Volverte a ver (Volver 1) 12 #2
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Esto, en definitiva, es una mala broma, una muy pésima y de repente, tengo que mirar alrededor, para saber en dónde estoy, pues el flash back que acabo de tener, me transportó a Cartagena, cuando lo vi por primera vez en aquel balcón.

Pero no, estoy en una sala de juntas, con varios de sus empleados y mientras mi cabeza va a mil, las cosas comienzan a tener sentido.

¡Javier es el maldito gerente!

Busco por todos lados, algo que me diga que estoy equivocada, pues es descabellado.

«¡No puede ser, que esté aquí con él!»

«¡No puede ser, que esta sea su empresa!»

Pero cuando leo los membretes de las carpetas sobre la mesa, en las que pone, “JM Soluciones Empresariales”, cierro los ojos con dolor, pues en efecto, estoy en lo cierto y lo corroboro, por cómo dijo que se llamaba, cuando estábamos en el hostal hablando con mis amigos.

¡De piedra de nuevo!

«¿En serio?»

«¿En serio estoy aquí con él?»

Pues, todo indica que sí y no sé cuánto tiempo pasa, que es Wilmar, quién me toca el brazo, haciéndome volver en sí, para ofrecerme una silla.

Yo sigo con mis ojos puestos en Javier, que leo en su rostro autosuficiencia y comienzo a entender todo lo que pasa, ¡este maldito pendejo sabía que iba a venir!, y no queriendo afirmar lo demás que significa aquello, me quedo en silencio mirándolo.

Todo a nuestro alrededor pasa lento, mientras él clava sus ojos en los míos y esperamos, a que los demás se sienten y comiencen a hablar, sobre lo que sea que se llame esta fachada tan absurda.

—Doctora Martínez… —Inicia Daniel tomando la palabra— Él es el ingeniero Javier Morantes, dueño y gerente de JM Soluciones empresariales.

—Mucho gusto, doctora, es un placer tenerla en esta ciudad y más en mi empresa.

Interviene el rey del ghosting, el mismo, que me dejó plantada y mi mirada, que hace rato dejó de ser de sorpresa, sino que ahora es de rabia y desprecio, no se la despego por un solo minuto.

Soy incapaz de mirar hacia otro lado, pero consciente de que están esperando mi respuesta, intento sonreír sin mucho éxito, pues sale como una mueca, gracias a la ebullición que llevo dentro.

Wilmar me toca la mano, pero yo sigo sin inmutarme. Debe de ser tanta la tensión entre nosotros, que hasta Daniel carraspea la garganta y continúa, mirando a su jefe:

—Eh, ingeniero, los doctores ya conocen el complejo, así que podemos comenzar explicándoles las funciones.

—Perfecto.

Contesta el de los ojos miel, observando a su derecha, en donde están otros dos empleados. Un hombre y una mujer, que abren sus carpetas, cuando sienten la mirada de su jefe y ella interviene:

—Doctora Martínez, soy Sonia Melgarejo, coordinadora del área de capacitaciones. La función que usted tendrá aquí, será la de acompañamiento a los docentes del curso de alturas, con algunas charlas sobre la visión, que nos pueda ofrecer.

» Entendemos que la aptitud visual es sumamente importante, para estas certificaciones, pero a veces, los aprendices no entienden la magnitud de esto, es por eso que la necesitamos aquí, pues, ¿quién más calificada que la misma profesional, para que les explique dicho interés?

Cabeceo en silencio, haciéndoles entender, que algo escuché de lo que dijo, pues mis ojos siguen en Javier al igual que él en los míos, pero mi mente, esa está rememorando el maldito desplante.

Escucho ahora, al hombre que habla y explica algo sobre unos informes, pero eso a mí me vale mierda.

Tengo en frente mío, al que me ha llevado, desde dolores de cabeza, hasta humillaciones y él aquí, citándome en su empresa como si nada, porque estoy segura, de que todo esto fue su maldita idea, por cómo me mira, con una autosuficiencia nunca antes vista y con esa sonrisita estúpida,

que le queda tan bien.

Se ve perfecto. Su vestuario sobrio, pero elegante, de camisa manga larga azul oscuro con chaqueta de lana beige y pantalones del mismo color, gritan poder y ni hablar de su bendito físico.

El castaño claro de su cabello y su barba de las cinco, perfectamente pulida del mismo color, siguen igual de malditamente sexys, además de sus ojazos, que sabe muy bien cómo usar, sobre todo en situaciones como estas.

Aquel, se nota que cree que tiene el control, pero se equivoca, pues por más que se vea espectacular, eso no me importa.

—¡¿Esto qué significa?!

Digo alto y claro.

El hombre, ante mi intromisión, se calla abruptamente y todos me voltean a mirar sorprendidos, pero Javier, no.

Javier no se inmuta, sin embargo, ha entendido mi pregunta; esa pregunta que encierra todo lo que siento, pero que, de alguna forma, da doble sentido, pues no puedo decirle, lo que tengo por decirle, cómo quiero decírselo, porque el maldito contexto no me deja.

Entonces, responde con parsimonia:

—Significa, que deberá entregar las planillas debidamente diligenciadas y firmadas por todos los aprendices, así como presentar evaluaciones de suficiencia, en donde se evidencien los logros aprendidos y un examen de aptitud para alturas, que corrobore el estado visual de cada uno.

