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Cambiamos de tema y veo que se sientan a nuestro lado, una mexicana y una brasileña. Los argentinos, junto con Javier, que los tiene riéndose a carcajadas, también se unen a la conversación y de repente, estamos compartiendo en la mesa de una manera muy tranquila y bonita.
Mi papá que, por el fútbol, siempre me ha dicho que los argentinos son los más arrogantes del continente y que por eso le caen tan mal, ahora no lo veo así, pues enseguida, me parecen de lo más encantador y de un humor bastante alegre y divertido.
Sonrío por mis recuerdos. No quiero ni imaginarme su cara, al enterarse de que me acaban de caer tan bien.
Los observo hablar y reír a todos, mientras cavilo también, en lo llena que estoy de prejuicios.
Con Ángelo pasó y luego, resultó ser alguien caballeroso; con estos argentinos también y ahora son el alma alegre del lugar y con el dato de los alemanes, que contrasta con el comportamiento del empleado de Óculos, ¡ni hablar!
Además de la brasilera, que explica que es del sur de su país y que de samba no sabe nada…
«¡Wow!»
Definitivamente, debemos conocer a las personas antes de emitir cualquier juicio y eso me queda de aprendizaje, pero cuando vuelvo a ver a Javier, que ya no me mira, porque creo que entendió que no debe hacerlo, me niego a cambiar de opinión acerca de los benditos rolos, ¡eso sí que no!
Después de horas de haber hablado sobre política, costumbres culturales, lugares favoritos del mundo y haber compartido un almuerzo improvisado con pan tajado, jamón ahumado, queso, lomitos de atún y papas chips, se han retirado todos a hacer sus cosas, menos Javier,
Carlos y yo que seguimos en el comedor.
Samanta, dijo que iría a dormir para poder salir en la noche más descansada y así aprovechar el clima que, sigue igual a cómo estaba en la mañana, lluvia y más lluvia.
Mientras que Carlos y Javier hablan como si se conocieran de toda la vida, pienso en cómo he llegado a esto, pues desde que los argentinos se fueron y el rolo se quedó solo, no quise ser grosera de nuevo y lo presenté a mis colegas que, de una vez,
lo asociaron con el hombre que estaba hablando conmigo en el balcón.
Pero lo que nunca dimensioné fue que, después de presentarlos y que, entre todos, nos siguiéramos en el Instagram, Javier se diera cuenta de que tenía muchos amigos en común con Carlos, pues la verdad sea dicha, ambos son de la capital a excepción de mi amiga Samanta, que es venezolana.
Carlos, aunque es optómetra, trabaja en el perfil de salud ocupacional y de riesgos laborales, cuestión que de una vez compaginó con él, pues me enteré, por sus conversaciones, que es ingeniero ambiental y es dueño de una compañía, que se especializa en soluciones empresariales entre esas:
riesgos profesionales también.
Así que, mientras pienso en eso y los veo hablar y reír como nunca, decido si darle la oportunidad al rolo de que por lo menos sea mi amigo, pues en el transcurso de la tarde, en varias ocasiones, fue muy amable conmigo y estuvo atento a cualquier pendiente o necesidad que tuviera,
desde lo incómoda que estaba mi silla ofreciéndome la suya, hasta calmando mi sed yendo a comprar él mismo un juguito de naranja, pero aunque me ha timado con sus atenciones, aún no puedo descifrar qué es lo que piensa o siente, porque sus ojazos miel no los he podido leer.
Me cuesta confiar en los rolos, porque los considero personas traicioneras. Me ha ido muy mal con ellos.
En el gremio de la optometría hay muchos, porque el alma máter de esta hermosa profesión nació en esa ciudad y aunque sé que son prejuicios y que está mal juzgar, aun me es difícil desencasillarlos, pues por muchos años trabajé con ellos y comencé a conocerles la estampa a la mala,
incluso cuando me fui a vivir a Medellín; porque, paradójicamente, lo primero que conocí fueron rolos y no paisas y aunque a estos últimos en su momento, también los había encasillado de hipócritas,
poco a poco fui conociendo a personas que no lo eran y no sé si alguien de la capital no sea como Judas Iscariote.
Por muchos años vi cómo entre ellos, que eran muy amigos, se clavaban el puñal, se quitaban puestos de trabajo, se lavaban las manos en cosas que el otro no había dicho e incluso los veía mentir e inventar chismes, solo por quedar bien y eso, es algo que nunca podré borrar de mi mente,
porque al final, no importa que tan buenas personas se muestren, siempre van a pelar el cobre.
Estimo a muchos colegas de Bogotá, pero todos han mostrado las garras y como los conozco, sé cómo tratarlos. A ninguno me lo he llevado al corazón, temiendo a que me puedan lastimar, incluyendo a Carlos que, aunque no ha sacado las garras por ahora, en cualquier momento sé que lo hará.
Poco a poco, vuelvo a la realidad, mientras que aquellos siguen hablando y riendo sin cesar. Me permito escucharlos sin dejar de mirar a Javier, que es consciente de mis miradas y yo de las de él, cuando no lo estoy viendo y comienzo a divagar.
«¿Qué es lo que piensa de mí?»
«¿Tendrá también prejuicios fuertes como yo?»
«¿Le pareceré una vil envidiosa y malgeniada de mierda por ser santandereana?»
