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Escucho ruidos de personas corriendo, hablando bajito y como no, la lluvia torrencial que hace afuera. Inmediatamente, miro el reloj en el celular y sé que son las siete de la mañana, recuerdo que no hay luz y obvio la gente está disparada haciendo sus cosas para irse del hostal rápido.

Yo quiero dormir otro rato, nuestro vuelo sale a las siete de la noche y el check out se hace a las doce del mediodía, ¡a mí que no me molesten con los afanes!

Pero escucho a Samanta que pregunta por mí, a lo que pienso que es Carlos a quien se dirigió y este responde que no tiene ni idea, ¿son estúpidos o qué? , ¡pero si estoy en el cubículo!

Samanta comienza a llamarme y pues nada, me hago la dormida y sigo dentro de las sábanas, hasta que una gran mano toma mi pie y lo aprieta; grito, ¡esa mierda no la esperaba!, ¡voy a matar a Carlos!

Con rapidez, salgo y los observo con mi ceño fruncido, pero estos, que ya me conocen, pasan de mí y me dicen, que me arregle rápido porque nos vamos.

«¡¿Nos vamos?!, ¿cómo que, nos vamos?, pero, ¿a dónde?, y lo peor, ¡con esta lluvia!»

Pero nada, yo hago caso, porque la verdad, llegan a mi mente las razones: no hay luz y ni una pizca de entretenimiento en este lugar, ¿qué vamos a hacer aquí si no hay nada?

, así que como puedo me levanto, me ducho, me visto, alisto todo mi en mi morral y nos encontramos con Javier en el comedor para desayunar.

Lo hacemos en medio del caos, la gente se mueve de un lado al otro, tanto los huéspedes como los de servicio y con la lluvia de sinfonía, ¡el panorama es perfecto!

Mi ironía rebosa mi ser y apenas estamos listos y hemos hecho nuestro check out, salimos a la panadería de al lado del hostal, en medio de maletas y pegados a la pared, para no mojarnos.

Necesitamos pensar mejor, qué vamos a hacer en el resto del día y sabemos, que en la tranquilidad de la panadería lo podemos hacer.

Luego de arrasar con todo lo que había, procedemos a buscar un servicio de transporte, que nos lleve al centro comercial La Serrezuela, pero como era de esperarse, el mal clima ha espantado a todos los taxis de la ciudad.

Aún no deja de llover y aunque ha amainado, algunas calles están intransitables por el agua. Definitivamente, Cartagena es para vacaciones con sol, porque al más mínimo cambio de clima lluvioso, se vuelve una ciudad desordenada, putrefacta e intransitable, ¡qué pesar!

Pasa el tiempo y lo mejor es movernos de ahí, debemos aprovechar que no hay tanta lluvia y dar con nuestro destino: el bendito centro comercial.

Vamos caminando entre risas y bromas, todos son obra de Javier, que está más risueño de lo normal y comienzo a entender, que soy su centro de atención, porque cada vez que suelta un chiste de los suyos, me mira para ver mi reacción y, ¡oye!

, ¡qué lindo es!, y yo no puedo estar más subida en la nube por semejantes atenciones.

Llegamos por fin y nos quedamos con la boca abierta, pues es muy lindo. En su interior parece un coliseo de gladiadores muy al estilo romano y nos explican que, en ese lugar, siempre hay show de luces y agua, ¡es hermoso!

Hemos estado dando tantas vueltas al lugar bastante entretenidos, que no nos damos cuenta, de que ya son las dos de la tarde, así que nos ponemos de acuerdo para almorzar en Crepes aviva más la idea de que le gusto y pienso en coquetearle para que siga coladito.

Así que, sin más, saco de nuevo mi truquito del triángulo y, ¡sí!

, ¡Javier cae! ¡una y mil veces! Le gusto, eso está reconfirmado.

Al terminar, nos despedimos de Samanta en la salida, ya que su vuelo lo tiene a las cinco de la tarde y nos entristecemos; la hemos pasado genial en este congreso además de nuestro amigo nuevo y entre los cuatro, ya siento que nos conocemos de toda la vida, ¡qué bonito fue todo!

Volvemos a entrar, después de que un taxi se llevara a Samanta al aeropuerto y yo en cierta parte, me preocupo por viajar con semejante clima, ¡odio las turbulencias!

Carlos y yo tenemos el mismo vuelo y nos alegramos de que sea más tarde, así le podemos dar tiempo al mal clima y es posible, que podamos viajar mucho mejor y sin baches en el cielo.

Javier nos invita a un café en el primer piso y nos sentamos nuevamente a hablar de todo un poco, en este caso, les pido consejos para viajar al exterior, ya que no lo he hecho aún, pero es un plan que cada vez cobra fuerza en mi mente.

Carlos saluda a alguien y se coloca de pie, para conversar, dejándonos a Javier y a mí solos en la mesa. Me entra el nerviosismo, al ver que me mira intensamente, para luego terminar con una sonrisa ladina, ¡uuuufffffff!, ¡qué sexy!, y como estoy aun en el jueguecito del coqueteo, lo miro igual.

