2 #3
—¡Ja!, ¿Irina?… Irina es un caso aparte…
Me detengo.
«¿Qué ha dicho o qué va a decir el estúpido de mi amigo?»
Si se le ocurre decir algo de mí, le parto la cara. Así que le mando una mirada de advertencia, de esas santandereanas asesinas, en donde si no se calla, lo callo y no de buena forma, pero el piso tiembla, cuando escucho a Javier con curiosidad:
—Ah, ¿sí?, ¿por qué es un caso aparte?
Está interesado el de los ojos misteriosos color miel y Carlos, que no es imbécil, ya se ha hecho al lado de este, para que yo no le haga nada y le comienza a contar todo, pero todo es todo…
y lo peor, le cuenta de mi obsesión con lo extranjeros y ya cuando cuchichea lo del italiano, doy por seguro que va a morir esta noche, ¡lo mato!
Pero yo no sé si molestarme por lo que comenta Carlos o alegrarme del rostro de Javier que, por cada cosa que escucha de su paisano, deja ver una risita que se me antoja sexy y yo, que soy muy yo, le respondo con otra más pícara.
«¿Será que me estoy volviendo loca?»
«¿Por qué de un momento a otro, me gusta que sepa de mí porun tercero?»
«¡Carlos eres el mejor!»
Pienso acalorada al ver como el rolo me mira, ¡qué miradas me echa!, y no dejo de sonreír. Si, señores, la locura está servida en bandeja de plata y todita es para mí. No tengo remedio.
Pero algo llama mi atención, pues cada vez que mi amigo menciona lo de los extranjeros y mis gustos con los hombres, el rostro de Javier se ensombrece…
«¿Será que le gusto? ...»
Sonrío abiertamente, porque sus miradas ya comienzo a entenderlas y Samanta, que está en un segundo plano olvidada, pero dándose cuenta de todo, me suelta una sonrisita de: ya te estoy viendo venir con aquel…
Pero, increíblemente y así me guste tontear con él, no puedo evitar pensar de dónde es y de lo traicionero que será.
¡Lo siento!, pero los prejuicios no los puedo olvidar, porque Carlos ha sido de lo más traicionero al contar esas cosas que, aunque me gusta, no deja de ser lo que es, ¡un lengüilargo de mierda!
Después de decirle un par de cositas a mi amiguito, que está más feliz que una lombriz, por su acto bochornoso conmigo, veo que el rolo está texteando algo en su celular y yo, que no puedo ser más chismosa, me siento a su lado para saber.
«Pero… pero, ¡oye!, ¿por qué estoy haciendo eso?, ¡ni porque me importara ese tipo!, ¿o sí?»
Bueno, pues la respuesta no me importa, porque ya ando chismoseando lo que hace y sin más, me cuenta que está chateando con una morenaza cartagenera, la misma muchacha que lo trasladó del aeropuerto al hostal por medio de la aplicación y que intercambiaron números, para seguir en contacto.
«¡¿Qué?!»
«¡¿Cómo?!»
«¡¿Y me lo cuenta así de normal?!»
Pues nada, yo escondo mi molestia en una hermosa sonrisa y lo apremio, para que le siga hablando, pues si una mujer tuvo una iniciativa así de directa, lo que tiene es que aprovechar.
Pero entonces, su gesto de sorpresa, su bendito gesto descolocado, me dice mil cosas, entre esas, que no se esperaba mi contestación y yo sonrío con orgullo, pues sé lo que significa, pero necesitando confirmarlo, comienzo a desplegar mis armas de seducción.
«Le gusto»
¿Y qué creen?, cae redondito a todas las trampas que le dejo.
«En efecto, le gusto»
Si lo pego a mi cuerpo mientras bailamos, me abraza más; si le hago el truco del triángulo, en donde le miro primero un ojo, luego su boca y después el otro ojo, responde con el mismo gesto intensificando su mirada en mi boca.
