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Los días pasan y la insistencia de Javier con sus detalles, regalos y atenciones, se redoblan con cada negativa que le doy y aunque soy cruel, muy cruel, él no deja de hacerlo.
Compró una caja entera de tarjetas sim card y sacaba una nueva, cada vez que le bloqueaba el número del cual escribía. Me hago compras exageradas con la tarjeta y soy tan descarada, que las reporto como gastos empresariales.
Cada detalle: chocolates, ramos de flores, tortas personales con sus mensajes de, “necesito una respuesta”, acaban siempre en su escritorio, bajo la atenta mirada de los empleados que, por sus risitas, al igual que la de Daniel, piensan que tenemos algo, ¡Dios mío!
Así que, prácticamente, todos los días cuando me ven, están
atentos a lo que tengo por hacerle a los regalos del jefe, si decido regarle los chocolates en su escritorio, o, si decido hacer añicos las flores y dejarlas tiradas en el suelo de su oficina; cualquier cosa, parece ser que es el nuevo cine empresarial,
pero Javier permanece siempre inmutable ante mis acciones y decidido, a seguir con su objetivo, salir conmigo.
Y peor aún, cuando él se presenta todos los días en la mañana a recogerme al hotel y me indica con su calma de siempre, que espera que me sienta cómoda y tranquila con el spa, las comidas caras y la ropa de diseñador que compro con la tarjeta, ya que para él es muy importante,
que su empleada favorita esté satisfecha.
Cuando dice eso, lo quiero abofetear, pues, aunque lo dice muy normal, no dejo de sentirme mal, porque lo que hago no está bien. Hasta Gabriela me lo recalca cuando le cuento, mientras que Samanta se ríe y Carlos espera impaciente, cuando caeré en los encantos de su paisano.
Y como si fuera poco, todo lo que hago para alejarlo, en una de las reuniones que hace, para presentarle los informes de los trabajadores, pues prácticamente, está culminado mi trabajo aquí, les pide a sus empleados que se retiren y quedamos a solas.
Mi cuerpo se revoluciona, pues recuerdo en qué terminó la última vez, que él lo hizo; pero no, nada de eso pasa.
Se queda en su sitio y me dice, como si nada, que se alargará mi estadía varias semanas más y yo, yo me enfurezco, suelto improperios, los más dañados y vulgares que existen, mientras espera tranquilo a que se acabe mi berrinche y cuando ya me he calmado, entonces suelta,
que la empresa para la cual trabajo, hace tiempo, había autorizado aquella prórroga de mis servicios.
«Acaso, ¿ya lo había contemplado?»
Pues la respuesta es sí, y me explica, que va a pedir todo el tiempo del mundo, sin importarle lo que pelee y peor aún, lo que yo gaste con su tarjeta y lo mucho que le cueste el hotel, hasta que salga con él.
Se coloca de pie, sonríe y me deja sola en la maldita sala de juntas, ¡no lo puedo creer!
La impotencia crece, pero no porque me quede trabajando para él, o, porque ahora soporte más la ciudad estando allí, sino porque, en el fondo, me da rabia reconocer, que las barreras que construí, para que me protegieran de aquella insistencia, están totalmente derribadas y lo que deseo,
es que me vuelva a besar, ¡Dios mío!
Todos los días, llego al hotel e intento descansar, pero no puedo.
Estoy muy indecisa y no sé qué hacer. El único que me saca de mi circunspección es Enrique, que aún se hospeda en el hotel y me invita a hacer planes en la ciudad, pero, ¿qué creen?
, lo veo y deseo que sea Javier, ¡definitivamente, no tengo remedio!
Una noche, mientras estoy pensando en, ¿quién creen?, por supuesto, Javier, entra un mensaje y mi corazón se me quiere salir del cuerpo, mientras me tiro hacia el celular, que está en la mesa de noche, ¡quiero que sea él!
¡Y siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!, ¡es él!, ahora soy yo la de la sonrisita estúpida y leo:
¿Cuándo me dirás, que quieres salir conmigo?
¡Dios mío!, mi corazón late muy rápido, así que le devuelvo:
¿Tú nunca te cansas?
No y me ofende que lo preguntes. Pensé, que eso estaba claro.
Me río. Javier es increíblemente, insistente.
Así que, sin más preámbulo, le envío un gift de una banderita blanca en señal de derrota y le escribo:
Me rindo… Iremos a cenar.
Él, no tarda en escribir:
¿Qué día te parece bien?
Mañana.
Le informo y tarda algunos minutos, supongo que estará revisando su agenda o sus cosas, cuando vuelve:
Perfecto. Mañana a las 9pm será nuestra cita.
Sonrío y para calentar un poco el momento, le escribo:
No hablamos de que sería una cita…
Pues lo será, doctora Martínez.
Tan raro, el jefe modificando las cosas al final…
Mejor, agrégale esto: “el jefe consigue siempre lo que quiere”.
Su seguridad me aplasta, ¡qué pretencioso!
¿Sabías que eres un sobrado?
Claro, por algo soy el jefe, ¿no?
Me río, este está igual que yo, con la respuesta a flor de piel y mientras estoy tipeando un mensaje, me escribe:
Mañana será un día especial, descansa.
Miro el mensaje por un largo rato y ya no está más en línea. Me hubiera gustado seguir chateando, pero ya es tarde y como siempre, mañana hay trabajo.
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Termino de dar las capacitaciones casi a las cinco de la tarde y no he visto a Javier en todo el día. Siento que cumple su palabra, pues anteriormente me dijo, que, si le aceptaba la cena, me dejaría en paz, pero, ¿por qué me siento extraña sin su insistencia?
No pienso mucho en eso, porque lo que he sentido en todo el día, o, mejor dicho, desde que le acepté la cena, ha sido miedo, miedo de que me vuelva a dejar plantada y aunque un rayo de esperanza, disipa mis dudas al recordar sus insistencias para esta cita, no dejo de pensar en lo mal que se siente,
que te dejen plantado, ¡no quiero sentir eso de nuevo!
Llego al hotel, me ducho y me coloco un vestido largo, semi informal, manga larga de color palo de rosa. Con mi trigueña piel sé que me va muy bien y me hago ondas en el cabello para dejarlo suelto.
Me maquillo y el estrés aumenta, faltan quince minutos para las nueve de la noche y siento, que rememoro aquella de la plantada.
Cuando estoy en el lobby, mi respiración es errática, ¡tengo miedo!, y como si fuera un bálsamo, escucho:
—¡Vaya!, pero si estás preciosa, mujer.
No es Javier, es Enrique y de cierta forma, me relajo un poco para hablar con él, ¡necesito calmarme!
Pero mi rabia se enciende, cuando apenas unos minutos para las nueve, Javier no aparece y Enrique apostilla con triunfo:
—Creo que tu cita no vino.
Cierro los ojos con dolor y tensiono la mandíbula, ¡otra vez la misma mierda!, luego agrega:
—Si quieres, podemos salir juntos. La noche mola y no puedo desperdiciar estas vistas que me das.
No termina de decir eso, cuando yo ya estoy de su brazo, metida con él en un taxi rumbo al restaurante.
No pienso quedarme en el hotel rumiando de nuevo otra plantada, ¡maldita sea! ¡Javier, te odio!, y antes de que llame a decir estupideces, apago el celular.
Tengo una excelente noche por delante.