«O, ¿simplemente, no piensa en nada? ...»
No lo creo, pues las personas siempre tienen prejuicios sobre los demás y me permito solo observar, para ver qué señales capto, pero con Javier extrañamente, sigo sin poder leerlo y eso es perturbador.
Son las seis de la tarde y cuando por fin vemos a Samanta asomarse al comedor, entre todos tomamos la decisión de salir a comer, aprovechando que ha amainado la lluvia y la verdad, después de ese almuerzo tan improvisado por culpa del clima, necesitamos comida a montones.
Nos levantamos de ahí con la idea de vernos en cuarenta minutos y yo, aun circunspecta, por lo que ese hombre me hizo sentir tras el jueguito de miradas en todo el día, me meto al baño decidida a darle la oportunidad de conocerlo mejor. Dejaré de lado los prejuicios.
Me visto, me maquillo y salimos los cuatro caminando, para buscar el restaurante recomendado de Javier en el barrio Getsemaní.
La pasamos muy bien, nos hacemos fotos y por un momento, me olvido de todo, tanto que, comienzo a sospechar, sí le gusto al bendito rolo, porque no deja de mirarme.
Pero lo increíble, no es si le gusto o no, sino reconocer que, desde que lo vi en el balcón, ha llamado mi atención de una manera magnética y que, por esa razón, no he dejado de sonreír.
Luego de salir del restaurante, en una llovizna que amenaza con ser fuerte y de visitar los rincones del barrio, nos encaminamos a una discoteca.
Siete tiempos es una muy famosa y con diferentes ambientes, que hacen que disfrutes de todos los ritmos latinos que existan y como ya la lluvia comienza a empaparnos, decidimos entrar.
Paseamos por todos los pisos y los ambientes, para decidir en cuál quedarnos y nos decantamos por ir al primero de vallenato y música popular, nos dan un cóctel de bienvenida y nos sentamos para disfrutar de la música, que la verdad, está muy buena.
Una hora después y de disfrutar del cóctel, decidimos ir al salón principal en donde hay música crossover y en donde al fondo, hay una tarima que, según el tipo de la entrada, siempre ofrecen show y esta noche la temática es: zombis.
Aplaudo divertida, pues el ambiente ahí es muy rumbero y yo tengo ganas de mover mucho más que el esqueleto. En un momento dado, Javier y Carlos son guiados por un mesero, para ubicarnos en una de las mejores mesas del lugar y después de que pedimos las bebidas, comenzamos a entonarnos.
Carlos saca a bailar a Samanta y Javier me mira de esa forma, que aún no leo, pero contra todo pronóstico, se coloca de pie, para llevarme hacia la pista.
Al igual que, cómo lo hice con el italiano, pienso en que este rolito capitalino no va a saber llevarme el paso, ¡de por Dios!, ¡que es un rolo y no saben bailar!, pero no queriendo rechazarlo, porque me da curiosidad que tal lo hace, solo espero, a que no pasemos la pena más grande del mundo.
Pero no, la vergüenza nunca llega, es más, le da paso al asombro, porque me lleva el paso de manera espectacular, incluso me guía y esa iniciativa en el baile, no puedo negar, que me deja más descolocada de lo que ya vengo.
Me da vueltas, me pega a su cuerpo, siento su aliento en mi oído, canta despacio… Este tipo me está volviendo loca y yo, que me conozco y ando un poco alicorada, soy tan capaz de tirarme encima de él, porque me está provocando mundos enteros.
Pero no. No me abalanzo encima, porque me recuerdo, que a mí no me gustan los rolos y me parece de otro mundo, que este lo sea, ¡no, señor!, ¡me niego a pensar algo con él! Baila espectacular, pero eso no deja de ser lo que es, por lo tanto, sigo con mi rostro serio.
Javier se da cuenta de ello y cuando terminamos de bailar, simplemente volvemos a la mesa a incorporarnos en la conversación de Carlos y Samanta.
Mi amiga cuenta acerca de su feliz matrimonio, de su pequeño hijo y muestra orgullosa las fotos de ellos en su celular, ¡me encanta ver su felicidad!, y mientras cuchicheo sus fotos, imagino si algún día tendré descendencia.
Le entrego el celular a mi amiga y Carlos tercia, que él sigue con su soltería indefinida y que está muy feliz así.
Javier indica, que está dedicado al trabajo cien por cien.
Quiere expandir su empresa a otras ciudades, razón por la cual está en Cartagena y es por eso que, en el amor, no ha tenido tiempo de pensar.
Apenas lo dice, logro ver un atisbo de desagrado, cuando se refiere a la palabra, “amor”, y de una vez, leo su misteriosa mirada…
¡A este lo han hecho sufrir y de qué manera!
, y estoy segura, que debe tener su historia bien guardada…
Ya tengo curiosidad de saberla, pero yo, que luego de escucharlos, sigo callada bailando en mi lugar, se hace un silencio y rápidamente, sé lo que significa, pero me niego a hablar de mí, ¡no! , ¡eso sí que no!
Sin embargo, Javier, que ya está entonado por el licor al igual que Carlos, que tiene en su cara una risita estúpida, me pregunta que es de mi vida y yo solo sonrío, no pienso contestar. Mi vida es mía y no pienso ventilar mis cosas.