Volver a mí Capítulo 21 #4
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Capítulo 21 #4

Aunque las personas que nos rodean se mueven apresuradas, como si el tiempo conspirara en su contra, me inclino hacia él y encuentro sus labios, deseando contar con el poder de hacerlo durante una eternidad.

Nada más importa. No dejaría de besarlo, aunque todo se viniera abajo en este mismo instante.

—Vamos a casa a terminar esa película —dice con firmeza, mientras su voz se pierde entre nuestros besos.

Lo primero que hago es hablar con Brune por videollamada en el patio de la casa de Marcos.

El sol me calienta la piel mientras miro el color vivo de las plantas alrededor.

Los pájaros cantan y, de pronto, mi hija aparece en la pantalla con una sonrisa que me alegra el corazón.

Su entusiasmo es contagioso. Me cuenta que pasarán todo el día en casa, mirando películas.

La felicidad que irradia su rostro ante la perspectiva de volver a verme llena mi ser de amor.

No puedo evitar sentir que estos momentos son los que hacen que la vida sea maravillosa.

La emoción por encontrarnos cara a cara mañana es abrumadora e insoportable.

Juli me ha enviado un mensaje de texto preguntando cómo estoy pasando mi día.

Su curiosidad es palpable, y sé que ella intuye a la perfección con quién y dónde me encuentro en este momento.

Conozco a Juli lo suficiente como para saber que, en cuanto tenga la oportunidad, me someterá a un interrogatorio lleno de afecto.

Pero ese es el encanto de nuestra amistad, la confianza inquebrantable que hemos construido a lo largo de los años.

Siempre está dispuesta a escucharme con atención y su alegría genuina es una luz constante en mi vida.

Encuentro a Marcos tumbado sobre el sofá, sosteniendo un cigarro con sus labios.

El humo se eleva, creando etéreas volutas en el aire.

Su mirada se encuentra con la mía y una sonrisa de medio lado se dibuja en su rostro.

Con elegancia, olvida el cigarro sobre el cenicero, como si mi presencia hubiera cautivado su atención.

—¿Todo bien? —pregunta con una mezcla de preocupación y curiosidad.

—Sí… Por ahora —respondo, saboreando el presente y permitiéndome disfrutar de este momento mágico en el que nuestras vidas se han entrelazado de manera inesperada y hermosa.

—Bueno, me alegra entonces —dice con una sonrisa cálida y tierna, como si supiera que hay más por compartir, pero respetando mi espacio y tiempo.

Suspiro y lo rodeo con mis brazos, buscando sus labios. Los recuerdos de lo que hicimos hace unas pocas horas atrás llegan a mí. Sin embargo, esta vez nuestras caricias son suaves, delicadas y lentas. Se deshace de mis pantalones y yo le quito la camisa. Me siento a horcajadas sobre él.

No sabía que podía amar así el roce de nuestra piel.

Siempre fuimos de tener mucho contacto físico, pero esto…

no se compara ni un poco. Sigo sin entender por qué no nos dejamos llevar antes por nuestros deseos.

Tal vez siempre nos resistimos porque teníamos miedo de que la historia no funcionara; es más fácil coquetear y mantener una amistad que una relación sexo afectiva.

Tal vez la vida nos quiere demostrar que nos equivocamos…

Jadeo ante cada caricia. Sus manos sobre mi trasero, explorando mi espalda y luego recorriendo mis muslos son una delicia a la que no me puedo resistir.

—Siempre he sentido que estoy en el momento y lugar indicados cuando tú estás a mi lado, ¿sabes? Desde aquel Marcos con cara de sueño y cabello revoltoso que conocí en clases…

—¿Mi cara sin lavar y mis ojeras fueron la causa de que te enamoraras de mí?

—Pues sí. —Me río—. Y tu sinceridad, tu lealtad, tu ambición, tu sentido del humor… ¡Vaya! La lista sigue y sigue…

Profundizamos el beso y tiemblo cada vez que nuestras lenguas se encuentran. Mis manos se dirigen hacia su cinturón, hambrienta de deseo. Se me ocurren miles de escenarios que quiero recrear con él dentro de mí… Pero…

—¿Hijo? —pregunta doña Itatí, llamándolo desde la cercanía.

Un instante de quietud se apodera de nosotros mientras nos miramos a los ojos. Cuando ella lo llama de nuevo, esta vez más cerca, me aparto de inmediato de él, permitiendo que se ponga de pie. Marcos se acomoda el pantalón para que no se note el bulto, presionando su erección.

—¿Qué haces aquí, vieja? —susurra con voz apenas audible, pero cargada de tensión.

Doña Itatí se apresura en colocar las bolsas de compras sobre la mesa. Ha entrado en la casa sin que nos diéramos cuenta, ya que nuestros pensamientos estaban en otro lugar, buscando satisfacernos.

—Sabes que deberías llamar antes de entrar… —dice Marcos en un intento de disimular la incomodidad que nos embarga.

—¡Ayúdame con esto, hijo! —se queja ella, sin percatarse de la tensión en el ambiente.

Marcos, resignado, se acerca a su abuela. Mientras tanto, doña Itatí se gira y me mira de arriba abajo: primero mis piernas desnudas, luego la playera prestada, y finalmente el pecho descubierto de Marcos. ¡Perfecto! No necesita más pistas, la escena queda clarísima.

