Capítulo 17 #5
Un breve silencio se instala entre nosotros, permitiendo que sus palabras resuenen en el aire. La verdad en ellas es abrumadora, pero también liberadora. Finalmente, alguien ha notado el cambio en mí, ha reconocido mi lucha interna y mi búsqueda de identidad.
—Eso es cierto —admito tras un suspiro.
Estoy cansada de esconderme detrás de una fachada, de negar mi propia evolución.
¿Cómo es posible que él haya sido capaz de notar mi transformación con tan solo unas pocas horas a mi lado? Dios… ¿Qué hay con la gente que todo este tiempo estuvo conmigo e ignoró cómo me he sentido?
—Además, sabes que rendirme sería demasiado aburrido para mí.
—¡Eso también es cierto! —Asiento con la cabeza, sonriendo ante su convicción.
Una cálida sonrisa se dibuja en su rostro y siento que sus ojos me pertenecen por completo. Me observa de una manera tan intensa y única, como si nadie más existiera.
—Me equivoqué con la fiesta, lo admito. Por eso te invité a este lugar, creo que esta vez he acertado. Oveja Negra… es especial para nosotros.
—Nosotros —repito, como si pudiera saborear la palabra.
—Sí… Solías mencionarlo y yo siempre estuve de acuerdo, aunque nunca te lo dije.
Revivo en mi mente los momentos que hemos compartido.
Aquí, en este mismo rincón, estuvimos a punto de besarnos en innumerables ocasiones.
Recuerdo como si fuera ayer la manera en la que, durante un arranque de espontaneidad, mencionó que nuestro primer beso sería algo especial y digno de recordar.
En ese instante, me pareció la idea más ridícula del mundo, pero así es él, único y extravagante en cada aspecto de su ser.
—Gracias, Marcos —susurro.
El silencio se hace presente, permitiendo que nuestras miradas hablen por sí solas y dejando que se disuelva el anhelo por aquellos besos que quedaron suspendidos en el tiempo.
—¿Cuándo vas a regresar a la ciudad?
El ambiente se carga de una mezcla de emociones, como si los segundos se aceleraran en nuestra pequeña burbuja.
—Me marcho este domingo —respondo con una leve sensación de aprehensión que se asienta en mi pecho, amenazando con nublar la atmósfera de felicidad que hemos creado.
—Oh, mierda. Tengo menos de cinco días para conseguir que descubras tu nuevo yo —dice con un toque de urgencia, como si fuera una tarea crucial que debe cumplir antes de mi partida.
Mis labios se curvan en una sonrisa y me permito olvidar, al menos por un momento, los temores que nos acechan.
—Lo dices como si fuera una misión —exclamo divertida.
—¡Es así! Quiero ayudarte, deseo que encuentres la felicidad en tu vida. Y me encantaría… ver un poco de esa nueva versión de ti.
—Pero ya me estás viendo, Marcos.
Él se acerca y baja la voz, sus palabras apenas son audibles, casi tengo que leer sus labios.
—Sabes muy bien a qué me refiero…
La llegada de su abuela nos obliga a apartar la mirada y nos ponemos de pie al mismo tiempo, ambos deseosos de ofrecer nuestra ayuda.
—No, no —dice él—. Yo me encargo, Sofi.
Se acerca a la anciana con ternura y toma con cuidado la bandeja de plata que ella sostiene. Con pasos pausados, mantienen una conversación en susurros que más parece un regaño lleno de amor que una simple reprimenda.
—Ya, ya… Algún día vas a desear tener mi edad y estar como yo… ¡No seas insolente! —reprende Doña Itatí con un destello de fastidio que apenas logra ocultar el cariño que siente por su nieto.
—Me preocupo por ti, vieja terca —replica él.
Marcos coloca la bandeja con delicadeza sobre la mesa y, acto seguido, trae una silla extra para su abuela.
—Ven. Siéntate con nosotros, doña Itatí —le digo con suavidad, extendiendo mi invitación hacia ella.
—¿Tú también, Sofía? —responde con un tono de hartazgo, pero percibo la chispa de travesura en sus ojos arrugados—. Puedo estar de pie todo el tiempo que yo quiera. ¿Qué son esas tonterías sobre descansar que dice mi nieto?
—Solo es para que nos hagas compañía un momento —le ruego con una sonrisa tierna, tratando de persuadirla y brindarle un respiro en medio de sus deberes y rutinas.
—No te preocupes, mi querida abuela es cabezota y no nos escuchará —comenta Marcos, dejando escapar una risa suave que se mezcla con la mía.
Una vez más, invito a doña Itatí con la intención de compartir la comida en compañía, sabiendo que su presencia añade un toque especial al encuentro.
—Solo porque te he echado mucho de menos, Sofi —suspira ella, cediendo a nuestra petición.
El ambiente se impregna con el irresistible aroma de la comida recién hecha. Marcos toma el primer bocado y, siguiendo su ejemplo, hago lo mismo. Cuando las papas crujientes tocan mi paladar, cierro los ojos, extasiada. El placer es inmenso.
—¿Delicioso? —pregunta Marcos con una sonrisa.
—¡Sí! Épico, legendario, de otro planeta… Si dependiera de mí, haría dieta exclusiva de las papas de don Hugo. Y créeme, sería la mejor decisión de mi vida.
