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Al otro día, apago la alarma y aun con el dolor en el pecho, decido vestirme y pasarla bien en este congreso. Total, acompañada de mis amigos, sé que este trago amargo, puede ser más llevadero.

¡Y si!, ¡sí que es más llevadero!, pues las charlas este día están mucho mejores que las de ayer y ni hablar de los juegos y rifas, que realizan las casas comerciales en la puesta, eso hace que pase muy rápido el tiempo y pronto cae la noche.

Mis amigos vuelven a hablar de rumba y, ¿qué creen?

, esta vez me apunto, pero me niego a ir al hotel para cambiarme; siento que estoy muy bien con el enterizo beige que llevo entallado y zapatillas rojas con tacón aguja.

Además, ir al hotel me recordaría la desazón de la noche anterior y me niego a revivir eso, necesito que sea pasado pisado a como dé lugar.

La mayoría no quiere ir tampoco al hotel, así que tomamos un taxi y nos vamos todos a la zona rosa de Bogotá, que la verdad por ser viernes, está prendida como incendio forestal, ¡me encantaaaaa!, así que apartamos la mesa, algunos pedimos comida, otros piden trago y nos disponemos a bailar.

Esta noche, hay show con una banda cartagenera, así que la champeta enciende el lugar y yo me burlo, porque hay varios que parecen epilépticos y no bailarines, ¡ay, con estos rolos y sus movimientos!

Javier viene a mi mente y creando una imagen, en donde le grito cincuenta mil improperios a cuál más terrible cada uno, pronto lo desecho. Ojalá le esté yendo bien en la vida, porque bendición es lo que va a necesitar de ahora en adelante, por haber hecho lo que hizo, ¡pendejo de mierda!

Suenan varias canciones que me sé y grito como una posesa, me hace mucho bien desahogar todas mis emociones bailando y gritando.

Mis amigos me ven y hacen lo mismo, ellos no tienen idea de lo que siento, pero se hace mucho mejor así, pues la pasamos genial y cuando llego al hotel a las cuatro de la mañana, sé que la he pasado fenomenal.

Me desvisto y cuando voy a cambiar la alarma del celular, porque no quiero que suene dentro de dos horas, me doy cuenta, de que en todo el día ni lo miré.

«Y, ¿si hay mensajes de él?»

Pasa aquella pregunta como un silbido y abro el Instagram, para hacer lo que la nueva Irina, es capaz de hacer. Pues sí, en efecto, hay cien mil mensajes de Javier y sorpresivamente, no me inmuto y ni los leo, ¿para qué?, ¿para qué, si ya sé, que es lo que sigue luego?

Entonces y sin esfuerzo, elimino su chat, elimino su contacto y de paso, elimino que me tenga en sus seguidores. Me niego a todo lo que sea de él y sonrío, ¡he llegado al contacto cero!, ¡Hurra por mí!

Cambio la alarma y me acuesto con una inmensa sonrisa. No se imaginan la paz, que siento en estos momentos.

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Hoy es el último día de congreso y como hoy también hacen varias rifas y espectáculos, me animé a ir, si no, la verdad, me hubiera quedado dormida.

Me levanté tardísimo, a las diez de la mañana y mientras me paraba de la cama y pedía el desayuno a la habitación, casi no llego y mis amigos están igual.

La rumba fue tan espectacular, que la mayoría llegó a las charlas trasnochado y enguayabado, pero no hay de otra, son las cuatro de la tarde y ya estamos hablando de fiesta para esta noche, ¡hay que cumplir con el deber.

Pero pronto, uno de los organizadores del evento nos informa, que habrá clausura del congreso por todo lo alto y más nos emocionamos, ¡quiero bailar de nuevo hasta el amanecer!

¡Y si!, ¡hay fiesta fenomenal!, pero antes, sí decido ir al hotel y ponerme un vestido de tiras rojo a media pierna. No me importa el frío que llevo, la cuestión es que así lo quiero lucir.

