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Un par de noches más, quedo con Vladimir y muy amablemente, se ofrece a llevarme al aeropuerto de vuelta a Medellín.

Las noches en Barranquilla fueron lo máximo y no me puedo quejar de que la pasé muy bien con mi amigo el ruso.

Intercambiamos mensajes y le digo que lo espero con ansias en la capital del reguetón y perreo intenso.

Mientras espero en la sala de abordaje, no puedo evitar pensar, en el tipo de cabello y ojos color miel, pero que es rolo y que me ha tenido distraída, desde la última vez que nos escribimos.

No había querido profundizar en lo que sentía desde que chateé con él, pues era un sentimiento de alegría, opacado de cierta forma, con el desasosiego de que fuera fugaz y doloroso al mismo tiempo y ganas de sentir eso de nuevo, no tenía.

Aunque había quedado como plan vernos en Bogotá por aquel congreso, aún no había pagado ese evento, porque me daba mamera ir a hacer nada, porque no conozco a nadie allí, pero el ofrecimiento de Javier cambia todo y podría llegar a ser diferente la estadía.

Así que, sin pensarlo mucho, saco mi celular del bolsillo y hago la transferencia de pago para el congreso de optometría en mayo. Ahora, solo me queda avisarle al ingeniero qué días exactamente voy a estar en la capital y ya está.

Oigo el llamado de abordaje y de una vez, hago la fila para ingresar, sintiendo que todavía no debo enviarle esa información a Javier; así que me contengo, esta vez, ¡sí que lo hago!

Algo me dice, que aún no debo proceder y con ese pensamiento, me voy rumbo a Medellín, ¡hay otras cosas en qué pensar!, ¡no todo es Javier!

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¡Y si!, no todo es Javier, porque desde hace una semana que volví de Barranquilla, el trabajo me ha sumido, tanto que, ni el celular he mirado y, ¿qué creen?, ni mensajes, ni llamadas de aquel rolo, pero que extrañamente he dejado de pensar, ¿será que por fin llegaré al contacto cero sin dolor?

Con el que sí he podido escribir mensajes seguido es con Vladimir, que me ha contado que está de nuevo en San Petersburgo y por la diferencia horaria, no hemos podido escribirnos bien, así que él me deja fotos o videos de su ciudad para que yo conozca y yo, cuando puedo,

le comento y le pregunto todo lo que quiero.

Definitivamente, si los rusos son como Vladimir y los alemanes son como Rob o el trabajador de Óculos, me quedo con los rusos, ¡son mucho mejores!

, y ya que toco el tema del estúpido alemán, nada que me dicen de la empresa de envíos, si al fin recogió el paquete o si lo van a devolver y la verdad, ¡no me importa! , ¡que hagan lo que les dé la gana!

Falta poco para salir a almorzar y como si hubiera invocado a la empresa de envíos, me llega un correo en donde me informan, que el paquete fue recibido dos días atrás.

«¿En serio?»

«¿En serio Rob recibió el paquete hace dos días y no ha dicho, ni avisado nada?»

Suspiro. Este tipo es el colmo de la conchudez, de la desatención y la mala educación.

Abro el chat en donde está su nombre para soltarle cuarenta mil improperios, pero luego de pensarlo, me contengo. Ese no merece ni la iniciativa que tenga para insultarlo, así que mejor lo elimino.

Está claro que no tiene el mismo interés que yo por mantener una amistad a distancia, por lo tanto, se va de mis contactos, ¡nada qué hacer!

Elimino también ese correo y toda la zozobra que tuve con ese maldito envío. Por lo menos, llegó a su destino y ya no voy a tener que ver más nada con eso, ¡gracias a Dios!

Apenas marcan las doce del mediodía, salgo del trabajo y me dirijo a mi casa. Es viernes y desde ya, quiero hacer planes para la noche.

Llamo a Samanta, pero está de viaje en Nueva York; también llamo a Carlos, pero me dice que ya tiene planes con su familia, ¡nada!, ¡imposible los planes con mis amigos!

Entonces, esbozando una sonrisa, le escribo a mi amiga Gabriela. Tengo mucho tiempo sin hablarle y sé que, si le planteo alguna diversión en la noche, me va a decir que sí.

Amiga… ¿Cómo estás?

Pasan los minutos y al ver que no contesta, prefiero ir a su consultorio que queda cerca de mi casa.

Tomo el transporte público y bajándome de este, luego de media hora, llego a su bonito consultorio odontológico.

Llamo a la puerta y su asesora con dientes perfectos me recibe. Sandra ya me conoce y me indica, que espere en la sala porque mi amiga está con un paciente. Hojeo las revistas mientras muero de hambre y como si fuera enviada por Dios, sale con él.

En su mirada, veo la sorpresa de tenerme ahí y me hace una seña, para que la espere, mientras se quita todo su atuendo.

Por la cara de dolor que lleva el paciente, entiendo que no fue una cita espléndida y voy tomando nota, de que tengo que venir a control odontológico con mi amiga.

—¡Qué milagro tenerte por aquí!, ¡perdida!

Me río porque tiene razón, hace mil años que no la visito.

—Amiga, sí, es lo que tiene trabajar.

—Ven, vamos a almorzar. Yo invito por hacerme semejante honor.

Me río a mandíbula batiente. ¡Gabi es la mejor!

