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Me levanto temprano con la intención de ir a la playa, hoy es el último día del congreso y la verdad, no me interesa ir, pues los temas a tratar no llenan mis expectativas. Con cuidado, me bajo del camarote y voy al baño, me cambio y salgo a desayunar al gran comedor.

Nos hospedamos con mis amigos en este bonito hostal llamado, Clocks. Los convencí sin problemas y se partieron de risa, al saber mi más grande razón: extranjeros; pues ellos pululan en lugares como estos.

El hostal ha superado nuestras expectativas, hasta ahora todo ha sido de maravilla y estamos muy satisfechos, pues a pesar de ser un hostal, los camarotes son privados y el servicio, aparte de toda su infraestructura vintage y hípster, ha sido de lujo.

Estoy inmersa en mis pensamientos, cuando me doy cuenta, de que el comedor está lleno de hermosos argentinos.

Su acento llama mi atención y aunque no son europeos, se ven muy bien y me dan el caldo de ojo que necesito, ¡gracias a Dios por la visión!

Ser optómetra es un orgullo, porque puedo cuidar de la salud visual y ocular de las personas, para que así podamos admirar el mundo y sus exquisiteces, además de semejantes prospectos masculinos.

Estoy muy feliz con mi conclusión, hasta que veo algo en el balcón, que me hace borrar la sonrisa de inmediato, pues está lloviendo a cántaros y mi plan de playa con sol picante se está yendo por la borda.

Hemos sabido que, desde que llegamos a la ciudad, el clima no ha sido para nada costero, han sido días grises y fríos, pero en ningún momento, pensamos que se desataría el cielo de esa forma.

Resoplo por eso y porque la mesa del comedor está tan llena, que ni me puedo sentar ahí. Así que me voy al balcón a confirmar lo que ya está confirmado, el clima; mientras los espectaculares argentinos terminan de desayunar.

Apenas abro la puerta de vidrio, me pega el frío en la cara. Veo con resignación como llueve, cuando escucho:

—Ha estado así desde anoche…

Me volteo hacia la izquierda para ver quien habló y me reciben unos ojazos miel, que me miran con expresión seria. Al parecer, a ese tampoco le gusta que esté lloviendo.

—Es increíble un clima así en esta ciudad.

Logro gesticular, pues aquellos ojos que ahora no me miran, sino que están clavados en el cielo gris, me lograron hipnotizar.

—Si, desde luego ni playa ni sol va a ver hoy.

Apenas lo dice, sonrío, pues ahora soy consciente de su sutil humor negro, tras dedicarme una mirada muy pícara por mi atuendo playero.

Le tiendo la mano y me presento, eso ha sido suficiente para que me acerque y mientras le hablo de mí en una forma más resumida, que cuando lo hice con el italiano, voy estudiando su acento y su físico.

Aún no sé, por su pinta, si es extranjero, pero sí es más alto que el que conocí ayer, mucho más y eso de repente me gusta.

«¿De dónde será? Desde luego ni italiano, ni alemán, ni argentino es»

Así que lo detallo rápidamente: tiene una cuidada barba de las cinco, su cabello es del mismo color de sus ojos y tiene piel blanca como la leche…

«¿Será español? ¡Eso es! Debe ser de la madre patria»

Pero cuando es su turno de hablar, me quedo de piedra, al saber que se llama Javier y que es colombiano.

Nunca pensé, que lo fuera y no porque los colombianos no me gusten, de hecho, los hombres de aquí son espectaculares y tienen un “no sé qué”, que me encanta; excepto los de Bogotá, de esos mejor huir, pero del resto del país, son súper recomendados.

Para la muestra un botón, los paisas. Esos hombres, sí que son un monumento a lo más hermoso, pero prefiero apostarles a los extranjeros, porque con su estatura, simplemente enloquezco, es por eso que al ver a Javier y su increíble porte, me sorprendo y mucho. Eso no se ve a menudo por aquí.

Divertida por mis conclusiones, estoy sonriendo y sigo comentando entonces, que soy de Bucaramanga pero que vivo en Medellín. Aquello me hace sonreír más, pues fue lo mismo que le dije al italiano, ¿acaso no tengo otra forma de presentarme?

Aquel sonríe y veo sus bonitos dientes.

—Soy de Bogotá y nunca he ido a Medellín, ¿qué tal es esa ciudad?

De piedra…

Ahora sí, que me quedo de piedra, totalmente estática y sin sonreír, tanto que, el tipo me mira como un bicho raro, pero al cabo de unos minutos de reaccionar, musito:

—¿Cómo?

—Te pregunté, qué tal es Medellín…

—¿De dónde dijiste que eres?

—Bogotá.

Ahora sí fue. Javier, el de los ojos bonitos, labios carnosos como para morder toda la noche y de estatura infinita es… es… ¡es un bendito rolo!

«¡No puede ser!»

Resoplo, eso se me da bien y volviendo a ver el comedor a través de la puerta del balcón, le contesto cómo puedo, pues no quiero ser grosera, que Medellín es una “chimba” de ciudad, así como dirían mis amigos paisas y algunas cosas más.

Como despedida, abro la puerta y le dedico una sonrisa forzada, que estoy segura de que entiende muy bien, pero que, gracias a Dios, no conoce las razones detrás y entro. Tengo hambre y mi genio por saber aquello de Javier, que está más bueno que el pan, brilla por su ausencia.

