Capítulo 20 #2
Para mi sorpresa y alegría, termino situada al lado de Marcos, quien me invita a acercarme más y me brinda un gesto cargado de confianza.
Sus brazos envuelven mis hombros y yo correspondo, rodeando su cintura con delicadeza.
Tiene un aspecto espléndido, a pesar de haber pasado las últimas horas entreteniendo a la multitud, y su perfume envuelve mis sentidos.
Desliza su mano con suavidad sobre mi hombro, como una caricia invisible que solo nosotros dos podemos percibir.
Mientras Andrés da las últimas indicaciones, le devuelvo el gesto, deslizando mi pulgar con suavidad sobre la tela de su playera.
Marcos contiene la respiración y, mientras inclina la cabeza, nuestros ojos se encuentran en un cómplice reconocimiento de que este contacto es lo único que nos podemos permitir.
La cámara hace clic y de inmediato todos gritamos «whisky» como si fuera un conjuro para que nadie salga con cara rara. Al final, la foto queda llena de sonrisas chuecas y ojos medio cerrados, pero justo eso es lo que la hace perfecta.
Finalmente, la risueña doña Irupé nos invita a Oveja Negra. Dan y Ana declinan la oferta con educación, pues desean regresar junto a Noah, por supuesto.
—Ya he bailado lo suficiente, amiga —me quejo, con una ligera exhalación de cansancio, mientras tiro de ella para regresar a nuestra mesa—. Permíteme tomar aliento y descansar un momento.
—Me sirve—dice Juli, imitando a la perfección un famoso meme—. Esto quería que hiciéramos en la fiesta.
—¿De veras? —le respondo, entrecerrando los ojos y levantando una ceja de forma sugerente—. Cierto, tuviste que ir al baño y en el camino te tropezaste con Andrés.
—Era un tren que debía abordar… —Se ríe, mirándolo mientras nos acercamos.
Hemos bebido un par de cervezas en grupo. No soy una persona que consuma con frecuencia, así que prefiero ser moderada. En cambio, Julieta optó por un simple cóctel; me confesó que quiere comportarse y dar una buena imagen en presencia de Andrés.
—¿Y Marcos?
—Tuvo que ir al baño, querida —responde él, acompañando su respuesta con una bocanada de humo de su puro—. ¿Se están divirtiendo?
—Me gustaría bailar contigo… —dice Juli mientras se sienta junto a él, cruzando las piernas de manera provocativa.
—Prefiero hacerlo en privado… —susurra él con un tono de voz cargado de insinuación.
Decido cerrar mis oídos a esta conversación y desviar mi atención.
Bebo un sorbo más de mi cerveza, observando a mi alrededor.
Entonces veo a Marcos salir del interior de Oveja Negra, seguido de cerca por Cara.
Puedo percibir la tensión en el aire, como si algo desagradable hubiese ocurrido entre ellos.
Marcos se gira hacia Cara y, mientras gesticula con los brazos, parece pronunciar palabras que no deben de ser amables.
Sin añadir nada más, se dirige hacia nuestra mesa.
Mientras tanto, Cara me observa con una expresión que no me gusta, tomando un largo trago de una lata de cerveza, y luego regresa al interior del bar.
—¿Está todo bien? —pregunto, buscando alguna señal en su rostro.
—Más que bien…
Marcos se sienta a mi lado y lanza una mirada rápida a la pareja frente a nosotros.
Por la cara que pone, parece que están en medio de una telenovela pasional, aunque yo prefiero no enterarme de los detalles.
Ya nos ha pasado más de una vez toparnos con gente demasiado subida de tono, y por algún misterio cósmico siempre terminamos metidos en esas situaciones, como si tuviéramos un imán para el caos.
—A estas alturas, ya nada puede sorprendernos —comento riendo como respuesta a nuestra peculiar situación—. Cambiando de tema, no tenía idea de que Cara cantara tan bien. Su actuación al final del espectáculo fue perfecta, no me sorprende que la hayan reservado para el cierre.
—Es talentosa. Tal vez no lo recuerdes, pero solía cantar en algunos eventos escolares.
—Sí, ahora que lo mencionas, algo me viene a la mente. Ha cambiado mucho…
—Supongo que pronto conseguirá un contrato prometedor si algún agente de talentos ha puesto los ojos en ella. Tiene un futuro brillante, aunque no ha tenido mucha suerte hasta ahora.
Sin querer, dirijo mi mirada hacia nuestros compañeros de mesa. Por alguna razón, me recuerdan a Morticia y Gómez Addams, con su aire misterioso y su complicidad palpable.
—¿Se han peleado? —Dado que Marcos no comprende, le aclaro—: Con Cara. Recién…
Se pasa la mano por el cuello, buscando la forma de responder.
—Cara quería divertirse, pero a mí no me apetece…
—¿La rechazaste? —exclama Andrés, que estaba escuchando nuestra conversación—. ¿Desde cuándo te opones a ese tipo de ofertas?
