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Al otro día, martes muy temprano, me baño, me visto y estoy lista, mucho antes de la hora acordada. Creo que la ansiedad, por ser mi primer día como capacitadora, me tiene con los ánimos a reventar.
Estoy en el lobby del hotel y suena el celular. Es un mensaje y al leerlo, me parto de risa. Es otro número desconocido, pero ya sé quién es y envía una foto del cappuccino que le ordené de ayer, con la palabra, “NO” dibujada en la espuma de la bebida.
Su osadía no tiene límites, doctora Martínez y recuerde… Necesito una respuesta.
Me río hasta más no poder, pero pronto pienso, ¿es que acaso no se cansa?
Esta vez, el que me recoge es Daniel en la camioneta de JM Soluciones empresariales.
Ese hombre es muy puntual, nos vamos al complejo bastante risueños y en conversación muy amena, pues entrados en confianza, me cuenta que es gay y que está felizmente, en una relación de dos años con un dominicano y yo, que frente a lo que sea extranjero me destapo,
también le cuento algo de lo mío con esos hombres de otras tierras.
Llegamos a la empresa y Daniel me acompaña a mi cubículo, pero cuando abro la puerta, ¡me quedo de piedra!, hay bombas por todos lados y un letrero pegado en la pared del fondo, con letras cursivas y doradas que dice:
No me hagas esperar, necesito una respuesta
Yo, suspiro con fuerza, pasando mi mano derecha por mi rostro.
—Esto se está saliendo de control.
Daniel saca de nuevo esa sonrisita tonta, al escucharme y yo me vuelvo, para decirle:
—¿Tú sabías de esto?
—Doctora, qué tenga un buen día.
Contesta el cobarde y me deja sola en medio de todo ese caos en mi oficina.
Vuelvo a suspirar. Estoy molesta y me gustan estas atenciones a partes iguales, ¡ni yo me entiendo!
, pero recordando que ahora, soy otra Irina y que no voy a caer en los jueguitos de aquel imbécil, que jugó con mis sentimientos, me pongo seria, muy seria y voy pensando qué hacer con Javier, mientras me dirijo a una de las aulas, para dictar mi primera capacitación.
Luego de cuatro horas de charlas y de ver rondando cerca, al jefe por las aulas. Me dirijo a mi cubículo, con la idea clara de lo que debo hacer con ese ingeniero atractivo, pero fastidioso.
Suena mi celular y leo:
¡Te felicito!, ¡lo hiciste muy bien!
Los docentes dieron su buen punto de vista con tu desempeño.
Suspiro y bloqueo el número. Este hombre es tonto y aún no lo sabe. No entiende la negativa y me lleno de valor, para hacer lo que tengo que hacer.
Corroboro con Daniel de que Javier aún está en su oficina y sonriendo con malicia, tomo los globos, el ramo y el letrero dorado, dejando solo la palabra, “NO”, sobre el montón de cosas, las amarro cómo puedo y me voy con todo a su oficina.
Cuando llego a la planta, todos me miran sorprendidos y por cómo lo hacen, saben que voy a armar de nuevo un show, pero no me importa. Así que, sin anunciarme ni nada, entro en tromba hasta el escritorio de Javier, que me mira incrédulo y dejo todo su desastre en frente.
—No sé, de qué otra manera hacerte saber, que no quiero nada que venga de ti, sino lo estrictamente laboral.
Javier sonríe, ¡que sonrisa tiene!, pero nada, eso no me debe importar. Se coloca de pie y rodea el escritorio, para quedar frente a mí.
—Acepta salir conmigo y dejaré de molestarte.
Su tono pausado es firme.
—¿Para qué?, ¿para qué me dejes plantada de nuevo? No, gracias.
—Eso no va a volver a pasar, yo solo quiero que me escuches y te dejaré en paz.
—No. No me interesa lo que tengas por decir, eso ya no importa.
Javier me mira con intensidad con esos ojazos miel, que le brillan de una bonita manera y luego de varios minutos de cavilar, me informa:
—Si esa es tu posición, entonces, no te quejes de la mía.
—Acaso, ¿qué vas a hacer?
—Seguiré insistiendo.
Suspiro, éste no sabe, como puedo llegar a ser.
—Te vas a cansar.
—Aún no me conoces, cuando me propongo conseguir algo.
Contesta en burla.
—Allá tú, con tus cosas.
Digo y me volteo orgullosa para salir, cuando lo escucho:
—Así será.
Esa misma noche, cuando llego al hotel, estoy cansadísima, pero no me importa, quiero tomarme algo en el bar para despejarme.
Así que me ducho, me visto elegante, ceno en el restaurante y me dirijo al bar, en donde está todo muy animado.
Al parecer no importa que sea martes, porque está casi tan lleno, como si fuera un viernes. Me acomodo en la mesa con la mejor vista y sonrío, porque tengo en mis manos la tarjeta visa de la empresa.
Una de las pequeñas venganzas que tengo para Javier, será gastar en caprichos con aquel crédito, pues por algo, ¡me lo merezco” y tomo nota mental, de hacer reservación en el spa, ¡quiero que mi estadía aquí sea por lo alto!
