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Hoy es la gran noche de la fiesta de optometría y estoy muy emocionada. Intento estarlo, porque la noticia de que pronto iré a Bogotá, no es que me guste mucho. Así que, me termino de arreglar y voy rumbo a la discoteca Amarna, hoy hay show egipcio y quiero darlo todo en la pista con mis colegas.
Cuando llego, me doy cuenta de que hay revuelo en la entrada, nos están dando los tickets de las bebidas y de la comida. Entonces con la mirada busco a Samanta y a Carlos, que minutos antes, me avisaron que ya estaban ahí y cuando los veo, los abrazo, ¡estoy que no puedo de los chismes que traigo!
Comienzo a contarles poco a poco los detalles y cuando estamos adentro, Carlos nos busca una mesa para así sentarnos y hablar con calma.
—No te puedo creer lo que hizo ese tipo.
Tercia Samanta y yo asiento un poco más aliviada.
Haberlo hablado con varias personas, me hace sentir mejor y cuando miro a Carlos, leo en su rostro, que tampoco lo cree y comenta:
—Pues muy extraño, porque ese jueguito que se traían ustedes, era demasiado evidente. Yo miré a Samanta y dije, “ese par está más caliente, que el horno para pizzas”.
Me río, Carlos es demasiado chistoso con sus analogías.
—Siiiiiii. Ese hombre botaba la baba y tú tampoco te quedabas atrás. A ambos se les notaba la estupidez.
Explica mi amiga con autosuficiencia, mientras Carlos se ríe y asiente rápidamente con su cabeza, para agregar:
—Que man tan raro, yo no entiendo por qué hizo eso, si ya tenía luz verde contigo.
Suspiro. Sin duda alguna, su teatro fue muy real.
—Pues ya ven que las apariencias engañan. Yo fui la única que vio cosas donde no había y pues simplemente, él se aprovechó de eso y ya.
—Pero aun no entiendo algo…
Interrumpe Carlos con el ceño fruncido.
—Un hombre no le bota corriente a una mujer si es que no le gusta, es más, no le propone más planes después de eso y por lo que dices, ustedes siguieron hablando…
Asiento con indiferencia y continúa:
—Pienso que sí le gustaste en algún momento y al verte decidida con el tiempo, pues le dio miedo…
Ruedo los ojos.
—Mira, no le des más vueltas al tema —Lo corto—. Ese de miedoso no tiene un pelo, solo no le gusté y ya. La razón por la que siguió tonteando después, fue mero placer de tener a alguien tras él, ¡es un imbécil!
—¡Qué maldito!
Masculla Samanta y Carlos niega en silencio con decepción, para decir:
—No supo aprovechar semejante oportunidad por miedo. Yo por lo menos, si a mí me gusta una mujer y veo que también está en la misma tónica mía, no me ando con rodeos, voy a lo mío, ¡hasta me sobregiro por tenerla como una reina!
Su comentario nos hace reír, pues siempre sale con alguna ocurrencia divertida y eso hace que se distensione el ambiente, mientras pienso que haber tomado aquella decisión de no ir detras de nadie, fue lo mejor, pues de ahora en adelante, me evitaré dolores de cabeza con esos jueguitos sin sentido,
que solo confunden en vez de ver realidades, ¡ya basta de eso!
—¿Por lo menos te pidió disculpas o te buscó para explicar qué fue lo que le pasó?
Ella se dirige a mi y yo niego.
—No me buscó. Lo que sí hizo, fue dejarme muchos mensajes, pero ya no importaba, así que lo eliminé de manera definitiva.
—Hubieras leído lo que tenía por decir. A mí me sigue pareciendo, que hay gato encerrado.
Agrega Carlos y yo vuelvo a negar.
—Hubieran sido puras excusas y la verdad, es que ya nada de él me interesaba, así que lo di por finiquitado.
Parecen satisfechos con mis respuestas, no dicen nada más y yo, para cambiar el tema les cuento:
—Lo más increíble, es que la otra semana debo viajar a Bogotá y no me parece nada divertido.
—¿Otro congreso?
Pregunta mi amigo en sorna. A ese le hace gracia, que nunca me pierda uno.
—No. Trabajo.
—¿Cómo así?, ¿no se supone que estás fija aquí?
Samanta frunce el ceño.
—La empresa me va a mandar para allá.
Me miran como si fuera un bicho raro y me apresuro a explicar:
—Yo tampoco tengo idea de lo que voy hacer, pero mi jefe, que estaba más enredado que embolatado con sus razones, me dijo a grandes rasgos, que necesitaban de mis servicios para una brigada empresarial, pero supongo que me lo explicarán mejor después.
—Qué raro.
