Capítulo 17 #6
Al despedirnos, las palabras no son suficientes para expresar la gratitud que siento.
Entre abrazos que casi me dejan sin aire y apretones de manos que parecen pruebas de fuerza, me doy cuenta de lo fuerte que son nuestros lazos.
No importa el tiempo ni la distancia, el vínculo que hemos forjado es duradero y resistente.
Cada uno de ellos ha dejado una huella imborrable en mi corazón y estoy agradecida por tenerlos en mi vida.
Mientras camino hacia el coche, guiada por Marcos, mi mirada se pierde en el horizonte.
El mar, tranquilo y sereno, refleja la paz interior que siento.
Estoy feliz de haber compartido estas últimas horas, rodeada de personas que me quieren y me aceptan tal como soy.
Cierro los ojos un momento y pienso que, con tanta gratitud encima, debería venir con advertencia: «puede causar exceso de sonrisas».
—¿Quieres ir? —Apunta con la cabeza hacia la playa—. Ven, vamos…
Nos quitamos los zapatos y dejamos que la arena suave se meta entre los dedos.
La brisa nos acaricia, trayendo consigo el aroma salado y refrescante del océano.
Caminamos hacia la orilla, donde las olas acarician la costa en un suave vaivén, reflejando la luz plateada de la luna que se alza inalcanzable.
—Me gustó lo que dijiste. Eso de la familia —susurra.
Sus palabras se mezclan con el sonido del viento y siento un cosquilleo de calidez en mi interior. El brillo en sus ojos me cautiva más de lo que la luna lo hace.
—Fue gracias a ti, porque tú fuiste quien me trajo. Sin tu ayuda, no me habría dado cuenta de lo mucho que valen.
Se me calientan las mejillas y una sonrisa se me escapa. El mar escucha nuestra charla y, si pudiera opinar, seguro estaría levantando el pulgar.
Marcos niega con la cabeza con lentitud.
—Tú sola llegaste a esa conclusión.
Retrocedo unos pasos, encontrando un lugar en la arena donde puedo reposar mi cuerpo cansado. La suavidad de la playa se adhiere a mi piel mientras me dejo caer, sintiendo cómo la arena se funde con mi cuerpo.
—¿Me compartes un cigarro? —pregunto.
Con una gracia innata, él se acerca y me entrega uno. Nuestros dedos se rozan, creando una chispa fugaz pero intensa. Luego se ubica a mi lado, tan cerca que nuestros cuerpos casi se tocan. El brillo de su mirada y la dulzura de su sonrisa me envuelven.
Él saca el encendedor y prende el cigarro que tengo entre los labios. El fuego brilla un segundo y su cercanía se siente intensa. Nuestros ojos se cruzan y, por un momento, parece que no hace falta decir nada.
—Déjà vu —comenta mientras enciende el suyo.
Suelto una risa.
—No, esto lo repetimos tantas veces que ya debería ser un clásico…, aunque admito que me gusta cada vez.
Él asiente, con esa sonrisa traviesa que ya conozco demasiado bien, y dice:
—Los clásicos nunca pasan de moda.
Nos recostamos sobre la arena, entregándonos al abrazo de la noche estrellada y la música que flota en el aire.
De lejos nos alcanza una canción conocida en español.
Es «Aprenderé» de la cantautora madrileña La Otra, una canción que desde la primera vez que la escuché se me quedó grabada muy dentro.
Las palabras se deslizan tímidas entre mis labios, mientras canto en un susurro apenas audible, íntimo y personal.
Es como si me estuviera entregando a mí misma en cada palabra, dedicando los versos desde lo más profundo de mi ser.
Por un momento me dejo llevar por la canción y me olvido de todo, incluso de Marcos a mi lado.
Solo quedo yo, la música y esa sensación que me envuelve.
—Aprenderé a quererme, aprenderé a mirar de frente a la tristeza cuando venga disfrazada de una rabia sorda y ciega. Aprenderé a sacar también la pena, pa’ que no me pudra. Y me haré fuerte convirtiéndola en motor para el camino que me queda.
—Y eso ha sido todo por esta noche… —susurra Marcos unos minutos después, cuando mis lágrimas han cesado, dejando espacio para una calma reconfortante.
Abro los ojos y me encuentro que su mirada está fija en Oveja Negra. Los clientes empiezan a irse y el bar se va quedando en silencio, como si la noche nos dejara el lugar solo para nosotros.
Marcos se acurruca a mi lado sin decir nada, compartiendo un silencio que nos une. Nos quedamos mirando el cielo, como si todo lo que pasa arriba fuera solo para nosotros.
Unos minutos después, siento la calidez de su mirada posada en mí y, sin pensarlo dos veces, giro mi cabeza para encontrarme con sus ojos llenos de anhelo.
—No quiero marcharme… Deseo quedarme un poco más contigo. —Mis palabras fluyen con una súplica implícita.
—Está bien —murmura.
Siento su pulgar acariciando mi mano con calma y me dejo llevar por esa cercanía. La boca me arde de sed, como si solo él pudiera apagarla. Pero justo en medio de esa intensidad me golpea la idea del riesgo, y decido poner distancia, levantar una barrera que nos frene.
