Capítulo 17 #4
Estas mujeres han compartido su vida desde niñas y llegaron juntas a este país, que terminaron haciendo suyo.
Su amistad no necesita grandes gestos para demostrarse; está ahí, firme, como algo que ha resistido el paso de los años y todo lo que les tocó enfrentar.
Son hermanas del alma, y su unión ha trascendido las barreras del tiempo y la distancia.
No puedo evitar admirarlas por todo lo que han recorrido juntas y también por lo que cada una ha logrado en su propio camino.
Han perseguido sus sueños con fuerza y han conseguido mucho más de lo que cualquiera hubiera imaginado.
Me arrepiento de haberme alejado de ellas, de haber perdido su apoyo y consejo en momentos difíciles. Pero su cariño permanece intacto, y estoy agradecida de volver a sentirlo en este reencuentro tan esperado. Las risas, los secretos compartidos y los fuertes abrazos me llenan el alma.
—Gracias. Me alegra mucho verte. Me siento como en casa, de verdad —admito.
La ternura de doña Irupé no se puede explicar con palabras. Su mirada serena y sus arrugas marcadas por la sabiduría reflejan una vida llena de experiencias y amor incondicional. Me siento bendecida por haberla conocido.
—¿Has venido con Julieta, Sofi?
—No… —Hago una pausa, sabiendo que mi respuesta le gustará—. Me invitó Marcos.
La sorpresa se refleja en el rostro de doña Itatí, acompañada de una sonrisa traviesa que no puede ocultar. Sus manos ágiles vuelven a pasar el trapo sobre la mesa, como si quisiera evitar soltar algunos de sus comentarios tan ocurrentes.
—Me desaparezco un ratito y, al volver, ¿qué me encuentro? Nada menos que una visita inesperada. Esto sí que anima la noche —interrumpe el esposo de doña Irupé.
—¡No has cambiado nada, don Hugo! —comento con cariño, observando que su rostro serio se ilumina con una sonrisa pícara.
—Tú también sigues igual de encantadora, muchacha. Aunque tendrás que ganarte de nuevo mi cariño.
—Lo sé… —le digo con un dejo de tristeza, recordando el tiempo perdido—. No me lo perdonarás tan fácil, ¿verdad?
Él suelta una carcajada y, al pasar cerca de mí, coloca una mano sobre mi hombro. Su contacto cálido y paternal me hace sentir protegida y querida.
—¿Esas papas que tanto les gustaban? —pregunta.
—Sí. Espero que tu receta siga siendo la misma…
Una chispa de ilusión en mis ojos saldrá disparada en cualquier momento al recordar el sabor inconfundible de sus papas fritas caseras y el toque de amor que siempre añadía a cada plato.
—¡Claro que sí! Por favor, tráeme el delantal, Irupé —agrega don Hugo con energía, dando un paso atrás—. Les haré la comida a estos mocosos, igual que en los viejos tiempos.
Don Hugo se dirige a la cocina, donde el aroma de especias inunda el ambiente. A pesar de su tono malhumorado, sé que se preparará con esmero y dedicación, como siempre ha sido.
—Hablaremos después —dice la esposa, siguiendo los pasos de Don Hugo—. Han llegado más clientes y tengo trabajo pendiente.
—Y yo te ayudaré, como siempre. —Doña Itatí me guiña el ojo con complicidad antes de añadir—: Dile a mi nieto que me alegra mucho que esté aquí.
Curiosa por saber más, indago:
—¿No viene a menudo?
—Todo lo contrario. Suele venir una o dos veces por semana. En ocasiones lo acompaña Dan, pero no más que eso… Por eso me alegra que estés aquí con él. Hacen una hermosa…
—¿Pareja? —interrumpo dejando escapar un ligero titubeo—. No creo que esa sea la forma adecuada de describirlo. No suena bien…
—Está bien, de acuerdo… —Se ríe con suavidad—. Solo digo que se hacen buena compañía el uno al otro.
—Antes solía pensar lo mismo…
—En aquel entonces eran muy jóvenes, Sofía.
—Y bastante ingenuos…
—Bueno, ahora la historia es distinta. La vida se encargó de ponerlos a prueba y, quieras o no, los hizo madurar —dice tras una pausa significativa—. ¿Crees que por fin te llevará a su cama?
La pregunta me toma por sorpresa y siento que el rubor invade mis mejillas.
—¡Ay, no me entra en la cabeza que estemos hablando de esto!
Doña Itatí estalla en risas, llenando el espacio.
—¿Sabes? Siempre he pensado que mi nieto sigue viniendo porque este lugar guarda algo especial: aquí pasó mucho tiempo contigo, y de alguna manera regresa para revivir esos recuerdos.
Una tristeza sutil se apodera de mí mientras sus palabras se funden en mi corazón.
—Ya no somos amigos, ya no sé quién es él —suspiro, negando con la cabeza.
Asiente con comprensión, dejando que un halo de nostalgia se cuele en sus ojos.
—Han tomado distintos caminos… Esas fiestas a las que él asiste, esas chicas con las que se acuesta, los excesos que sé que tiene…
Todas esas cosas no son más que una estúpida distracción.
Cuando la culpa y el tiempo perdido lo acechan, venir aquí le ayuda a recordar lo que en realidad importa.
