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Son las ocho de la noche y con Gabriela, decidimos comer antes de ir de rumba, pero esta es la hora y la aludida, no se ha hecho notar tras mis mensajes, así que la llamo:

—¡¿Gabi?!

—Hola, Iri. Si quieres, te llego al lugar para cenar, aquí en casa me demoro un poco y…

Por su tono de voz, sé que tiene la rabia de esta vida y la otra, así que pregunto de nuevo:

—¿Qué ha pasado?

—¡¿Qué crees?!

Suspiro. Intuyo, que el idiota de su hijo sobrino algo hizo.

—Llego a tu casa en diez minutos.

Cuando llego, mi amiga me recibe a medio arreglar y tiene la cara roja como un tomate, solo le pasa eso cuando tiene una rabia infinita y claro, al entrar, me doy cuenta que Luis está al fondo en el pasillo, sin camisa, con un pantalón de chándal, los brazos cruzados y con cara de pocos amigos.

—Amiga, alístate ya mismo para salir.

Le indico con firmeza. No es la primera vez, que estamos en esta situación.

—¡Ella no va a ir a ningún lado!

Grita Luis desde donde está y yo me enciendo.

Definitivamente, está mucho peor que antes e intuyendo, por qué mi amiga está con la respiración al mil, me dirijo con calma a aquel niño, que para mí aún usa pañales y espeto:

—Ella va a salir de aquí, te lo puedo asegurar, como que me llamo Irina Martínez.

Termino esto con una sonrisa fría y Luis, después de verme con sus ojazos iguales a los de mi amiga, resopla, pero, ¡cómo resopla!

—Irina, esta mujer se la pasa diciéndome todo el tiempo, que no puedo salir, ¿por qué ella sí lo hace?

—¡A mí me respetas!, ¡soy tu madre!

—¡Eres mi tía!, ¡que es muy diferente!

Replica el malagradecido ese y veo como la mandíbula de Gabriela tiembla, le ha dolido eso, pero como un rayo se compone y cuando va a soltar sapos y culebras, la detengo, antes de que diga algo de lo que se pueda arrepentir.

Toco su brazo y le indico en voz baja, que vaya a su habitación para terminar de arreglarse. Cuando pasa por su lado, susurra con toda la rabia:

—Esto no se queda así.

El niñato, que sigue con los brazos cruzados, la mira y ni se inmuta. A ese le da igual y por esos tratos, ya entiendo, cómo va la cosa con ese par.

Me quedo mirando fijamente a Luis, él me mira y cuando ya se rinde, porque como siempre pasa que intervengo entre ellos y sus peleas, resopla y deja caer sus brazos a los lados para decir:

—Esto no es justo.

—A mí tampoco me parece, o, ¿te parece justo, el trato que le das a la mujer que te crió como suyo y que te está dando todas estas comodidades?

—¿Por qué puede salir y yo no?

—Luis, no te iguales. Ella es adulta.

—No es de igualarme, es que debe dar ejemplo y…

—Se preocupa por ti. Si te dice que no salgas, es porque se preocupa por ti que eres un niño.

—¡Yo no soy un niño!

—Pues eso parece, porque con estas contestaciones tuyas, te estancaste.

Me estudia, sabe que no tiene forma de ganar esta discusión.

—Yo también me preocupo de que le pase algo y…

—Sé que lo haces, pero no lo expresas de la mejor forma. ¿No crees que debes confiar en ella, porque es adulta y se sabe cuidar?, además está conmigo, juntas lo hacemos.

Pasa su mano por su cabello y poco a poco, va relajando su expresión. Se queda en silencio, como debatiéndose internamente y cuando ya tiene claro lo que va a decir, me observa y dice:

—Por favor, cuídala bien y no dejes que ninguno se le acerque.

Suspiro, ese es otro tema, que aún no llega a entender.

—Sabes que eso es imposible, Gabi es hermosa y deberías hacerte a la idea, de que algún día, aparezca aquí con algún pretendiente o novio y…

—No necesita nada eso.

Sisea enfadado, pero, ¡vaya!, ¡si hasta se le han oscurecido los ojos!, y agrega:

—Me tiene a mí, que soy el hombre de esta casa y nada más.

—Estás muy equivocado, Luis, aún hay cosas que tú, como adolescente que eres, no comprendes.

Entorna los ojos como Gabi, ¡es que se parecen un montón!, no le gusta que le digan que es un niñato, pero es lo que hay.

