Volver a mí Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—¡Sofía, por favor, no hagas eso! —exclamó mi madre, alborotada, al darse cuenta de mis intenciones.

Ignoré sus súplicas y saqué la mitad de mi cuerpo por esa ventana.

—¿Marcos? —grité—. ¿Estás ahí?

—¡No puedes hacer esto! ¿Qué van a pensar los vecinos? —agregó Miriam, preocupada.

—¡Me da igual! —le respondí con mala cara—. ¿Marcos? —repetí con más fuerza.

—¿Sofi? —Él apareció en mi campo visual, buscándome con la mirada—. ¡Oh, allí estás!

Mi corazón se llenó de alivio al verlo. Quería decirle lo guapo que se veía, pero me contuve. No era el momento adecuado para coquetear y empeorar la tensión con mi madre.

—¡Espérame un minuto!

—¿Por qué tanto tiempo? —se quejó.

—Me falta poco, maldición. Ten paciencia.

—De acuerdo… Si no bajas rápido, subiré a buscarte. Me da igual si tus padres llaman a la poli.

Sonreí ante su comentario. Marcos siempre había sido así, impaciente pero valiente. Era capaz de eso y mucho más. No me sorprendía que Miriam lo hubiera dejado esperando en la calle en lugar de invitarlo a pasar a la sala, considerando su personalidad arrolladora.

Me acerqué al espejo otra vez, con esa inquietud que no lograba disimular. Apliqué el color rojo en mis labios con cuidado, y sentí que la inseguridad se aflojaba: me veía más guapa, más segura. Guardé el resto de los cosméticos en el bolso y confirmé rápido que no faltara nada.

Miriam aún permanecía en su lugar, observándome con inquietud. Al pasar a su lado, anuncié con determinación:

—¡Bueno, ya me voy!

Bajé las escaleras de dos en dos, sintiendo la adrenalina correr por mis venas mientras Miriam me seguía de cerca.

Atravesé la sala como una ráfaga, siendo la puerta mi meta final.

Al abrirla, me encontré con la figura de Marcos apoyado en la columna de la entrada, su rostro se iluminó con una sonrisa expectante.

—¡Hey! —exclamó él.

—No pasó ni un minuto —le dije, orgullosa de haber cumplido mi promesa.

Nos abrazamos con fuerza y un cosquilleo recorrió mi cuerpo. Me sentía tentada a enredar mis piernas alrededor de su cadera y fundirme en ese abrazo. Sin embargo, la presencia de Miriam nos recordó que no estábamos solos.

Nos separamos, pero mi mano seguía aferrada a la suya. Marcos me miró de arriba abajo.

—¿Me veo bien?

—Guapísima. ¡Me encanta!

Sonreí con picardía, disfrutando de su reacción.

—¿Todo? —pregunté, dejando que la insinuación se deslizara en mis palabras.

—Sí, lo que veo y lo que todavía no, porque es muy pronto. Estás increíble.

Miriam tosió con discreción, interrumpiendo nuestra cercanía.

—Sé que no soy bienvenido —suspiró él, resignado a la tensión entre ellos—. Mejor te espero en el coche, Sofi.

—¡No! —me negué, apretando su mano con fuerza antes de dirigirme a Miriam—: Bueno, ya nos vamos…

Ella asintió, pero su mirada dejaba claro que no aprobaba la situación.

—Ten cuidado —advirtió.

—No se preocupe por eso —respondió Marcos, con una confianza que rozaba la insolencia—. No podré apartar mis ojos de Sofi.

Mordí mis labios para evitar reírme, pero aquel comentario no logró suavizar la expresión de desaprobación en el rostro de Miriam.

—Eso no me tranquiliza en absoluto —replicó ella.

Respiré, tratando de calmar las aguas y transmitir seguridad.

—Ya, mamá… Estaré bien, te lo prometo —afirmé—. Nos vemos…

Miriam asintió, sin dejar de observarnos ni por un instante, incluso cuando Marcos rodeó mi cintura con sus brazos y depositó un beso en mi mejilla, rozando mis labios.

—¿Lo haces a propósito?

Él abrió la puerta del coche y me miró con curiosidad, levantando las cejas en un gesto juguetón.

—¿Qué? —respondió con una sonrisa traviesa—. Adelante, guapa.

Con cautela, me deslicé dentro del automóvil, notando la calidez del asiento. Marcos me siguió, cerrando la puerta detrás de él.

—¿Qué cosa hago a propósito? —insistió.

Suspiré, sintiendo un cosquilleo en mi estómago mientras nuestros ojos se encontraban.

—Nada…

—Nada que no te gustaría.

Me mordí el labio, sintiendo un calor delicioso expandirse en mi vientre. Traté de controlar mis hormonas mientras avanzábamos en la autopista.

La noche traía una mezcla de nervios y emoción difícil de disimular. La graduación estaba por empezar, y todo se sentía distinto, como si fuera un momento que marcaría nuestras vidas.

Desvié mi mirada hacia Marcos, capturando su expresión decidida y llena de confianza.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire mientras nos sumergíamos en un silencio cargado de anticipación.

¡Cuántas expectativas! ¡Cuántos sueños por cumplir! Esa era mi otra yo, la inocente Sofía, que no tenía idea de lo que el destino planeaba para ella: una vida que la convertiría en una cobarde.

—Hay algo que me gustaría mucho —anuncié por fin.

Marcos se inclinó hacia mí y noté que sus ojos brillaron con intriga.

