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Estoy en la tina tomando un esponjoso baño, detallando la imagen que me envió en la mañana con el mensaje. Fue el único del día y la verdad, he estado tan ansiosa, que ni le he escrito nada acerca del tema.
En aquella foto, Javier sostiene mi bonita tanga en su mano abierta y por lo que observo alrededor y detrás del primer plano, frunzo el ceño.
La maximizo con mis dedos y abro la boca de la sorpresa, pues por lo que se muestra, fue tomada en su oficina, ¡Dios mío!
, y aunque eso me parece algo depravado, debo admitir, que me enciende, ¡¿qué hace él con mi tanga en su lugar de trabajo!
?, y lo más importante, ¿por qué me ponen este tipo de cosas?
Dejo el celular a un lado y me sumerjo para disfrutar del agua calentita, que acaricia mi cuerpo. Puedo disfrutar de esto, porque tengo tiempo antes de verme con Javier y porque, con tanto ajetreo, no había podido disfrutar de la tina.
Pronto son las ocho de la noche y ya tengo en mente qué voy a vestir. Así que, con una toalla alrededor de mi cuerpo, tomo el secador de cabello y comienzo a peinarlo, mientras repaso con mimo el vestido elegante sobre la cama y los zapatos que están al lado.
Esta vez, opté por uno aguamarina, largo con escote en corazón y varios detalles brillantes en el busto. Es sutil pero hermoso y los stilettos plateados le dan ese toque sensual pero elegante. Así quiero verme y aunque lo dudé por mucho tiempo, me decanté por ese estilo para impresionar.
Estoy colocándome el vestido, batallando con la cremallera, que está detrás, pero que no alcanzo, cuando escucho que tocan la puerta.
Frunzo el ceño, pues no he pedido nada y no creo, que sea el servicio al cuarto.
Parapetada con mi vestido, abro la puerta y…
¡De piedra!
Comienzo a dudar de la seguridad de este lujoso hotel, al ver al motivo de mis lascivos pensamientos en el umbral, perfectamente vestido en un traje azul oscuro de esos muy costosos, que le entallan su perfecto y gran cuerpo.
Con rapidez, recojo mi mandíbula del piso y él, al ver mi gesto, me pregunta que, si puede pasar y yo, ¡claro! , ¡le digo que sí!
Sonríe de esa manera ladina, que me encanta y cuando estamos dentro, extrañamente, se calienta el ambiente caliente, ¡Dios mío!
Nos miramos. Nos deseamos. Pero corta el momento, ladeando su rostro como queriendo ver tras de mí en el reflejo del espejo y me dice:
—¿Necesitas ayuda?
Asiento como una lela. Está impresionante y huele delicioso, más hipnotizada no puedo estar.
Le doy la espalda y él sube lento y suave la cremallera. Siento su respiración acelerada en mi nuca y creo, que comienzo a estremecerme de deseo. Él termina y observo desde el espejo, que se queda contemplando mi espalda a escasos centímetros de mí.
En sus ojos brilla la lujuria, pero para acabar el momento, porque si no, me lo como vivo en aquella cama, que me grita mil cosas para hacer con él, me volteo y le digo:
—Muchas gracias.
Asiente con satisfacción, pero queriendo saber algo, le pregunto:
—¿Cómo le has hecho, para aparecer aquí dos veces, como si esta fuera tu casa?
—Lo es.
—¿Perdón?
—Dije, que lo es. Esta suite es mía. Mi espacio personal.
Yo lo miro sin entender y se apresura a explicar.
—Manejo también negocios con hoteles y a cambio, puedo tener varias suites a mi disposición.
«¡Vaya con el jefe!»
Javier no deja de impresionarme con las cosas “normales” de su ciudad natal, pues nada de esto lo hubiera pensado, con apenas haberlo conocido en Cartagena. Esa imagen, ahora dista mucho de la realidad.
Entonces, mirando el reloj de pared, le indico:
—Llegaste muy temprano y discúlpame por no atenderte como se debe, pero debo seguir arreglándome. Tengo una cita.
Me siento en el lateral de la cama y Javier, aun con su sonrisa, me sigue y cuando ve que voy a ponerme los stilettos, se agacha para ayudarme y cerrar la fina correa alrededor de mis pies, mientras señala:
—Siento presentarme así, pero algo dentro de mí gritaba, que debía venir temprano.
Me quedo en silencio, al tiempo que, hace lo mismo con mi otro pie de manera suave y delicada, ¿cómo puede hacer de ese simple movimiento algo tan sexy?
Tenerlo a mis pies, se me hace la imagen más provocadora del mundo, mientras sigo ignorando el llamado de aquella cama y luego, al entender lo que quiso decir, sonrío.
—¿Quisiste venir temprano, porque pensaste que te iba a dejar plantado?
Se encoge de hombros.
—También.
Frunzo el ceño.
—¿También?
Replico y Javier me da la mano, para levantarme y frente a frente, clava su mirada miel en mis ojos.
—Quería asegurarme de salir de aquí contigo, para alejar a cualquier estúpido extranjero, que se lleve mi cita a otro lugar.
«¡Vaya!»
Su tono posesivo con algo más, me encanta y cuando ya no podemos de las miradas electrizantes, vuelve a cortar el momento, eso sí, como siempre sabe hacerlo y comenta:
—Te esperaré en los muebles, mientras terminas de arreglarte.