Ella se encoge de hombros y él se echa a reír, para apostillar:
—Iri, más bien di, que te vas a ver con el Javi. Tranquila, que no tienes que decirnos esas cosas, para explicar que lo quieres ver.
Apenas dice eso, se echan a reír y yo le doy un puño amistoso en el hombro, ¡ahí vuelven sus benditos comentarios!
Nos reímos por un rato y para acabar con broche de oro, les cuento lo que pasó con el alemán de Óculos y se parten de risa.
Samanta no da crédito a lo que le relato, no me cree capaz de ese comportamiento, pero al final me felicita y en medio de la risa, me pregunta que, cómo le sentí la entrepierna, refiriéndose a su virilidad y yo sin pelos en la lengua, le cuento que, aunque estaba bien dotado el hombre,
no dejaba de ser un idiota.
Mi amigo se queda boquiabierto con mi respuesta, pero al final se ríe. Es lo que tiene andar conmigo, pasas de un estado de ánimo a otro, cómo en una montaña rusa y sin perder más el tiempo en conversaciones, nos lanzamos a la pista, en donde vuelvo a ver a mis demás amigos del congreso en Bogotá.
Jose, Yadira, Jair, Elizabeth y Omaira, se dan cuenta de mi presencia y vienen hacia nosotros a hacer un círculo para seguir bailando, ¡qué lindos son!
Aprovecho para hablar con casi todo el mundo, estoy que saludo hasta los bailarines del show egipcio, que la verdad, están que arden de lo buenotes, pero recordando, que ya no voy detrás de nadie, me contengo, ¡eso quedó en el pasado!
También me apresuro a saludar a los anfitriones de la fiesta, pues en esas veo a Alaina y a su colega y amiga Gina, representantes de Luxottica a nivel departamental.
Siempre están juntas en todo momento, ¡qué bonita amistad tienen!
, y como ya las conozco y tengo confianza con ellas, echamos chisme, tanto que, me preguntan por el tema de los extranjeros, pues con Alaina compartimos eso en común, pero con la diferencia, que ya no tengo buena opinión de ellos y la ojiverde se apresura a decir, que no todos son así,
mientras Gina se ríe, ¡claro, Alaina los defiende, porque está casada con un alemán!
, tuvo la suerte de encontrarse con uno que si la ama, pero la realidad, es que son terribles, ¡si le contara los detalles no pensaría igual!
Sigo bailando y pasándola bien con todos mis colegas. Continuamos en la rumba hasta el amanecer y agradezco a Dios, que es domingo y que no hay que trabajar, ¡porque de esta no se para nadie!
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Otra vez lunes y llego muy sonriente al trabajo. Nadie me quita lo baila´o, pues este fin de semana fue lo máximo.
Entre la fiesta de optometría, haber echado chisme con Gabriela y Luis en su casa y haberle ayudado a Vladimir, con su vuelo dentro de unos meses a la ciudad, me siento muy renovada, así que comienzo a atender, para aligerar la agenda que, gracias al cielo, no está llena.
Pero no ha pasado ni un minuto, en donde estoy calentando mi puesto para comenzar a trabajar, cuando una de las asesoras de la recepción, entra en tromba a mi consultorio y me dice:
—Doctora, el jefe la necesita en la oficina.
Apenas dice eso, cierra la puerta y yo aprieto al mismo tiempo los ojos. El tema de Bogotá vuelve y ya ni me acordaba de eso.
Minutos después, estoy golpeando la puerta para entrar y cuando escucho, que me da autorización, entro, se coloca de pie y me invita a tomar asiento.
—Buenos días, doctora.
—Buenos días.
Susurro. El corazón me va a mil del chisme, no sé qué me va a decir, pero quiero que lo diga rápido.
—La semana pasada, le había informado que la necesito en una brigada empresarial en la ciudad de Bogotá, dicho plan está aún vigente por lo que viajará este viernes en la noche —Parpadeo y suspiro.
Lo ha dicho todo tan rápido que apenas lo asimilo y agrega—: Atenderá a los trabajadores de una empresa con énfasis en alturas y les dará los informes que sean necesarios…
—¿Por cuánto tiempo estaré allá?
—Por ahora, una semana.
—¡¿Una semana?! —No puedo evitar alarmarme y me doy cuenta por la manera en que me mira, que lo he dicho en voz muy alta. Así que, me rectifico—: Lo siento es que, no pensé que fuera por tanto tiempo, además tengo compromisos y…
—Lo sé, doctora —dice con gesto cansado y me entra la duda, que hay algo raro, pero continúa—: Es por eso que le aviso con anterioridad, para que deje todo en orden, porque hay posibilidades de que se quede más tiempo…
—¡¿Cómo?!
—Si. Los trabajadores de dicha empresa son alrededor de mil y…
—Jefe, discúlpeme, pero aun no entiendo…
Paso con fuerza la mano derecha sobre mi rostro. Estoy muy abrumada.
