Volver a mí Capítulo 21
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Capítulo 21

Un silencio envolvente llena la sala, interrumpido solo por el suave latido de mi corazón. Me sorprende encontrarme con la figura de Marcos en el otro sofá, aún dormido. La luz tenue de la mañana apenas se filtra por las cortinas, iluminando su rostro. Se ve tan tranquilo y guapo…

Un rayo de esperanza se abre paso en mi pecho, disipando la pesadez que siento en mi estómago, como si una pequeña bola de fuego se extinguiera con lentitud. Me prometo a mí misma que nunca más me permitiré beber en exceso, aunque reconozco que esta no es la primera vez que lo afirmo.

Mañana me toca volver a la ciudad, con todo su ruido y tráfico, dejando atrás este rincón de mar y tierra que se convirtió en mi escondite favorito.

Y sí, ya me da tristeza solo de pensarlo.

Voy a extrañar el sonido de las olas como música de fondo, y el aire salado que se mete en todo, hasta en la ropa.

Ni hablar de los cielos que cada día parecen competir por ver cuál atardecer se lleva el premio.

Y claro, también voy a extrañar a mis amigos, porque con ellos siempre termino riéndome de cosas sin sentido…

y al final son justo esas pequeñas tonterías las que se quedan grabadas.

Ayer Brune me contó que hoy volvían a casa. Supongo que ya estarán instalados en su rutina de siempre. Por eso decido avisarle a Ramona, para que no se dé la vuelta en vano a visitar a Cleo.

Me levanto con cuidado, procurando no hacer ruido, y me encamino hacia el patio.

El sol todavía no está en lo más alto, pero ya calienta lo suficiente como para sentirse bien en esta mañana fresca.

El aire huele a hierbas, y no puedo evitar agradecerle a doña Itatí por tener todo tan cuidado: plantas llenas de vida y flores que parecen explotar de color.

A mi alrededor, las mariposas revolotean como si estuvieran ensayando una coreografía improvisada con el viento.

Cierro los ojos y levanto mis brazos al cielo, permitiendo que cada músculo de mi cuerpo se estire en un gesto de gratitud.

Inhalo por mi nariz, dejando que el aire puro llene mis pulmones, reteniéndolo por unos segundos antes de exhalar de a poco.

Repito la secuencia varias veces, estableciendo una conexión íntima con la naturaleza que me rodea.

Hoy será un buen día, lo siento por todo mi cuerpo.

—¡Hola, mami! Sabía que me llamarías.

—Oh, mi pequeñita, qué alegría escucharte. ¿Descansaste bien durante la noche?

—¡Sí, me fui temprano a la cama!

—¿Y cómo te despertaste esta mañana?

—Recién llegamos a casa… —dice con un tono molesto.

—Lo sospechaba, cariño.

—Así que nos levantamos muy temprano. Estoy muerta de sueño…

—¿Qué estabas haciendo?

—Papá me dijo que primero ordenara mis cosas y que luego podré ir a dormir —informa mientras bosteza.

—¿Y qué hay de Cleo?

—Creo que nos escuchó cuando llegamos, porque la encontré sentada frente a la puerta. Le acaricié el cuello y empezó a ronronear… Ahora está durmiendo en mi cama.

—Qué hermoso. Dormirán juntas.

—¡Sí, abrazadas! Solo faltas tú.

—Mañana regresaré, ¿sabes?

—Sí, lo sé. ¡Quiero abrazarte!

—Y yo a ti, con todo mi ser. Siempre te lo digo, pero te lo voy a repetir: ¡Te extraño tanto!

—¡Yo también, mamá! —Esta vez trata de ocultar otro bostezo que se le escapa.

—Ordena tus cosas y luego ve a descansar un poco más, mi amor.

—Bueno… Te llamaré más tarde, ¿de acuerdo?

—¡Trato hecho! Te amo.

—Te amo. ¡Bye!

Contemplo el cielo una vez más, añorando la cabecita de mi hija descansando sobre mi pecho, sus risas traviesas y sus ingeniosas ocurrencias.

Regreso al interior de la casa y el sonido de la ducha rompe el silencio.

Decido preparar café mientras espero que Marcos termine de bañarse.

Pasan unos minutos y el sonido del agua cesa.

Con delicadeza, coloco las rebanadas de pan en las ranuras de la tostadora.

—¿Es para mí? —pregunta, detrás de mí.

—Así es… ¡Buen día! —Le entrego una taza de café, girando mi cuerpo hacia él.

No puedo evitar mirarlo de arriba abajo.

Había imaginado la escena de verlo envuelto en una toalla alrededor de la cintura, pero lleva unos pantalones de chándal y una camiseta.

Se ve tan guapo… Su cabello húmedo. Su barba de dos días.

Su piel apenas marcada por algunas líneas alrededor de los ojos y la frente.

Me dan ganas de extender mi mano y acariciar su rostro con ternura, explorar cada centímetro de su piel y observar su reacción.

—Aún tienes esa extraña costumbre de dormir en cualquier lugar… —comenta.

—¡Pero es tu sofá!

—Por suerte lo era —agrega mientras su sonrisa se hace más grande—. Recuerdo que podías dormir incluso de pie.

—Es cierto… Aunque los años ya no me lo permiten.

—Si gustas, puedes darte una ducha y poner el resto de tu ropa en la lavadora.

—Eso me encantaría, la verdad. Pero ¿estás seguro? ¿No te estoy molestando?

