Capítulo 18 #4
Nos separamos con cierta resistencia, pero nuestras miradas se cruzaron. En ese instante quedó claro que la noche todavía tenía mucho por ofrecernos. Caminamos hacia el auditorio, reprimiendo el deseo de entregarnos por completo. Sin malditas interferencias.
Juli y Dan llegaron juntos esa noche y nos unimos a ellos para presenciar el inicio de la ceremonia en el amplio auditorio.
El lugar se encontraba decorado con elegancia y sobriedad, con arreglos florales en tonos suaves que adornaban cada rincón.
La iluminación tenue creaba un ambiente íntimo y solemne, pero a medida que los discursos se sucedían, la emoción comenzaba a dar paso al aburrimiento.
Observé a los familiares presentes en la sala, buscando con la mirada a Miriam entre la multitud.
Al no lograr encontrarla, una pequeña decepción se apoderó de mí.
En cambio, pude divisar a la familia de Juli, quienes nos saludaron desde la distancia con gestos llenos de orgullo.
También reconocí a los padres y hermanos de Daniel, cuyas miradas reflejaban admiración y alegría mientras seguían atentos la ceremonia.
Doña Itatí, con su calidez y afecto incondicional, ocupaba un lugar destacado en la primera fila y me envió besos al aire, provocando una sonrisa en mi rostro.
Sin embargo, aún no lograba encontrar a mi madre en medio de la muchedumbre.
En ese instante, sentí la mano de Marcos entrelazada con la mía, dándome calma y apoyo.
Sus ojos reflejaban preocupación y, con un gesto suave, me preguntó si me encontraba bien.
Asentí con la cabeza, sintiéndome aliviada al tenerlo tan cerca, y me incliné hacia su pecho en busca de un refugio temporal.
Luego de recibir los diplomas, posamos para las fotografías, inmortalizando ese momento único en nuestras vidas. Los familiares comenzaron a despedirse, conscientes de que se avecinaba la gran fiesta en el gimnasio escolar.
Por suerte, nadie preguntó por la ausencia de Miriam.
Por suerte, logré contener las lágrimas que amenazaban con brotar.
Por suerte, Marcos se mantuvo a mi lado, firme como una roca, sin soltarme ni un segundo.
Por suerte, doña Itatí me brindó su cariño y me hizo sentir parte de su familia.
Por suerte, todo transcurrió más rápido de lo que temía.
Cuando nos dirigimos hacia la pista de baile improvisada por la organización, vi que Marcos se despojaba de su chaqueta elegante y aflojaba la bonita corbata que llevaba.
Se mostraba desinhibido y listo para disfrutar de la velada.
Hasta el día de hoy, no sé si esas prendas se extraviaron en medio de la celebración o si logró recuperarlas al final de la noche.
Por su parte, Dan se aseguró de conseguirnos algunos bocadillos para calmar el hambre antes de que Juli nos sirviera los tragos más fuertes que había logrado reunir.
La música comenzó a llenar el ambiente, atrayendo a los recién graduados hacia la pista de baile.
Los rostros se iluminaban con enormes sonrisas, mientras las emociones se desbordaban en cada brindis.
Era el inicio de una noche que marcaría el fin de una etapa y el comienzo de nuevas experiencias y caminos por recorrer.
Avanzada la noche, mientras la fiesta seguía su curso, Marcos se acercó sigilosamente a mi lado y me susurró al oído con voz suave:
—Te espero en la entrada dentro de una hora. Tenemos pendiente un beso.
Una oleada de anticipación recorrió mi cuerpo y mi corazón latió con fuerza. La emoción en sus ojos era evidente y no pude evitar corresponder con una sonrisa traviesa.
—Allí estaré sin falta —aseguré, deseando que el tiempo se acelerara para llegar al encuentro.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo, Marcos. No puedo esperar más —confesé, dejando en claro mi deseo de estar junto a él.
Asintió, desviando la mirada hacia mis labios por un instante antes de apartarse. Rodeó los hombros de Dan y se alejaron juntos, haciéndose bromas.
Juli, que había observado la escena con asombro, no pudo contener su curiosidad y exclamó:
—¿Qué acaba de suceder?
Sonreí, revelando parte de mi secreto.
—Lo mismo que estás pensando.
—¿Mañana vas a recordar? —preguntó con cautela.
—Solo he bebido un trago, Juli. No te preocupes.
—Entonces, ¿podemos brindar una última vez antes de que te vayas?
Agité la cabeza, sintiendo los nervios y la emoción a flor de piel.
—¡Claro que sí!
Luego le pedí a Juli que me ayudara a retocar el maquillaje en el baño y tomé algunos caramelos de menta para refrescar mi aliento.
Diez minutos antes de que se cumpliera la hora acordada, me encontraba a unos metros de la entrada del lugar, palpando los latidos acelerados de mi corazón.
La música y las risas seguían de fondo, pero yo apenas podía concentrarme.
Ajusté el vestido con manos inquietas, intentando disimular los nervios, mientras esperaba el momento de dar el siguiente paso en mi historia con Marcos.
—Tranquila, todo saldrá bien. —Juli tomó mi mano, ofreciéndome su apoyo.
—No puedo calmarme… Estoy muy nerviosa.
—No harán nada que no hayas hecho antes —dijo en tono tranquilizador, tratando de disipar mis miedos.