¿Está claro?, ¿cree poder hacerlo de manera profesional, cómo sé que lo puede hacer? , o, ¿no?

«¡Maldita sea!»

Ha capoteado muy bien la situación y con autoridad, pues sé que eso último, fue una advertencia de no revelar nada que no sea netamente laboral, pero para mí, que es casi imposible, lo sigo mirando mientras pienso qué decir.

No puedo dejar que la rabia nuble mi razón, porque estoy aquí por otros motivos, así que suelto:

—De mi trabajo profesional nunca dude, pero debe entender mi confusión y molestia ante todo esto.

Siseo esta última palabra con sutil fastidio. Uno, que Javier entiende muy bien.

—¿Confusión y molestia?, ¿por qué?

Este me está tocando el genio. Con sorna, quiere saber hasta dónde puedo aguantar la presión. Así que, rápidamente pienso, pues no le voy a dar gusto de nada. Si quiere respuestas precisas de trabajo, pues las va a tener. Entonces, respondo con tono firme:

—Déjeme explicarle, ingeniero Morantes que, hasta ahora, la información que me han dado ha sido confusa y la molestia, es porque han cambiado mis funciones desde que llegué aquí.

Él me estudia y sé que el doble sentido que tenemos a la vista de todos, sin que lo sepan, lo ha entendido perfectamente, pero lo que no, por cómo frunce el ceño, es la verdad explícita que hay en esas palabras.

Entonces Wilmar, que sí entendió lo que reprocho y ha estado intentando calmarme con su mano en mi codo, interviene:

—Ingeniero, sentimos mucho esta situación, pero la doctora a lo que se refiere es que, ha habido un malentendido con las funciones, pues manifestaron al principio, que solo atendería pacientes para la aptitud de alturas; luego,

nos comunicaron que serían capacitaciones para el personal aprendiz y ahora…

— Y ahora… —Lo corto, porque la rabia que tengo es infinita—. Resulta que debo hacer capacitaciones, exámenes y pruebas, que no tenía ni idea y se me está informando a último minuto.

Se hace un corto silencio.

—Entiendo. Pero no se preocupe, tendrá el apoyo de los docentes, para que pueda montar las exposiciones lo mejor que se requiera, ya que no tiene que ser para ahora mismo. Se le entregará un cronograma con todo lo estipulado y se le dará el tiempo pertinente para preparar…

Tensiono la mandíbula.

—Sé lo que quiere decir, pero no estoy aquí para eso; soy optómetra, no docente.

Wilmar inspira con fuerza y Javier levanta una ceja.

—Entonces, ¿no cree poder realizar estas actividades desde su profesión?

—Claro que lo puedo hacer, pero no son las funciones que hago normalmente, en mi día a día y tengo entendido, que ustedes me contrataron por medio de la empresa para la cual trabajo, solicitando una función específica: la de visiometrías.

Apenas digo esto, todos miran al máximo jefe, en espera de su disparo, como respuesta.

Hasta ahora, todos han estado viendo nuestro tiroteo verbal, como si fuera un partido de tenis; miradas a mí, miradas a Javier, pero la verdad, estoy tan fastidiada, que me salen las respuestas a flor de piel.

Así que, dirigiendo sus ojos a Wilmar, que también está incómodo con la confusión, pregunta:

—¿Supone algún problema contractual, las funciones adicionales que se mencionaron anteriormente?

Mi coordinador se remueve incómodo en la silla y dándome una mirada furtiva, responde:

—No, pero se debe cambiar el contrato, para que queden claras las tareas nuevamente.

«¡Qué!»

Volteo a mirarlo con los ojos desorbitados, pero, ¡cómo va a decir eso!, se supone que me apoyaría y dejaríamos en ridículo, al que me tiene mal del fastidio por volverlo a ver.

—Perfecto.

Responde Javier, de nuevo con su sonrisita de lado y yo le digo a Wilmar:

—Wil, no creo que esté bien eso y…

—Doc, míralo por este lado, las capacitaciones son mucho mejor, que revisar a los pacientes con sus debidos informes; o si no, me dices y lo replanteamos.

Suspiro, tiene razón.

Precisamente, estaba abrumada por la cantidad de pacientes y ahora, que sale esto a, supuesto beneficio mío, debo aprovecharlo, pues su diplomacia siempre va a estar de lado de la empresa.

Así que le veo lo positivo, pues la cuestión con las capacitaciones, es que se harán en menos tiempo y así podré cumplir aquí e irme de esta ciudad cuanto antes, ¡y tan bien que la estaba pasando!

—Entiendo que… —Javier interviene para que lo miremos—.

Estos cambios han sido, como lo menciona la doctora Martínez, inesperados, así que estoy dispuesto a ofrecer un muy buen incentivo remunerado para ella y en cuanto a la empresa con la cual hicimos la contratación, es decir, con usted doctor Domínguez en representación, hacer negocios directamente,

pues nos necesitamos.

A Wilmar se le abren los ojos.

Esto supone un gran logro de él frente a la empresa, así que tímidamente, asiente con la cabeza y yo ruedo los ojos. A mí tampoco me va mal aquel incentivo, aunque ya de por sí, me siento halagada por el cubrimiento de gastos en la ciudad.

—Hablaré con mis superiores, aunque sería mejor si todo lo dejara por escrito, para presentarles a ellos lo que hablamos aquí.

—Así será.