Volver a mí Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

La risa nos invade mientras evocamos una noche caótica en particular: cuando el padre de Julieta llegó a buscarla durante una fiesta.

Se suponía que debía estar en su cama, durmiendo, pero descubrió que su hija se había escapado.

Marcos me dijo qué hacer y controló la situación, entreteniendo al señor Carlos.

Yo me mantuve escondida y subí al primer piso, a la habitación donde Juli estaba follando con el capitán de fútbol del instituto.

Los interrumpí en pleno acto, tomé a mi amiga del brazo y la obligué a seguirme.

Cuando le mencioné que su padre la estaba buscando, se puso blanca del miedo.

Atravesamos la carretera, corriendo tan rápido como nos lo permitieron nuestras piernas, mientras ella se quejaba de haber dejado su ropa interior en la fiesta.

Le envié un mensaje a Marcos cuando conseguimos llegar a mi casa, que estaba ubicada a unas siete calles de distancia.

Nos escabullimos por la ventana de mi cuarto, nos pusimos el pijama y nos fuimos directo a la cama.

Su padre llegó unos cuantos minutos después, y nos hicimos las dormidas cuando Miriam entró a mi cuarto para comprobar que estuviéramos allí.

Ni mencionar cada vez que Doña Itatí se iba de viaje y Marcos organizaba las fiestas del siglo en las que todo se permitía.

Recuerdo una de esas en particular, donde dos tipos empezaron a pelear y terminaron rompiendo la puerta de entrada.

Tuvimos que rogarle a Don Hugo que nos ayudara con la reparación antes de que la anciana regresara.

Al principio, el viejo no quiso escuchar a Marcos, así que tuve que intervenir y fue entonces cuando accedió a echarnos una mano.

Aunque Dan siempre parecía el más tranquilo del grupo, también tiene sus momentos memorables.

Una vez fuimos a buscarlo al laboratorio, donde se suponía que estaba terminando una tarea.

Pero al abrir la puerta nos encontramos con una escena que no nos esperábamos: Dan estaba de espaldas comiéndose a besos con una compañera del insti, justo al lado de un microscopio que parecía olvidado desde la Edad Media.

Como no nos escucharon y tampoco queríamos arruinarles el momento, cerramos la puerta despacito mientras nos tapábamos la boca para no largarnos a reír.

—Ahora entiendo por qué Dan pasa tanto tiempo aquí —comentó Marcos mientras esperábamos en el pasillo—. Parece que se divierte mucho con sus experimentos.

—¿Te dieron ganas? —le pregunté cuando él cerró los ojos y tiró la cabeza hacia atrás.

—No empieces… —advirtió, anticipando mi respuesta juguetona.

—¿Por qué no?

—No quiero que comiences algo que no vas a terminar. Te conozco.

Suspiré, acusándolo de aburrido. Pero, en el fondo, había una chispa de deseo que se encendía entre nosotros.

—¿Cuándo terminarán de meterse mano Dan y la rubia? Tengo hambre… —dije para cambiar el tono de la conversación.

—Qué coincidencia —contestó Marcos mientras sus labios se curvaban hacia arriba—. Justo ahora que imaginaba tu hermosa boquita…

—No bromees… ¡Eres un idiota! —lo interrumpí, fingiendo indignación—. ¿Y tú me dices a mí que no empiece?

Se acercó y me atrajo hacia su cuerpo.

—¿Por qué seguimos retrasando lo inevitable? —susurró en mi oído.

Marcos y yo no mencionamos esta parte del recuerdo, aunque no dejo de pensar en esa pregunta.

¿Por qué seguimos retrasando lo inevitable?

La segunda jarra de cerveza se desvanece y los efectos del alcohol empiezan a desdibujar los contornos de mi percepción. Las palabras fluyen con mayor soltura y mi visión se vuelve un tanto difusa. Entrecierro los ojos, sintiendo un ligero mareo.

—Sí, mierda. Estoy un poco ebria. Solo un poquito —confieso, soltando una risa tonta.

—Bueno, entonces toca volver a casa —dice Marcos con decisión—. Yo te llevo.

Acepto su propuesta con la dignidad de alguien que sabe que ya perdió la batalla contra la gravedad.

Me pongo de pie y, ¡sorpresa!, mis piernas deciden que no quieren colaborar.

Marcos, que parece tener reflejos de ninja, me agarra justo a tiempo y me tiende la mano, como si fuera mi guardaespaldas.

—No voy a dejar que te caigas, ¿de acuerdo?

—¡Estoy bien! —me quejo en un intento de conservar mi apariencia de autonomía, aunque no puedo evitar aferrarme a su playera para mantenerme en equilibrio. En respuesta, su mano cálida se posa sobre mi espalda.

Saludamos con un gesto amistoso a don Hugo, que se mantiene inmerso en su labor, dejando claro que no queremos interrumpirlo. El bar se encuentra en su máximo esplendor esta noche, rebosante de actividad y energía.