—Y solo el tiempo lo va a aclarar, pero, por favor, mientras entiendes la vida, no hagas cosas de las que más adelante te puedas arrepentir y lo más importante, no le des dolores de cabeza a tu madre, que tanto se ha sacrificado por ti; si ella tiene la oportunidad de vivir, déjala hacerlo, ¿sí?

Luis vuelve a resoplar, me dedica una bonita sonrisa y me abraza.

—Bien, ahora, quiero que hagas algo por mí, ¿sí?

—¿El qué?

—Que cuando salga Gabi de su habitación, le vas a decir que lo sientes…

—Ay, no te pongas pesada.

—Me haces el favor y lo haces, no eches por la borda lo que te he dicho, muchachito.

Me vuelve a mirar con intensidad, mientras yo también le dedico una de las mías, se rinde, resopla y asiente.

—No escuché…

—Está bien…

Murmura, pero yo presiono:

—¿Solo, “está bien”?

—Está bien, sí, señora.

—Perfecto.

Se abre la puerta de la habitación y nos giramos, para ver a una despampanante Gabriela metida en un vestido rojo corto y unos taconazos que, ¡Dios mío!, está tan impresionante, que hasta Luis se queda boquiabierto.

Entonces, recordando lo de hace unos minutos, le doy un sutil codazo, Luis entiende y carraspea su garganta en gesto serio.

—Ese vestido me parece que está muy corto y…

—Luis…

Le susurro. Eso no fue precisamente, lo que acordamos.

—¡Pero, acaso, ¿tú no la ves?!

Lo aniquilo con mis ojos, inyectándole toda la maldita conversación anterior, ¡que no me busque el genio! Resopla y luego, yendo hasta donde mi amiga, la abraza y le dice:

—Madre, perdóname, no he estado muy bien últimamente y la he pagado contigo, así que, por favor, ¿me perdonas?

En ese momento, soy consciente de que Luis poco a poco va dejando de ser un niño, aún le falta madurar en su personalidad, pero lo que es su físico, ¡Dios mío!

, ¡si es que está más alto que Gabriela!

, y ni hablar de la chocolatina, que se le está formando en el abdomen por el deporte y siento mucha pena desde ya, por todos esos corazones que va romper, porque si a eso le añadimos lo rubio y ojiazul que es, ¡la van a tener!

Mi odontóloga favorita cede con los ojos de perro regañado que le dedica Luis, ese sabe cómo manipular y por eso son sus peleas. Debe ser más dura con él, así le duela.

Estoy en mis pensamientos, cuando la oigo decir:

—No vuelvas a decirme, que no soy tu madre, porque eres mi pequeñito, ¿oíste?

—Lo siento.

—Está bien.

¡Por fin!, y después de casi una hora en ese ajetreo mediático, salimos de la casa de Gabi, no sin antes, soltar una de las mías a Luis, diciéndole que nos encontraremos con muchos hombres, éste no da crédito al comentario y entornando los ojos, cierra la puerta de la casa.

Ella vive en un bonito condominio de casas lujosas en Envigado y nos dirigimos a su carrazo, eso sí, la máquina es tan potente que, en menos de quince minutos, estamos en el restaurante en la calle de la buena mesa y yo lo agradezco, porque como estoy, me quiero comer, no una,

sino dos ballenas del hambre que tengo.

Casi a media noche, llegamos al restaurante bar Dos Santos en el Poblado. Es noche temática, así que disfrutamos del espectáculo, pero yo, que tengo una bien guardada entre pecho y espalda, miro a mi amiga después de que ha hecho el pedido de las bebidas al mesero y le digo:

—Debes arreglar esa situación con Luis lo más rápido posible.

—Lo sé, pero cada vez que eso pasa, me salgo de las casillas y terminamos mal, muy mal.

—Claro, porque los dos se sulfuran y no llegan a ningún acuerdo. Cada vez que vayas a hablar con él, hazlo de manera sosegada y verás la diferencia.

Gabi resopla. Sé que el tema le escuece.

—Irina, muchas gracias, siempre que pasa eso, lo manejas mucho mejor que yo y…

—No te preocupes, somos como familia y sabes, que estaremos siempre la una para la otra, así yo me la pase viajando y tú estés enterrada en el trabajo.

Las dos carcajeamos, sabemos que es cierto, como también, que nuestra amistad será inquebrantable.

—¿Sabes qué me parece chistoso de nosotras?

—¿Qué?