—Tranquila, hoy no tengo que trabajar. Por cierto, te he dejado más ropa limpia y un cepillo de dientes en el cuarto de baño. Además, creo que deberías cargar la batería de tu teléfono.

—Qué lindo… Gracias.

Una sensación cálida y reconfortante se apodera de mí. También le agradezco, pero en silencio, por hacerme sentir especial en su hogar.

El cuarto de baño alberga un espejo de dimensiones impresionantes.

Me despojo de la ropa y me enfrento a mi reflejo, observándome desde todos los ángulos posibles.

Una sensación de amargura me invade al darme cuenta de que no me gusto bajo ninguna perspectiva.

Paso un buen rato así, inmersa en un ejercicio que no había realizado en años: ver mi imagen completa.

Me sostengo el pecho con las manos, contraigo el abdomen y dejo que mis dedos recorran la cicatriz de la cesárea, como repasando una marca que ya forma parte de mí.

Me esfuerzo por elegir tres cosas que me gusten de mí misma: mi rostro, mi espalda y mis manos.

—Esta soy yo… —susurro—. Este es el cuerpo que tengo… Me amo y me acepto.

Unas lágrimas se deslizan por mis mejillas, pero es un llanto liberador. Al menos he logrado un avance nuevo: me veo. Hace tan solo un día, la idea de siquiera imaginar cómo había llegado al mundo era insoportable para mí.

Sé que algún día no necesitaré repetir tantas frases con la esperanza de convencerme de lo que sale de mi boca.

Gracias a la ducha, me siento mil veces mejor, considerando que ya me había despertado de buen humor.

Mientras me enfundo en una nueva playera de Marcos, que me llega hasta la mitad del muslo, me doy cuenta de que mi teléfono se ha quedado sin batería.

Decido dejarlo cargando un poco antes de partir, tan pronto como mi ropa se haya secado.

Encuentro a Marcos fumando junto a la ventana de la cocina mientras bebe, tal vez, su segunda taza de café.

—Julieta dijo que no estaría en casa. Te envió un mensaje, pero no te ha llegado.

—Mi teléfono se apagó… —asiento, confirmando sus palabras.

—Regresará esta noche…

—Me comentó que tenía mucho trabajo pendiente para hoy, así que no me sorprende.

Él hace una pausa y se muerde el interior de sus mejillas.

—Me preguntaba, ya que ambos tenemos el día libre… Bueno, me preguntaba si te gustaría pasar el día conmigo.

Su propuesta me deja aturdida y no puedo disimularlo.

—Imagino que tienes cosas mejores por hacer…

—Para nada… No tenía planes, nunca los tengo. De hecho, mis actividades de fin de semana no van más allá de jugar en la Xbox, ver documentales o hacer alguna reparación en la casa de la vieja. No te rías… ¡Es verdad!

—¿No sales con chicas?

—Me acuesto con chicas —corrige riendo—. Pero no salgo con ninguna.

—Bueno, ¿no te acuestas con chicas durante el día?

—No, solo por las noches… —Su risa contagiosa llena el ambiente—. Paso todo el día aquí, sin compañía y encerrado, o en la casa de la vieja. No sabía que te preocuparas por mi vida sexual más que yo. Si te interesa, me masturbo cuando despierto.

Un ligero rubor se extiende por mis mejillas, pero carraspeo para disimularlo y que no se note tanto.

—Bueno, está bien. ¿Qué te gustaría hacer? —Su mirada brilla con malicia—. ¡Eres un idiota! Hablo en serio.

Entrecierra los ojos mientras da una última calada a su cigarro.

—¿Te gustaría salir a pasear? Podríamos almorzar en la playa y, hasta entonces, dedicarnos a ver algo en la TV. Una serie, por ejemplo.

—De acuerdo.

—Hace mucho, muchísimo tiempo que tengo pendiente ver una película, pero, por alguna razón, siempre termino haciendo cualquier otra cosa. Se llama «The One I Love», espero que no la hayas visto.

Su entusiasmo me contagia de inmediato.

—Pues tienes suerte porque no la he visto. Suena bien.

Marcos se acomoda en el sofá, agarra el control remoto y empieza a buscar la película.

—Aquí está… la encontré. Está por empezar.

Me ubico a su lado, buscando comodidad. Ambos estamos descalzos, así que él apoya los pies en la mesa de centro y cruza los brazos detrás de su cabeza mientras yo llevo las rodillas hasta mi pecho.

La película me atrapa desde el primer momento.

Tiene algunas escenas divertidas y, a medida que avanza, se vuelve cada vez más entretenida.

Marcos y yo hacemos comentarios todo el tiempo, y me agrada que no me pida que guarde silencio.

Incluso nos reímos en varias ocasiones y debatimos acerca de cómo se resolverá la situación de los protagonistas, construyendo nuestras propias hipótesis.

—¿Dices que no salieron del consultorio del terapeuta?

—¡Piénsalo! Tal vez se encuentran conectados a una máquina que les hace creer que todo lo que viven es real, pero forma parte de la terapia.

Suelta una risita.

—¡Tienes mucha imaginación! —exclama, ladeando la cabeza.

Su cuerpo ahora ocupa bastante espacio. Ha extendido sus brazos en el respaldo del sofá, detrás de mí. Giro hacia él, discrepando de sus palabras.

—Es un plot twist más interesante que el tuyo. Sería algo muy predecible y aburrido que todo se trate de una ilusión que ellos mismos han creado.