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Llegó el gran día y estoy muy nerviosa. Voy de camino hacia el aeropuerto José María Córdova de Rionegro en uno de los buses con esa ruta y en dos horas, estaré partiendo hacia Bogotá.

Para hacer el viaje ameno, me sumo en mis auriculares con la música romanticona de siempre y, ¿qué creen?, ¡Carlos Rivera está de primero en mi lista de reproducción!, y no es para menos, pues desde que le dije a Javier que iba, ha estado muy conversador por el Instagram.

Aún no lo he agregado a mis contactos de manera oficial y aunque a veces me pregunta por qué lo eliminé, siempre evado la respuesta, ¿cómo explicarle que me gusta, pero que su ghosting es una mierda?

En menos de nada, llego al aeropuerto y con más canciones románticas, ya estoy abordando.

En mis pensamientos, solo deseo que la estadía en Bogotá sea la ideal.

No me gusta esa ciudad por el clima y por la frialdad de su gente, esta es la segunda vez que voy y más que asistir a ese congreso, la verdad, lo hago por verme con Javier, porque siendo sincera, si él no me hubiera propuesto planes, ni hubiera pensado en ir como fachada.

El vuelo fue tranquilo y me impresiono de nuevo con el aeropuerto, ¡es gigante!

No se le puede negar que capital es capital y por mucho que no me guste, este lugar es elegante y su gente viste muy bien.

Su acento en cierta forma es pausado y exquisito, nada qué ver con el mío y me burlo, pero lo que más me gusta, es que puedo sacar mi genio y acento golpeado y nadie se ofende, como lo hacen en Medellín, ¡me encanta!

Ni yo me entiendo, pero es lo que hay, cuando uno flota en una nube, pues viene a mi mente el rolo, que ya quiero llamarlo para decirle que estoy en su ciudad, así que le escribo rápidamente, mientras espero el servicio de transporte.

No espero a que me invite a nada esta noche, mi mensaje es meramente informativo y que estoy a su disposición. Además, es tarde, muy tarde y lo que quiero es llegar a descansar.

El servicio me lleva al bonito hotel Hilton, a una cuadra de Corferias porque ahí se llevará a cabo el congreso, así que, con una sonrisa en el rostro, le pago al conductor y hago mi check in.

La habitación es amplia, la cama ni hablar, así que, dejando mi maleta en el piso, me tiro en plancha en el colchón, ¡está suavecito!, prendo el televisor y oigo que suena el celular, ¡es Javier!

Me alegra, que ya estés aquí.

«¿En serio?»

«¿En serio se alegra?»

Noooooooooooooooooooooooooooooo, por favor, que no me diga eso, porque más me enamoro. Así que le escribo:

Si. Así que cuando quieras, los planes son bienvenidos.

Le doy enviar y me desvisto. Estoy cansadísima y necesito una ducha.

Pasada media hora, en donde ya estoy lista para entrar a la cama, reviso mi celular y no veo ningún mensaje de vuelta. No puedo evitar sentirme un poco tonta por lo que hice, ¡dejé ver mi necesidad de nuevo!, y con ello, las mil preguntas.

«Y, ¿si ya nunca más responde?»

«Y, ¿si ahora no quiere salir conmigo?»

«Y, ¿si debí haberle enviado otro mensaje?»

Nooooooooooooooo…

Definitivamente, su apego evitativo y mi apego ansioso la tienen liada, porque con ese sobre pensamiento, cada vez que me deja en visto, siento que es demasiado desgastante y antes de seguir con la flagelación mental, decido quedarme dormida aun ignorando el dolor en el pecho por la preocupación.

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Al otro día temprano, lo primero que reviso es el celular. Aunque logré dormir después de tanto pensar en Javier, si debo admitir, que me costó y a mi pecho le da algo, cuando leo en el chat:

Envíame la ubicación del hotel, pasaré hoy por ti a las 9pm.

«¡¿En seriooooooooooooooooooooooooooooo?!»

¡Noooooooooooooooooooooooooooooo!

¡Me voy a ver con Javier!