Divisando a mis amigos, me acerco a ellos para prender el sitio. El lugar está espectacular, pues ambientaron una parte de Corferias al aire libre con carpas blancas y mesas muy bien decoradas, que tienen un estilo bastante elegante.

Sigo observando mi alrededor, es increíble, lo mucho que mueve este evento, porque todo está lleno y la mayoría de personas están bailando sin tapujos. Entonces, sin más y al ver, que ponen salsita brava de la buena, arrastro a mis amigos a la pista, para hacerlo también.

Luego de un rato bailando, Yadira, mi compañera y colega, me indica con disimulo, mientras baila:

—Iri, mira hacia tu derecha, las mesas que están al fondo.

Con sutileza y gracias a las luces de neón que hay, logro enfocar y me doy cuenta de que los empleados de Óculos, es decir, los alemanes, nos están viendo bastante animados.

—No te han quitado ojo, desde que llegamos.

—¿Sí?, no lo creo.

Me burlo, pero mi amiga indica:

—Pues, a mí no es y por lo que sé, tampoco a Jair…

Dirigimos nuestra vista a este, que está muy entretenido cayéndole a otro extranjero buenorro de la fiesta.

—Mucho menos a Jose…

Señala al aludido, mientras baila con Elizabeth y Omaira bastante retirados de nosotras y yo me río entendiendo su punto, mientras agrega:

—Así que, por descarte, quedas tú.

Escuchar aquello me llena de orgullo, pero aún no olvido quien es ese tipo y lo que hizo en Cartagena.

Así que, queriendo comprobar lo que mi amiga dice, le sonrío al alemán, quien lo hace de vuelta y en menos de nada, tenemos a su grupo bailando con nosotros en la pista, ¡mujeriegos detectados! , ¡lo peor!

Aunque la algarabía es amena y divertida, no puedo dejar de ver al alemán infiel con mi película mental de lo que Samanta contó y lo peor, viendo como no pierde la oportunidad de echarle el perro a cualquiera.

Hace un minuto me sonreía y ahora, ya está en plan cazador con otras, ¡los tipos son lo peor y más si son alemanes!

Paro por un instante, suspiro y voy al baño, ¡necesito respirar!, así que, sin prisa voy, hago lo que tengo que hacer, me lavo las manos y al salir, me encuentro con el empleado de Óculos, es decir el infiel, en el umbral de la puerta, contemplándome de arriba a abajo.

—Hola, linda.

Le sonrío fríamente por lo que sé, pero él no sabe que lo sé y lo esquivo. En esas, vuelve a interceptarme.

—¿Sabías que tienes unos ojos muy lindos?

Estoy a punto de mandarlo a la mierda y de meterle cuatrocientos mil puños, pero pensándolo mejor, miro a mi alrededor.

La zona de los baños queda muy apartada de donde se desarrolla la fiesta y sabiendo, que no hay nadie cerca que nos pueda ver, lo vuelvo a mirar y aprovechando que, prácticamente, me tiene acorralada, me acerco con la sonrisa que sé que les gusta a los hombres y leo en su mirada,

que le encanta que haya sido receptiva.

—¿Te gustan mis ojos?

Pregunto y el tipo asiente, totalmente hechizado.

Claro que sé que le gustan, porque aquel es un rubio descolorido predecible y acercándome más a su cuerpo, que no puedo negar se siente durísimo, pero que, a la vez, me da asco al imaginarme con cuantas mujeres ha estado, por ponerle cachos a su novia, coloco mis manos en su pecho y lentamente,

las voy bajando, para murmurar con seducción:

—¿Qué tanto?

—Mucho.

—Ah, ¿sí?

—Si.

Susurra y apenas lo hace, aprieto con todas mis fuerzas.

La cara del alemán cambia en milisegundos.

Si antes estaba excitado, ahora teme por su vida, al sentir mi mano totalmente cerrada con sus testículos dentro y mientras más lo hago, porque me repele este idiota, siento que toda la frustración por tipos como él, como su compatriota el del maldito paquete y el rolo juntos, la desfogo.

