6 #2
El gesto que hace con las manos me parece gracioso, así que logro sacarle una sonrisa y viendo que ya está de buen humor, me mira y dice:
—Pero basta de hablar de mí, ahora quiero saber que es todo lo que ha pasado para que sea de novela.
Tomo aire y siento, como me viene la verborrea, que he estado acumulando por meses.
—El año pasado, fui a un congreso en Cartagena, conocí a un rolo lindo que me tiene fastidiada, porque nunca habla, nunca chatea, me deja en visto y lo peor, eso me tiene desubicada con él.
» También he conocido a muchas personas en el Tándem, entre ellas a un alemán de mierda, que en común acuerdo, habíamos quedado de compartirnos chucherías en envíos, pero la única que cumplió su palabra fui yo, porque la verdad, no sé qué le pasó, si se apendejó, si le dio miedo, o,
si pensó que le iba a proponer matrimonio, por una simple cortesía o qué, que hasta hace dos días reclamó el paquete, cuando lo cierto, es que lo envié meses atrás y esta es la hora, y no ha dicho nada el maleducado ese, ¡lo peor!
» Pero, ¿sabes qué ha sido lo bueno? Vladimir, un ruso espectacular y caballeroso, que conocí en Barranquilla en semana santa y ha sido lo máximo.
Gabi me mira boquiabierta y yo la miro satisfecha, porque sé que no se lo esperaba.
—Espera… Me perdí en… conociste a un… ¿rolo?, pero, acaso, ¿no era que no te gustaban y decías que nunca con ellos?
—Pues, ya sabes cómo es el amor y…
—¿El amor?, ¿estás loca?, ¡el tipo no te hablaaaaa!, ¿ni siquiera te escribe de por Dios!, y tú andas diciendo, ¿el amor?
—¡Oye!, pero no tienes que ser tan cruel.
Me quejo, pero soy consciente de que tiene toda la razón, aquí la única tonta soy yo y Gabriela es la única a la que le permito, que me diga la dolorosa verdad en la cara.
—Irina, las cosas son como son. Y, ¿cómo así que tienes la aplicación de Tándem?, ¿seguiste con eso?, ya te había dicho hace tiempo, que esas aplicaciones son terribles y hasta peligrosas, ¿no te da miedo?
Me quedo en silencio.
Gracias a Dios, no me ha pasado nada y luego Gabi, que me mira y me escruta con sus ojos azulados, me pregunta:
—Ay, no… no me digas que…, acaso, ¿cuántas aplicaciones de esas tienes abiertas?
Lentamente esbozo una sonrisa y ella resopla, ¡qué linda se ve!
—Pues, también tengo Luxy… y Bumble…
Digo con mi enorme sonrisa y mi amiga cabecea asombrada, le parece increíble, que sea tan despreocupada con eso.
—¿No tendrás por casualidad Tinder?
—No, esa sí que no la tengo, porque no es tan confiable como las demás.
Cuadrada se queda con mi respuesta ante su ironía y entorna los ojos.
—Por favor, ten cuidado con eso y…
—¡Pero, mira! Vladimir es todo un galán…
La corto, antes de que comience con sus sermones típicos, como se los da a Luis.
Saco mi celular y le muestro las fotos que tiene el ruso en su perfil. Gabriela se queda en silencio, escrutando las fotos con una expresión casi indescifrable, pero podría apostar, que vi algo de sorpresa en ese hermoso rostro angelical.
—¿Y bien?, ¿qué te parece?
Le digo, esperando a que me suelte cinco mil cosas buenas, que tiene a leguas el extranjero.
—Bien.
«¿Qué?»
«¿En serio?»
«¿En serio no le llamó la atención aquel semental?»
«Acaso, ¿Gabi está loca?»
—Pero, ¿cómo me vas a decir eso?
Pregunto incrédula y le muestro otra foto, en la que el ruso está con sus abdominales de acero en la playa, pero nada, Gabriela ni se inmuta y agrego:
—Estás cieguita amiga y que sepas, que las gafas te las dono, no hay problema con eso.
Mi odontóloga favorita sonríe y me dice:
—Debes dejar de estar molestando con esas redes sociales, que no te traen nada bueno, mira ese alemán y ese rolo…
—Pero, a Javier no lo conocí por las redes…
Se masajea el puente nasal, hartándose de hablar conmigo, como si fuera una niña pequeña.
—Lo que quiero decir, es que dejes de buscar a los hombres, porque lo que vas a atraer para ti serán puros pendejos, como esos que no tienen nada que ofrecer.
Sus palabras me dan en el centro del ego y de alguna u otra forma, le encuentro sentido, pero ella sigue:
—Que hayas encontrado a… —Toma mi celular y vuelve a mirar las fotos de Vladimir—, este tipo, no quiere decir, que sea buena idea, ¿qué te hace pensar que este no sea un pendejo?
Me apresuro a contestar, Vladimir no es un pendejo, eso me lo dejó claro con su nivel de educación y de conocimiento, además es divertido y cero, “robot”, pero mientras le explico a mi amiga las bondades de aquel, su mirada la delata y es entonces, cuando paro abruptamente mi verborrea y apostillo:
—¿Te llamó la atención el ruso?
—¿Cómo?
—Te picó el semental, estoy segura.
—Deja de decir estupideces que…
—He visto como miras de reojo las fotos de mi celular y lo que acabas de hacer, para que te dé más información sobre él, no tiene precio; debo admitir que caí en tu trampa, pero tranquila, puedo darte el número si quieres y…
—¡Ah!, ¡qué bien!, ¡la comida! —interrumpe aplaudiendo como una niña, al ver que nos traen los platos y agrega—: Por un momento, pensé que no iba a llegar nunca.
Entrecierro los ojos y la observo, mientras come y me evade la mirada. Gabriela para mentir es demasiado mala, sus propios gestos la delatan, así que, sin presionarla más, porque tampoco quiero sermones y porque también tengo hambre, me dispongo a devorar mi plato.
Cuando terminamos de almorzar, en un ambiente mucho más relajado y en bromas, la acompaño hasta su consultorio y en la recepción, veo a un espectáculo de hombre alto con piel blanca, cabello y ojos negros, muy al estilo árabe, pero en paisa, que está hablando con Sandra.
Apenas nos ve, saluda y me mira con una sonrisota hermosa, ¡claro!, ¡es odontólogo!, y yo le sonrío de vuelta, ¡está divino!, aunque a mí me gustan más los castaños y los rubios, ¡maldito rolo, maldito alemán!
Mi amiga pasa por mi lado y entorna los ojos, sabe lo que estoy por hacer, pero como si me conociera, corta el momento indicando a su colega, que el consultorio está disponible, para que comience a atender y yo me quedo viéndola de manera divertida, con mi gran sonrisa.
El tipo se va muy risueño y hay que ver la cara de malote que pone, ¡se ve que son de los que te mandan a terapia!
Gabi, que llega junto a la asesora, para pedirle su agenda de la tarde, me mira con reprobación, yo me rio más y me dice:
—No te recomiendo que te metas con ninguno de esos, son iguales que los médicos.
—No entiendo de qué hablas, amiga.
Me mira con indiferencia, a ella no la puedo engañar.
—Que te conozco, amiguita, por eso te lo digo. Ese es otro pendejo, así que, ¡pilas!
Me encojo de hombros y le doy un abrazo, sé que tiene trabajo y he de dejarla hacer lo suyo. Quedamos en salir en la noche estilo rumba y nos despedimos, también tengo que ir a trabajar.