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Estoy tomando el sol frente al mar barranquillero en una de esas sillas cómodas que hay en un quiosco, pero lejos de sentirme feliz, estoy decepcionada, muy decepcionada, por no decir de mal genio y emputada.
La última vez que intercambié mi dirección de residencia con el alemán buenorro, fue hace más de dos meses y luego de hacernos “amigos”, días después, decidí hacerle el envío tan anhelado del que habíamos estado hablando siempre, pero, ¿qué pasó?
, el maldito alemán se le dio por irse de viaje a la peregrinación de Santiago de Compostela y como quería que el envío le llegara de sorpresa, al final no se pudo, porque necesitaba de él ciertos datos.
Aun así, decidí pagar esta vida y la otra en costos de envío para hacérselo llegar hasta su casa en Dresde, pero, ¿con qué me encuentro?, con que él no ha querido hacer los procesos burocráticos de su maldito país, para recibir el envío desde Colombia.
Aparte de todo, tiempo atrás, la aduana lo había retenido por “sospechar” del contenido y aquí fue donde los malditos prejuicios de mierda me dieron en el ego, ¿en serio creyeron que estoy enviando droga?
La respuesta es: sí. Así nos ven en el mundo a los colombianos y contra esos prejuicios, es muy difícil batallar.
La cuestión es que, mientras tomo el sol aquí, en mis vacaciones de semana santa, me ha llegado un correo de la empresa de envíos, en donde me dicen que si Rob, en veinticuatro horas, no lo reclama, lo devolverán con cargos monetarios facturados en moneda local, es decir,
me van a cobrar el envío de vuelta del maldito paquete a precio de euros, ¡euros! , ¡qué mierda!
Hace días, recibí el primer correo de advertencia y aunque me mostré necesitada con él, porque quería que recibiera mi regalo, al final valió mierda, porque dejó de escribirme por ocho días y cuando volvió a contactarme, como si nada, lo único que hice fue decirle que, sí lo recibía,
me avisara y ya, tampoco lo iba a obligar y tampoco le iba a seguir escribiendo, luego de semejante desplante, pero, ¿cómo se le ocurre hacer esa mierda, después de que en todo este tiempo, hablábamos de compartir cosas y regalos?
, ¿no se supone que los alemanes son lo más leal del mundo y educado? Pues la respuesta es: no. No lo son.
La imagen de esos europeos, luego de defenderla tanto, porque me parecían lo máximo, ahora los aborrezco y no deseo chatear con ningún otro.
Luego de que el empleado de Óculos le fuera infiel a su novia y ahora Rob, con esta desfachatez y otros más, que no dejaban de dirigirse a mí como, “la latina caliente”; me queda claro, que todo en este mundo, son prejuicios y que, en el fondo, son una mierda.
Vuelvo a mirar el correo en el celular y lo elimino; si quieren enviar esa mierda de vuelta, pues no hay nada más que hacer, lo pagaré y cuando lo tenga en mis manos, lo quemaré como si fuera el año viejo, ¡qué paquete más sufrido!, ¡lo peor!
Suspiro, me niego a seguir de mal genio, así que, eliminando el idioma alemán en la configuración de personas, que quiero conocer en el Tándem, lo reemplazo por otros: japonés, portugués y ruso; quiero ver personas nuevas por conocer y rápidamente,
conecto con un ruso que está en Puerto Colombia y que creen, ¡nos veremos esa noche!
Ahora si estoy feliz, tanto que, me tomo una selfi y la posteo en Instagram.
Quiero que la gente vea que lo estoy y que sigue mi vida, a pesar de tanta decepción por pendejos, que no saben lo que quieren y con esto, la indirecta va también, para cierto rolo que, en este tiempo, me ha dejado mensajes tanto en WhatsApp como en Instagram, enviando saludos,
reaccionando a las fotos y en alguna ocasión, escribió que, “porqué tan perdida” y me preguntó, si en realidad, lo había eliminado, ¡este es imbécil y en su casa no se lo han dicho!
, ¡pues claro que lo eliminé!, ese debe de saber la verdad y no voy a estar ahí para decirle lo obvio, ¡mejor que se abra como las yucas!
