12 #3
Tercia Javier y se dirige en voz baja a Daniel, que asiente con las palabras de su jefe.
Apenas termina con su empleado, el ingeniero entonces, se dirige a los dos que están a su lado derecho en voz baja también y cuando termina, el hombre que inicialmente estaba explicando los procesos, dice:
—Muy bien, doctora, creo que todo quedó claro, pero, de todas formas, la información que le expliqué, está en esta carpeta. Si tiene alguna duda o pregunta, nos la puede comunicar cuando quiera.
Comienzan todos a recoger sus cosas. La reunión ha terminado y Daniel agrega:
—Doctora, otra cosa, el lunes pasarán por usted a las siete y quince de la mañana, ya que, a las ocho, la presentaremos a los docentes del curso y podrá hablar con ellos de las intervenciones que hará con los aprendices; en la carpeta…
Le indica al otro empleado que, por favor, me pase los documentos, yo la tomo sin abrirla y continúa:
—Está lo que se va a socializar, así que no se debe preocupar por más nada.
Sonríe de manera tranquila y yo suspiro.
«Cómo quiere que no me preocupe, ¡si todo esto es una locura!»
Javier se coloca de pie mirándome, ahora tiene la misma expresión fría, que le conocí desde siempre, con esos ojos inexpresivos que no puedo leer.
Los demás, al ver que él está de pie, lo imitan, recogen sus papeles y cuando nos disponemos a salir, Wilmar me dice:
—Qué bueno, que la sangre no llegó al río.
—Lo siento, pero debía preguntar todo y…
—Tranquila, y por lo de la remuneración adicional no te preocupes, les explicaré a los jefes, para que no haya problema con eso.
Estoy seguro que dirán que sí, ya que vamos a firmar con esta empresa —Sonríe y yo también lo hago—.
De ahora en adelante, no nos veremos mucho, pero cualquier cosa me puedes llamar, aquí ya no me necesitas más.
Mi función era dejar todo claro, para ubicarte en tu lugar de trabajo.
Echamos a andar suavemente y yo…, ¡yo quiero irme de una vez de aquí!
—Doctora Martínez… —Nos giramos y Javier me mira, a unos pocos metros de nosotros, con las manos dentro de los bolsillos—. Quédese, por favor, necesito tocar algunos temas con usted.
«Mierda»
La mirada de algunos recae sobre mí de manera lastimosa y no lo entiendo.
«Acaso, ¿esta gente le tiene tanto miedo, que creen que yo también?»
«¡Pues no!, ¡no me voy a dejar!»
Así que, le contesto con firmeza:
—Claro, ingeniero.
Me despido de todos con un movimiento de cabeza y le sonrío a Wilmar. Cuando finalmente se van, cierra la puerta y me ofrece asiento, él también lo hace, pero esta vez frente a mí.
—Sé que tienes muchas preguntas, pero te pido el favor, de que no vuelvas a ponerme jamás en una tesitura de estas delante de mis empleados. Esa no era la manera de dialogar y…
«Este, en serio, es idiota»
—¿Qué significa esto, Javier?
Lo corto y esta vez, quiero la verdad explícita, no la tácita como hace unos minutos. Me importa una mierda la tesitura de la que habla y mucho menos, sus empleados. Resopla y calmando su tono anterior, dice:
—Te debo una disculpa por lo que pasó unos meses atrás…
—¿Pides disculpas por tus malditos mensajes evasivos, por la humillación de dejarme plantada o por ambas?
Aprieta los ojos con arrepentimiento. Su actitud vuelve a ser, la que le conocí en Cartagena y aunque tiene un aire de superioridad, no me amilano, ¡este me va a escuchar!
—Si me dejas explicarte, te aseguro que todo va a tener sentido. Yo...
—Me importa una mierda. Yo lo que quiero saber es, ¿qué estoy haciendo aquí en tu empresa, bajo esa excusa tan estúpida de las capacitaciones?
Javier me analiza en silencio, como sopesando lo que va a decir y después de unos minutos, responde con calma:
—No me dejaste opción.
«¡¿Qué?!»
«¡¿En serio?!»
—¡¿Qué, no te dejé opción?!
Replico con furia.
Miro hacia el ventanal con la vista más hermosa y también observo las paredes de vidrio de la oficina.
Rápidamente, me doy cuenta, de que puedo mirar hacia afuera, cuando hace algunas horas, cuando estaba ahí no podía ver hacia adentro, ¡son vidrios polarizados!, intento pensar en otra cosa estúpida o trivial, que no me saque más de quicio.
«Pero, ¿cómo me puede decir eso?»