Estoy tan perdida en ese detalle, que no me di cuenta de que sigue la algarabía con los argentinos en la mesa, mis amigos están desayunando y que Javier está detrás de mí.

Al rolo lo ignoro, ya no me interesa y me siento al lado de mis amigos que, de una vez, me acribillan a preguntas de lo que hice después de la fiesta y ellos me cuentan lo que pasó con los alemanes.

Aquello lo agradezco, porque en un momento fugaz que tengo de consciencia, me doy cuenta de que, por más que quiero ignorar al bendito hombre de los ojos miel, que ahora está junto a Carlos desayunando, mis ojos hacen lo que se les da la gana y vuelan a él todo el tiempo.

«Acaso, ¿este me gusta después de saber de dónde es?»

«¿Es que me he vuelto loca?»

«¡No me puede gustar un rolo! ¡Que no!»

No sé cuánto tiempo ha pasado, pero todos seguimos en la mesa. El ambiente es relajado y ameno, pues no para de llover y todos estamos en un modo perezoso, es lo que hay por la lluvia y el frío.

Carlos está hablando sobre algo que no sé qué es y trago fuerte, cuando Javier se pone de pie y se aleja hacia donde están los camarotes. En ese momento, sé que no compartimos el mismo cuarto, pues el mío está al otro lado y eso me entristece.

«Pero, ¡vamos! ¿Cómo que me entristece?»

Cuestiono minuciosamente todo lo que estoy sintiendo, porque es exorbitante y estúpido, por lo tanto, me centro en Carlos, que sigo sin seguirle el hilo de lo que habla, pero Samanta, que en sus ojos brilla el chisme, vuelve a preguntar:

—Entonces, ¿con el italiano no pasó nada?

Niego en silencio. Ángelo se portó como un caballero.

—Solo nos besamos y aunque sí me invitó a su hotel, me negué. Tampoco quería llevarlo lejos, ya saben lo que dicen de los italianos…

Carlos se acerca interesado en lo que he dicho.

—¿Qué es lo que dicen?

—Pues que solo quieren cama contigo y acabado eso, de una vez te botan…

Él bufa.

—Nada nuevo, eso lo hacemos todos los hombres sin nacionalidad específica.

Nos partimos de risa, pues tiene razón, pero me apresuro a aclarar:

—A ver, cuando me refiero a que te, “botan”, es del tipo que no te vuelven a hablar, ni siquiera para seguir con el rollo y la verdad, si quiero tener al menos una amistad con él debo mantenerlo a raya. Además, tengo su número y su Instagram, así que con eso estoy satisfecha.

Mis amigos entienden el punto y de una vez, Samanta dice:

—Pues, mi amiga Valentina, sí que supo aprovechar el momento.

—¿Quién es Valentina?

Indago muy interesada, mientras mis ojos vuelan a Javier, que no supe en qué momento, entró al comedor y ahora entabla conversación con el grupo de argentinos.

«¿Por qué se me acelera el corazón?»

—Es una amiga paisa, que llegó casi al final de la fiesta y se fue con uno de los alemanes.

Ella saca su celular y me muestra la foto del alemán con el que su amiga se fue y silbo, ¡qué hombre más lindo!

—¡Qué ojazos!

Digo en tono audible y maldigo por lo bajo, al darme cuenta de que, con Javier, se han unido nuestras miradas. La suya indescifrable es llamativa.

«¿Qué estará pensando?»

Pero rápidamente, le quito mis ojos, pues no me debe interesar y sigo viendo al apoteósico alemán en el celular.

Samanta sigue contando:

—Estoy a la espera de saber si coronó o no al tipo…

—Se carcajea y continua—: Porque hasta ahora, lo que sabemos de él es que trabaja para Óculos, la empresa de los equipos diagnósticos del congreso; se está quedando en una suite y que había invitado a mi amiga con el fin, de que lo acompañara hoy a la playa…

—¿A la playa?

La interrumpo con ironía, pues el clima está imposible.

—No pues, con esta lluvia ni modo, pero de pronto se quedaron entrepiernados en la cama.

—¡Qué envidia!

Comento y mis benditos ojos de nuevo están en Javier, que me sigue mirando.

«Pero, ¡vamos!, ¡¿qué es lo que me pasa?!»

La cara la siento arder de la vergüenza teñida de desespero, así que, por enésima vez, me centro en Samanta e indico de manera divertida:

—Ojalá se enamoren, se casen y se lo traiga a vivir aquí.

Todos rompen en risas, pero con una mueca de desaprobación, Samanta agrega:

—No, de eso nada, porque tiene novia en Alemania.

El gesto se me cae.

—¡¿Qué?!, ¿no se supone que ellos son fieles?

Mi desazón es notoria, pues, según estadísticas, los alemanes son los hombres más fieles del mundo, pero al parecer, siempre habrá la excepción a la regla y eso de la fidelidad, como que va a ser un ideal imaginario.

—Ser fiel, no va de la mano con la nacionalidad, te lo he dicho muchas veces, Irina.

Explica Carlos, Samanta asiente y yo, que estoy aun en shock, también lo hago.

Precisamente, me gustan los europeos, pero más los alemanes por ese dato de la fidelidad, pero ya nos vamos dando cuenta de que alemanes o de la Conchinchina, siguen siendo hombres y he ahí el resultado; además del acertado comentario de mi amigo, que sabe todo de mí con respeto a eso.