Ese corto, pero significativo mensaje, me deja más arriba que una nube y es la dinamita perfecta, para que comience mi día de la mejor forma. Así que de inmediato, le envío lo que pide y me arreglo muy bien, porque hoy comienza el congreso y deseo verme genial.

Luego de dos horas, salgo con un conjunto sastre muy femenino de color palo de rosa, un moño italiano desenfadado y algunos mechones a los lados, el maquillaje muy sobrio, pero resaltando mis ojos oscuros y el perfume que no puede faltar en aquellas zonas, donde deseo que me besen,

según Chanel No 5.

Cómo no es necesario taxi, porque estoy a la vuelta de Corferias, camino con elegancia hacia el lugar y ni qué decir tiene, que me gano varias miradas de las personas que hay en el registro del evento.

Me encuentro con varios colegas, que tienen muchos años de no verme y de inmediato hago conexiones, contactos y echamos chisme con mis optómetras que los adoro, mientras hago la fila del registro.

Pasamos al fondo en grupo, pues seguimos echando chisme y entre todos, nos dirigimos hacia la puesta comercial. Pronto, comenzarán las charlas y hay que estar pendiente.

La puesta es espectacular, hay empresas de todos lados con mucha innovación, y, ¿qué creen?, también está la empresa de Óculos con su empleado alemán estrella, el infiel y veo que está con otros colegas suyos en el stand.

No puedo negar que se ven espectaculares, pero, ¡oye!

, ¡ya no los veo igual!, sobre todo al aludido mujeriego, ¡lo peor!

Si algo he aprendido con ese y con Rob, es que lo que dicen en internet, de que son leales y sumamente fieles, es ¡pura mentira!

, así que, suspirando, me alejo de allí y acompañada de mis amigos, vamos para las charlas.

A la una de la tarde, salimos muy hambrientos y la verdad, cada vez que pasan las horas, mi ansiedad aumenta, porque se viene la noche y veré a Javier.

Suspiro, suspiro como una lela, pues me gusta mucho y la idea de verlo me enloquece.

Por lo tanto, uniéndome al grupo de mis amigos, nos vamos a almorzar a un bonito sitio cerca.

Mientras esperamos nuestra comida, mis amigos ya hablan del plan nocturno y cuando me preguntan, me niego con orgullo, pues ya tengo planes, ¡solo espero que sea de noche rápido!

Almorzamos entre risas, chistes y anécdotas y pronto volvemos a las charlas y a la puesta comercial, ¡el deber nos llama!

Llego al hotel cansada, pero prendida como veladora de iglesia, porque en menos de dos horas llegarán por mí.

Así mismo, me ducho y me coloco un vestido negro midi femme fatale, manga larga, ceñido al cuerpazo que tengo y unos stilettos a juego con mis joyas, pues tienen unas cadenitas plateadas de lo más delicadas.

Acompaño el atuendo con labios rojos como la sangre y al guiñar un ojo a mi propio reflejo, me doy aprobación. Corroboro la hora y bajo con elegancia hacia el lobby, pues faltan diez minutos para la hora acordada.

En ese momento, soy consciente de que no he revisado mucho el celular en todo el día, pues estuve entretenida en las charlas, en la puesta y como no, con mis amigos; entonces lo saco del pequeño bolso y mitigo la emoción.

Reviso Facebook, esculco TikTok, me quedo ahí por unos minutos, pero sé que debo revisar el Instagram y cuando por fin lo abro, me doy cuenta de que Javier no ha enviado más mensajes, salvo el que dejó muy de madrugada y me preocupo, pues ya son las nueve y quince de la noche y ni rastro de aquel.

«¿Qué le habrá pasado?»

«¿Le escribo o no?»

¡No tengo ni idea qué hacer!

Despuéss de tanto divagar, lo hago; pero nada, nada es nada. No obtengo respuesta, sin embargo, sigo esperando.

Me entretengo cómo puedo, pero mi estómago ruge como nunca, así que cuando son las nueve y treinta de la noche y más preocupada estoy que viviendo, me dirijo al restaurante, que está al fondo del hotel.

Me sitúo en una mesa donde, gracias a las cristaleras del restaurante, puedo ver hacia el lobby y la parte de afuera del hotel, así que, si Javier aparece, puedo saberlo.