—Mira, maldito imbécil… —siseo con ira—. Por tipos como tú, es que el mundo está como está y deberías de dejar de ser un hijo de puta, pues meterte con otras mujeres, mientras tienes una relación, no está bien y espero que, con esto, lo entiendas.

Aquel King Kong de casi metro noventa, calculo yo, porque en tacones soy muy alta y me lleva siempre media cabeza, asiente con rapidez muy pálido y antes de soltarlo, se los vuelvo a estrujar.

—No escuché… —Gime y vuelvo a apretar—. ¿Cómo?

—S… si, suéltame, por favor.

Exclama con voz sufrida y hago lo que me pide, de mala gana.

Se deja caer de culo al piso y me mira con ojos vidriosos, ¡le ha dolido!, pero me importa una mierda y mientras él sufre todavía en el piso con las manos acariciando su hombría, me marcho de allí como un héroe, que acaba de vengar a muchas soldadas caídas, que se metieron con este y sufrieron.

«¡Amigas!, ¡esto es por ustedes!»

Y como si nada, vuelvo a bailar como una posesa con mi grupo, mientras veo que pasan los minutos y ni rastro de los alemanes de Óculos.

Sonrío, ¡solo espero que esta vez, no haya tercera guerra mundial!

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Ha pasado casi un mes, desde aquel congreso en Bogotá del que tengo tan buenos recuerdos.

Gracias a Dios, la mayoría son graciosos y logran ocultar el sin sabor del desplante que hizo aquel hombre.

Me río al recordar la cara de Gabriela, cuando le conté todo.

No pudo evitar sentir rabia también cuando le dije lo de Javier, pero se partió de risa con lo ocurrido con el alemán, ¡es que la verdad, fue osado e increíble lo que hice!

Me ha contado que vuelven las peleas con Luis, pero que tan pronto lo hacen, vuelven a sus amores, ¡mi amiga no va a cambiar!, ¡ahí está pintada!

También he hablado con Vladimir, que estaba muy perdido, porque aún no volvía de su ciudad natal.

Me comentó, que hará un viaje a Medellín para ver el mercado de la ciudad con su trabajo y le digo de inmediato que, si se muda para acá, ¡va a ser la mejor decisión de su vida!

, se ríe y entiendo que dude; solo espero que cuando venga y le haga un tour espectacular, cambie de idea.

Con los que aún no he echado el chisme es con Samanta y Carlos, los extraño mucho, pero pronto nos veremos, porque en unos días Luxottica, una famosa multinacional de retail óptico, nos celebrará la fiesta del día del optómetra.

Por norma, es el veintitrés de marzo, pero por cuestiones de aforo, siempre se tenían problemas para hacer reuniones y tuvo que posponerse, ¡eso fue lo que dejó la pandemia!, así que después de varios meses, ¡por fin vamos a disfrutar de la fiesta!

Emocionada por los recuerdos, les envío un mensaje a mis amigos motivándolos a que nos debemos encontrar en aquella fiesta, porque tengo chismes descomunales y, ¿qué creen?, ¡al son de chisme mis amigos confirman su asistencia!

Salgo de mis cavilaciones, pues mi jefe me llama y me dice, que me necesita en su oficina.

Luego de varios minutos en donde la reunión es clara y concisa, ¡me quedo de piedra!, tengo que ir de nuevo a Bogotá, pero esta vez, no es por placer o congresos, ¡es por trabajo!, y no puedo evitar suspirar.

«¿En serio?»

«¿En serio debo volver a esa ciudad, en la cual hay alguien, de quien no quiero ni acordarme?»

Vuelvo a suspirar y dándole mi mejor sonrisa, acepto, pues dentro de su oratoria, en donde explica por qué debo ir, que es extraña y rara, por cómo se confunde al hablar, lo omito, pues para mí está claro.

«¿Qué más se puede hacer?»

La respuesta es: nada; pues es trabajo y a ese no se le puede decir que no, porque paga mis viajes.

Por lo tanto, resignada, salgo de la oficina a seguir con mi agenda, los pacientes están acumulados y no esperan.