Justo cuando nos disponemos a partir, una voz conocida suena detrás de nosotros.

Cara se acerca, su presencia inesperada agrega un matiz de tensión al aire.

—¿Te vas tan temprano, amor? —susurra con un deje de decepción.

—Sí, nos vemos.

—Oh, qué pena que consideraras marcharte sin despedirte de mí —comenta ella, su expresión se llena de una maliciosa ironía.

Detengo mis pasos al mismo tiempo que un suspiro resignado escapa de los labios de Marcos.

—Está bien —dice, sabiendo que no podemos evitarlo.

Nos giramos para enfrentar a Cara y vemos a Ricky, que nos observa con desprecio manifiesto en su rostro, un gesto cargado de hostilidad que no pasa desapercibido.

—¡Hola, viejo! No nos vemos desde la última party… —saluda con un falso entusiasmo.

—Eso creo. —Una sombra de recelo se asoma en el rostro de Marcos—. Bueno, me alegra ver que ustedes se están divirtiendo, chicos. Nosotros…

—Oh, ¿la parejita quiere un poco de intimidad? —se burla Ricky.

—¿En serio? —pregunta Cara con aparente inocencia, fingiendo sorpresa—. Pensé que tenías pareja, Sofi. ¿Él está al tanto de esto?

—Quizás la zorra quiere tener un hijo con cada sujeto con el que…

—¿Eres idiota o qué? —lo enfrento.

Mis ojos escrutan a Ricky de arriba abajo, llenos de asco. Marcos se interpone entre nosotros, su presencia imponente es como un muro protector.

—Más te vale cerrar la boca en este instante —le advierte con firmeza.

Cada músculo de su cuerpo parece tensarse, dispuesto a lanzarse sobre él.

—Durante mucho tiempo, circuló el rumor de que en realidad estabas embarazada de Marcos, Sofi. ¿Lo sabías? —Ricky levanta los hombros—. Bueno, todos teníamos nuestras sospechas…

Nunca imaginé que la gente pudiera escupir tantas palabras venenosas y atreverse a hablar como si me conocieran en profundidad.

—¡Repítelo! Creo que no te escuché bien —desafía con voz ronca.

Ricky parece encogerse ante la imponente figura de Marcos.

Cara llama mi atención con una sonrisa dulce, como si fuera una niña buena.

—Desde que llegaste, no has hecho más que sabotear mis planes.

—¿Disculpa? —Acorto la distancia entre nosotras—. ¿Te refieres a Marcos? Pues él es libre de hacer lo que le plazca y, si actúa así como dices, es porque no le importas.

En un movimiento rápido y certero, Cara vacía el contenido de su trago sobre mí. Mis reflejos resultan inútiles dada mi situación.

—¿Qué demonios estás haciendo? —le grito furiosa.

De un segundo a otro, Marcos me sostiene con firmeza, impidiendo que me abalance sobre ella en un arranque de ira descontrolada.

—¡Suéltame! Le arrancaré el poco pelo duro que tiene.

—¡Cálmate, Sofi!

Cara no para de insultarme llamándome «zorra» y «calienta pollas».

—Ya es suficiente —repite Marcos mientras me carga sobre su hombro—. Déjala.

Lucho con todas mis fuerzas, tratando de liberarme de su agarre. Sin embargo, me rindo al darme cuenta de que mis esfuerzos son en vano.

—¡Bájame! —exijo una vez que llegamos al lugar donde dejó estacionado su coche.

—Solo si me prometes que no irás tras ella.

—¡Bájame, maldita sea!

Hago un último intento por soltarme, pero me doy cuenta de que Marcos me está abrazando más que evitando mi escape. Mi tensión se disipa y encuentro algo de calma.

—Esa chica te quiere.

Al escuchar mi tono apaciguado, Marcos me baja con cautela.

—Puede ser…

—¿Y tú la quieres?

—Así no…

—¿Qué demonios significa eso? —Mis palabras salen arrastradas.

Él guarda silencio mientras saca las llaves del coche.

—Vamos… Sube.

Entramos en su vehículo y me doy cuenta de que estoy empapada. Cara arruinó mi hermosa blusa. Busco un pañuelo desechable para secarme un poco.

Marcos coloca sus manos sobre el volante, pero no arranca el motor.

—¿Andrés seguirá en la casa de Juli? —me aventuro a preguntar—. Preferiría no interrumpirlos.

—No lo sé… Tal vez.

Aún estoy molesta por la falta de respeto de esos dos idiotas. Trago con fuerza mientras mis ojos se clavan en el mar. Siento la mirada de Marcos sobre mi perfil.

—Olvidémoslo. Cara ni el baboso de Ricky valen la pena.

—Lo sé…

—¿Sabes? —susurra—. Nunca entendí cuando una persona le dice a otra: «Te ves tan bonita cuando te enojas». Es horrible… ¿Qué tipo de cumplido es ese?