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Suena la alarma y no me quiero parar de la deliciosa cama, que me tiene abrazada con su repolluda colcha de plumas de ganso, ¡qué delicia!

, pero no todo es alegría, ¡debo trabajar!

Así que, con mimo, abro el blackout del ventanal y me encuentro con un día soleado; contemplo la vista y llamo al restaurante para el servicio al cuarto.

Hoy no tengo que vestirme elegante, pues voy a trabajar. Entonces, saco de la maleta, mi pijama médica. Quiero verme lo más profesional que pueda, ya que está mi nombre y el de la empresa para la cual trabajo en juego, ¡debo mostrar una buena imagen!

Termino mi desayuno continental y recibo una llamada, ¡es Wilmar!, y me apresuro a contestar:

—Hola Wil, ¿cómo estás?

—Hola, doctora. Espero que hayas descansado muy bien.

—Con estas atenciones, sería un insulto decir que no.

—Me alegra que te haya gustado. Te cuento, que pasaré por ti en quince minutos, ¿estarás lista en ese tiempo?

—Si.

—Perfecto, ya nos vemos entonces.

—Listo.

Cuelgo.

Si alguien sabe de todo este proceso y de por qué debo hacer esta brigada empresarial, ese es Wilmar. Así que me termino de arreglar y bajo al lobby para esperarlo.

Mientras estoy ahí, voy preparando mis preguntas, pues hoy no se escapa de sacarle todo a detalle y como ya tengo confianza con él, sé que me va a contar todo.

—¡Doctora!

Me llama desde la entrada y voy hasta la camioneta con el logo empresarial, en la cual ha llegado, para llevarnos hacia nuestro destino laboral.

Lo saludo con efusividad y le cuento todo con pelos y señales, preparando también mi ametralladora de preguntas. Se alegra de que no haya habido ningún percance hasta ahora y me pide, que cuente con él para lo que necesite, durante mi estadía en la ciudad.

Entonces, ya entrados en confianza, pregunto con cautela, ya que, si no lo hago, voy a explotar.

—Wil, te tengo qué preguntar algo, pero no sé si puedes o no responderme…

—Pues, pregúntame y yo decido si lo hago o no.

Nos reímos, tiene razón.

—¿Por qué no contrataron a un optómetra de aquí? —Sonríe y continúo—. Pues, si tengo que pensar como dueño de empresa, preferiría contratar a alguien local y no a un profesional de otra ciudad, que me genere gastos desorbitantes como estos…

Va a hablar, pero lo interrumpo, para aclarar:

—Es decir, si te lo digo como invitada, no tengo nada de qué quejarme, porque ha sido increíble la atención, ¡ojalá y me trataran así siempre!, pero, ¿no te parece raro? O, ¿qué sabes tú de esto?

Wilmar me mira, para saber si voy a interrumpirlo o no y contesta:

—Pues mira, aquí en Bogotá trabajamos con varias empresas y te cuento, que las excentricidades que muchas manejan, son aún más desorbitantes, porque no son cualquier empresa de bajo capital.

» El hecho de contratar profesionales de otras ciudades o de incluso, traerlos de otro país, es algo muy normal, porque se lo pueden permitir y todo lo que acarree el traslado, porque su trabajo lo vale, no es gasto, es una inversión para ellos.

Arqueo ambas cejas. El nivel económico y el manejo del dinero, que se da en las altas esferas capitalinas son llamativas y así como lo explica, tiene todo el sentido del mundo.

—Ah, y yo que comenzaba a sentirme especial.

Confieso y se carcajea.

—Pues, eres especial para la empresa y harás tu mejor trabajo —Ruedo los ojos divertida y continúa—: Será fácil lo que debes hacer y…

—Pero, ¿dónde ves tú fácil atender a mil pacientes?

Wilmar se ríe y yo intento hacerlo con dificultad, porque en serio, me siento abrumada por esa cantidad.

—¿Atender? ¿Quién te dijo eso?

—Pues, Juan Camilo. Él me aseguró que eran mil y que debía atender entre cuarenta a cincuenta pacientes por día, según lo que hacía en un día normal de trabajo.

— No, no los vas a atender, los vas a capacitar.

—¡¿Cómo?! —grito y asiente con seguridad— Pero, nadie me dijo de capacitar, ¿en qué tema voy a capacitar a toda esa gente?, ¿en cómo se ven los colores en el mundo?, ¿en cómo es la visión escalando un edificio?, ¡ay!, ¡Dios!

Esto es ridículo.

Me quejo y masajeo mi puente nasal. Cosa que a mí me de rabia y me saque de casillas, es que cambien todo a última hora. Ya tenía todo perfectamente pensado y de repente, es otra cosa, ¡noooooo!

—¡Relájate! —dice en mofa y yo lo quiero matar— Serán capacitaciones de salud visual y charlas que darás en el curso de alturas. La empresa lo exigió así, porque quieren tener a un profesional competente en la materia y directo con ellos, que les despeje las dudas más comunes.

Suspiro. Poco a poco, voy asimilando eso de las “charlas” y él, agrega:

—De todas formas, aquí te van a explicar mejor los temas que debes abordar y lo que deberás hacer…

Me pierdo en cuanto dice, “aquí”, pues todo alrededor comienza a cambiar. Las altas vibras de dinero por montones, así me lo hacen saber.