—¡Nunca lo hice con él! —exclamé, sintiendo que mi nerviosismo aumentaba.
—Bueno, es diferente porque tienes experiencia.
—Bah, nada más estuve liada con ese surfista presumido que acabó a los dos minutos.
—También con una chica que conociste por Internet… Además, So, lo hiciste más de una vez con ese surfista… —recordó.
—Fue durante el verano pasado, ya ni me acuerdo… Y no creo que cuente como experiencia.
Arqueó una ceja, desafiándome a ser honesta conmigo misma.
—¿Te preocupa que la tenga pequeña?
Sentí cómo me ardían las mejillas, delatando lo que intentaba esconder. Traté de negarlo, pero Juli ya me estaba mirando con esa sonrisa burlona que lo decía todo.
—¡No lo es! ¡No la tiene pequeña, lo juro! De hecho, todo lo contrario. Marcos tiene buenas… y grandes cualidades.
Levantó ambas cejas en un gesto de sorpresa y curiosidad, esperando que yo compartiera la razón por la que había llegado a esa conclusión.
—Pero ¿cómo estás tan segura?
Tragué saliva, sintiendo que el rubor en mis mejillas se intensificaba.
—Lo sé porque… escuché a unas chicas hablando de que su polla es la más grande del insti —respondí desviando la mirada, incapaz de sostener la suya.
—¡No seas mentirosa! —soltó Juli entre risas, y enseguida agregó—: Se te nota más que un cartel luminoso.
Las dos explotamos en carcajadas, y la tensión se evaporó al instante.
—¿No has escuchado a las demás hablando de esas cosas? Pues yo sí… Un día, por ejemplo, mientras esperaba a la salida de los vestuarios.
—¡No sabes mentir, Sofía! —Juli se quejaba divertida, pero su expresión dejaba entrever que entendía que había más detrás de mis palabras—. Le viste la polla, ¿verdad?
—¡No, nunca! —negué de inmediato.
—¿Se metieron mano?
—¡Tampoco! —respondí con firmeza, aunque sabía que la cercanía entre Marcos y yo había llegado hasta ese límite… muchas veces.
—¿Cómo estás tan segura, entonces?
—No importa.
—Somos mejores amigas y hay cosas que no me dices, ¡qué chica mala! Yo siempre te cuento todo —se lamentó, aunque su sonrisa revelaba que estaba disfrutando de nuestro juego.
Mientras observaba el reloj en mi teléfono, la ansiedad comenzó a aumentar su presencia en mi interior, haciéndome morder varias veces la parte interna de mis mejillas como una forma de liberar la tensión acumulada.
—¡Vas a lastimarte, Sofía! Deja de hacer eso —me advirtió—. Envíale un mensaje. Averigua dónde está.
Tenía muchas ganas de escribirle; pero, al mismo tiempo, no quería que Marcos pensara que estaba desesperada. No obstante, decidí que podíamos esperar un poco más.
—¿Y si te acercas a ver si está? —sugerí después de veinte minutos.
Juli arqueó una ceja, analizando la idea antes de asentir.
—Okey, iré. Quizás ese idiota se encuentra en otro lado del pasillo y no podemos verlo desde aquí.
Observé a Juli con expectación mientras movía sus piernas de manera sigilosa, deslizándose hacia la entrada. Una vez allí, se apoyó en la punta de los pies para tener una mejor vista y buscar a Marcos. Salió a la calle y regresó un minuto después.
Negó con la cabeza mientras se acercaba hacia mí.
—No, no está… ¿Te escribió?
—No… —respondí en voz baja.
—Entonces hazme caso… ¡Envíale el mensaje y pregúntale! —insistió.
Inhalé, liberando la decepción acumulada. Me sentía estúpida por haber esperado a Marcos con tanta ilusión. Mi mente se llenaba de dudas y temores, imaginando que tal vez él ya se había marchado con alguna de esas porristas…
—No importa —dije tratando de convencerme a mí misma de mis propias palabras, aunque en lo más profundo de mi ser sabía que sí me afectaba, y mucho.
—¿Qué quieres decir?
—¿Vamos a casa? ¿Puedo dormir contigo esta noche?
—Pero, So… ¡No!
—Sí, ya… No tengo ganas de esperar más, Juli.
Cada uno de los graduados que pasaba a nuestro lado parecía burlarse en silencio de mi situación. Me sentía expuesta, como si todos supieran lo que estaba ocurriendo y estuvieran murmurando rumores a mis espaldas. No quería convertirme en el blanco de las habladurías y los chismes crueles.
—Lo voy a llamar —anunció Juli acercando el teléfono a su oreja, dispuesta a tomar acción.
—¡No lo hagas, por favor! Vamos a casa… No quiero… —imploré, sintiendo una mezcla de vergüenza y desesperación.
Juli sostuvo el teléfono durante unos segundos, reflexionando sobre mis palabras, y luego suspiró resignada.
—Está bien, llamaré a papá para que venga a recogernos —dijo, apretando los labios.
—Gracias.
—¡Odio a Marcos con toda mi alma! Ojalá que nunca más tenga una erección y que se le caiga la maldita polla —gruñó con rabia contenida.
Marcos y yo jamás llegamos a aclarar el motivo de su inexplicable ausencia. A veces me decía a mí misma que lo había olvidado y que no era importante para él. Sin embargo, en lo más profundo de mi ser, sentía su falta como un agudo rechazo.