, y recordando, que aún no he hablado con mis amigos, hago videollamada grupal y les cuento todo, pero todo es todo y Carlos y Samanta, no creen que eso esté pasando en la vida real.
Samanta me apoya en que lo haga sufrir con su propia medicina y Carlos me indica, que es normal que él se porte así, pues intenta recuperar aquello que perdió, es decir, cuando le conté que me gustaba y que está haciendo de todo, para llamar mi atención.
¡Claro!, sé que Carlos tiene razón, le creo, porque es hombre y sabe cómo se está comportando Javier, pero lo que no quiero es sucumbir a sus insistencias, porque me conozco y no sé qué tanto pueda durar así, pues el beso aún lo siento vivo y quiero volver a hacerlo, ¡seré así o más tonta!
Cuando ellos se cansan de burlarse y hasta han apostado, a que sucumbiré más temprano que tarde, colgamos.
Aun así, con sus burlas, ellos me hacen sentir bien y me apresuro a llamar a Gabriela, pues a ella sí que le va a sorprender toda esta historia y, ¡lo hace!
En realidad, se sorprende tanto que, se queda por un momento en silencio, asimilando lo que le he dicho y me pide que, por favor, vaya despacio, que me cuide y me recuerda, que ya una vez intenté jugar sucio con Javier y no salió bien.
¡Vaya!, qué gran punto de vista me da mi amiga y yo cierro los ojos con cierto retintín en el pecho, porque sé que tiene razón, ¿será que podré ser fuerte y darle su propio escarmiento al ingeniero?
, la respuesta es y debe ser: ¡sí!, un sí rotundo y con esa firmeza, me despido de Gabriela, le mando saludos a Luis y procedo a hacer mi pedido con el mesero.
Mientras llega mi bebida, reviso con cariño las redes sociales, que antes usaba para chatear con extranjeros y luego de ver lo mismo de siempre, las cierro del todo, pues siento que ya no hay nada ahí para mí.
Aquellas, en su momento, fueron buenas y me dieron mucho entretenimiento, hasta amistades muy chéveres, como, por ejemplo, Vladimir, pero la verdad, siento que es siempre y será lo mismo, tomar la iniciativa todo el tiempo, tratar de conducir la conversación, después, dejar de chatear como si nada,
para luego hacer lo mismo con otro contacto y así sucesivamente, por toda la eternidad y aunque antes se sentía bien hacerlo, ahora me parece cansado y muy desgastante.
Las relaciones interpersonales son mucho mejores presenciales, el hecho de conversar con alguien frente a frente, mientras te tomas alguna bebida, es algo que no pienso cambiar por nada del mundo.
Me pueden llamar antigua, pero no creo que debamos tener la iniciativa en todo momento. A veces, como mujer, es necesario ver quien se acerca a ti, a quien le atraes, para que puedas escoger y eso, por medio de las redes, es imposible hacerlo.
Es por eso, que decidí dejar de buscar, siento de corazón, que es mejor que te encuentren y ver quién está dispuesto a cambiar su vida por ti.
También por eso, decidí ghostear a Javier, pues aún no sé si él tenga buenas intenciones y la verdad, llegados a este punto, prefiero no correr riesgos y no agregar su número, pues es una manera de protegerme de él.
Estoy tanto en mis pensamientos, que no sé a qué horas el mesero ha dejado mi manhattan en la mesa y escucho a alguien que dice:
—¿Disculpe?, ¿puedo acompañarla?
Observo al monumental hombre, que está en frente mío, sonrío y le asiento con timidez. No veo por qué no tener compañía y como si Dios me hubiera escuchado, llega alguien a acompañarme sin tener que desgastarme con una maldita red social.
Él, muy educado se sienta y me doy cuenta por su acento, que es español, ¡la madre patria!
Se presenta, su nombre es Enrique y tiene unos bonitos ojos verdes, ¡claro!
, ¡pura pinta europea!, pero extrañamente, no llama mi atención.
El hombre es alto, rubio y sus ojazos son hermosos, pero nada, mientras más pasan los minutos, no lo encuentro llamativo para mí.
Entonces, como si mi mente me traicionara, comienzo a pensar en Javier y en que quisiera que él estuviera ahí.
«¡Nooooooooooooo!»
«¡Dios mío!, ¡noooooooooooooo!»
«¿Qué hago pensando en él en estos momentos?»
Pero nada, el imponente español, que se ha portado muy bien y hasta me dice, que se está quedando en el hotel por negocios propios, sigue sin calarme, porque mi mente está ocupada con un ingeniero rolo, de cabello y ojos color miel, mientras me lo imagino besándome toda enterita, ¡no tengo remedio!
Luego de unas horas, me pide mi número con la excusa de tener compañía en el buen sentido, mientras está aquí, pues no conoce y necesita consejo, para visitar la ciudad. Yo se lo doy sin mucha gana y se despide.
Me acerco a la barra para pagar, pero me informa el mesero, que el español ya pagó la cuenta, ¡qué caballero!
Satisfecha, me voy hacia mi habitación, mañana hay que trabajar y, ¿qué creen?, ¡también hay que ver a Javier de nuevo con su insistencia!