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Efectivamente, todo es lujo y atención.

Vino a mi apartamento, un auto de servicio de transporte exclusivo solo para mí y no pude evitar sentirme como una diva, al ver que habían llegado mis tiquetes en primera clase de Stars, la aerolínea más costosa de todo el país y tal cual como lo dijo mi jefe, comencé a comerme el cuento,

de que en serio, todo era selecto.

«Si así fuera todo el tiempo que viajara, sería perfecto»

Pienso, mientras el auto busca apearse en el aeropuerto, ¡hemos llegado!, y el conductor con una educación deferente, se despide de mí y yo sonrío, pues el viaje fue increíblemente cómodo.

Busco con calma la puerta de embarque, luego de atravesar el

puerto de seguridad y como mis tiquetes son de primera clase, ingreso a la zona VIP de la aerolínea y, ¡Wow!

, aquí la gente exuda dinero, clase y, ¿qué creen?

, lujo infinito. No me siento menos, porque ya he visto esto antes y aunque no es que viaje siempre en primera clase, uno siempre debe preocuparse por su aspecto.

Al cabo de unas horas, comienza el embarque y cuando llego a la zona de primera clase, ¡Dios mío!, ¡si es que hasta champán me han dado! Me encanta la comodidad del asiento, de todo lo que me rodea y de paso, observo con detenimiento, al espectacular piloto que va a comandar el vuelo.

Tiene anillo en el dedo anular izquierdo, ¡qué pesar, está casado!

, y aunque los casados son hombres prohibidos, no puedo evitar preguntarme, ¿quién ha sido la osada mujer que se atrevió a darle el “sí” a un piloto?

, pues de nuevo, juegan mis prejuicios y sé que estos tipos son de miedito, por sus infidelidades, así al estilo de los alemanes.

Recordando de nuevo lo que pasó con aquel descolorido en la fiesta, sonrío y el avión comienza a moverse por la pista.

Por los altavoces, suena la voz de aquel piloto, que acaba de decir, en su particular acento, que se llama Santiago Morrison y que, por favor, disfrutemos del vuelo, ¡ya decía yo, que su porte extranjero lo decía todo!

Y tuvo razón, pues disfruté de la media hora que duró el viaje con todas las de la ley en ostentación y me da pesar, que haya durado tan poco, ¡qué tranquilo fue!, entonces, salgo del pasillo y cruzo el aeropuerto que ya conozco.

Al salir, veo a un hombre de traje con mi nombre escrito en un pequeño tablero y sonrío, ¡esto solo lo veía en las películas!

Me recibe con una amable sonrisa y toma mi maleta, para guardarla en el portaequipajes de un costosísimo Mercedes, que no tengo idea de qué modelo es, pero que se ve muy moderno y, ¿qué creen?, ¡lujoso también! Me abre la puerta y siento que vamos para los premios Oscar, ¡Wow!, ¡qué carrazo!

Nos deslizamos por la ciudad y digo, “deslizamos”, porque así se siente, como si la vía fuera de mantequilla y el auto solo se dejara ir por la superficie. Hasta me hace dudar que las malas vías, que dice siempre el noticiero que hay, no existan.

Por primera vez en toda mi vida, desde que llego a esta bendita ciudad, siento que la disfruto y la observo detenidamente en cada semáforo en rojo. Sus gentes caminando que, aunque son las ocho de la noche, hay en todos lados. Sus luces, sus colores y cómo sonríen.

Dentro de mis prejuicios, tengo a esta ciudad mal catalogada por su frialdad, que aparte del clima es evidente, también me refiero a sus corazones, cuestión que, poco a poco, va cambiando, porque la perspectiva ahora, que es otra, me hace resaltar que por algo es la capital: sofisticada,

elegante y obviamente exclusiva; lo que la mayoría no puede pagar, pero que apenas lo hace, todo es maravilloso; pues bien, esa soy yo y no sé por qué, algo dentro de mí explota y quiere más de esto.

¡De piedra!

¡Boquiabierta!

«¡Wow!»

Así me quedo, cuando veo el monumentazo de hotel al que acabamos de llegar.

Cuando el conductor comenzó a desviarse a la entrada del hotel, pensé que era una broma, pero no, ¡era muy en serio!, porque se bajó, me abrió la puerta y mi maleta, inmediatamente la tomó el botones, para llevarla dentro del palacio en el que me voy a alojar.

Voy sonriente hacia la recepción más dorada, que el mismo cacique en la leyenda del Dorado, para hacer el check in y hay que ver, la amabilidad de estas personas y su clase para atender, ¡definitivamente, a Bogotá se tiene que venir con plata!

Así que, tomando la tarjeta como llave de la habitación, subo hasta el último piso acompañada del botones que, cuidadosamente, me lleva la valija; coloco la tarjetita en el sensor y un, ¡Wow!

, se me escapa de nuevo, al ver la suite colorida frente a mí, que es casi como el apartamento en el que vivo.

El empleado ignora mi sorpresa, pasa por mi lado y me pregunta, que en donde quiero que deje la maleta. Yo, que ando aún con la mandíbula en el piso, levanto la mano para decirle que lo haga en, “no sé dónde”, porque el ventanal en donde está la vista más hermosa de la ciudad, me tiene absorbida.

«¡Wow!»

No sé cuantos minutos estoy así, pero deleito cada luz diminuta que se observa desde esta altura. Estoy en el piso treinta de este majestuoso lugar y es como si tuviera el mundo a mis pies.

Estoy cavilando, cuando caigo en cuenta de algo, una millonada debe valer la noche aquí y no puedo quedarme de piedra viendo solo el ventanal, ¡debo disfrutar de todo lo que el hotel me ofrece!

Así que, salgo del estupor rápido y me meto a la ducha, que también tiene una tina y anoto mentalmente, que debo usarla con las sales y los geles que hay ordenados en la repisa del hermoso baño.

Me visto elegante y bajo al restaurante. Es hermoso y muy instagrameable, pido un delicioso solomito a las finas hierbas, recomendación del chef y disfruto, disfruto divinamente de todo.

Luego de cenar y de echarle ojo a todos los que entraban y salían del restaurante, decido conocer las instalaciones del hotel W Bogotá.

Voy hacia el fondo y veo las piscinas climatizadas y cubiertas, las luces salen de las paredes por unos paneles dándole así modernidad y clase.

Sigo caminando y me encuentro con el spa y también tomo nota mental, de que debo pedir una sesión, puede que la empresa no pague por esto, pero el lujito si me lo quiero dar, ¡está decidido!

Hay una zona social y también un bar que, aunque este último muy elegante, llama mi atención, me rehúso a ir, porque estoy muy cansada, son casi las once de la noche y he detallado todos los rincones excepto los pisos, porque para ir allí debes tener la tarjeta de acceso.

Así que, viendo que ya cumplí con mi objetivo y habiendo anotado mentalmente, lo que quiero disfrutar en mi estadía, me encamino hacia la habitación y luego de casi media hora, en donde salto, me revuelco y me estiro en esta cama tan deliciosa, me quedo dormida.

Mañana comienza todo mi proceso y quiero estar lúcida.