Por lo tanto, apelando a mi poca cordura, pues me conozco y estoy a punto, de sacar mi yo santandereano, masajeo mi puente nasal y calmando mi voz, siseo:
—Me puedes explicar, ¿cómo es eso de que, no te dejé opción?
—Intenté comunicarme contigo. Escribirte por Instagram, contactarte por varios números, pero nada, no obtuve respuesta.
Pero apuesto a que, si fuera alguno de esos extranjeros que tanto te gustan, la respuesta hubiera sido inmediata, ¿verdad?
, es por eso que, en últimas, te he traído aquí y no ha sido bajo ninguna estupidez, en realidad necesito a alguien idóneo en el tema…
—Si claro, como si fuera la única optómetra del país, ¿acaso creíste que después de semejante desplante, iba a volver a hablar contigo como si nada?, ¿estás loco o qué?
Le echo en cara, ignorando su reclamo por los extranjeros, eso a él no le debe importar.
—¡Claro que sí!, y no, “como si nada”, sino para explicarte el porqué de esa noche, sin querer, no pude ir por ti…
—¡¿Sin querer?! —Inspiro con fuerza dejando salir todo mi genio— ¡Llevabas todo el tiempo hablando conmigo a medias y estaba harta de tus mensajes escuetos, Javier!
Me coloco de pie y él también lo hace, pero yo me pongo a caminar como un león enjaulado para calmarme, porque siento como todo me viene en cascada y, ¡debo dejarlo salir!
—Ese desplante, ingeniero Morantes, fue la gota que rebosó la copa, después de ser una estúpida y llevar contigo lo que pensé, que podía llegar a ser, una bonita amistad.
Me mira boquiabierto y yo comienzo a hablar de más yéndome hacia él, ¡no hay quién me pare!
—¡Me gustabas!, ¡maldita sea!, ¡me gustabas!
—espeto a centímetros de su rostro— Pero, ¡¿cómo te portaste?
!, ¡como una mierda!, dejando los mensajes a medias, desapareciendo cuando intentaba profundizar en la conversación y ni hablar, de los malditos cortes que me diste en Cartagena, cuando solo quería simpatizar contigo, pero, ¡¿sabes qué?
!, ya nada de eso va a ser nunca y te agradezco, porque he abierto los ojos…
No veo más…
No veo más, porque no sé a qué horas, Javier me ha tomado el rostro con sus grandes manos y me está besando, ¡Dios mío!, ¡qué delicia!, me debato internamente si responder o no y mientras lo hago, él aprovecha y me asola con su húmeda boca.
Esos labios carnosos se sienten muy bien y aunque intento removerme de su agarre posesivo, siento las piernas flaquear, ¡me está gustando mucho!
, pero recordando mi nivel de rabia, que hasta siento lágrimas en mi rostro por ella, me suelto con fuerza y le estampo una sonora cachetada, que le voltea la cara y mientras vuelve lentamente, a mirarme con sorpresa y enojo fundidos, le gruño:
—¿Qué creíste?, que porque, te dije que me habías gustado, ¿tienes poder sobre mí?
, ¡pues no!, y puede que te hayas inventado todo ese teatro del curso de alturas y tengas demasiado dinero y control, como para traerme con esa excusa a esta bendita ciudad que odio, pero en mis sentimientos, nunca vas a tener cabida, ¿me entendiste?
Javier, que no se ha despegado de la corta distancia en la que estamos, aun sin temer que le vuelva a estampar otra cachetada, asiente en silencio.
Sus ojos miel están oscurecidos, lo poco que leo está entre el enojo y me atrevería a decir, que la excitación, pero me importa un culo, ¡este me tiene que respetar!
Entonces, alisando mi traje, me alejo de él y en la puerta, antes de salir, espeto:
—Hasta luego, ingeniero Morantes y agradezco de corazón, las atenciones que su empresa ha tenido conmigo.
Salgo con el corazón a mil, sin importar las miradas de los empleados. Sé que tuvieron que darse cuenta de los gritos, pero no me importa.
Tomo el ascensor y suspiro para calmar mi rabia, mi ímpetu, pero, sobre todo, la excitación por aquel beso.
«¿Cómo puedo estar así después de semejante escándalo?»
La respuesta es: no sé; pero lo que sí sé, es que lo que acabó de pasar, me ha despertado cosas, cosas que pensé que con el desplante habían muerto y no ha sido así.
«Pero, ¡a la mierda!, debo mantener mi cordura, porque este sobre mí no va a pasar»
Pienso, mientras salgo del edificio con los labios de Javier ardiendo en los míos.