Volver a mí Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

No puedo pasar por alto a mi padre, ese hombre al que le guardé rencor durante mucho tiempo y al que no quería ver ni siquiera en fotografías.

Un fantasma frío que parecía acechar cada rincón de esta casa se convierte en el foco de mis pensamientos.

Aunque nunca me faltó nada en términos materiales, la carencia emocional era palpable.

De ningún modo supe lo que era sentir sus abrazos cálidos ni escuchar una palabra de aliento de su parte.

Cada mirada desdeñosa que me dirigía solo aumentaba mi sensación de no estar a la altura de sus expectativas.

Me preguntaba innumerables veces en qué me equivocaba, cuándo llegaría el día en que mi padre dejara de mirarme desde arriba y me sonriera con verdadero orgullo.

¿Era demasiado recibir una muestra de afecto genuino?

En realidad, nunca me atreví a pedírselo, temiendo que mi vulnerabilidad fuera aprovechada una vez más.

Tampoco puedo omitir a Miriam en esta parte de mi historia.

Otro fantasma, pero uno que me resultaba más cercano.

Siempre dedicada a la familia, fiel, sumisa, tranquila, dispuesta a cumplir con su papel.

Recuerdo sus constantes consejos sobre encontrar a un buen hombre que me mantuviera y, cada vez que pronunciaba esas palabras, una sensación de indignación me invadía.

¿Alguna vez se preocupó por preguntarme qué deseaba para mí misma?

La respuesta es un rotundo no. Como si estuviera atrapada en su propio papel preestablecido, Miriam nunca se permitió explorar sus sueños y anhelos.

Después del funeral de mi padre, en un momento de inusual honestidad, me instó a estudiar y mantenerme por mi cuenta, a no depender de nadie.

Fue la primera vez que vi un destello de la persona que debió haber sido en su juventud.

Me cuesta imaginarla de niña, pero intuyo que alguna vez fue una rebelde, alguien que desafió las expectativas y sufrió las consecuencias.

Hay secretos oscuros que guarda, heridas que nunca dejó que nadie viera.

Después de aquella charla, volvió a ser la mujer seria y firme que me había criado.

Creo que aún lamenta que no haya logrado formarme a su manera, por ese camino que esperaba que siguiera.

Aquí estoy, frente a mi antigua casa junto a la playa, dibujando en la arena con una rama que encontré por ahí. Vine hasta aquí porque siento la necesidad de enfrentar mi pasado y de hacer las paces con esa parte de mí que una vez quise dejar atrás como una pieza descartable y oxidada.

Este lugar, silencioso testigo de mi vida, fue escenario de mis alegrías y tristezas, de mis risas y lágrimas, de algunos besos, varios enojos y de los sueños que empezaban a tomar forma.

No todo fue oscuro y terrible aquí; hay recuerdos preciosos que se aferran a estos muros y al viento que sopla desde el mar.

Ha llegado la hora de llamar a esa mujer que tuvo el coraje de darme la vida. A esa esposa que solo una vez se atrevió a mandar a callar a su marido cuando él le recriminó, frente a mí, por mi llegada a este mundo. El silencio se prolonga mientras espero a que Miriam conteste.

—Brune me ha dicho que estabas triste. —Le hablo en un tono tranquilo, tratando de contener mis emociones—. ¿Qué más quieres reprocharme, Miriam?

Puedo escucharla resoplar del otro lado de la línea antes de que empiece a hablar.

—¿Es tan difícil entender que quiero tu bien?

Sus palabras me golpean, pero decido mantener la calma.

—Pues debo alegrarme entonces. —Suspiro, dejando escapar una triste sonrisa, aunque sé que ella no puede verla.

El silencio se hace presente de nuevo antes de que intente continuar la conversación.

—Escúchame, tú debes…

—¡No! No debo nada, Miriam —interrumpo, firme en mi postura.

Ella intenta retomar el control de la conversación, pero esta vez no estoy dispuesta a ceder.

—¡Sofía, no seas terca!

Una mezcla de frustración y cansancio se apodera de mí.

—Tienes razón…

—Entonces, ¿ya cambiaste de opinión? —pregunta, esperanzada.

—Así es, me acabo de dar cuenta de que tal vez no somos tan diferentes. Tal vez estuve haciendo y pensando, de forma inconsciente, como tú.

Su voz refleja su desconcierto al preguntar:

—¿A qué te refieres?

Tomo un respiro profundo, preparándome para ser honesta por completo.

—¿A qué le tienes miedo, mamá?

—¿Has estado consumiendo drogas? —suelta, disgustada.

—¿Por pensar? ¿Por reflexionar? No lo creo… Deja de tenerme miedo.

Un destello de risa nerviosa escapa de sus labios, revelando su incomodidad y falta de comprensión.

—¡Ay, Sofía! Ya no sé de qué hablas. Estamos hablando de ti y no de mí…

Mi voz se vuelve más firme y decidida mientras continúo expresando mis sentimientos más profundos.

—Llamé para decirte una sola cosa…

Hago una breve pausa, sintiendo un nudo en mi garganta, y sigo adelante, decidida a dejar claro mi mensaje.

—Sé que hiciste lo que pudiste. Está bien… Pero yo voy a… voy a romper este patrón. No quiero repetir tu historia. No estaré al lado de Néstor solo porque es más fácil, o por comodidad como tú hiciste con mi padre.

Un breve silencio se extiende entre nosotros mientras digiero mis palabras.

—Cuidado con lo que dices…

Ignoro su advertencia.

—Tanto Néstor como yo nos merecemos un amor sincero, fuerte y recíproco, ¿no lo crees? —Debido a que no responde, continúo para finalizar—: No espero que me aplaudas ni que me felicites. No voy a hacer lo que tú hiciste, ¿entiendes? No quiero convertirme en eso, en una copia tuya. Seré yo misma.