Por unos minutos, me quedo desconcertada y con algo de rabia.
Sus malditos cortes, que ya no recordaba, me escuecen el bendito genio; pero ignorando aquello, procedo a arreglar mi cabello en un moño desenfadado y me maquillo con suavidad.
La mirada ardiente del ingeniero, la siento quemar mi piel, desde la distancia.
Al cabo de varios minutos, me doy cuenta de que aún no llevo joyas y cuando voy a voltearme para buscar unas, ya tengo a Javier tras de mí de nuevo, ¡qué apariciones más tensionantes, pero deseosas!, me mira y me entrega una bonita caja de terciopelo, que ha sacado de su saco.
—Espero que te guste.
La abro y quedo de nuevo de piedra… de piedra y boquiabierta.
Es un collar de perlas muy fino con algunos toques de brillantes, acompañado de sus respectivos pendientes igual de elegantes y mirándolo de nuevo con provocación, musito:
—¿Podrías…?
Sonríe entendiendo mi pregunta y como hace unos minutos atrás, se sitúa a mis espaldas, mientras me estudio en el espejo.
Los leves toques de sus dedos sobre mi piel, me estremecen y cuando termina, me pongo los aretes y nos contemplamos por unos segundos en el reflejo. La tensión sexual, que no queremos admitir, sobre todo él, se niega a dejar la suite.
—Perfecta.
Y sí, me siento perfecta, así como él lo está con su imponente imagen.
Me da su brazo y salimos juntos hacia el lobby. Al parecer, por fin tendré una espectacular noche con Javier.
Luego de un viaje casi en silencio, en donde vi de nuevo a un Javier taciturno y circunspecto, llegamos a un lujazo de restaurante que se llama, Viva la vida y me quedo boquiabierta.
Pues, si ayer pensé, que el restaurante al que fui con Enrique era lujoso, al lado de este es nada, ¡todo es elegancia!
En la entrada, hay un hostess que nos recibe y tras confirmar la reserva, nos lleva hacia la terraza, en donde están las mejores mesas. La música clásica endulza suavemente el lugar y cuando hemos hecho nuestro pedido de la cena, me aventuro a romper el hielo:
—Bueno, tú dirás…
Él me mira intensamente y puedo ver en sus ojos indecisión. Está algo nervioso, por cómo mueve sus dedos en la rodilla y yo sonrío para intentar leerlo, pero como varias veces pasa, me es imposible.
—No sé por dónde empezar…
Comenta.
—Pues, podemos comenzar explicando, por qué me trajiste aquí.
No quito mis ojos de los suyos, para que entienda la seriedad del asunto y agrego:
—Y no me refiero al restaurante, si no aquí, a la ciudad. No puedo negar, que me he sentido muy bien atendida en tu suite, en tu empresa y en el trabajo que he desempeñado, pero no dejo de pensar, en cuál ha sido la razón verdadera de mi traslado…
Le suelto y por cómo me está mirando, de una vez procedo a decirle:
—Y no me salgas con eso de que necesitabas una optómetra, porque tú y yo sabemos, que mi trabajo bien lo hubiera podido hacer algún docente.
Javier sonríe, le hacen gracia mis palabras, pero para mí es muy importante. Así que, tomando aire, procede a explicarme:
—Para llegar a eso, debes saber primero que, lamento mucho haberte dejado, según tú, plantada aquella noche.
Boquiabierta me quedo con eso que acaba de decir, así que le digo con retintín:
—¿Según yo?, mira, Javier, empezamos mal. No me saques la piedra con ese tema. Sabes muy bien lo que hiciste y si estamos hablando, es porque debemos aclarar las cosas, no complicarlas más.
—Tienes razón, pero no te dejé plantada porque sí.
A eso me refiero, cuando digo, “según tú”, porque no escuchaste mis razones.
Intenté por todos los medios buscarte, explicarte lo que había pasado, pero nada.
Tu silencio fue doloroso, porque no quería que tuvieras esa impresión de mí, así que por eso hice lo que hice.
—¿La idea ridícula de necesitar optómetra de otra ciudad?
—No fue una idea ridícula. Requerimos, en serio, un profesional idóneo en esa área por el cambio de normatividad y solo aproveché las circunstancias. Necesitaba verte para explicarte todo.
Lo analizo y por la manera en que me mira, siento que dice la verdad, entonces, vuelvo a la carga:
—No creo que una plantada necesite justificación, Javier.
—Claro que sí.
—Ya no es necesario y…
—¡Escúchame!
Sisea con enfado y yo cabeceo en silencio.
De repente, no quiero saber las excusas estúpidas que va a darme, pero recordando lo que me dijo Vladimir en la mañana, hago un esfuerzo por hacerlo y suspiro.
—Para esos días, estaba en Villavicencio, haciendo nuevas contrataciones y arreglando un tema con un potencial socio. Se suponía, que esa misma tarde del jueves estaría aquí para vernos, pues la verdad, quería volverte a ver.
» Pero todo se fue a la mierda, cuando el piloto me informó, que una de las hélices del aparato no estaba en buen funcionamiento y aun así y con el riesgo de que una catástrofe pudiera pasar, le dije que voláramos…
«¡¿Qué?!»
Mi boca comienza a abrirse de la sorpresa, ¿en serio pasó todo eso?, y sigue agregando: