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Al otro día muy temprano, salí a trabajar. Aún tenía vivo lo que había pasado el día anterior y todo el coqueteo con Javier.

Con las canciones románticas en mis auriculares, mi mente trataba de entender, cómo era que me había afectado tanto aquella persona y sobre todo aquel simple juego, pero la realidad, era que lo había hecho con fuego y yo solita me había quemado, ¡qué estupidez!

, y aunque intentaba ignorar lo que sentía, no podía evitar pensar en mi orgullo herido.

Todos caían, nadie se resistía, ¿por qué este hombre no lo había hecho?, una parte de mí quería extender la magia del fin de semana o simplemente, recobrar lo que había experimentado con Javier así hubiera sido un juego, porque desde hace rato, no me sentía así de bien con alguien.

Entonces, haciendo lo inesperado, pero sin que se vea tan desesperado, hago un grupo de WhatsApp en donde estamos de nuevo los cuatro, ¿ya les dije que soy masoquista?

Comienzo a bromear en el chat y mi nivel de fastidio aumenta, porque los únicos que molestamos en ese grupo somos Carlos, Samanta y yo. Ni rastro del que me estaba volviendo loca. Así que, en medio del afán por su contestación, le escribo por interno:

Hola, ¿cómo estás?

Mi rostro y pecho contestan a lo que siento: vergüenza; mientras por dentro me vuelvo a regañar por ser tan impulsiva y de nuevo con él, que ya me había dado el corte, pero que soy incapaz de dar por sentado que no le gusté.

Su respuesta viene después de cinco minutos y como a una cría, a la que le dan mil dulces, sonrío.

«El que hubiera respondido significa algo, ¿no?»

Muy bien y, ¿tú?

Leo y me detengo a pensar qué contestarle, que sea acorde a todo lo que ha pasado, porque, aunque la estupidez está viva en mí por escribirle, tampoco olvido el corte, así que le devuelvo:

Muy bien, gracias. ¡Oye!, ¿te puedo pedir un favor?… Es que necesito ubicar a un paciente que va para Bogotá y como él no conoce la capital, quería saber a qué sede de la empresa con la que trabajo, lo puedo enviar…

Respiro fuerte y hasta yo misma me asombro de mi nivel de mentira, pues no necesito enviar a nadie, solo quiero su atención y haciendo uso de lo que en algún momento hablamos, de que, si necesitaba algo de Bogotá, le podía preguntar, ¡pues, aquí estoy haciendo esto!

Su respuesta llega inmediatamente y yo me vuelvo a derretir, ¡está contestando rápido!

¡Claro!, dime en qué zona se queda tu paciente.

Va para Kennedy y las sedes de la empresa son: Suba, Héroes, Normandía y Teusaquillo. ¿En cuál le quedará más cerca?

Su respuesta tarda y mi paciencia se desvanece.

«¿Por qué seré así?»

«¿Por qué será, que siempre que digo que no voy a ser tonta, más lo soy?»

Con frustración, observo las estaciones por las que va el metro, no quiero pasarme de la parada que me toca y con el sabor de la estupidez en mi boca y corazón, guardo el celular en el bolsillo. Todo esto fue una maldita idea.

Pero apenas escucho el sonido de un nuevo mensaje, me desvivo en sacarlo del bolsillo, que hasta parece que el aparato se me va a caer de las manos, mientras salgo del metro y camino a través de la estación. Mi sonrisa de idiota, pronto se desvanece cuando leo después de veinte minutos:

Dale, ya te ayudo con eso.

«¿En serio?»

«¿En serio me responde eso después de una eternidad?»

Intento no sentirme de nuevo como siempre, pero de una vez lo disculpo con que está ocupado, en fin… Pero no es hasta después del mediodía que el bendito tipo responde:

Teusaquillo.

Así sin más. Sin adornar nada más. Sin devolver ninguna pregunta y al final me siento como ya saben que me estoy sintiendo, pero con la “T” de TONTA en mayúscula, porque no hay otro nombre para eso.

La conversación que acabamos de tener, si es que eso se podría llamar así, fue simplemente la iniciativa que tengo, como siempre funciona, para propiciar algo, pero no, ahí va de nuevo el corte.

«¿Por qué?»

«¿Qué tipo de señal es esta?»

«Acaso, ¿van a ser ciertos todos los malditos prejuicios que llevo en mi mente con respecto a la gente?»

Hasta el momento, he dirigido los aspectos de mi vida de manera exitosa: personal, sexual, profesional, familiar y en todos siempre sé cómo, de antemano a un problema, resolver las cosas tal y como lo he premeditado; pero resulta, que viene este hombre en menos de tres días, a confundirme tanto que,

siento que esos mensajes que le envié han sido una terapia de shock, para pronto llegar al contacto cero. ¡No soporto la humillación!