«¿Qué pensará?, ¿qué habrá en su cabeza mientras me mira de esa forma?»

Mil cosas pasan por la mía y en menos de lo que yo creo, acorta la distancia entre nosotros, se sienta a mi lado y me muestra su licencia de conducción.

«¡¿Qué?!»

No entiendo nada, peeeeeeeeeeeero luego comienza a decirme, que tiene treinta y seis años y que sus ojos cambian de color según su estado de ánimo, mi sonrisa se ensancha, pues entiendo, que está desplegando toda su artillería en mí y mi ego sigue subiendo hasta el infinito.

Hubiera dado todo, porque esta bendita química la hubiera tenido mucho antes y no precisamente ahora, cuando el tiempo se acaba, porque de algo estoy muy segura y es que, de este juego tentador, no va a quedar nada, pues dentro de poco, cada quien estará en su casa y más bien la tristeza,

se va a hacer cargo después del vacío.

«¡No quiero que se acabe el tiempo con él!»

Los dos, sin importar aquello, seguimos provocándonos con el triángulo y ya siento, que me derrito, pues tenerlo muy cerca me hace sentir muy vulnerable.

Mira mi boca, mis ojos y yo hago lo mismo, mientras poco a poco se va acercando y...

«¡Ay, Dios míoooooooo!, ¡que me bese yaaa!»

Y cuando siento lo inevitable, Carlos se sienta fuerte en la silla, carraspea y Javier tose incómodo, ¡lo voy a matar!

Cuando lo miro, tiene una sonrisa triunfante, sabe lo que acaba de hacer y yo, yo lo fulmino con todo mi ser.

Nos levantamos de ahí, mientras Carlos me cuenta sobre su amigo, ese al que acabó de saludar, pero a mí me importa un culo, pues lo que hizo me pareció terrible, ¿ya les había dicho sobre lo traicionero de un rolo?

, ah bueno, pues Carlos se lleva el premio al peor.

Es consciente de su acto y por más que esté enojada con él, es mi amigo y no puedo evitar sonreírle luego; es un imbécil pero así lo quiero.

En ese momento, me doy cuenta de que Javier está con su mente y ojos muy perdidos, si acaso nos mira y camina con distancia.

Asumo que, por lo que acaba de pasar, pero ya lo veo extraño, porque cuando llegamos a un restaurante para comer, no me mira y no se sienta a mi lado, es más, podría decir por su gesto, que tiene un mal genio monumental, pero, ¿qué le pasó?

Nada, sigo sin saberlo. La comida transcurre normal y cuando observo a Carlos, para ver qué puede leer en el rostro de Javier, me hace una mueca de no saber nada. Aquel está raro y yo me frustro, porque teníamos un juego chévere y este ahora ni me mira, ¡qué rabia!

Pagamos y nos vamos con cierto afán al aeropuerto. En el taxi, me parece bien que mi amigo se vaya adelante al lado del conductor y cuando me guiña un ojo, sé que lo hace en compensación por su intromisión en el café, ¡qué lindo mi amigo!

Si sigue así, los prejuicios de la gente capitalina, van a caer pronto.

Me burlo sobre ese pensamiento, pero mi sonrisa se va a la mierda, cuando veo el enojo en el rostro de cierto rolo.

Al parecer, no le gusta la idea de irse en la parte de atrás conmigo y a mí esos cambios de humor, ya me están sacando la rabia.

En el trayecto no lo miro, pero si soy consciente de sus miradas penetrantes.

En un afán por recobrar la química que teníamos, rozo su rodilla con la mía y aunque él no la quita, tiene su vista fija en la ventanilla, lleva suspirando todo el viaje y cuando a veces me centro en mi celular, veo que se interesa con quien chateo, pero, ¿qué le pasa?

Sigue sin pasar nada. Al llegar, atravesamos todo el aeropuerto, el control de seguridad y nos sentamos en la sala de espera. Carlos y yo bromeamos, pero el buen humor de Javier brilla por su ausencia y yo, que recobro mi control en un parpadeo, sigo riendo. A mi este no me va a dañar el genio.

—¿A qué horas tiene el vuelo?

Pregunta Carlos con la necesidad de sacarle algunas palabras a su paisano.

—Nueve de la noche.

Responde tajante, pero mi colega, insiste.

—Lo esperamos en Medellín. Recuerde que ya tiene amigos ahí.

Yo sonrío, siento que debo aprovechar para decir algo y no irme con la sensación de derrota.

«¿Porqué me siento así?»

Pero un dolor me atraviesa el pecho, cuando responde:

—Gracias, pero allá no tengo nada qué hacer.

Boquiabierta me quedo. A mi amigo le da igual.

«Pero, ¿cómo se le ocurre decir eso?»

«Acaso, ¿no somos sus amigos?»