Al llegar la noche, decido qué ponerme. Todo esto me tiene muy emocionada, porque siento que, poco a poco, soy la Irina de siempre, la que tiene el control y la que sabe lo que va a pasar.
Así que sin dudarlo y por lo que me dijo el ruso, de a donde me llevaría a cenar, elijo un vestido enterizo que, en realidad, es una salida de baño, pero por su elegancia y por el clima en el que estamos, me va muy bien.
Me miro en el espejo y apruebo el atuendo con una sonrisa, ¡me veo genial!
El celular comienza a sonar con miles de mensajes. Por el sonido del tono, sé que son de Instagram y preciso, cuando voy a mirar de qué se trata, entra la llamada de Vladimir, que ya está abajo en el lobby esperándome. Ignoro la red social y bajo de inmediato, ¡el ruso está primero!
Al llegar, veo a un despampanante tipo alto, de cabello negro con ojazos azules, sus rasgos son, en efecto, extranjeros y sonrío, sé que la voy a pasar muy bien esta noche.
Vladimir me recibe con una sonrisa perfecta y besa mi mano, ¡Wow!, ¡la caballerosidad me encanta!, y luego, me lleva a su súper auto, abriendome la puerta, ¡gracias a Dios, aún existen hombres así!
Pero, en cuanto nos sumimos en la conversación rumbo a la playa privada del hotel, en donde se aloja en prado mar, sé que con él no va a pasar nada más allá, de lo que estrictamente buscamos, que es intercambiar idiomas, compartir culturas y demás y eso, en cierta parte, me relaja.
Vladimir es un caballero y desde ya, se porta como un amigo más.
Llegamos al hotel, nos situamos en la playa, en donde hay restaurantes al aire libre y una pista de baile increíble. Las fogatas alrededor le dan un aire muy romántico e iluminan todo con una magia inigualable. La vista que tenemos desde la mesa con el mar de fondo me parece genial.
Pedimos nuestros platos y mi celular comienza a sonar, yo lo ignoro, los mensajes de Instagram pueden esperar, pues estoy en una muy buena conversación con Vladimir, que me cuenta que vive en la ciudad hace más de diez años, es desarrollador de software y que es oriundo de San Petersburgo.
¡Wow!, es un ruso con todas las de la ley y me emociono, cuando comienza a hablar sobre su ciudad, que también es costera en el mar báltico y que cada mes, hace un viaje allí para visitar a su familia, en especial a sus sobrinos, que hacen ballet desde temprana edad.
Mi celular vibra y en ocasiones, él lo mira extrañado de que, a estas alturas de la noche, me contacten de esa forma tan urgente, pero para restarle importancia, comienzo hablar de mí. Sé que para él es importante la familia, así que le hablo de la mía y de donde soy.
Mientras más hablo, con el que he hecho una bonita conexión amistosa, me doy cuenta de que, los prejuicios que tenía en cuanto a los rusos se van a la mierda, pues de ellos pensaba que eran robots, que nunca se reían y que eran más fríos que el hielo, pero, ¡nada!
, Vladimir es amistoso, muy buen conversador y divertido, tanto que, se ríe a mandíbula batiente, cuando me pregunta cuál es la imagen que tengo de sus compatriotas y le digo, que la única referencia que tengo, es la de Iván Drago en Rocky 4, pero rápidamente, me aclara,
que es mentira y que si el mundo tiene esa idea de ellos, es por las malas referencias de los estadounidenses en sus películas.
Le creo, sé que tiene razón, porque lo que veo es otra cosa y cuando en un momento, me pide disculpas porque va a lavarse las manos, decido ver el bendito celular que tanto fastidio me ha dado en toda la noche.
Te ves hermosa en esa foto.
De piedra.
Como la estatua de la mujer de Lot, mientras el corazón me va a mil.
«¿En serio?»
Ignoro los demás mensajes de mis amigos diciéndome que, en efecto, me veo muy bien, pero que Javier me haya comentado la bendita foto, me pone cardiaca, pero, ¿no era que ya lo había superado?, maldigo. Eso me da rabia y me gusta a partes iguales, ¡es que ni yo me entiendo!
