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, y yo… yo resoplo, eso es lo que hay que hacer y sin perder más tiempo, en una respiración tomando valentía, pues lo que me agobia no es la lluvia, sino la combinación de esta con la de mar y residuales de la inundación y me da miedo pillar un hongo en mis preciosos pies, ¡asco me da!
Soy más alta que Samantha, así que puede que el nivel me dé un poco más abajo de las rodillas e ignorando al par de hombres a mi lado, entre ellos, al de los ojos miel que ya le conozco la mirada, me tiro al paso. Me ven sin dar crédito, pero es lo que hay.
«Acaso, ¿qué es lo que quieren?, ¿un carruaje?, ¡no hay más soluciones!»
Mientras camino lo más rápido que puedo, en medio de la combinación de agua más misteriosa del mundo, veo que mi amiga está al otro lado del andén esperándonos.
Apenas llego, sonrío con satisfacción, pues observo que la siguiente calle, no está inundada y creo que podemos llegar un poco menos atareados al hostal.
Entre mi amiga y yo miramos a estos, que no se mueven de debajo de la torre.
«¿Es que no piensan pasar?»
—Estos son bien pendejos.
Escucho que dice y yo asiento, están retrasando algo que es inevitable.
La lluvia mengua, pero aquella horrible piscina sigue en su nivel, hasta que después de unos minutos, los vemos atravesar el gran charco, ¡gracias a Dios!
, y luego seguimos nuestro camino hacia el hostal, no sin antes discutir, que debemos meter los pies en agua hirviendo, para matar cualquier bicho que se nos haya pegado, ¡qué asco!
Voy en mis pensamientos, cuando de repente, Javier se detiene y me pregunta:
—¿Tienes hambre?
Lo valoro, viendo como mis amigos entran al hostal y detallando sus bonitos ojos, le sonrío; hay qué ver cómo me mira la boca cuando lo hago y haciendo uso de mi anterior encanto en la rumba, le contesto:
—No te imaginas cuanta.
Vamos al pequeño Carulla, que hay frente al hostal y nos encontramos allí, a varios de los argentinos que comieron con nosotros al mediodía.
Hubo uno que, en la mañana, me había llamado la atención y precisamente ese, cuando nos ve, le da la mano a Javier y se acerca a mí para darme dos besos, ¡dos!
Uno en cada mejilla. Ese bonito acto de educación, vuelve a subir mi ego, ya que el rolo queda en un segundo plano y al ver que le dedico mi sonrisa a otro, se va para ver qué comprar, ¡vaya, que no le gustó!
No me importa, me puede gustar mucho aquel, pero es que este hombre que me besa es extranjero y pues la prioridad la tiene el argentino, me burlo por ese pensamiento, ¡seré terrible!
Pronto el tipazo argentino se va y Javier llega con un perrito caliente que se ve delicioso.
Al ver que solo trae uno, porque era el único que quedaba en el mostrador, propone compartirlo, pero cuando pienso que lo va a partir o lo que sea que haga, porque quiero mi pedazo aparte, entonces me lo da para que le dé el primer mordisco y luego lo hace él.
«¿En serio vamos a comer, así como si fuéramos noviecitos?»
Pues la respuesta es sí y aunque en algunas ocasiones le digo que ya no quiero más, porque la verdad, me choca comer así con alguien que, aunque me gusta, me parece demasiado íntimo y baja mis defensas, la cara de alucine de Javier es tanta, que yo sigo haciéndolo,
le parece imposible que no quiera comer, cuando antes le había dejado clara mi ansiedad por comida.
Terminado aquel momento extraño de merienda, entramos al hostal y nos separamos, para ducharnos y como no, lavarnos los pies de aquella piscina asquerosa. Samanta nos indica que hay en la ducha un cazo con agua caliente, también está preocupada por aquello de los hongos.
En el baño, me permito pensar en todo lo que ha pasado en el día.
«¿A qué horas un rolo me gustó?»
«¿A qué horas me vi yo coqueteándole?»
No tengo la respuesta, pero aquí estoy, con más ganas de esa sensación de poder y ego con aquel, que me la sube con sus gestos.
Así que, empoderada, por lo que ha pasado y en todo lo que me hace sentir aquel rolazo gigante, cuando ya me he puesto presentable, veo que están en el comedor con los argentinos y yo me uno a la algarabía.
La conversación es como en la mañana, amena y divertida, parece que ninguno quiere ir a dormir, a pesar de que son las cuatro de la mañana.
Algunos roces de mis pies con las piernas de Javier me hacen sonreír, estoy siendo muy evidente y necesito controlarlo.
La idea es que él esté en mi juego y no yo, porque en el momento en que lo haga, me conozco y sé que me voy a colgar de un tipo que nada qué ver; así que, por más que coquetee con este, debo ir lento.
Por lo tanto, parando lo que ya veo que se está saliendo de control, me coloco de píe, me despido de todos de beso en la mejilla, disfruto más con el que me da Javier y me largo a dormir.
Nos han dado la noticia de que, por la lluvia, desde las seis de la mañana no habrá luz, por lo tanto, al llegar a mi cubículo, lo primero que hago es conectar mi celular y después de pensar en el rolo y todo lo que me prende, decido darme rienda suelta tocando un poco mis partes íntimas que,
al llegar al clímax, me duermo, ¡estoy agotada!