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Luego de que todo el fin de semana, me la pasara estudiando los temas que en la carpeta se encontraban detallados, para así olvidar lo que pasó el sábado entre Javier y yo, llego el lunes a JM Soluciones empresariales con una sonrisa por fuera, pero con mi corazón a mil por dentro.

Observo a los empleados y aunque algunos me miran divertidos y otros de manera seria, imagino que, por el show de hace dos días, lo omito, pues estoy aquí para hacer mi trabajo, no para dar entretenimiento.

En mi recorrido, me encuentro con el hombre, que me dio la carpeta en la reunión del sábado, se llama Sergio Robledo y me indica, que en la planta en donde están las aulas de clase y los cubículos de los docentes, hay uno para mí y yo me alegro, ¡me han dado un espacio de trabajo!

Así que, agradeciendo con una amplia sonrisa, pues lo que menos quería, era estar cerca de cierto hombre y mucho menos, incomodar a los demás, voy a hasta donde me indica y me encuentro con Daniel, que está dentro del que pienso que es mi cubículo, ubicando en el escritorio,

un hermoso ramo de rosas blancas con girasoles, ¡Wow! , ¡qué bonito detalle ha tenido!

—Gracias, Dani —Me aventuro a decir, desde la puerta—. ¡Es hermoso!

—Oh, doctora, lo siento. No es lo que cree.

Frunzo el ceño y él se apresura a explicar:

—Se lo enviaron a usted. Yo solo lo he traído.

El joven empleado se ríe y yo lo intento, pero sigo sin entender.

—Entonces, ¿quién ha sido?

Entro del todo al lugar y comienzo a escudriñar el gran ramo en busca de la tarjeta.

—El ingeniero Morantes.

«¡¿Qué?!»

¡De piedra!

—¿Perdón?

Vuelvo a preguntar, mirándolo fijamente y la sonrisa se me va a la mierda.

—¡Oh, mire!, aquí también traigo esto…

Me entrega los documentos ignorando mi gesto. Se ha salido por la tangente antes de ahondar en lo del ramo, así que tomo los documentos, suspirando hondo.

—En unos momentos, llegará Sonia y le presentará su equipo de trabajo. Hasta pronto, doctora.

—Hasta luego, Daniel.

Lo despido con mis ojos achinados y en su sonrisita, que fue igual a la del sábado cuando nos recibió, comienzo a leer, que él sabe más de lo que aparenta y ahogando las ganas que tengo, por preguntarle un montón de cosas, vuelvo a ver el ramo.

Lo detallo. En realidad, es muy lindo y veo que la tarjetita, está detrás pendiendo de una linda cinta de terciopelo.

Te cambio esa cachetada por una cena.

JM

De piedra, no…

De concreto, como estatua…

Así, me quedo frente a ese mensaje. Pero, ¿este que se cree?

«Acaso, ¿no entendió mi negativa?»

«Acaso, ¿la cachetada lo reinició tanto, que ya ni piensa?»

Dios…

Mi celular suena, es un mensaje de un número desconocido.

Sé que ya llegaste a tu lugar de trabajo, ¿te gustó el regalo?

«¡Oye!, pero, ¡qué insistente!»

Pienso al saber quién es, cuando vuelve a entrar otro mensaje:

Estaré atento a tu respuesta sobre cuándo y a qué horas, quieres ir a cenar…

Suspiro. No puede ser que ahora, Javier se ponga en estas y dejando la tarjeta sobre el escritorio, me apresuro a organizar mis cosas para trabajar, no pienso contestarle.

Pasan los minutos y el celular no da tregua con tanta notificación, ¡no me deja trabajar!, así que, abro el chat del número desconocido y leo:

Estás hermosa hoy.

El color de ese uniforme te queda muy bien. Rojo, como mi mejilla el sábado.

Reprimo una sonrisa, ¡qué pesar con la cachetada!, pero apenas lo pienso, se me borra la risa y musito:

—¡Ni mierda! ¡Se lo tiene bien merecido!

Sigo leyendo:

Doctora, estoy esperando una respuesta…

¡Dios!

¡No más!

Dejo ahí y bloqueo el número. No puede ser, que esté tan fastidioso y me da risa al saber que ahora, el del apego ansioso es él en respuesta de mi apego evitativo, pues, ¡que se joda y pruebe de su propia medicina!

Observo a Sonia y salgo de mí cubículo con todo lo que llevo preparado, ¡ella es mi salvación del jefe pesado!, así que, dejo el celular dentro de mi bolso en silencio y salgo a la carrera, para verme con la mujer, que me indica que vamos para la reunión.