Mi amistad con Gabriela, mi odontóloga preferida, es de hace muchos años y la considero especial, porque ambas somos igual de ingratas, nunca nos escribimos a diario, nunca nos prodigamos cariñitos, ni meloserías, pero cuando nos vemos, es así de fortuito y me encanta,

porque hablamos como si el tiempo nunca hubiera estado presente entre nosotras.

Así que, asiéndola del brazo, nos vamos a un bonito restaurante de comida mexicana en Sabaneta que se llama: Guadalupe. Ni que hablar tiene, que nos ponemos moradas a punta de entraditas con totopos y crema agria, y mientras hacemos el pedido de nuestro almuerzo, me pregunta:

—¿Qué ha sido de ti todo este tiempo?

—Han pasado mil cosas…

—Viniendo de ti, lo creo

Resoplo, tiene razón, pero no se imagina lo que estoy por contarle, porque la verdad, deseo sacar todo de mi interior.

—Pues prepárate porque es de novela. Pero antes, cuéntame de ti, ¿cómo has estado?, ¿cómo está Luis?

Entorna los ojos y con eso sé, que algo pasa.

—Pues yo estoy muy bien, un poco estresada, porque algunos especialistas han quedado mal con las agendas y hemos tenido que cancelar procedimientos.

Asiento. Sé por Gabriela, que el gremio de odontología es difícil y competitivo, y si a eso le sumamos, que es venezolana, la mayoría de profesionales locales no quieren trabajar con ella por su procedencia, ¿qué creen?

, ¡prejuicios!, porque mi Gabi está certificada, su profesión la homologó como es debido en el territorio nacional y tiene su negocio totalmente habilitado para ejercer, pero pues, como todo en la vida, para algunas personas, eso no es suficiente.

Aunque se ha sabido reponer de las duras y las maduras, con mucho esfuerzo y amor, ha sacado adelante su consultorio en expansión, pues ofrece actualmente otros servicios de talla especializada, ¡lo mejor para Gabi!

—Increíble la falta de compromiso de la gente.

Este comentario, me sale más desdeñoso de lo normal, porque vino a mi mente el alemán maleducado, pero Gabriela, que está metiéndose otro totopo en su boca, añade:

—Si, personas de esas hay por todo lado, pero no todo ha sido malo, he ganado mucha popularidad aquí y la verdad me va bien, muy bien.

Sonrío. Los odontólogos ganan muy bien y el buen trabajo de mi amiga, le hace darse sus lujos.

—De Luis, te digo que sigue peor a cómo estaba…

Apenas dice esto, resopla. Su hijo sobrino es un dolor de cabeza.

—¿Qué ha hecho de nuevo?

—Tiene malas amistades, además de una noviecita que lo tiene muy pendejo y atolondrado y se ve en el rendimiento en el colegio, porque va de mal en peor y yo siento, que todo lo que hago con él se está yendo por la borda —Sus ojos se aguan y me apresuro a darle la mano, mientras se calma—.

A veces, quiero dejarlo tirado en el primer bienestar familiar que encuentre, pero me acuerdo de mi hermana y me contengo, ¡es insoportable!

Luis, ahora es un adolescente, pero desde que lo conozco, ha sido problemático toda la vida. Le saca las canas moradas, verdes y naranjas a Gabriela, que se hizo cargo de él, al morir su hermana, precisamente dando a luz.

Me contó hace tiempo, que el embarazo no había sido perfecto y prácticamente, lo había llevado sola porque el padre, apenas supo de la criatura, nunca quiso velar por la salud de Mireya, su hermana, ni mucho menos, por el bebé cuando nació.

Así que, no habiendo más, entre su madre y Gabriela lo cuidaron, agradeciendo a Dios, que nunca les faltó dinero, porque tenían los medios, pero todo se fue por la borda, cuando el país cayó en depresión económica.

Tuvieron que cambiar todo su estilo de vida, mudarse a un barrio más modesto e intentar brindarle al niño todos los cuidados en medio de la tragedia, porque todo encarecía y lo que antes ganaban muy bien, se fue depreciando, tanto que,

ni con el sueldo de un mes podían pagar el mercado de una semana.

Debido a todos esos problemas y más, la madre de Gabriela enfermó, pronto le diagnosticaron cáncer de mama y en menos de un año, mi amiga se encontraba sola, con un hijo sobrino de casi dos años al qué mantener, en medio del velorio de su progenitora, sin saber qué hacer.

Así que tomando lo poco que tenía decidió, como muchos de sus compatriotas, venir al país hermano para intentar salir adelante.

Hace ya catorce años que Gabi está en Colombia y ha podido decir, que se encuentra en sus años gloriosos como en Venezuela, eso sí, todo a pulso, pero resulta que, para el mal agradecido de su hijo sobrino, que todo lo ha tenido en bandeja de plata por trabajo y sudor de mi amiga,

no hace más sino darle dolores de cabeza con su hormonal adolescencia y aunque el bendito renacuajo, tiene apenas dieciséis años, se cree la vaca que más caga.

—Amiga, debes dejar de consentirlo tanto.

—Lo sé, pero ya no me escucha. Le he dicho, que tiene que dejar a esa muchachita Antonia, lo está llevando por un mal camino, aparte de esos benditos amigos, que no le aportan nada.

—Déjame y cuando lo vea, le hablaré de nuevo.

—Veremos si a ti te hace caso, porque lo que soy yo, en algún momento lo voy a estripar.