Capítulo 22
Me desperté segura, envuelta en los fuertes brazos de Marcos. Tendré que marcharme en un par de horas, así que… es momento de decir «hasta pronto».
Anoche pedimos comida a domicilio, terminamos la película que comenzamos a ver por la mañana e hicimos el amor de nuevo antes de quedarnos dormidos.
Una inquietante sensación me hizo despertar antes del amanecer, y desde entonces no he logrado conciliar el sueño. Odio darme cuenta de que volverán aquellos días en los que no podía mantener un buen ritmo de descanso.
Estas pequeñas y hermosas vacaciones me han hecho replantear toda mi vida. ¿Podré vivir como de costumbre después de esto? Los pensamientos danzan en mi mente mientras los primeros rayos de sol iluminan la habitación y los pájaros comienzan a cantar su serenata matutina.
Suena el despertador. Marcos suelta una queja y estira un brazo para apagarlo. Observo su rostro adormilado, con el cabello revuelto y una pequeña arruga en la frente debido a la molestia.
—Maldita sea… —se lamenta, saliendo de la cama porque no encuentra el despertador.
Giro mi cuerpo hacia él mientras desactiva la alarma, que encontró debajo de la cama, y luego deja el aparato sobre la mesita de noche.
—Debió caerse anoche —explico—. Hemos convertido tu habitación en un desastre…
Marcos se sienta en la cama y suspira mientras me mira. Permanece en silencio durante unos segundos, como si estuviera sumergido en sus pensamientos más profundos.
—Así debí haber despertado después de la graduación… —Sus palabras rompen el silencio. Noto una mezcla de melancolía y nostalgia en su voz—. Incluso antes de ese día… No… —Se corrige—: También todas las mañanas siguientes. Tú en mi cama… Conmigo.
Una oleada de emociones inunda mi ser mientras asimilo el significado de sus palabras. Ha sido un viaje emocional intenso.
—¡Huelo mal! —advierto cuando se inclina para besarme.
—No me importa… —responde, permitiendo que su cariño se refleje sin miedos.
Cierro los ojos mientras me deja un corto beso en la comisura de mi boca.
—Necesito una ducha…
—Yo también. ¿Y café? —propone, estirándose.
—Sí, por favor.
Necesito abrazar a Brune. Esta semana lejos de ella se me hizo eterna.
El corazón se me aprieta con la idea de que todo va a cambiar a partir de hoy y, aunque me asusta, sé que su padre es un gran hombre y solo espero ser mi mejor versión para ella.
Quizás le cueste entender nuestras decisiones, pero confío en que con cariño y buena conversación todo se puede arreglar.
Incluso si nadie más me apoya, si me encuentro sola y el mundo parece gris, no voy a quedarme tirada. No voy a darme por vencida.
—¿Estás bien? —me pregunta Marcos, ofreciéndome café.
—Preocupada y contenta, también…
—Te entiendo…
—A veces le doy tantas vueltas a las cosas que termino hecha un desastre.
—¿Quieres que hablemos de eso?
Lo miro, y me sorprende que de verdad le importe.
—¿Qué? —pregunta, como si no entendiera lo mucho que significa para mí.
No sé de qué manera reaccionar ante esta muestra de atención.
—Nada, es solo que… La gente no suele hacerme ese tipo de preguntas…
—Soy bueno para escuchar, ¿sabes?
—Lo sé… Gracias. —Le sonrío, decidida a no mostrar mi fragilidad.
—Cuando quieras…
—¿Tu abuela está en casa? —pregunto, deseando cambiar de tema.
—Sí, se marchará en breve a su tienda, así que…
—Iré a despedirme de ella —anuncio, preparándome para salir.
—Bueno, te espero aquí.
—Está bien… Gracias —susurro, sintiendo que no estoy sola.
Con ansias, me dirijo hacia la casa del lado y llamo a la puerta de doña Itatí.
—¡Mi niña! Adelante, pasa… —me saluda con calidez mientras abre.
—¡Hola! Quería verte.
—Bueno, al menos traes tu ropa esta vez… —comenta en tono juguetón.
Me sonrojo y asiento avergonzada.
—Tranquila… —Se ríe—. ¿Un té?
Acepto, siguiéndola hacia la cocina.
Su casa es un reflejo de su tienda: preciosa, mágica y cálida. Cada rincón está lleno de objetos curiosos y coloridos detalles.
—¿Esas pinturas son tuyas? —Señalo la pared, observando las obras de arte colgadas.
—Sí, pasatiempos… ¿Te gustan?
—¡Son hermosas! Me encantan.
Mi atención se centra en una pintura de Marcos y Daniel, abrazados y sonrientes junto a jarras de cerveza en Oveja Negra.
—¿Cómo te ha tratado mi nieto? —quiere saber.
—Excelente, no podría ser de otra forma… Él es… es una gran persona.
—Me alegra oír eso. Aunque él no lo admita, te echó de menos durante estos años.
—Y yo a él… —susurro.
—¿Te marchas hoy, Sofi? —pregunta con cierta tristeza.
—Así es… He venido a despedirme.
La anciana aprieta los labios y asiente con la cabeza.
—Imagino lo mucho que ansías volver a ver a tu niña.
—Me quedaría aquí… No regresaría si no fuera por Brune —confieso, luchando contra las lágrimas que amenazan con escapar.
Doña Itatí me mira con cariño y me invita a tomar asiento en su cocina. Nos sentamos y charlamos durante unos cuantos minutos. Su compañía y sus palabras me reconfortan, y siento que todo estará bien mientras ella sostiene mi mano con ternura.