Luego de presentarme a los docentes, nos reunimos a hablar de lo que necesitan y les hago preguntas sobre la metodología. Me parece que, entre ellos y yo, hay conexión y receptividad, tanto que, nos ayudamos entre sí y me indican el espacio que tengo en sus horarios, para hacer las intervenciones.

Entonces, con los temas y horarios aprobados, me dan luz verde para iniciar al siguiente día con las exposiciones.

Salimos de la reunión, pasadas la una de la tarde y mi estómago ruge.

Voy hacia mi cubículo por mis cosas y salgo para almorzar, ¡estoy hambrienta! Cerca del complejo, hay una calle de la buena mesa con diferentes restaurantes y variados menús. Me decanto por el de comida italiana, que me encanta y mientras está mi pedido, me atrevo a revisar mi celular.

No hay mensajes, solo algunas llamadas de mis padres y rápidamente, los llamo. Soy una hija muy ingrata, puedo durar meses sin hablar con ellos, porque entienden que soy una mujer ocupada y, aun así, no siendo excusa para no hacerlo, nunca me dicen nada, ¡mis papás son lo máximo!

Termino de hablar con ellos y llega mi plato, lo degusto con vehemencia, porque el calzone de carnes mixtas que pedí, está para no dejar ni el plato.

Pido la cuenta y saco la tarjeta de crédito, que Daniel me dio para pagar.

No la había detallado bien hasta ahora y me doy cuenta, de que es una tarjeta visa infinite, ¡Wow!

, una vez más, están este tipo de cosas, que me recuerdan lo ostentosa que es la empresa de Javier, pues una tarjeta de estas, puede tener un cupo de crédito de hasta quinientos millones de pesos y lo más chistoso, es que, con ella, estoy pagando un plato de casi cincuenta mil, ¡en fin!

, plata es lo que hay y la culpa, se va con mi frase de, “me lo merezco”.

Estoy en mis divertidos pensamientos, cuando llega la mesera y pone una porción de torta de chocolate en mi mesa.

—Disculpe, señorita, pero yo no pedí eso.

Le indico atónita, leyendo lo que hay en el plato, mientras le doy la tarjeta y ella la pasa por el datáfono.

—No, tranquila, me pidieron que se lo diera.

Suspiro, eso ya lo sé, pues al lado de la apetecible porción de torta, pone con letra cursiva y en arequipe, “necesito una respuesta” y cierro los ojos fastidiada.

¡No puede ser!

—¿Señorita?

Vuelvo a llamar a la mesera y cuando llega a mi lado, le pregunto:

—Sabe usted, ¿quién ha sido la persona de esta cortesía?

Se remueve un poco incómoda, apartando un mechón de su cara y a los pocos minutos, me dice:

—Si, pero me pidió, que no se lo dijera y…

—Entiendo, aunque me gustaría devolverle el mismo favor. ¿Podría ayudarme con eso?

Después de varios minutos, asiente con divertida resignación y avisa:

—Esa persona está sentada cinco mesas detrás de usted y tiene la vista fija aquí, así que, por favor, no vaya a voltear a mirar.

Asiento con una sonrisa malévola y luego, de darle unas cuantas indicaciones a la mesera, se va y yo me quedo viendo la torta, que me mira con cara de, “cómeme, porque no tengo la culpa” y no, la torta no la tiene, así que me la como completita.

De reojo, un mesero diferente a la muchacha que me atendió, lleva el pedido acordado cinco mesas detrás de mí y me apresuro a sacar mi celular discretamente, con la cámara frontal activada y apuntando hacia él, ¡quiero ver su reacción!

Javier, después de recibir sorprendido lo que ordené para él, frunce el ceño y aprieta su mandíbula, ¡vaya, que no le gustó el regalo!

, pero de inmediato, cambia su semblante, saca su celular para tomarle una foto y se toma el cappuccino, mientras yo, que ya me he comido la torta, tengo otro mensaje para él.

Me coloco de pie y sin vergüenza de nada, ni importando las demás personas que comen ahí, le muestro el plato en donde solo están las letras, “N” y “O” de la palabra, “necesito”, y al ver que me mira boquiabierto, le guiño un ojo.

Dejo el plato en su mesa y me voy.

Espero que, con esa doble negativa, le haya quedado claro y no me haga perder más el tiempo. Tengo que ir a trabajar.