—¡Sofi, qué sorpresa verte aquí! —exclama con una sonrisa amplia.

Su cara lo dice todo: entendió perfectamente lo que estaba pasando… o, mejor dicho, lo que estaba a punto de pasar.

—¡Hola! ¿Cómo estás? —respondo, tratando de mantener la compostura a pesar de la vergüenza que me invade.

—Muy feliz…

—Ya te he dicho que no hace falta que hagas las compras por mí —interviene Marcos, intentando desviar la atención—. Pero gracias. ¡Muchas gracias!

—Eh, esto es nuevo…

—Lo sé.

—Perdón, Sofi. Mi nieto nunca trae chicas a casa y… —agrega la anciana, tratando de justificar su presencia inesperada.

—Vieja, ¿te ayudo en algo más? —pregunta Marcos, impaciente.

Ella levanta las manos en señal de rendición y se aleja de las compras. Captando la vergüenza palpable en el rostro de Marcos, con una sonrisa traviesa, dice:

—Lo sé. Interrumpí un capítulo que no es apto para todo público, ¿verdad?

—Sí…

—Perdón, mis niños. Continúen… Nos vemos luego, Sofi.

—¡Hasta luego! —respondo con una sonrisa mientras Marcos se oculta el rostro con las manos.

Una vez que doña Itatí nos deja a solas de nuevo, no podemos contener la risa y estallamos en carcajadas, liberando la tensión acumulada.

—Te has puesto muy nervioso…

—Soy reservado y… No sé, no quiero que la vieja se ilusione con esto —responde él, revelando la razón detrás de su inusual timidez.

Asiento con la cabeza cuando me doy cuenta del significado de esas palabras. Comprendo su preocupación y la comparto. No sabemos qué depara el futuro una vez que terminen mis vacaciones, y tal vez por eso se guarda tanto. Nos encontramos viviendo el momento, sin hacer planes a largo plazo.

—Bueno, gracias a esta breve pausa, me he dado cuenta de que estoy sudando y huelo fatal… ¿Quieres ducharte conmigo? —me propone con una sonrisa seductora.

Sonrío y acepto encantada. El calor del día ha sido intenso, y la caminata por la playa ha dejado sus huellas en mi cuerpo, con mi trasero lleno de arena. Un refrescante baño compartido parece una excelente idea.

La ducha fría no sirve de mucho; en cuanto salimos, el calor vuelve a subir.

Marcos nota que me siento algo cohibida con mi cuerpo, así que me envuelve en sus brazos con una ternura que me desarma.

Pero las ganas no se han ido; están ahí, latentes, quemando bajo la piel.

Nos buscamos con besos profundos, de esos que saben a deseo acumulado, entre pequeñas mordidas que nos hacen gemir.

Ya en la habitación, la cordura sale por la ventana. Me empuja suavemente hacia la cama, con esa mirada de quien no puede esperar un segundo más.

—Quiero esto… —le digo, dejando que mis manos hablen por mí mientras lo guío a mi antojo.

Marcos suelta un aire pesado, casi un gruñido, cuando entiende lo que necesito y me entrego a él. Me arrodillo al borde de la cama y lo miro a los ojos mientras lo exploro con una devoción que lo deja mudo. Se muerde el labio, apretando las sábanas con fuerza.

—Es lo mejor… —susurra con la voz rota, enredando sus dedos en mi pelo mientras se deja llevar por mi ritmo.

Es un momento de entrega total. No hay prisas, solo la vibración de su cuerpo respondiendo al mío. Me encanta ver cómo pierde el control, cómo sus jadeos se vuelven más erráticos hasta que, finalmente, se rinde por completo con un estremecimiento que recorre toda la habitación.

Pero esto no termina aquí. Impulsado por una lujuria que parece no tener fin, me tumba con delicadeza y esta vez él se arrodilla entre mis piernas.

Solo soy capaz de soltar un suspiro cuando siento el primer contacto de su lengua.

Es experto, intenso, me saborea de una forma que me hace arquear la espalda y buscar aire donde no lo hay.

—No tienes idea de las veces que imaginé esto… —dice contra mi piel, su voz vibrando directamente en mi centro.

Me retuerzo. Tiemblo. Intento escapar de tanta intensidad, pero él me sujeta con firmeza, llevándome justo a donde quiere. Es demasiado. Es eléctrico.

Nos besamos con desesperación, compartiendo el sabor de nuestra propia pasión en los labios, un rastro de nosotros mismos que solo nos enciende más. Sin preámbulos, me abre las piernas y me penetra, reiniciando el fuego de golpe.

—Eres insaciable —suelta con una sonrisa entre besos.

—Tú me haces así —le respondo, enredando mis piernas en su cintura.

En medio del ritmo frenético, de los cuerpos chocando y el calor que nos sofoca, le aseguro que no hay barreras, que puede dejar que pase lo que tenga que pasar.

Su mirada se vuelve más oscura, más decidida.

Sus embestidas se vuelven profundas, constantes, una danza salvaje que me hace perder la cuenta de cuántas veces me he corrido antes de sentir que él, por fin, se desborda dentro de mí.

Nos quedamos ahí, enredados, tratando de recuperar el aliento.

—Quería seguir… —se lamenta, con la frente apoyada en la mía—. Pero es que te mueves tan bien, Sofi…

—No te preocupes —le digo con un tono cargado de picardía—. Podemos repetirlo cuando quieras.