Pasan los minutos y enloquecida, le hago cuatrocientas mil llamadas con doscientos mil mensajes, aquí ya no me importa la elegancia, ni si estoy dejando ver la necesidad o no, pues no tengo idea de lo que le pasó y de por qué no llega, pero pronto,

la ansiedad se torna en resignación y al ver al mesero, que se acerca a mí para decirme que ya van a cerrar, soy consciente de que he estado ahí casi por dos horas y que lo único qué pedí fue una botella de agua.

«¿Por qué sigo aquí?»

El mundo se detiene a mi alrededor, no puedo negar la verdad y cuando la acepto, siento un fuerte golpe de realidad en el pecho y en la cabeza despertándome abruptamente de mi letargo: Javier me ha dejado plantada; y con ello,

vienen a mi todas las imágenes y situaciones en las que aquel fue el protagonista ausente, pues la verdad, es que todo lo armé en mi cabeza y reconocer eso, duele, duele demasiado.

Esbozo una sonrisa al mesero indicando que me traiga la cuenta de la botella de agua, pero estoy segura, de que salió como una horrible mueca, porque aún no salgo del estupor.

Mis pensamientos son claros pero dolorosos: siempre estuve detrás de ese maldito hombre que ni la hora me daba.

«¿Cómo pude ser tan ciega?»

«Acaso, ¿todas esas malditas señales de que le gustaba, eran solo una fachada?»

«Acaso, ¿estaba también jugando como yo lo hice con él, pero que estúpidamente, yo sola caí en mi propia trampa?»

Cierro los ojos con dolor al ser consciente del lugar en el que estoy, de la forma en la voy vestida y doy un grito ahogado, pues todas las emociones me vienen en tromba y siento, que no gestiono ni mi propio nombre.

Me siento rechazada, perdedora, ansiosa, por no decir que estúpida por todo el ridículo que hice este tiempo. He estado ciega, frente a las señales ambiguas, que me enviaba aquel idiota y por culpa de mi propia idealización, no las vi, ¡maldita sea, no las vi!

Las lágrimas silenciosas bañan mis mejillas y mientras pago al mesero y le indico que me siento bien, recojo las migajas de mi dignidad en ese restaurante y me dirijo a mi habitación con las palabras de Gabriela en mi mente.

“Deja de buscar a los hombres, porque lo que vas a atraer para ti, serán puros pendejos como esos que no tienen nada que ofrecer...”

Cuánta razón tenía y con esa bola de plomo en el estómago, camino rápido. Sólo espero que ni la recepcionista me vea, pues tengo una vergüenza infinita y solo quiero la soledad de mi cuarto.

Llego casi que corriendo y cuando cierro de un portazo, me tiro a la cama a llorar, a llorar como nunca en la vida, pues así siento que mi pecho y corazón se calman ante tanta ansiedad vivida por tanto tiempo, ante tanta desesperación y desasosiego al pensar y al chatear con él,

incluso pasa por mi mente el estúpido de Rob.

No sé cuánto tiempo pasa, pero lloro hasta que me siento satisfecha y prendiendo la televisión para no sentirme sola, voy al baño, necesito quitarme todo esto.

Frente al espejo, mi imagen es deplorable, el moño desordenado, la pestañina regada por las mejillas y los labios ya ni tienen color. Nada qué ver con la mujer que salió de aquí hace más de dos horas.

Así que, envalentonando mi carácter, pues ya estuvo suficiente de llorar, me desmaquillo y cada vez que lo voy haciendo, observándome en el espejo, declaro en susurros:

—Dejaré de ir detrás de la gente…

Limpio mis labios.

—No van a tener ningún acceso a mi…

Enjuago mis ojos.

—Ya basta de la Irina buena y complaciente…

Despeino mi cabello.

Y como una mamba negra, cuando muda su piel, pues así me siento, llena de veneno; me quito el vestido, me ducho y al salir, mirando de nuevo el reflejo con una imagen más renovada, sonrío con malicia y susurro:

—Ahora sí, van a conocer lo hija de puta, que puedo llegar a ser.