—Bueno, que busque a alguien más para divertirse. No es difícil.
—¿Y tú quieres divertirte? —ronronea Andrés a Juli, que ya se ha sentado sobre sus piernas.
Ella tira de su corbata y se muerde el labio mientras asiente con la cabeza. Luego se vuelve hacia nosotros para preguntar:
—¿Qué les parece si continuamos la diversión en casa?
Dios mío, no tengo ganas de escuchar de nuevo sus extrañas peticiones sexuales. Marcos me mira como si esperara que tome la decisión por ambos.
—Bueno, la verdad es que me apetece otra cerveza —respondo, notando su inmediato alivio.
—¿Estás segura? —me pregunta ella, buscando confirmación.
—¡Claro que sí! La estoy pasando genial.
—Yo opino lo mismo —agrega Marcos.
Juli me agradece con una sonrisa silenciosa, moviendo los labios para decir «gracias».
—Entonces, ¿qué esperamos, querida? ¡Vamos! Me vendría bien una sesión de masajes…
—Y algunas cositas…
—Cositas.
Rodamos los ojos antes de despedirnos. Ellos se alejan tomados de la mano y no me sorprendería si comienzan su juego en el coche.
—Casi se te escapa un suspiro de alivio cuando decidí quedarme.
—Nos salvamos… Oye, ¿es verdad que te apetece otra cerveza? —pregunta, curioso.
Elevo un hombro, indecisa.
—Bueno… ¿Por qué no?
—Tus deseos son órdenes.
Marcos levanta una mano y creo que será capaz de alcanzar la luna sobre nosotros, pero me muerdo la lengua cuando en realidad lo que intenta es llamar la atención del camarero.
Mientras esperamos nuestras bebidas, retomo la conversación sobre el show.
—¿Es la primera vez que diriges un espectáculo en vivo?
—En realidad, no —responde, frunciendo el ceño—. ¿Recuerdas que en este bar solían presentarse bandas musicales y solistas amateurs?
—Todos los fines de semana, claro que lo recuerdo.
—Cuando cursaba primer año en la universidad, Don Hugo me contrató para ser presentador.
—¡Vaya! No sabía eso…
—Así fue como mi actual jefe me conoció.
—Siempre consideré que la radio era tu lugar seguro.
Asiente, con esa expresión melancólica que parece decir más de lo que calla.
—Y lo es —confirma—. Aunque salgo de mi zona de confort y disfruto de nuevas experiencias, la radio significa mucho para mí. Le tengo un cariño especial.
No puedo olvidar esa parte de su historia.
El padre de Marcos era técnico de sonido en la radio hace muchos años, y fue allí donde conoció a la madre, que trabajaba como asistente de producción.
Ambos fallecieron en un trágico accidente cuando eran muy jóvenes.
Por eso doña Itatí ha cuidado de Marcos desde pequeño.
Me imagino que la radio es un lugar que alberga la mayoría de los recuerdos que tiene de su familia.
—No he seguido de cerca tu trabajo, la verdad.
—¿No sueles escuchar la radio? —pregunta, sorprendido.
—No… Bueno, a veces… No es lo mismo que aquí, allá donde vivo.
El camarero llega con nuestras cervezas, heladas y coronadas con una generosa capa de espuma, exactamente como me gusta. Una sonrisa se dibuja en el rostro de Marcos mientras toma un sorbo antes de plantear su pregunta:
—Oye, ¿crees que tu madre me ha extrañado?
—¡Apuesto a que ni un poquito! —respondo riendo y negando con la cabeza—. Estoy segura de que aún conserva la misma opinión que tenía de ti, así que dudo que te haya echado de menos en algún momento.
—¡Qué halago! —Su expresión divertida se transforma en una serena—. ¿Cómo están las cosas con ella?
Encogiendo los hombros, respondo:
—Igual… Me he rendido. Además, me he dado cuenta de algo fundamental en estos últimos días, ¿sabes?
—¿Qué has descubierto?
—Que la sangre no significa nada. Y que tengo que soltar muchas cosas…
—Y aferrarte a lo que realmente importa.
—Así es.
—¡Salud!
Brindamos, levantando nuestras jarras de cerveza y chocándolas entre sí antes de beber un largo trago.
Mientras disfrutamos del momento, recordamos las anécdotas caóticas que vivimos en Oveja Negra, como cuando llegamos con un fuerte olor a marihuana y Don Hugo estalló de ira, regañándonos con furia.
Tuvimos que inventar una excusa patética que ni Doña Irupé podía creer; ella se tapaba la boca con la mano y negaba con la cabeza de forma repetitiva.
A diferencia de Dan y Juli, Marcos y yo no podíamos parar de reírnos, situación que enfureció aún más a Hugo.
—Hay que esperar que se le pase el efecto, Irupé. ¡No se van a morir! —vociferaba el anciano—. ¡Están fumados! Mocosos irresponsables y tontos.
Éramos un desastre total, pero también cómplices en cada situación en apuros.