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Regresamos al hotel a eso de la una de la mañana y luego de que Enrique, se despidiera de mí con cierta picardía, nos vamos a nuestras respectivas habitaciones.

Estoy circunspecta. Camino como un zombie, pues la noche fue un tanto extraña. Fuimos a comer a Wan, un restaurante muy famoso de comida japonesa. Hablamos, reímos y en un momento del clímax de la diversión, se acercó a mí y nos besamos.

Fue lento y totalmente consensuado entre ambos y aunque me tomó por sorpresa su iniciativa, estaba tan enojada con mi jefe, que le seguí el ritmo al beso desfogando mi rabia, pero, ¿qué creen?, el beso no me encendió ni medio pelo.

Nada, absolutamente nada. Lo sentí vacío, sin emoción y aunque el español se veía apasionado, la verdad, yo estaba pensando en otro.

En su deliciosa humedad, en su entrega, en su masculinidad, en su arrojo a pesar de la cachetada. Ese ardiente beso que, sí me había excitado, no como lo fue este, que lo correspondí por mera educación, tratando de esconder mi enojo por Javier.

«¡Como te odio!»

Y con la rabia todavía latente, por el desplante de aquel descarado, coloco la tarjeta en el sensor, mientras suspiro calmando la ira.

—¿La pasaste bien con aquel extranjero?

¡De piedra!

Del susto, doy un grito ahogado y volteo rápidamente, para ver casi que, en mi rostro, los ojos fúricos de Javier.

—Pero, ¿qué mier…?

Intento balbucear, pero él es rápido y me acorrala entre su cuerpo y la pared.

—¡Responde!, ¡Maldita sea!

Grita, pero yo aún no reacciono, ¡¿qué hace aquí?! Estoy como una tonta detallando su gesto enojado y sintiendo al mismo tiempo mi entrepierna palpitar, ¿en serio estoy excitada por verlo enojado?

Soy incapaz de responder. Estamos muy cerca el uno del otro y nuestras respiraciones son demasiado agitadas, la de él por rabia y la mía…

por excitación, ¡Dios mío!, ¡al final si va a ser que estoy loca!

, pero recordando de nuevo la ira, que me nace desde lo más profundo de mi ser, lo empujo con todas mis fuerzas, él, si acaso se mueve, es muy alto y grande, pero me importa una mierda, ¡me dejó plantada!

—Pues sí, la pasé muy bien. ¡Eso es lo que pasa, cuando te dejan plantada por segunda vez!

—Pero, ¡¿de qué estás hablando?!

—¡Que me dejaste plantada por segunda vez!, ¡¿qué parte de eso no entiendes?!

—¡¿Plantada?!, ¡¿tú?!, pero, ¡si yo he sido el que ha estado aquí plantado por más de cuatro horas!, ¡explícame eso!

Nos miramos. Nos retamos. Estamos muy, pero que muy enojados y en un segundo de cordura que tengo, rebusco entre mis cosas el bendito celular, lo enciendo y llegan como si fuera lluvia, miles de notificaciones, llamadas, mensajes de texto, mensajes de todos los lados que existen,

mientras veo de nuevo los ojos fúricos de Javier sobre mí, ¡ay Dios mío! , ¡qué sexy se ve!

—Javier… —Intento decir en un tono conciliador—, no llegabas y luego Enrique apareció y…

—Me importa una mierda, tú y yo teníamos un plan.

Sisea ofendido de nuevo con la llama de la ira en sus pupilas.

—¡¿Qué querías que hiciera?!, ¡me dio miedo sentirme otra vez, como una idiota frente a tu desplante!

—¡¿Sentirte como una idiota?!, ¡¡Te envié un mensaje a las nueve en punto, informándote que estaba en el lobby!!

«¡Ay, no!»

¡De piedra otra vez!

Reviso el mundo de mensajes que tengo y cierro los ojos arrepentida, pues el ingeniero tiene razón. En el WhatsApp hay un mensaje, que pone exactamente, lo que él acaba de decir.