«Quiere besarme!, ¡bien!»
Si rozo su rodilla con la mía y no la quito de la suya, no esquiva mi contacto y así… Me la paso toda la noche provocándolo y dándome cuenta, que saber que le gusto, me sube la moral, la adrenalina, la autoestima, el ego y mil cosas más.
De repente, en todo este juego, sé que aquel de tonto no tiene nada, pues también me provoca, diciendo lo lindas que se encuentran otras mujeres alrededor, pero yo, a diferencia de él, no caigo en su juego, así me fastidie que diga eso y más bien, lo incito a que vaya y les hable,
¡a mí que no me venga con sus cosas!
Su gesto cuando le respondo y su comportamiento, delata más lo que le provoco, en cambio mis contestaciones hacen que se confunda y no, no le voy a demostrar que me gusta también…
«¡Ay, pero, Señor!, ¿qué he dicho?»
«¿He dicho que me gusta este rolo?»
Pues la respuesta, que ahora sí importa, es sí.
Me encanta ese bendito hombre y haciendo caso omiso de su procedencia, así los prejuicios estén de por medio, le pregunto exactamente, cuánto mide, porque es altísimo y me derrito, cuando responde, un metro con ochenta y ocho centímetros, ¡vaya pedazo de estatura!, ¡así es como me gustan!
Después de bailar, hablar, beber y ser espectadores de los shows, que ofrecía el sitio con la rumba más bacana del planeta, salimos de ahí, pero maldecimos, al ver que la lluvia está siendo torrencial y, ¡ay, Dios mío!, ¡qué forma de llover!
Pero tomándonos la situación con folclor, decidimos caminar, empapándonos bajo la lluvia, porque estamos muy tomados.
Todo lo hacemos risa y chiste y no hay un solo taxi en la ciudad amurallada, que nos lleve al hostal, así que mejor, ¡a caminar!
Volvemos a maldecir, pero de la misma forma, volvemos a reír, cuando vemos que una de las calles está totalmente inundada y es posible que, al pasar por ahí, el nivel del agua nos llegue a las rodillas, ¡como odio que Cartagena no tenga un buen sistema de alcantarillado!
Pero la borrachera y el chiste se nos borra del rostro, cuando llegamos a la torre del reloj y la plazoleta Pedro de Heredia está con el mar adentro y digo con el mar, porque inundación es poco para lo que hay.
Entonces, por todos los medios, intentamos buscar transporte, pero nada. Los malditos conductores no quieren ni siquiera intentar llevarnos, porque está lloviendo y yo ya comienzo a odiar a estos costeños, con lo bien que me caían.
Resoplo, eso sí, sin dejar de llamar la atención de cierto hombre que, por más terrible que sea la situación, no deja de mirarme la boca con el mismo truquito del triángulo y yo, en medio de la lluvia, sonrío, ¡cómo me encanta que haga eso!
Comenzamos a fastidiarnos y cuando debatimos por cual lado de la muralla entrar, sin que nademos en la plaza, me gana el impulso y me voy caminando dentro de la torre para resguardarme de la lluvia, mientras valoro si puedo pasar en medio del caos.
Lo pienso mil veces, pues tengo un lindo vestido blanco largo, que parece ya un baby doll de lo mojado que está y ni hablar de mis hermosas sandalias, de eso ya no queda nada, ¡todo el glamour se perdió!
Mis amigos llegan a mi lado y sé por sus gestos, que los tragos pasaron a segundo plano y también valoran si pasar o no.
Escuchamos a la gente decir, que esa es la única entrada, pues las demás están peor.
No hay de otra, debemos atravesarla y cuando estoy decidiendo cómo hacerlo, veo sin más, a Samanta que se mete de lleno al agua y comienza a caminar así, sin que le importe la piscina, ¡al final, esta resultó ser más impulsiva que yo!
La observo boquiabierta, ¡el agua le llega a más arriba de las rodillas!