Volver a mí Capítulo 20 #4
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Capítulo 20 #4

Guardo silencio por un momento y una risa involuntaria escapa de mis labios, pero la reprimo con rapidez. Néstor solía decirme eso mismo en el pasado, y siempre me pareció una estupidez.

—Estoy de acuerdo contigo.

—Cuando alguien te hace enojar, solo quiero que reciba su merecido. Y si yo soy la causa, me siento miserable. No me enorgullece en absoluto.

Me pregunto si se está dirigiendo a mí o si habla de forma general. No lo sé…

—Lo mismo si algo te entristece… —agrega—. Incluso si te quitan la ilusión.

—Está bien. Lo entiendo.

Nos sumergimos en otro breve silencio. Al sentir que prolongamos la tensión, busco mi teléfono para llamar a Juli. Suena varias veces, pero solo obtengo el buzón de voz. Intento una vez más y luego otra…

—Déjalo…

—Llévame de todos modos. No me importa que Andrés todavía esté allí con ella. Usaré auriculares.

—No es necesario que vayas.

—Por favor, Marcos.

—Por favor, tú.

Me animo a mirarlo y noto una súplica que no se atreve a expresar en voz alta.

—Si quieres, podemos ir a mi casa… —dice tras una pausa.

Es una propuesta que suena a puerta abierta, como una oportunidad que me gustaría tomar. Lo que siento en mi estómago me dice todo lo que necesito saber.

Marcos enciende la luz al entrar por la puerta principal, revelando un interior más ordenado de lo que esperaba.

Las paredes blancas y relucientes crean un ambiente luminoso.

Su casa, a diferencia de lo que imaginaba, es modesta.

No está llena de lujos impresionantes ni de muebles ostentosos de gran tamaño.

En cambio, todo se ve limpio, sencillo y cálido, impregnado con su aroma distintivo.

—Me la imaginaba de otra manera.

—¿Y eso es bueno o malo? —pregunta, dirigiéndose hacia la habitación—. Te buscaré algo de ropa.

Me espera con paciencia, respetando mi privacidad, mientras me pongo una de sus camisetas.

—Puedes dejar tu blusa en la lavadora.

Asiento y le agradezco el gesto.

—¿Tienes hambre?

—¿Sí? —No sé por qué respondo con una pregunta, pero nos hace reír a los dos—. Detesto sentirme mareada… Recuérdame que beber a los treinta es una maldita pesadilla.

—Siéntate. —Señala los dos sofás frente a una TV enorme.

Con prisa, prepara un sándwich para ambos, mientras yo me dedico a explorar cada rincón de aquel espacio. Es su refugio, su lugar en el mundo, y me invade la curiosidad por descubrirlo.

—Come… Te sentirás mejor.

Coloca un pequeño plato en la mesa antes de ubicarse en el otro sofá.

—Tu casa es hermosa —comento, admirando el lugar.

—Bueno, eso responde a mi duda. ¿Qué esperabas?

—No sé, pero me agrada.

—¿Cómo es tu casa?

—Oh, no tengo. —Río para suavizar la situación—. Tendré que buscar un lugar donde vivir.

—¡Mierda! No lo sabía. ¿Ya tienes una idea de dónde quedarte?

—¡No, todavía no!

—¿Vas a regresar en menos de cuarenta y ocho horas, y aún no sabes dónde vas a vivir? ¿En serio?

Suelto una carcajada, y él sacude la cabeza como si no pudiera creerlo.

—Algo surgirá, espero…

—Siempre has tenido suerte. Sé que encontrarás una solución, pero… —Traga saliva—. Aun así, puedes contar conmigo. Tal vez sea útil ofreciéndote mis contactos.

—Está bien. Gracias.

En algún lugar dentro de mi pecho, siento una sensación de expansión.

—¿Por qué no escuchabas la radio? —quiere saber, aunque intuyo que en realidad apunta a por qué no lo escuchaba a él.

—¿Por qué no reaccionabas a mis fotos de Facebook?

Baja la cabeza y evita responder, como si la razón fuera la misma por la que yo no podía escucharlo.

—Sentía que estaba invadiendo tu espacio. Me habías sacado de tu vida, Marcos —confieso, dejando salir mis sentimientos.

Suspira, soltando el aire poco a poco.

—Yo también sentía algo así. No quería molestarte.

—Moría por hablar contigo.

—Y yo por escuchar tu voz, Sofi.

—¿De qué te hubiera gustado hablar?

—Cualquier cosa.

—¿Por ejemplo?

Relajo mi cuerpo, cada vez más cómoda. Más yo.

—De todo. Con saber cómo te fue en el trabajo me conformaba.

—Te habría dicho que lo odio.

—Te habría preguntado por qué.

—Me hace infeliz.

—¿Qué te haría feliz?

—Escribir. Publicar mi libro.

—¿En serio? —Su sonrisa se extiende por toda la cara como brillo para mi alma—. Cada recuerdo lindo que tengo de ti no es en fiestas… ni siquiera en la playa, es tu cabeza metida dentro de un libro. Muero por volver a verte así, Sofi.

—Yo también.

—¿Qué escribes?

—Para adultos, romance y fantasía. También escribo cuentos infantiles.

—¿Voy a poder leerte algún día?

—¿Te gustaría?

—¡Por supuesto! Hagamos un trato: escúchame cada mañana y yo te leeré cada noche.

—Eso suena maravilloso —le digo, luchando por mantener mis ojos abiertos.

—Volvamos a charlar y decirnos tonterías…

—Quizás logres hacerme ruborizar.

—¿Y por qué no?

Los dos nos encontramos recostados en los cómodos sofás, hablando en voz baja, mientras los sándwiches, a medio comer, permanecen olvidados sobre la mesa. Estoy a punto de caer en un profundo sueño.

—Porque entonces tendría miedo de perderte otra vez.

—He aprendido mi lección.

—Me alegra escuchar eso, porque coincido contigo.