—Me pregunto si Julieta estará en casa… No he sabido nada de ella —comento dejando escapar un suspiro.
—Su ausencia tiene un nombre.
—Ah, ¿sí?
—Se llama Andrés —anuncia con diversión.
Las risas llenan el espacio entre nosotros, pero pronto el silencio vuelve a envolvernos. Mientras se desvanecen, nuestros dedos se entrelazan de forma discreta y suave, como si quisiera transmitirme tranquilidad y apoyo.
Aun así, hay una pregunta que no se va y busca colarse en nuestra conversación.
Quiero liberarme de la duda que me consume, aunque me atemoriza el posible dolor que pueda desencadenar.
Enfrento una batalla interna para encontrar las palabras adecuadas, las que expresen mi inquietud sin causar un daño irreparable.
Inhalo y exhalo, preparándome para abrir el corazón.
—¿Qué sucede? —pregunta, notando mi inquietud.
—Es que quiero preguntarte algo, pero no sé cómo… —confieso, sintiendo un nudo en la garganta.
Miro el mar desde la arena, las olas llegan suaves hasta la orilla y se retiran como si guardaran silencio a nuestro lado.
—Vamos, suéltalo —me anima, apretando mi mano.
—Anoche, María Luz me recordó una cosa que nunca he logrado aclarar. —Sus cejas se fruncen, y me siento vulnerable y temerosa—. Aunque ni siquiera me involucra directamente…
—¿De qué se trata? —indaga con un tono más serio y firme.
—En la boda. Juli y tú…
Marcos se aparta, su rostro se ensombrece y el ambiente se carga de tensión en un instante. Nos incorporamos al mismo tiempo, preparándome para enfrentar la verdad y las posibles implicaciones que esta conversación pueda tener.
—¿Qué? —Su voz se torna fría y distante, contrastando con el tono potente y alegre que lo caracteriza de la radio.
—Se corrió un rumor… Y yo los vi en ese camerino…
—¿Qué fue lo que viste? —pregunta de forma brusca.
—No lo sé, tú dímelo… ¿Pasó algo entre ustedes? ¿Es cierto?
Mi corazón late acelerado, esperando una respuesta honesta.
Un silencio incómodo se extiende entre nosotros, cargado de rigidez. Puedo notar cómo traga con fuerza, buscando las palabras adecuadas.
—Un rumor —repite—. Me obligas a ser honesto, Sofi. La verdad es que algo sucedió entre nosotros, entre Juli y yo.
Trato de esbozar una sonrisa, pero resulta desfigurada y llena de dolor. Asiento con la cabeza, asimilando la realidad que se despliega frente a mí. Marcos cierra los ojos, dejando escapar un suspiro cargado de remordimiento.
El silencio se hace abrumador mientras ambos procesamos lo sucedido. El peso de la revelación se siente como una losa sobre nuestros hombros.
Finalmente, se pone de pie con determinación, rompiendo el hechizo del momento.
—Vamos… Es hora de que te lleve a casa.
Me levanto sin ganas, porque el ambiente ahora está lleno de un aire pesado. Caminamos en silencio, cada uno inmerso en nuestros propios pensamientos, mientras el mundo parece desvanecerse en un segundo plano.
El interior del coche se impregna de una amargura palpable.
El ruido del motor y el suave zumbido de la carretera se convierten en una banda sonora incómoda.
Mi cabeza se llena de dudas y temores que no me dejan en paz.
Una parte de mí susurra que este silencio es el precursor de una despedida definitiva, que estamos condenados a perder todo contacto y nunca volvernos a ver.
Me reprocho por haberme inmiscuido en sus asuntos, por revelar un pasado que mi mejor amiga eligió mantener oculto.
¿Por qué sentí la necesidad de desenterrar la mierda y traerla al presente de esta manera?
El ambiente se vuelve pesado, como si un reproche se instalara entre nosotros y no dejara de crecer.
Aunque hemos llegado a nuestro destino, ninguno de los dos parece dispuesto a dar el siguiente paso.
Siento que, si abro la puerta y me bajo del coche, el futuro se transformará sin camino de retorno.
La realidad se impondrá y tendré que enfrentar las consecuencias de mis acciones.
Incapaz de demorarlo más, cierro los ojos con determinación y me preparo para superar lo inevitable.
Sin embargo, justo cuando mi mano está a punto de abrir la puerta, Marcos interrumpe el movimiento con un agarre suave pero firme.
El calor de su piel contrasta con la incertidumbre que cuelga en el aire.
Nuestros ojos se encuentran y puedo distinguir una amalgama de emociones en su mirada.
Hay una chispa de tristeza y decepción, pero también percibo un destello de algo que aún no puedo definir por completo.
Hay muchas cosas que deseo decirle, tantas preguntas que ansío formular, pero el silencio se erige como un escudo protector entre nosotros.
Finalmente, Marcos rompe el mutismo con una voz suave, pero llena de emociones contenidas.
—Quiero aclararlo.
—No hace falta… —Niego con la cabeza, sintiendo un nudo en mi garganta.
—Sí, porque no podré soportar lo que sea que pienses de Julieta.