¡Y si!, eso lo que pasa después de varias semanas en donde, cuando intento hablar por WhatsApp con él, gracias a mi impulsividad, veo que a veces escribe con vehemencia, hablamos de todo, como también en otras, es cortante o ni siquiera lee los mensajes, dejándolos en visto y yo,

cada vez que pasa eso, me siento tonta y cada vez más tonta.

Entonces, decidida a que eso termine, pues la estupidez tiene caducidad, me lleno de rabia hacia él y corto toda comunicación con ese hombre que está lleno de ambigüedades.

Elimino su número, elimino su Instagram y aunque no lo bloqueo, espero que entienda que ese tipo de acercamiento, no me interesa.

Creo que por encima de cualquier emoción que me genere hablar con él, debo colocar, con esfuerzo, mi salud mental primero, porque no se imaginan lo que se siente chatear con alguien que desaparece y aparece como si nada y de la nada. Así que, no, mejor paso de eso.

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Pasan las semanas y aunque el contacto cero en ocasiones me ha costado, ha sido lo mejor, porque luego de varios días, cuando eliminé su número, me contactó de nuevo, enviándome un video de TikTok.

Supe que era él por el número que aparecía y al ver el video, me di cuenta de que estaba de nuevo en Cartagena.

No pude evitar sonreír porque en este, se veía que la ciudad estaba como si ni una gota de agua hubiera caído por allí, ¡ni rastro de aquella inundación!, y aunque él sí intentó llevar una conversación, al final me resistí, pues sabía cómo terminaba eso y la verdad, ya no me importaba.

Luego, lo que supe fue que, aunque ya le había hecho el feo por el WhatsApp y esperaba a que entendiera la indirecta, al no ver mi foto de perfil nunca más avisando que lo había eliminado, comenzó entonces a darle, “me gusta” a mis fotos en Instagram y claro, yo lo pude haber eliminado,

pero permití que siguiera mi perfil, para que viera todo lo que publico, algo así como una venganza.

Hasta el sol de hoy, creo que, si acaso existe ese hombre, porque ni un, “me gusta” a las fotos, ni mensajes fortuitos al WhatsApp o Instagram, volví a tener por ahí. Creo que por fin entendió y la verdad me siento muy bien.

Pronto, olvidé todo lo ocurrido gracias a mi nueva obsesión: una aplicación para conocer extranjeros, llamada Tándem y la verdad, me ha ido muy bien.

Es una aplicación que, aunque no es para ligar, ni buscar sexo, hay un intercambio cultural y de idiomas enorme y quedo con varios, que están en la ciudad.

Medellín es lo que tiene, hay muchos extranjeros y hago varios contactos a lo loco por todo el país y el mundo, uno nunca sabe cuándo se necesite alguna salidita con algún buenorro de esos y también les pregunto sobre los países que han visitado, para que me cuenten todas sus experiencias,

¡son lo máximo!

Llego de nuevo a mi trabajo, el laboratorio de salud ocupacional y me doy cuenta de que está lleno de gente a rebosar, pero nadie me quita la sonrisita que llevo, pues hace tiempo estoy chateando con un alemán llamado Rob y ha sido fascinante.

Hablamos hasta altas horas de la noche a pesar de la diferencia horaria y siento que conectamos muy bien.

Me cuenta que es docente y que en sus tiempos libres le gusta leer poesía, ¡vaya!

Le escribo, pues a mí, en los tiempos libres me gusta escribir poesía, de hecho, por ahí me he presentado a varios concursos esperando a ganar alguno, pero solo por hobbie.

Rob es muy dedicado con la conversación y aunque también me deja en visto varias veces, cuando el chat está en el clímax, se lo perdono, pues ya sé, por prejuicios, que los alemanes son fríos, buenos chateadores,

pero que se largan y contestan los mensajes cuando se les da la gana y aunque Rob los responde, sí hay momentos, en donde lo quiero matar por dejarme con el mensaje en la mano, ¿por qué no simplemente avisar de que te ocupaste y que ya no puedes seguir chateando? , acaso, ¿les cuesta ser atentos?

En este momento, soy yo la que pone fin a la conversación, pues debo atender a mil pacientes de salud ocupacional, no sin antes habernos compartido las direcciones de nuestras casas para enviarnos regalos, ¡qué lindo es!

Rob es un alemán convencional muy rubio, ojazos azules y piel transparente y aunque en ocasiones, me daba la impresión de que era precavido, pronto nos hicimos la confianza y me comentó que le gustaban mis ojos oscuros y mi color de piel trigueño, ¡vaya, con el alemán!

, y no puedo dejar de sentirme con el ego altísimo, pues semejante adonis me dice que estoy linda.

Dejando mi celular en el escritorio, me coloco la bata y comienzo a atender, gracias a Dios, hay trabajo y debo sacar a toda esta gente en el día, ¡que viva el boleo!