Le escribo rápidamente un, “gracias” sin muchas ganas, pues no creo que esté despierto para hablar, pero casi me atraganto con la bebida, cuando leo al segundo:
¿Por qué la mujer más linda que he conocido, me elimina de sus redes?
Suspiro. Me derrito. Pero no puedo permitir eso, me entran las ganas de enviarle un audio gritándole lo pendejo que ha sido todo este tiempo, las canas verdes y moradas que me ha sacado con sus ambiguos y estúpidos mensajes, así que paso de contestarle,
pero mi cara debe ser un poema porque Vladimir llega y me dice:
—¿Estás bien?
Asiento como una lela y aunque el ruso dirige de nuevo la conversación, mi mente ya no está aquí, no hilo más de dos palabras y Vladimir, que es muy observador, para y vuelve al ataque:
—Estás muy distraída, ¿qué tienes?
Suspiro de nuevo, creo que si sigo así me convertiré en globo y saldré volando. Tengo muchas ganas de gritar lo que siento, pero sé que no debe ser con este hombre, apenas lo conozco y no creo que tenga muchas ganas de escuchar ese tipo de penurias.
Así que, inventando una excusa estúpida, pues por su cara cuando la escucha, veo que no me cree, pero que agradezco que no toque más el tema, seguimos pasándola bien, o, mejor dicho, Vladimir la pasa bien y yo lo intento.
Luego de casi cuatro horas de excelente conversación, a pesar de que mi mente está en Bogotá con cierto ingeniero, entro a la habitación del hotel.
Vladimir se comportó genial y prometió visitar Medellín en cuanto pudiera, pues por su trabajo en remoto puede vivir y viajar por donde quiera, ¡eso me alegra mucho!
Me desvisto y siento como el celular, que está encima de la cama, llama poderosamente mi atención.
Una parte de mí, quiere seguir revisando el Instagram, esa parte masoquista desea ver a Javier así sea por el perfil de esa maldita red social y lo peor es que cedo, cedo como una lela y metiéndome desnuda en la cama, me permito revisar y escudriñar los mensajes.
¿Cómo has estado?
Leo que fue lo último que escribió hace cuatro horas y continúo:
Muy bien.
Tiro el celular al lado, pues ya me latigué suficiente, pero escucho el sonido de la notificación y que creen, me boto hacia el celular como si fuera mi vida, para ver que, en efecto, es Javier escribiendo y sin importar nada, ni nadie más, le contesto:
¿En dónde estás?
En Barranquilla.
Te la pasas viajando todo el tiempo.
Si, es lo que toca hacer…
Sonrío, pues es la primera vez, que chateo con él seguido cuando no se porta como un pendejo.
«¿Será que esta vez, no me va a dejar en visto cómo siempre?»
Pero despejando las dudas, veo que contesta:
Eso está muy bien. ¿Cuándo vienes a la capital?
Dudo. Dudo si decirle la verdad, pues no quiero verme desesperada y que otra vez me de el corte, pero arriesgándome como siempre lo hago, decido hacerlo:
El próximo mes es posible que vaya. Hay congreso.
Por favor, me avisas cuando estés aquí.
«¿Qué?»
«¿En serio?»
«¿En serio quiere que le avise cuando esté allá?»
No puedo evitar suspirar como una lela. Esto es, en definitiva, algo muy diferente al corte que me dio en el aeropuerto de Cartagena, así que sigo aprovechando y le escribo:
¡Listo!, que sea un plan entonces…
De eso puedes estar segura.
Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooo.
«¡No lo puedo creer!»
«¡Me quiere ver!»
No puedo de la emoción y cuando veo, que pasan los minutos y no agrega nada más, me comienzo a estresar, pero añade, cuando estoy a punto de escribirle:
Bueno, te dejo. ¡Que descanses!
Parpadeo.
«¿En serio se despidió?»
«¡Wow!»
No puedo evitar tener un sentimiento agridulce porque, por un lado, se despidió como nunca lo hace, su respuesta es siempre ghostear, cuestión que he odiado, pero, por otro lado, quería seguir hablando con él sin importar la hora.
Suspiro y sin importar más nada, me duermo, no quiero darles rienda suelta a mis pensamientos y volverme a flagelar por nada.