«Acaso, ¿no nos puede llamar cuando viaje y hacer un plan, así como aquí?»

«Acaso, ¿la pasó tan mal con nosotros?»

Por un momento, pensé que estaba tomando el pelo o que era su sarcasmo natural, pero su seriedad es rotunda y no intenta, ni por diplomacia seguir con la conversación.

Así que yo siendo yo, masoquista e intensa, le digo con una sonrisa, aun ignorando lo que siento en el pecho:

—Entonces, viajaré a Bogotá a pasar, así sea, un fin de semana.

Apenas digo eso, me siento estúpida.

«¿De verdad, lo haría?»

La última vez que lo hice me sentí fatal, esa ciudad no me cae bien, pero lo insólito es, ¿en serio voy a ir por un tipo?, ¿yo, detrás de uno?, y no cualquiera, sino de un… ¿rolo?

—No te recomiendo que viajes en esta temporada. Es demasiado costosa. «¡¿Qué?!»

De piedra.

«¿En serio me está contestando eso?»

La vergüenza me puede y bajo la cabeza. Este me acaba de dar un corte increíble.

«Es que eso me pasa por intensa...»

Me reprendo y mientras Carlos le da la razón, porque estamos en noviembre y por ser temporada alta todo es costoso, los dos se suman en una conversación y yo no dejo de mirar mal a aquel estúpido con el que me permití fantasear por dos días,

con el que me permití reírme de sus bromas y hasta casi le permito que me bese, pero, ¿qué es lo que le pasa a este?

Mi nivel de mal genio es absurdo, me habría bastado que dijera algo así como, “¡claro!, por Bogotá te espero”; o, “cuando quieras, tienes las puertas abiertas”; pero nada, me sigo sintiendo estúpida por haber seguido la corriente a eso y cuando estamos de nuevo hablando los tres de no sé qué,

porque no me importa, Javier vuelve con el truco del triángulo.

Esta vez, es confuso, porque su gesto es serio y no sé qué pensar. Este me está volviendo loca y aunque intento seguirlo, soy incapaz de hacerlo natural, porque no quiero sentirme tonta de coquetearle a un tipo que me hace cortes de esa forma, simplemente no lo puedo soportar.

La puerta de abordaje llama mi atención, prefiero ver eso a su rostro, que ahora siento que busca mi mirada con ansiedad intentando conectar, pero, ¡ni mierda!, el corte que me dio, me dolió en el ego.

Observo la puerta de abordaje, que ya está siendo atravesada por las personas de nuestro vuelo y yo, de cierta forma, me siento triste, ¡no me quiero ir!

, y aunque ni yo misma me entienda por lo que acaba de pasar, si debo ser sincera de que la pasamos súper bien y que este congreso y fin de semana, ha sido inolvidable.

Carlos y yo nos quedamos hasta el final y cuando ya somos los únicos que faltamos por registrarnos, mi amigo abraza a Javier y le repite, que lo espera en Medellín, para hacer planes y yo, cuando me mira para despedirse, quemando el último cartucho de volver a jugar el jueguito que antes llevábamos,

le doy un beso en la comisura de los labios, para ver si así entiende que todo el coqueteo me gustó, ¡que todo él me gustó! , pero nada.

Su abrazo, que fue más rígido que todas las columnas del maldito aeropuerto, me recuerda lo masoquista y estúpida, que soy a veces.

«¿Acaso debo seguir presionando, cuando es obvio que, al final, no le gusté tanto, porque me acaba de dar un corte monumental y no siendo más obvio, me lo acaba de dejar claro con ese afecto tan frío?»

Dolor en el pecho por la vergüenza, eso es lo que siento.

Así que sin mirar atrás y detrás de Carlos, le doy mi tiquete a la cajera para registrarme e irme rápidamente de ahí.

Ni siquiera valía la pena seguirme regañando por lo que había hecho.

Si aquel se portaba así, era por ser un completo imbécil pero más yo, por permitirme sentir algo por un aparecido.

Después de eso, no quería saber de él, ni siquiera valía la pena volverlo a mirar, pero mis ojos me traicionaron y cuando estaba por el pasillo, antes de perder de vista la sala de espera a través del gran ventanal,

vi que tenía su mirada clavada en mí y antes de siquiera descifrarla y volverme a ilusionar por el modo en que lo hacía, apresuré el pasó y seguí adelante.

Ni qué decir tiene, que el dolor que sentía, se hizo ameno inmiscuida en mis canciones románticas, buscando mi sitio y también al darme cuenta, de que Carlos estaba sentado muy lejos de mí.

Lo que menos quería, era hablar de nada sobre lo que venía pasando toda la tarde, o, mejor dicho, desde que lo vi en el balcón, hasta lo obvio que sucedió en el café.

El avión comienza a rodar y le digo en mi mente, “adiós” al bendito tipo, que me ha sacado de quicio este fin de semana, mientras atesoro el recuerdo con la canción de Carlos Rivera, “Que lo nuestro, se quede nuestro”.