—¿Cómo es que yo sola voy a ver ese mundo de pacientes?, acaso, ¿no era más fácil decirles a los de esa empresa, que manden a sus empleados a las sedes que tenemos allá?
Mi jefe suspira y no sé por qué siento, que esa opción ya la había sopesado, porque veo también en su rostro, que está igual que yo: impotente.
—No tengo idea de porqué están enviando esa orden, solo sé que, desde la coordinación de optometría en Bogotá, me pidieron informarte y de paso pedirte, si sabes de alguien que te pueda reemplazar aquí.
Me pide en un tono preocupado y yo suspiro.
La empresa para la cual trabajo es un laboratorio de salud ocupacional, que tiene su oficina principal en la capital con múltiples sedes en toda Bogotá y a lo largo y ancho del país.
En realidad, es una empresa sólida y muy seria con muchos años de trayectoria en la prestación de su servicio y a lo que me dedico, es a la realización de visiometrías a los trabajadores potenciales de las empresas que, en su proceso de selección de sus empleados,
tramitan también los exámenes médicos de ingreso, periódicos y de egreso laborales.
Lo que me pide hacer mi jefe, no está por fuera de mis labores, pues también doy el concepto de la aptitud visual, que requieren las empresas a los empleados que trabajan en alturas.
Lo raro aquí, es que sea en otra ciudad y aunque eso definitivamente, no está en mi contrato, soy incapaz de sacarle eso a relucir, porque debo admitir que la empresa, cuando he necesitado incontables permisos para mis viajes y congresos, no me ha negado ninguno.
Así que volviendo a la realidad y aceptando aquel cambio temporal de trabajo, porque también debo admitir, que lo que en serio me molesta, es que sea en esa ciudad, ni siquiera que tenga qué ver tantos pacientes y por tanto tiempo; lo miro y con la misma resignación, contesto:
—Pues, si no hay de otra, puedo conseguir a alguien que me reemplace, por eso no hay problema.
Su semblante, por no decir su alma, vuelve al cuerpo y sonríe.
Se nota que eso lo estaba martirizando, pues también tengo entendido, que a veces no hay optómetras disponibles para hacer reemplazos, pero yo conozco a varias personas, que pueden hacerlo sin problema. Entonces, ya más relajado, procede a explicarme lo relacionado al trabajo.
—Perfecto —dice y mira lo que tiene en su computador—. Viajarás este viernes en la noche en primera clase, te instalarás en un hotel de lujo y el sábado, pasarán por ti temprano en la mañana, para llevarte a la empresa que contrató nuestro servicio.
» Allí te explicarán lo que debes hacer en cuanto a la entrega de los informes, porque tus funciones siguen siendo las mismas: hacer las visiometrías, y comenzarás con toda la energía el lunes.
Me quedo por un momento pensativa y cuando voy a hablar, me interrumpe diciendo:
—Ah, y ni hablar tiene, que no debes preocuparte por nada de lo que gastes. Te recogerán en tu casa, te llevarán al aeropuerto y cuando llegues allá, también se harán cargo. Tanto tus viáticos, como el hospedaje son cortesía de la empresa que nos contrató.
Arqueo las cejas a manera de sorpresa.
Es la primera vez que escucho tantas atenciones para con un empleado, aunque la verdad, escuchar eso me tranquiliza, porque Bogotá no es mi centro de placer y si me van a tratar así, pues bienvenido sea.
—Bien, ya sé que no tengo qué preocuparme por casi nada, pero si hay algo que me hace pensar y es, ¿cómo voy a atender a mil pacientes yo sola?
—Eso también, ya está resuelto —Vuelve a revisar algo en su computador y me explica—: Normalmente, haces entre cuarenta a cincuenta visiometrías por día, así que ellos ya están al tanto, de que no deben presionarte porque hagas más de lo que te corresponde en tu horario laboral.
Suspiro, lo observo y vuelvo a suspirar y al ver, que no tengo intención de hablar más, añade:
—Sé que todo esto es muy rápido y apenas te estoy dejando respirar, pero no dudes en que cualquier pregunta, así como también cualquier inconformidad, me lo debes hacer saber para solucionarlo y en Bogotá, para cualquier pedido rápido te estará apoyando Wilmar, de la coordinación.
Me relajo un poco. Saber que el coordinador estará al pie del cañón frente a esta locura de viaje laboral, me tranquiliza, pues ya he hablado con él en otras ocasiones y tengo un poco más de confianza; no dudo que él va a ser quien despeje mis dudas acerca de esto.
Nadie agrega nada más, así que, con esas órdenes, me despido de mi jefe y me retiro. Debo seguir trabajando.