Volver a mí Capítulo 18 #5
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Capítulo 18 #5

A pesar de esa decepción, decidí mantener la amistad, continuando con las salidas en grupo, asistiendo a fiestas y compartiendo momentos en Oveja Negra junto a nuestros amigos.

Recuerdo bien el día en que Marcos volvió a ofrecerse a acompañarme a casa, como tantas veces hacía.

Esa vez, algo en mí se resistió y terminé diciéndole que no.

Fue un impulso de protección, una barrera que levanté para mantenerlo a distancia, aunque por la forma en que insistió se notaba que quería que todo volviera a ser como antes.

Así comencé a evitar quedarme a solas con él, consciente de que no podía permitirme seguir coqueteando y manteniendo esa tensión no resuelta entre nosotros.

Nuestra relación comenzó a desmoronarse, y la mudanza que ocurrió más tarde solo empeoró las cosas y nos separó aún más.

A lo largo de los años, incluso con Néstor en mi vida, no pude perdonar a Marcos por esa actitud tan cobarde. Su silencio y su falta de explicación dejaron una herida abierta en mi corazón.

Ahora, sentada frente a una página en blanco, decido que no quiero escribir una historia basada en nuestra experiencia.

No deseo recordar ni revivir el dolor y la incertidumbre que nos envolvieron.

Prefiero dejar fluir mi imaginación y soltar en esta página en blanco una versión alternativa de cómo debió haber terminado esa noche.

Voy a inventar una historia que nunca pasó.

Una realidad ficticia donde el coraje le gana a la cobardía y los finales resultan más liberadores.

Una historia que podría haber sido cierta, llena de decisiones firmes y desenlaces felices.

—Perdona por este día. He estado muy ocupada con el trabajo —dice Juli con una expresión de culpa.

—¡Qué va! Sabes que yo no tenía planes. Además, tu oficina es increíble.

Observo cómo bosteza y lucha por mantener los ojos abiertos.

—Creo que me quedaré dormida apenas mi cabeza se apoye sobre el almohadón.

—No lo dudo… Te lo has ganado —comento con una sonrisa comprensiva.

Giramos a la derecha y noto que Juli fija su mirada en algo a lo lejos, entrecerrando los ojos en un intento por identificarlo.

—¿Es el coche de Marcos?

—No lo sé —respondo, sintiendo una oleada de emoción y nerviosismo.

Aparcamos en la entrada de la casa y, antes de que podamos bajar del coche, veo a Marcos acercándose hacia nosotras con una sonrisa en el rostro.

—He traído la cena —anuncia, sosteniendo una bolsa.

—¡Cómo te quiero! —exclama Juli—. Moríamos de hambre.

Marcos se esfuerza por desviar su mirada de mí, o al menos eso es lo que me parece en mi ingenuidad. No puedo evitar sentir un cosquilleo de esperanza y emoción mientras me pregunto qué podría estar pasando en su mente en este preciso momento.

—Las vi esta mañana… —explica—. Me asomé por la ventana del estudio de la radio para fumar y las vi a ambas en la acera.

—Cierto… Estábamos camino al salón y nos detuvimos por un recado… —asiente Juli—. Sofi me estuvo acompañando todo el día.

No fue así. A Juli se le olvida mencionar que quería tener un encuentro con Andrés.

Ella intentó disimularlo, llamándolo «casualidad», pero no se trataba más que de un plan que no dio resultados, a pesar de que bajó a comprar una tontería en una tienda a metros de la radio.

Estuvimos casi quince minutos allí, perdiendo nuestro tiempo mientras Juli escudriñaba cada rincón en busca de una señal de su amado Andrés.

Ingresamos a la casa y nos acomodamos en el comedor, listos para disfrutar de la cena que Marcos ha traído.

—Primero, iré a ponerme ropa cómoda. Ya regreso —anuncia Juli, levantándose de la mesa con una ligera sonrisa.

Una vez a solas, Marcos aprovecha la oportunidad para acercarse.

—¿Cómo estás? —pregunta en voz baja.

—Bien, ¿y tú?

—Bien…

Hace una pausa, queriendo continuar la conversación, pero se contiene. Parece tener algo más en mente que quiere decirme o preguntarme, lo demuestra el brillo en sus ojos, que están cargados de significado.

Por un momento, me imaginé que respondería con una tontería como «pensando en ti», dejando escapar sus sentimientos sin filtro. Pero agradezco haberme equivocado al anticipar sus palabras. No puedo permitirme ilusionarme ni leer en exceso las señales.

En medio de la comida, Juli no se aguanta y sigue preguntando por Andrés. Marcos, lejos de esquivar el tema, se muestra encantado: responde con sinceridad y empieza a soltar detalles y anécdotas como si estuviera presentando un documental sobre su colega.

Decidimos capturar el momento con una fotografía que le enviamos a Dan. Su respuesta llega en forma de un emoji con carita llorando, lo que nos hace reír a todos.

—¿Puedo publicarla en mi story, Sofi? —me pregunta Juli.

—Emm… No… Mejor no lo hagas —respondo, tras meditarlo por un momento.

—¿Por qué no? —quiere saber Marcos.

No sé cómo confesarle que Néstor no tiene idea de dónde estoy y que no me apetece que lo sepa. Entonces, Juli interviene:

—Es que, Sofi… Bueno, ella… Sus vacaciones.

Marcos con rapidez arma las piezas en su cabeza.

—Ah, creo que lo pillo —dice, ahorrándome dar más detalles.

Agradezco en silencio a mi amiga por su intervención oportuna, evitando así tener que revelar más de lo necesario.

Después de la cena, Juli nos invita a la sala, donde apaga todas las luces y enciende el televisor con la idea de ver una película de comedia.

El ambiente se vuelve relajado. No pasa mucho hasta que se escuchan los ronquidos suaves de Juli, que ya cayó rendida en un sueño profundo.

Marcos no puede evitar reírse un poco con la escena y, con el control remoto en mano, baja el volumen de la TV para no despertarla.

—Está tan cansada que ni tocó su vino. —Miro la copa de Juli, intacta, brillando bajo la luz tenue de la sala, como si estuviera ahí solo de adorno.

—¿Tú también estás cansada?

—Estoy bien —respondo con una sonrisa, tratando de ocultar cualquier indicio de fatiga que pudiera revelar.

Continuamos sumergidos en la película que se desarrolla frente a nosotros, pero la trama no logra atrapar nuestra atención por mucho tiempo. La sensación de monotonía se cuela entre las escenas y los deseos de escapar de esa tediosa narrativa se vuelven cada vez más evidentes.

—¿Estás segura de que no tienes sueño? —susurra Marcos contra mi oído. Su aliento cálido envuelve mi piel, creando un cosquilleo fugaz pero agradable.

—Bueno, la película es un aburrimiento total —confieso, dejando escapar un suspiro casi imperceptible.

—Sí, lo es —admite con una risa suave—. Yo no la soporto, pero no sabía cuánto más ibas a resistir.

No puedo evitar preguntarme qué está pasando por su cabeza en este momento. No logro imaginar ninguna actividad que podríamos realizar a solas, pero un recuerdo olvidado se desbloquea en mi mente de repente.

—Marcos, ¿aún existe esa tienda de veinticuatro horas? Estaba a unas cuantas calles de aquí.

—¿Molino? —pregunta, arqueando las cejas.

—Sí, esa…

Una sonrisa se dibuja en sus labios, revelando su complicidad con mi propuesta.

—Sí, aún existe. ¿Te apetece algo?

—Sí, mucho…

—Bueno, vamos —susurra, mostrando determinación en su mirada.

Sin demorarnos más, decidimos abandonar la comodidad de la sala, tratando de no hacer ruido para no perturbar el sueño profundo de nuestra querida amiga.

—No, Sofi. Es por aquí. —Me señala la dirección correcta cuando tomo el camino equivocado.

—Soy capaz de desorientarme con facilidad.

—¿De verdad has nacido aquí? —bromea—. A veces creo que eres una impostora.

—Dudo que pienses eso —le digo, entornando la mirada.

—Tienes razón. Solo estás un poco cambiada —admite mientras enciende un cigarro—. ¿Quieres?

—No, gracias. Me sorprende que no hayas perdido la paciencia con respecto a Juli.

—¿Sobre Andrés?

—Sí…

—No. Está… motivada. Mucho.

—Oye, dime qué opinas… ¿Él es un buen partido?

Frunce las cejas, considerándolo.

—No tanto… —admite, después de una pausa reflexiva.

—¡Mierda! Lo sabía…

—Apenas se conocieron hace unos días. Puedo cambiar de opinión —añade, como si quisiera mitigar mi desilusión.

—Ojalá… —susurro con un atisbo de anhelo en mi voz—. ¿Es ese Molino? —pregunto, mirando unos metros más adelante.

—¡Así es!

Acelero el paso y él me sigue, dando una última calada al cigarro antes de apagarlo y tirarlo a la basura.

El frío del aire acondicionado me golpea con fuerza, provocándome un escalofrío que se extiende por mi cuerpo.

El interior de la tienda se encuentra abarrotado de clientes, lo cual genera cierta demora en ser atendidos.

Me siento como una niña a punto de recibir su regalo de Navidad, llena de anticipación y emoción.

Finalmente, nos atienden y pedimos crepes rellenos de helado y frutas. Marcos se burla de mí y sus comentarios cómicos me arrancan carcajadas mientras devoro los crepes como si mi vida dependiera de ello. La combinación de sabores dulces y la suavidad del helado me brindan un placer casi adictivo.

Algunas personas, en especial chicas jóvenes y ancianos, se acercan a saludar a Marcos.

Él es la voz más reconocida de la costa, a varios kilómetros a la redonda, por lo que no me sorprende.

Aunque intenta ser amable y cordial con todos, noto que a veces le resulta agobiante tener que dejar nuestras conversaciones a medias cuando nos interrumpen.

Se disculpa conmigo en repetidas ocasiones y, aunque a mí no me molesta en lo absoluto, siento cierta pena por él porque su única preocupación es terminar de una vez el maldito crepe.

—Antes evitaba hablar en público para no ser reconocido —explica en voz baja.

—¿Al principio de tu carrera?

—Sí, pero luego acepté contratos para presentar shows y eventos, así que…

—Dejó de tener sentido.

—Así es. Ahora estoy acostumbrado, por decirlo de algún modo.

—¿Qué se siente ser famoso? —inquiero, interesada por su experiencia.

—Bueno, no diría que lo soy… —Frunce las cejas—. Mi trabajo implica entrevistar a personas famosas. Aunque, en realidad, lo que más disfruto es hablar y recomendar música. —Sonríe.