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Volverte a ver (Volver 1)

Por Ivardi

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—Esta fiesta es un verdadero fracaso…

Susurro a mis colegas, mientras los tres vemos como el lugar no da abasto con tanta gente metida aquí.

Esta noche, se celebra la fiesta del congreso de optometría, en uno de los sitios más cotizados del centro histórico de Cartagena: La Bodeguita.

Como era de esperarse y como es en todos los congresos, la fiesta siempre es por lo alto, mejor dicho, lo mejor de lo mejor, pero hoy, no sé qué le pasó al equipo de logística, ya que es evidente, que no calcularon el número de asistentes y el lugar está tan lleno,

que hay varias personas bailando apachurradas en la pista.

Resoplo. Vine, netamente, porque en la puesta comercial, vi unos alemanes espectaculares y como sé de antemano que estarán aquí, solo espero para verlos, darme caldito de ojo y marcharme, no me interesa nada más.

Pero mi impaciencia crece, cuando decido dejar por un momento a mis amigos que están en uno de los balcones, para dirigirme a la pista a ver si hay algo que me entretenga, pero no, pésima idea.

Entonces, decido buscar a mi otra compañera y colega, Johana, a ella también le gustan los extranjeros y sé que debe estar con alguno que alegre mi vista.

Luego de tres vueltas a la abarrotada pista de baile y que el sudor casi empape mi espalda, derrotada por no encontrarla, decido volver con Carlos y Samanta que siguen en su lugar.

—Y, ¿bien?

Pregunta ella al ver mi cara agria. Sabe muy bien, que ando fastidiada por el calor del lugar y de paso, por no ver nada bueno.

—Pues nada, me largo, estoy muy aburrida y Johana está perdida.

—Esa debe de estar haciendo vida social de lo lindo.

Comenta Carlos y todos sonreímos.

Ella sí que sabe aprovechar el fiasco de fiesta, pero no aguantando más aquel bochorno y negándome a seguir perdiendo el tiempo, les propongo a mis amigos que vayamos al sitio de la noche anterior, Kalipso.

Aquel sitio fue de lo mejor en fiestas, no como este. Se miran. No parecen convencidos de seguir aquí como yo, pero tampoco mueven sus pies para largarse.

«Acaso, ¿desean perder el tiempo de esta forma?»

Por unos minutos los observo, no veo intenciones de que quieran irse y a mí, como no me gusta estar rogándole a la gente, simplemente les digo, que me voy a otro lugar. Allá ellos si me quieren seguir o no, además no hay rastro de los alemanes y la verdad, tampoco es que sean los únicos del mundo.

Salgo a la calle y me alegro al sentir la brisa marina en el rostro, ¡al fin fresquito!

Pienso y sonrío. Decido caminar por todas las calles antiguas, no sin antes regodearme un poco en la espectacular arquitectura del casco antiguo, tanto que, no me doy cuenta a qué horas he llegado a la gran torre del reloj.

Al frente, está la discoteca: El mirador; y diagonal, está Kalipso. Por unos minutos cavilo y me decanto por El mirador, ese lugar no lo conozco y puede ser, que supere en rumba al otro. Hay que darles la oportunidad a demás sitios y pasarla bien.

El vigilante me indica hacia donde debo seguir y subo las escaleras hasta el tercer piso. Cada uno es un ambiente diferente, desde restaurante hasta café tiene el edificio, pero como yo quiero rumbita y de la buena, sigo hasta la azotea.

Ni hablar puedo de la emoción, pues el mirador que tiene es como poco apoteósico y le hace mucha justicia a su nombre, ¡qué sitio más bacano! Así que, tras hacer mi pedido en la barra, me siento contemplando la vista y respiro hondo, ¡qué buena decisión he tomado al venir!

Mientras mi bebida llega, les envío un mensaje a mis amigos de en qué lugar ando y que, si en algún momento desean venir, pues aquí estaré. La noche es perfecta y me contoneo en la silla por la música.