—A mí también —dijo, pasándose la lengua sobre el labio inferior.

—¿Qué?

—Tú primero.

Me acomodé en el asiento y levanté mi vestido hasta los muslos, abriendo las piernas.

—Mierda, Sofi —respondió con la vista clavada en ese espacio.

—Mira hacia adelante. Estás conduciendo, irresponsable.

Deslizó una mano entre mis muslos y se me escapó un suspiro. Cuando pensé que subiría más arriba, me bajó el vestido.

—Oh, Marcos —me quejé, agitada.

—Es muy temprano aún.

—¿Qué tal si…? —comencé, dejando la frase en el aire, provocando su curiosidad.

Sus cejas se alzaron en un gesto de complicidad y su mirada se intensificó.

—Dime… No me hagas esperar.

Incliné mi cuerpo hacia él, susurrando en tono de broma:

—¿Y si mejor vamos a un motel? ¿Qué tal si nos escapamos?

Un destello travieso iluminó sus ojos.

—Esa es una idea tentadora, Sofi, pero… —Hizo una pausa dramática—. ¿Estás dispuesta a perder la fiesta de graduación?

Levanté un hombro en un gesto despreocupado, aunque mi corazón latía con fuerza en mi pecho.

—Por mí, no hay problema. De hecho, me emociona la idea de escaparnos juntos.

El coche avanzaba por la carretera, acercándonos cada vez más a nuestro destino.

Sentí una mezcla variada dentro de mí: la emoción por lo que estaba por venir, la nostalgia por los momentos compartidos y la incertidumbre del futuro.

La noche prometía ser inolvidable, llena de bailes y risas con aquellos que habían dejado una huella en nuestra vida.

Encendí la radio, busqué un canal de música y canté junto a Marcos «I Gotta Feeling» de Black Eyed Peas.

Nos reíamos, hacíamos poses estúpidas y subíamos a tope la voz durante las estrofas: That tonight's gonna be a good night; sumando que era una muchacha muy inquieta, me puse a toquetear la guantera sin buscar nada en particular.

Y entre los objetos sueltos, uno llamó mi atención.

—¿Y esto? —Sacudí la caja de condones que había encontrado—. Parece que viniste preparado.

—Me has descubierto…

—¿Con quién tienes la intención de usarlos? —pregunté, levantando una ceja.

Inclinó la cabeza y me guiñó un ojo, dejando que nuestras palabras se perdieran en el aire cargado de deseo.

El paisaje pareció esfumarse de repente y, cuando volví a enfocar mi atención, me di cuenta de que ya nos encontrábamos en el parking.

—¿Ya llegamos?

—Ajá —dijo él, estacionando en un sitio libre que le señalé—. Dame eso…

Le entregué la pequeña caja y él guardó un condón en su billetera, mientras el resto volvía a su lugar en la guantera.

—Solo por si acaso… —murmuró.

Sacudí la cabeza, incapaz de contener una leve risa, y descendimos del coche. Nuestra comunicación era tan fluida que nos entendíamos con indirectas, mientras que otras veces éramos más desinhibidos.

Caminamos entre la multitud, agarrados de la mano para asegurarnos de no perdernos de vista. Saludamos a algunos amigos y conocidos en el camino y, una vez dentro del instituto, él me condujo hacia una columna donde me apoyó, buscando un momento de intimidad en medio del bullicio.

—Solo por si acaso no cambias de opinión —dijo, completando la frase anterior y dejando claro su propósito—. Lo primero que tengo en mente es besarte hasta que nuestros labios se desgasten, ¿de acuerdo? Después veremos…

La anticipación palpitaba en el aire, creando una tensión eléctrica entre los dos. Sus palabras susurradas hicieron que mi piel se erizara y mi corazón latiera a mil.

—¿Y qué estás esperando para besarme? —le insté impaciente, deseando sentir sus labios sobre los míos.

—Te prometí que sería especial. —Sonrió, disfrutando del hecho de prolongar el momento, y acercó su rostro al mío de a poco, como si cada centímetro de proximidad fuera una tortura deliciosa—. Y eso es exactamente lo que será.

—En este punto, me da igual —me quejé.

Sin embargo, continuó con el juego, acariciando mi rostro con ternura y dejando pequeños besos en diferentes partes de mi piel. Sentía que el deseo se acumulaba dentro de mí, pero también sabía que la espera solo intensificaría el momento.

—Parece que puedes soportarlo mejor que yo.

—Claro que no —le respondí, mordiendo su mentón. La diferencia de altura me impedía llegar más allá—. ¡Eres tan cruel conmigo! Es injusto.

—¿Estás muy mojada?

Marcos inclinó su cabeza y me besó justo encima de mi labio superior, así que no pude responderle con la habitual picardía.

Estábamos ahí, como dos tontos jugando a hacernos desear, explorando los rincones antes de entregarnos por completo.

Volví a besar su mentón, ascendiendo cada vez más, consciente de que por fin nuestros labios se encontrarían en el camino.

—¿Qué están haciendo? —interrumpió un guardia de seguridad con una mirada de desaprobación—. Les pido que se separen de inmediato y se dirijan al auditorio.

Relajé mis hombros con resignación y gruñí de decepción, frustrada por el destino cruel que nos separaba en el momento más inoportuno.

Estábamos tan cerca…

—Maldición —susurró Marcos con los ojos cerrados—. Ven… Vamos, Sofi. Evitemos problemas.