—¿Qué sucede? —pregunta, dejando la taza de té sobre el platillo.
—Nada…
—No puedes parar de mover la pierna, ni de mirar la hora… Y esa cara…
—Estoy un poquito ansiosa.
—Si hay algo que necesitas decir en voz alta…
—Es que… no sería justo.
—¿Con respecto a qué?
—Estaba segura de que… No sé cómo decirlo sin sentir pena… —Trato de explicarme—: Durante estos años pensé que nadie podría quererme ni desearme tanto como Néstor, ¿sabes? Y lo extraño es que no me siento culpable por lo que hice; suena absurdo, ¿verdad?
—No —responde con calidez—. No lo es.
—Me duele.
—¿Sentirte deseada y querida? ¿Por qué?
—Porque aposté mi vida a mi relación con Néstor.
Dejé todo de lado y me enfoqué en nuestra familia al cien por ciento.
Tomé un papel que no supe interpretar muy bien…
Hace menos de un mes, todo se vino abajo.
Y, llena de dudas, volví a este lugar donde…
me terminé por decidir. Y ha sido gracias a todos ustedes, en especial gracias a Marcos.
Él… Él me hizo sentir en unos días… ¡No!
Mejor dicho, en un día. Me hizo sentir en un solo día todo lo que nadie, nadie más pudo.
—Te entiendo. —Sonríe—. Dicen por ahí… que cada persona con la cual nos encontramos llega para enseñarnos algo. Una lección.
—Me han dicho que merezco quedarme sola.
Niega con la cabeza.
—No, Sofi. No es así. Mereces ser amada como cualquier otra persona.
—Destruí mi familia —confieso, sintiendo el peso de mis acciones.
—Nada se crea ni se destruye.
—¿Se transforma? —pregunto, esbozando una sonrisa.
—Sí, así es. Sucede todo el tiempo, incluso en las relaciones de pareja. Néstor y tú tienen ahora un nuevo tipo de vínculo. No es igual que antes, pero siguen siendo familia. Un tipo de familia diferente, tal vez.
—Si algunas personas, como mi madre o mi amiga Lucía, supieran lo que hice en estas últimas veinticuatro horas con Marcos…
—No tienen porqué saberlo, Sofi. Tu vida, tus decisiones. No le debes explicaciones a nadie. —Doña Itatí me brinda su apoyo, cruzando los brazos sobre la mesa—. Cuando regreses a la ciudad y pienses en todo esto, ¿te sentirás mal?
—No, para nada. Lo recordaré como algo hermoso.
—Entonces no hay motivo por el cual avergonzarse, hija.
Sus palabras me dan la calma que necesito. Lo único que me hace sentir mal es mirar hacia atrás, resistiéndome al cambio, pero… ¿Y si decido de una vez girar la cabeza y enfocarme en avanzar?
Minutos después me despido de doña Itatí. Su abrazo tiene algo tan maternal que me hace sentir segura. Como si nada pudiera pasarme.
—Te llamaré esta noche, ¿de acuerdo?
Ella acuna mi rostro entre sus manos y me da un sonoro beso en la frente.
—Gracias por todo. Te extrañaré.
—Y yo a ti, mi niña. No olvides que eres fuerte y que nada podrá derribarte, ¿de acuerdo? Y si lo olvidas, me aseguraré de que lo recuerdes.
Marcos se encuentra sentado en la cocina, fumando un cigarro, y su sonrisa se ilumina cuando me acerco a él. Ha estado esperándome.
—Debo marcharme —anuncio con pesar.
Asiente, manteniendo una mirada serena, pero con una leve tristeza en sus ojos.
—Julieta dijo que recogió tus cosas y que tu maleta está lista. Ella estará en la estación para despedirse.
—Bien, de acuerdo.
—Te llevo.
—No es necesario…
—Quiero acompañarte, tonta. Vamos…
Desde que nos levantamos, ha estado distante, reservado. Ni siquiera nos hemos vuelto a besar. No me sorprende, nunca se le han dado bien las despedidas.
Evita mirarme mientras conduce. Estamos sumergidos en un mar de silencio, pero no me siento sola. Al contrario, cuento su apoyo más que nunca.
Julieta me ha confiado una copia de las llaves de su propiedad y mi maleta está esperándome. Marcos la toma después de preguntarme si quiero asegurarme de no olvidar nada. Solo niego con la cabeza y le digo que estoy retrasada.
Minutos después enciendo la radio de su coche, buscando que la música alivie esa sensación de pérdida que me acompaña.
Y claro, como si la vida se burlara de mí, la segunda canción en español que suena es «Saturno» de Pablo Alborán.
Me río, porque parece que el universo tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Los hermosos ojos color miel de Marcos transmiten una cierta melancolía interna cuando canto de forma inconsciente: «En Saturno viven los hijos que nunca tuvimos…» Por eso cierro la boca y guardo silencio de nuevo. Sin embargo, Marcos me dedica una sonrisa cariñosa. ¿Es que pensamos lo mismo?
Al aparcar el coche, a pocos metros de la estación, suspira desde lo más profundo de su ser. Sus movimientos son lentos, como si cada uno requiriera un gran esfuerzo.
—Oye, Sofi… —susurra—. No quiero que volvamos a perder el contacto, por nada.
—Yo tampoco.
—Te llamaré a diario, ¿está bien? Me gustaría que me cuentes cada detalle de tu día a día.
—Suena como una advertencia.
—¡Lo es! —Se ríe—. Seré un pesado.
—Puedo soportarlo. Quiero soportarlo.