—Lo siento.

Susurro, pero él sigue enojado, muy enojado.

—Acaso, ¿esto fue algún tipo de retaliación o de venganza por haberte dejado, según tú, plantada la otra vez?

—No, no lo fue y…

—¿Sabes qué?, mejor no digas nada, porque… porque…

Lo veo indeciso, titubeante. Veo que hace de nuevo aquel juego del triángulo y podría pensar, que está igual de excitado que yo. Entonces, concluyendo su indecisión, soy la que acorta la poca distancia y lo beso.

No lo dejo pensar, solo lo beso y él responde. La danza se vuelve profunda, erótica, húmeda, solo nos separamos unos segundos para respirar y volvemos a asolar nuestras lenguas juguetonas y ávidas de encontrarse a cada segundo.

En un movimiento reflejo, subo la pierna izquierda por su pierna derecha y él profundiza su rodilla en medio de las mías, ¡Wow!, ¡qué excitante! Me aprieta contra él y se separa unos milímetros, para decirme sobre mi boca:

—Me dio rabia verte con ese imbécil. ¿Lo conociste por esas redes que te gustan?

Niego con la cabeza, mientras siento como acaricia mi pierna izquierda, que aún la tengo enroscada en su pierna derecha y apretándose más hacia mí, desliza su mano hacia mi entrepierna. No me quita su acaramelada mirada de mis ojos negros y le digo:

—Es alguien sin importancia, que se hospeda aquí mismo.

—Ah, ¿sí?

Replica y ahoga mi gemido en otro beso, mientras asola mi clítoris inesperadamente, con sus dedos maestros.

No me da tregua y yo levanto más la pierna, para darle cabida dentro de mí, pero, ¿qué estamos haciendo?

De repente, soy consciente del lugar. Estamos aún en el pasillo del hotel, al lado de la puerta de mi habitación, con Javier aquí masturbándome, poniéndome caliente y sintiendo su dura erección en mi vientre, ¡qué excitante! , ¡solo espero que nadie nos vea!

Termina de besarme, saca los dedos de mi húmeda cavidad y me los muestra con una expresión de autosuficiencia, ¡están empapados!

, y en un inesperado movimiento, Javier los lame de la manera más depravadamente sexy, que hubiera podido existir, incluso en una película porno, pero no, ¡esto es mucho más excitante!

Yo gimo en silencio. Lo que hace, me prende sobremanera y ya quiero estar en mi habitación haciéndolo mío. Vuelve a besarme y siento mi sabor salado en su lengua.

Introduce con maestría sus manos debajo de mi vestido de nuevo y mientras se acuclilla frente a mí, sonrío porque me está bajando la delgada tanga y sé que se viene el mejor sexo oral del mundo, ¡siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

Cierro los ojos con fuerza, muerdo mi labio inferior, introduzco mis dedos en su espesa cabellera castaña y me insta a levantar cada pie, para retirar la pequeña braguita, pero mi sorpresa es máxima que, cuando voy a apretar su cabeza contra mi centro, se coloca de pie a la velocidad de un rayo,

arruga mi ropa interior en su enorme mano, las huele con deseo y devoción, para luego clavar su mirada fúrica, como hace unos minutos en mí y sisea:

—Que sea la primera y la última vez, que me deja plantado sin justificación alguna, doctora Martínez.

Asiento como una estúpida, totalmente excitada y aun sin reaccionar a lo que acaba de ocurrir, pues mi mente y mi cuerpo aún está esperando el asolador sexo oral, que se suponía me iba a dar, pero no, nada de eso pasa, porque ahora lo veo con una actitud arrogante que no entiendo,

¿a qué horas cambió todo?

Guarda su trofeo en el pantalón y agrega:

—Mañana… —Mira su bonito Rolex para corroborar la hora y corrige—: O, mejor dicho, hoy, a las nueve de la noche, doctora, tiene usted una cita conmigo y ni se le ocurra faltar o sino… —Mete su mano en el bolsillo y agrega—: No volverá a ver sus bragas nunca más, ¿entendido?

