:
—Creo que, ya todo quedó muy claro, ¿no?
Javier asiente y le da un sorbo a su copa de vino.
—Si.
Susurra con algo de aprehensión.
Comenzamos a cenar y dando gracias, de que nuestros platos aún están tibios, lo hacemos en silencio, pero es un silencio con reproche, ¿por qué nos portamos así si no somos nada?
, ¿acaso estas confesiones servirán de algo para el futuro?
porque, aunque me gusta Javier, no dejo de pensar en qué va a parar todo esto.
Entonces, para suavizar el ambiente, me termino de sincerar con él, pues no quiero que nada de lo que haya hecho o dicho lo sienta personal.
—Aunque las cosas hayan quedado claras, si quiero pedirte disculpas por mis prejuicios —Javier deja de mirar su plato para clavar su miel en mí y yo suspiro—. No te imaginas todo lo que ha pasado, para darme cuenta de lo equivocada que estaba en algunas cosas.
Aquello, me sale con un tono mucho más triste del que hubiera querido, pero tiene un impacto en el ingeniero de manera positiva. Al parecer, haber abierto mi corazón y decir esto, le caló, porque ahora, me mira con afecto. Eso me da fuerza para seguir, así que continúo:
—La primera vez, que vine aquí, no fui muy bien tratada y me llevé una mala imagen de la gente y del lugar, porque el bendito frío es insoportable. Pero ahora ha sido diferente y ha sido gracias a ti, eso no lo puedo negar.
Sonríe, le hace gracia lo del clima.
—Me alegra saber, que he cambiado tu perspectiva. En esta ciudad hay demasiadas cosas estupendas y aunque prometemos nada con el cambio del clima, podemos compensarlas con otras.
—Eso ya lo creo.
Le digo mirándolo a los ojos, quiero que comprenda, que lo que hace espectacular a esta ciudad es él.
Luego contemplarnos, y, ¡vaya qué miradas!, dice con firmeza:
—Volverte a ver ha sido… ¡Wow!
—Igualmente, ingeniero.