—Estoy de acuerdo. Tendré que pedirle al viejo que me enseñe la preparación antes de que estire la pata —dice en tono de broma.
—¡Marcos! —lo regaño—. No digas esas cosas, por favor.
—¿Ves, Sofi? Todavía sigue siendo un mocoso insolente. Se burla de todo —se queja doña Itatí con una sonrisa traviesa, mientras su voz denota el afecto que siente por él.
Marcos levanta las manos en señal de inocencia.
—Es una broma tonta, mujeres. Claro que no le deseo la muerte a nadie… ¡Que aún quiero seguir comiendo las papas de don Hugo! —se defiende él, con un brillo juguetón en sus ojos.
Doña Itatí niega con la cabeza, como si ya estuviera acostumbrada a los modales de Marcos. Luego agarra la botella de cerveza y se sirve en su vaso.
—¿Tú bebes? —exclamo, entre sorprendida y divertida.
—¡Por supuesto! Estoy vieja, pero eso no me quita las ganas —dice ella, frunciendo las cejas como si estuviera desafiando a cualquiera que se atreva a juzgarla por su edad.
—¡Vaya! Yo bebo una copa y al día siguiente no me levanto de la cama… —me lamento, soltando una suave risita.
—Qué poca resistencia, hija mía —comenta—.
Tendremos que juntarnos en una noche de copas, ¿qué dices?
¿Te animas? —Asiento emocionada, imaginando una velada llena de risas y complicidad—.
No hemos pasado mucho tiempo juntas, solo te acercaste por la tienda con Julieta para hacer compras y luego exclusivamente a saludarme.
Ni siquiera me has enseñado una foto de Brune.
—¡Es verdad! —Tomo mi teléfono y abro la galería que está repleta de imágenes de mi hija—. Mira… Es ella.
Doña Itatí toma el teléfono entre sus manos arrugadas, sus ojos brillan con anticipación mientras observa cada detalle de la imagen.
—¡Oh, Sofía! —susurra con ternura—. Es tan linda, me encantaría conocerla. Algún día, te iré a visitar para verla en persona. Mira, hijo… —le dice a Marcos, mostrándole la foto—. Son muy parecidas, ¿verdad?
Su cara, antes cargada de insolencia y picardía, cambia de golpe. En sus ojos aparece un brillo inesperado, mezcla de sorpresa y ternura, mientras se queda mirando la foto de Brune. Sus gestos, las miradas rápidas que me lanza, dicen mucho más de lo que podría poner en palabras.
—¡Qué bonita! —exclama él con un tono suave y genuino.
Doña Itatí vuelve a tomar el teléfono, curiosa, y empieza a deslizar las fotos una por una.
Una brisa cálida nos acaricia la cara y el momento se vuelve ligero.
Yo observo en silencio, atrapada por la belleza que nos rodea y por esa quietud que parece envolverlo todo.
Hay algo en la forma en que ella se detiene en cada detalle que me hace pensar que no está mirando solo las fotos, sino también todo lo que hay detrás de ellas.
—¿Ya la conocías? —le pregunta la anciana a Marcos.
Él niega con la cabeza, y una sombra de melancolía se refleja en sus ojos.
—No tuve la suerte —responde enseguida, llevando un cigarro a sus labios como un gesto automático.
—¡No! —exclama doña Itatí con voz firme y una mirada reprobadora—. ¿Qué te he dicho?
Marcos rueda los ojos, sabiendo que ha transgredido las indicaciones de la anciana. Guarda el cigarro en su bolsillo, demostrando la voluntad de respetar su deseo.
—¡Es preciosa, hija mía! —Doña Itatí me devuelve el teléfono con una sonrisa radiante—. Se nota que tu niña es muy feliz. Te felicito.
Un suspiro lleno de gratitud escapa de mis labios mientras contemplo la foto de Brune en la pantalla, consciente de la maravillosa bendición que ha traído a mi vida.
Las risas se mezclan con el ruido del mar y ya nadie se acuerda de qué estábamos hablando. La mesa se llena de papas que van y vienen, y Marcos se queja de que le tocaron menos…, aunque sabemos que ya se comió la mitad. Si seguimos así, vamos a terminar peleando por quién se lleva la última papa.
La noche avanza y doña Irupé se suma a la mesa con esa simpatía que la caracteriza. Su llegada le da más energía a la reunión y su sonrisa ilumina el momento. Entre charlas, nos ponemos al día y compartimos historias, sueños y planes.
El tiempo pasa volando y, cuando don Hugo nos sorprende con el postre, una muestra más de su generosidad, nuestros estómagos ya están satisfechos y reconfortados. Agradezco el gesto con una sonrisa sincera, apreciando la dedicación que han depositado en cada detalle.
En medio de esta atmósfera impregnada de amor, me doy cuenta de que estos seres queridos, reunidos a mi alrededor, son quienes conforman mi verdadera familia.
Sus risas contagiosas, sus palabras de aliento y su apoyo incondicional me llenan de calidez y felicidad.
Son un recordatorio constante de que el amor no se limita a los lazos de sangre, sino que se nutre de las conexiones que construimos a lo largo de nuestras vidas.