Soy incapaz de responder. Tengo la respiración muy acelerada y ni hablar de mis latidos, esos, hace rato los tengo desbocados por aquella actitud de este hombre que, con su enojo, me tiene prendida como una moto, ¡su intimidación me tiene muy arriba!

Al ver que no respondo, me contempla de arriba a abajo con deseo y sonríe satisfecho, le gusta verme en este estado que él mismo provocó y se despide de mí de la forma más educada y formal que siempre tiene en las reuniones, mientras quedo más descolocada,

al verlo entrar en el ascensor sin mirar atrás.

¡De piedra!

¡De piedra, pero excitada!

¡Muy excitada!

Me quedo por algunos minutos sola en el pasillo, aun asimilando lo que acabó de suceder y con su perfume varonil, embriagándome todavía los sentidos, paso de la excitación a la rabia. Este se ha dado el lujo de dejarme plantada, sin tangas y, ¡excitada!, ¡no se lo voy a perdonar!

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Estoy en el escritorio con la mente perdida en lo de anoche y por más que intento concentrarme en terminar los últimos informes, mi entrepierna palpita con cada pensamiento de Javier besándome, como solo él lo sabe hacer.

Ando en mis lujuriosos pensamientos, cuando entra una llamada, ¡son mis padres!

, me apresuro a contestar y les cuento como me va en la capital.

Eso sí, omito contarles lo del ingeniero, ¡qué vergüenza!

, mis padres aún deben saber, que tienen una hija decente y que no anda por ahí, haciendo numeritos indecorosos en los pasillos de los hoteles.

Cuando cuelgo, me siento un poco más relajada, ¡mis padres son lo máximo!, y cuando vuelvo a centrar mi atención en el computador, entra de nuevo otra llamada, ¡Vladimir!, tengo tiempo de no hablar con él, así que, por supuesto, le contesto:

—¡Vladi!

—Hola, ¿cómo estás?

—Interesante pregunta, si tienes tiempo, te cuento todo y…

Y le cuento todo, todo es todo, de la manera más resumida posible sin saltarme detalle, pues tengo mucha confianza con él y me da risa en cierta forma saber, que mi ruso favorito, se sorprende con lo que le cuento.

Aun con casi diez años viviendo en Colombia, dice que admira mucho la pasión desbordada de los latinos, pues él no se ve en semejante tesitura con alguna mujer si no es dentro de la intimidad de una casa, ¡vaya con el europeo del este!, ¡nos salió tradicional!

Luego, cuando termino de hablar, me aconseja que escuche lo que tiene el ingeniero por decir y que, habiéndolo hecho, tome mis decisiones, pues asegura que, si él ha sido así de insistente, es porque tiene buenas razones y que vale la pena saberlas, ¡qué bonito es Vladimir!

Así como me escuchó, procedo a hacer lo mismo con él y me sorprendo al saber, que ya viajó a Medellín y que tiene serias intenciones de mudarse a la ciudad.

Al parecer, el centro tecnológico que ofrece la ciudad paisa, dejó descrestado al ruso y por cómo me cuenta las cosas, va a terminar viviendo ahí, pues es perfecto para su trabajo.

Luego de casi una hora de conversación, en donde me río, hablo y me divierto, cuelgo, pues tengo una tarea pendiente.

Pero lo que pensé, que me iba a relajar de la calentura, terminó siendo un desastre, pues ahora, aparte de que estoy apurada por terminar el trabajo, ando exaltada y ansiosa por la cena de esta noche, ¡Dios mío!

Daniel llega a mi cubículo y me indica que, en unos minutos, será la reunión para la entrega de informes, ¡Dios mío!, ¡y yo aún no acabo!, le pido una espera con las manos y me dedico a hacerlos lo más rápido y lo mejor que puedo.