Al tanto de varios minutos, mi manhattan aparece y lo saboreo. Sigo bailando en mi sitio y no me importa nada más.

Cierro los ojos y me dejo llevar por las alegres melodías. Hacerme el ambiente de esta forma no tiene precio.

—¡Vaya! No había visto a alguien disfrutar así.

Me sorprendo y me avergüenzo, al tiempo que veo a un semental sentado a casi dos metros de mí en el mirador.

A juzgar por su mirada, lleva tiempo observándome y yo solo sonrío. Su pinta y acento es extranjero lo cual llama poderosamente mi atención.

—Yo me hago el ambiente donde sea.

Le explico y él sonríe, ¡qué sonrisa!

El tipo entiende mi explicación, como una invitación para que entablemos conversación y en menos de nada, ya lo tengo a menos de un metro de mí y hablando muy amablemente.

Ángelo me cuenta que es italiano, tiene treinta y cinco años, está en la ciudad por negocios y que le ha encantado mucho Cartagena. Lo entiendo perfectamente, esta ciudad tiene una magia cautivante y todo el que viene aquí, quiere quedarse.

Yo le explico que me llamo Irina, también tengo treinta y cinco, que soy optómetra y que estoy aquí por un congreso de lentes de contacto y aunque soy de Bucaramanga, vivo felizmente en Medellín y lo invito a que visite la ciudad paisa. Medellín puede ser mucho mejor que Cartagena así no tenga mar.

Apenas digo esto, se ríe y yo ando muy interesada en saber cómo besa un italiano. Su sonrisa y sus labios son una perfecta provocación y como si me hubiera entendido, porque está claro que el hombre es experimentado, me tiende su mano y me lleva suavemente a la pista.

Mientras lo hace, pienso en que este europeo, no creo que pueda llevarme el ritmo de la canción de Carlos Vives que suena de fondo, pero luego de posicionarse y colocar mis brazos alrededor de su cuello, me sorprende llevando el ritmo a la perfección.

Nos miramos a los ojos y sonreímos. Tiene unos ojos color verde oliva, que contrastan perfectamente en su tono de piel moreno claro y ni hablar de su cabello, negro como la bendita noche tan espectacular que ando viviendo.

No es la primera vez que salgo con extranjeros, de hecho, se me hace muy natural llevarme bien con ellos, además que les gusta, de cierto modo, las facciones delicadas trigueñas, color de ojos y cabello oscuro, atributos que poseo y obviamente, manejo a mi antojo para atraerlos y el italiano,

por cómo me mira mientras bailamos, no es la excepción.

Así que, en un movimiento lleno de maestría, tras sonreír de la manera que me trae encantada, baja su rostro al mío, entreabro mis labios porque sé lo que eso significa y nos besamos.

«¡Wow!»

Es muy bueno haciéndolo y bajamos el ritmo del baile para centrarnos en el beso hasta saciarnos. Luego de varios minutos bailando, decidimos ir de nuevo al mirador y mientras él pide otra ronda de bebidas, reviso mi celular.

Sonrío. Carlos me envía una selfi en donde están Samanta a su lado y Johana agarrando del brazo a uno de los alemanes, que vimos en la puesta comercial. Al final, aquellos rubios si fueron a la fiesta y al leer el mensaje, suelto una carcajada.

De lo que te pierdes…

Carlos, que me conoce muy bien, sabe de mi obsesión con los europeos y más de los alemanes, que ahora que echo cabeza, no he salido con alguno de estos y aunque no me han hablado muy bien por su innata falta de tacto y poca expresión en sus emociones, si quisiera saber personalmente,

qué se siente estar con un rubio transparente de esos.

Cierta parte de mí se decepciona, al ver que están con los apoteósicos rubios de dos metros, pero rápidamente me recupero, pues la noche que estoy pasando con Ángelo ha sido espectacular y nada ni nadie, me va a dañar el momento.

Dejo el celular en la mesa y centro mi atención en el italiano. Hay una espectacular noche por delante.