—Que tú eres mucho mejor manejando situaciones con niños o en este caso, con adolescentes y no tienes uno, mientras que yo soy la que te aconseja con los hombres y no tengo pareja.

Su sinceridad me hace reír, definitivamente, tiene razón y deseo que ambas encontremos lo mejor del mundo mundial en cuanto a parejas; así que, levantando la copa que acaba de poner el mesero, la insto a que haga lo mismo y propongo:

—Pues amiga, brindemos por tu buen ojo con los hombres y por mi sosiego al hablar con niñatos.

Nos volvemos a reír. Cualquiera que nos vea, dirá que estamos bebidas hasta las tetas, pero no, solo queremos pasarla bien y divertirnos.

Al fondo, suenan varias canciones que nos sabemos y comenzamos a bailar, como si no hubiera un mañana, incluso nos divertimos más, que algunos jóvenes que hay por ahí, pues sus caras de amargados son increíbles.

«¿Cómo pueden estar así en un lugar de estos?»

Y aunque Gabriela, que tiene treinta y seis y yo, que tengo treinta y cinco, nos consideramos en la flor de la juventud, me parece terrible que algunos que parecen de veinte o veinticinco, no se estén divirtiendo en toda regla.

«¿Qué le pasa a la gente hoy en día?»

La verdad, no me importa la respuesta, solo importamos las dos, que la seguimos pasando bueno, hasta pasadas las tres de la mañana y al ver que Gabriela, está más tomada que consciente, pedimos conductor elegido del seguro y nos lleva sanas y salvas a casa, ¡necesitamos dormir!

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Suena de nuevo el despertador.

«Es lunes, ¡qué emoción!»

Cavilo con sarcasmo, al apagar el ruidoso celular.

Esta semana, debo concentrarme en dejar todo listo en el trabajo, porque el miércoles viajaré en la noche a Bogotá y aparte, también debo organizar las maletas con calma, pues no quiero que me falte nada.

Mientras me ducho, pienso en todo lo que ha ocurrido hasta ahora, pues ha pasado un mes desde que salí con Gabriela y no se imaginan, ¡ha pasado de todo!

Supe que Samanta y Carlos no irían al congreso de Bogotá y los odié con todas mis fuerzas, pues han sido mis amigos colegas cómplices de congresos y me imaginaba un ambiente parecido al que nos hicimos en Cartagena, pero no, ellos ya tenían otros compromisos y fueron muy sinceros en que,

si la ciudad en la que se hacía uno no había mar, entonces no valía la pena, ¡lo peor!

Por otro lado, ¿qué creen?, me escribió Rob, luego de casi quince días, de la entrega de aquel paquete de la maldición.

Dejó un escueto, “gracias”, acompañado de una foto con el regalo en sus manos y aunque lo había eliminado, me di cuenta de su mensaje por la foto de perfil y esta vez, no me aguanté y le escribí:

Fue con mucho gusto y ahora, métetelo por el culo.

Bloqueé el contacto y lo eliminé, en definitiva. No sé, ni me importa cómo lo habrá tomado, si se ofendió o no, pero no creo, pues estoy por pensar que los alemanes no tienen sentimientos.

Así que lo único que me preocupaba, era que se formara una tercera guerra mundial entre Colombia y Alemania, pero al ver qué pasaba el tiempo y ningún misil había caído, me relajé.

Luego de pensarlo por varios días e ir en contra de mi buen juicio, como el Señor Darcy de la novela de Jane Austen, le envié un mensaje a Javier por Instagram, informándole de los días que iba a estar allá y pues, siendo consecuente con lo que me dijo, en que le avisara,

pues así lo hice y lo dejé de lado, pero no, el ingeniero, contra todo pronóstico, respondió y me aseguró, de que nos íbamos a ver para hacer planes y yo, ¡claro! , me emociono, porque lo voy a ver.

Gabriela vuelve a sumirse en la vorágine de su trabajo y yo, dentro de poco, en la de los viajes.

Nos hablamos como siempre vía WhatsApp o por videollamadas y me cuenta, que ha hablado con Luis y que la relación entre ambos ha mejorado, ¡qué bien!

, mi amiga se merece lo mejor y que me cuente eso, me alegra sobre manera.

«¡Dios mío!, se me ha pasado el tiempo en la ducha más de lo esperado y ya voy tarde»

Pienso mientras rápidamente me seco y me visto a toda máquina, ¡no puedo ser impuntual y mucho menos, cuando debo dejarlo todo en orden!