Así que, al cabo de ese tiempo, Daniel vuelve por mí y nos vamos juntos hacia la sala.

¡De piedra!

Ahí está Javier. El muy conchudo está sonriente y fresco como una lechuga, hablando con Sonia y con Sergio, pero, ¿cómo puede estar tan normal después de lo que pasó anoche?

Nos saludamos de lejos, como siempre lo hemos hecho y apenas me detalla, le sale con naturalidad una sonrisita altiva de medio lado y yo sé por qué es.

Por lo general, siempre la tiene cuando estamos en las reuniones, pero esta vez, la tiene muy justificada, como si se hubiera ganado la maldita lotería y como yo, soy muy yo, no respondo a eso.

Me da cierto escozor pensar, que se siente con algún tipo de influjo sobre mí y la verdad, es que no, no le pienso seguir el juego, así sienta que tiene razón.

Daniel comienza a hablar y entre nosotros, se acaban las miradas y las sonrisitas, o por lo menos de parte de Javier, que ahora está en su actitud seria de CEO.

Cuando aquel finaliza, procedo a explicar los hallazgos en los informes que he hecho. La mirada color caramelo está clavada en mi presentación y yo siento que me estoy delatando, pues parece ser, que es a él, al único a quien miro cuando expongo, ¡así de ñoña soy!

Cuando acabo, parecen satisfechos con los hallazgos clínicos encontrados, pues los empleados han cumplido con los objetivos del curso de alturas y la mayoría, tiene aptitud visual para ejercer su cargo.

Sonia y Sergio me felicitan por mi trabajo y apenas dicen eso, soy consciente de que he terminado con mi labor contratada aquí y de que mi tiempo depende de lo que diga Javier por medio de Daniel, pues ahora que tenemos la cita, que es por lo que él ha estado dilatando mi estadía,

prácticamente quedo libre y por alguna razón me siento triste, ¡qué sentimental me he puesto!

—Ingeniero… —dice Sergio—, enviaré los informes a cada una de las empresas y ya que la doctora culminó su trabajo, le avisaré al doctor Wilmar, para que active el convenio con la empresa y se revisen a partir de ahora, los pacientes en las sedes.

Javier asiente y le pide unos documentos a Daniel.

—Perfecto. Daniel, por favor, llama al coordinador y pídele la misma prórroga de tiempo para la doctora Martínez, yo aun la necesito aquí…

¡De piedra!

Pero no solo yo, sino también Sergio y Sonia que se miran boquiabiertos, menos Daniel, ese con su sonrisita de, “lo sé todo”, asiente ante la orden de su jefe, se levanta y se va; mientras Javier parece explicarles a sus dos empleados, que soy una pieza vital en las capacitaciones y ellos,

sin rechistar, le creen.

«¡¿Pieza vital?!, pero, ¡¿en qué está pensando?!»

Las palabras, “yo aun la necesito aquí”, retumban en mi mente, mientras termina de hablar con ellos y da por finalizada la reunión.

Pienso que se va a quedar conmigo, como la mayoría de las veces, pero no, no pasa nada, solo sostiene la puerta para que todos salgamos y yo, que aún camino lento pensando que me va a decir algo, ya sea relacionado con lo de anoche o me va a dedicar alguna de sus miradas de la reunión,

me quedo frustrada, porque no lo hace.

Solo se despide y se dirige hacia su oficina, al tiempo que, yo busco el camino hacia los ascensores.

«¡Qué momento más angustiante!»

Dentro del ascensor, oprimo el número de mi piso y suena una notificación.

Cuando lo abro, me quedo de piedra no, lo siguiente y agradezco, que esté sola en aquel pequeño espacio, pues es una foto de mis bragas con un mensaje.

Doctora, recuerde nuestra cita esta noche.

Y con eso, vuelvo a mi cubículo a intentar trabajar o hacer algo, que me despeje el calentón que acabo de tener.