No me he dado cuenta de cuanto ha conducido, pero por lo que comienza a explicar, entiendo que esta es la zona de Usaquén y mis ojos van directo al gran complejo empresarial, al que vamos a entrar.

Es imponente. Un gran edificio altísimo de vidrio azul grisáceo con metal visible en su estructura, que parece sacado de una película estadounidense, ¡Wow!

Los vigilantes de la magnánima construcción nos registran y nos dan un carnet de identificación a cada uno. Esperamos a que abran las compuertas y apenas lo hacen, mi colega conduce por el parqueadero descubierto rodeando el bonito edificio, se apea y nos recibe uno de los empleados del complejo.

—Buenos días, doctores.

Nos saluda el hombre joven, abriéndome la puerta con deferencia, para salir del carro.

—Muy buenos días, usted debe ser Daniel Solano, ¿verdad?

Indica Wilmar sonriente llegando a mi lado.

—Así es, mucho gusto —Nos da la mano a cada uno—. Soy la persona que les explicará todo el proceso en la empresa y también, de encargarme de la estadía de la doctora, pero primero y por favor, colóquense la protección.

Nos colocamos los cascos amarillos y seguimos a Daniel, mientras se dirige a mi:

—Doctora Martínez. ¿Cómo se ha sentido?, ¿la han tratado bien?, el hotel, ¿es de su agrado?

Sonrío. Daniel es otro, que tiene la ametralladora de preguntas activadas.

—Mejor atendida no he podido estar, muchas gracias.

—¡Qué bien!, esas son buenas noticias…

Su euforia es contagiosa, se nota que le encanta trabajar aquí. Rebusca entre sus documentos una carpeta y sacando de ahí una tarjeta me la extiende y explica:

—Doctora, le hago entrega de la tarjeta de crédito empresarial. Allí podrá cargar todos los gastos que requiera sin límite alguno y por favor, me firma aquí.

Hago lo que me pide en la planilla que me entrega y no puedo dejar de pensar en eso de, “sin límite alguno”, pues mi mente divaga por el spa del hotel y aunque Wilmar ya me explicó, por qué son tan amplias estas empresas con sus empleados, no puedo evitar decir con picardía:

—¡Vaya! Tengo que agradecerle al CEO por tan grandes atenciones y mimos.

Ambos sonríen, pero es la sonrisa de Daniel, la que me llama la atención, pues, es la de alguien que guarda un secreto y puntualiza con suspicacia:

—Le podrá agradecer, en cuanto llegue…

Le devuelvo la sonrisa, olvidándome de lo anterior. Es muy amistoso y puede que eso sea parte de su personalidad, ¡ya me cae bien!, y manteniendo su sonrisa, agrega:

—Está en una reunión y podremos estar con él en cuanto termine, por lo pronto, les mostraré los alrededores para darle tiempo.

Vamos caminando y nos muestra todo el complejo.

Visitamos, desde donde dejamos el carro estacionado, hasta unos terrenos lejos del edificio, en los que hay varios instructores colgados con arneses en altas estructuras metálicas, dando instrucciones a otros que los imitan y Daniel nos explica, que es ahí,

donde entrenan los aprendices para el curso de alturas, ¡vaya!

, ¡qué miedo cómo escalan con esas delgadas cuerdas!

, y aunque ellos saben lo que hacen por su vasta experiencia, no deja de ser impresionante.

Conforme voy viendo aquel proceso, me doy cuenta de lo importante que es la visión. En mi mente, voy anotando los temas en los que debo hacer hincapié y sobre todo la importancia, de estar corregidos visualmente, para este tipo de trabajos.

Regresamos a nuestro punto de partida y entramos al complejo. Nos quitamos los cascos y el joven empleado se los entrega a los vigilantes, para firmar una planilla. Caminamos hacia los ascensores, que son amplios y de vidrio templado, del mismo color azul grisáceo del edificio.

Nos sigue explicando que ahí, funciona todo en conjunto y que los departamentos se sitúan en pisos diferentes: el administrativo, informático, comercial, publicidad, operativo, las aulas de clase, las salas de juntas y el piso de gerencia que es el último, el piso veinte.

«¡Wow!»

«¡Qué pretencioso!»

Piso por piso, nos muestra el bloque y veo que, todo el ambiente es elegante, a pesar del movimiento y ajetreo de sus empleados.

La decoración es minimalista, sobria; ese, “menos es más”, es lo que le da el toque lujoso y entiendo que, todo este centro empresarial, debe mover cantidades exorbitantes de dinero sin ningún esfuerzo, pues, así como genera, me imagino que gasta.

Un claro ejemplo, el hotel donde me hospedo, pues la noche debe de costar una millonada y al gerente parece no importarle.

«Es demasiado millonario para importarle»

El sonido del intercomunicador que lleva Daniel, me saca de mis cavilaciones y nos indica, que debemos ir al piso veinte, pues el gerente ya está disponible y desea vernos, para llevar a cabo la reunión.

Llegamos con prontitud y lo seguimos hasta una sala de juntas con los vidrios del mismo color azul, pero que no se ve lo que hay dentro. Aquí también hay personas trabajando y al fondo, diviso la bonita oficina gerencial, ¡debe tener una vista increíble!

Daniel abre y se queda sosteniendo la puerta, mientras entramos, pero apenas lo hago y miro al fondo de la gran mesa, me quedo de piedra, al ver a…

¡¿Javier?!

«¡No puede ser!»