Y conociéndolo, sé cuánto te ha extrañado.
No lo dudes. Y puedo ver en tus ojos, Sofi, que tú también.
—Oh, claro que sí… —le digo, desviando la mirada hacia el exterior, donde veo a Marcos a través de la ventana, perdido en sus pensamientos.
—Admitirlo es un pequeño paso. Bueno, ahora ve a sentarte sobre sus piernas y a volverlo loco con tus ocurrencias.
—Ay, ¡cómo te gusta meter la cuchara!
Me guiña un ojo con una sonrisa.
—Enseguida les traigo la comida.
Aunque ciertas palabras me generan algo de pena, valoro la amabilidad de doña Itatí. Con solo mirarnos, compartimos un gesto que lo dice todo sin necesidad de hablar.
De todas formas, me cuesta confiar en las palabras de doña Itatí cuando la imagen de Marcos y Julieta juntos, detrás de aquella puerta en la boda, sigue rondando en mi mente. Mi certeza se afianza, y la duda no ha hecho más que crecer en mi interior. Aun así, me esfuerzo por mantener la compostura.
—¿Cómo están esos viejos? —pregunta Marcos, apoyando los codos sobre la mesa, sumergiéndome en sus ojos tan profundos como el mar que está a unos metros de nosotros.
—Iguales —respondo, enfocando mi atención en la conversación—. Doña Irupé es tan amorosa como la recordaba. Y don Hugo, aunque siempre muestra una cara de pocos amigos, es un dulce. Por cierto, tu abuela se alegra de que hayamos venido.
—¡Ay, debería estar en la cama a estas horas! —comenta con una pizca de agotamiento en su voz.
—¿Está enferma? —quiero saber, alarmada.
—No, no lo digo por eso… Gracias al cielo, la vieja tiene una salud admirable —responde con un suspiro de alivio—. Pero ¿acaso no te das cuenta de su edad?
—¡Oh, vamos! No seas así… A sus ochenta está mejor que yo a mis treinta y dos.
Marcos deja escapar una risa contagiosa y, aunque la sonrisa ilumina su rostro, no puedo evitar sentir un nudo en mi estómago.
Me sumerjo en sus ojos expresivos. Además, sus labios se mueven con gracia al hablar, adoptando formas que me resultan fascinantes, y la simple curva de su sonrisa es capaz de derretirme por completo.
¡Cuánto tiempo ha pasado desde que me enamoré perdidamente de él! Aunque los años y las circunstancias nos separaron, mis sentimientos se mantienen arraigados en lo más profundo de mi ser.
—Acabas de mencionar la realidad de la mayoría de los millennials —dice con un tono de gracia.
Una camarera joven se acerca a nuestra mesa con entusiasmo, colocando las cervezas frente a nosotros. Nos asegura que estará disponible para atendernos en lo que necesitemos y nos informa que traerá la comida en breve. Le agradecemos con una sonrisa por su amabilidad.
—Hace mucho que dejé de meterme en la cocina para buscar por mi cuenta —me dice Marcos, captando de nuevo mi atención.
—Como si fuese nuestra propia casa.
—Tal cual. Nos quedábamos molestando incluso cuando ya no quedaba un solo cliente, y el viejo terminaba echándonos de aquí. ¿Lo recuerdas? —pregunta con una chispa traviesa en los ojos. Su voz, suave pero llena de energía, consigue arrastrarme de vuelta a esos momentos.
—Claro, más de una vez terminó llevándonos a casa. Don Hugo nos cuidaba como si fuéramos sus hijos… y vaya que tenía paciencia, porque éramos un verdadero dolor de cabeza.
—Éramos unos críos insoportables —dice, frunciendo las cejas con una expresión divertida y nostálgica.
Los recuerdos de nuestra adolescencia se dibujan en su rostro, recordándonos las locuras y errores que cometimos juntos. Y, para ser sinceros, más de uno todavía nos hace reír como si no hubiéramos aprendido nada.
—Por cierto, ¿llegaste bien anoche? —me pregunta de repente, cambiando de tema.
Su preocupación sincera me sorprende y siento una calidez en mi pecho al darme cuenta de que se interesa por mi bienestar.
—Sí…
—Como no tengo tu número, no pude llamarte para preguntarte —explica, poniendo su teléfono sobre la mesa y empujándolo hacia mí. Es un gesto sencillo, pero cargado de significado, una invitación silenciosa para que compartamos nuestros contactos y estemos más cerca el uno del otro.
Acepto su propuesta y tomo el teléfono en mis manos, marcando mi número con un toque de emoción contenida. Acto seguido, se lo devuelvo con una sonrisa, deseando en lo más profundo de mi ser que me llame, que busque cualquier excusa para mantener el contacto y seguir compartiendo momentos.
—Perdóname por la fiesta, Sofi.
—¿Por qué?
—No resultó como esperaba… —murmura, desviando la mirada hacia la cerveza. Puedo notar la frustración en su voz.
—Ah, las cosas que pasaron no fueron por tu culpa. Lo de Ricky, por ejemplo.
—No, no es por eso… No debí asumir que te sentirías cómoda en una fiesta así. Fue un error de mi parte.
—Tal vez lo haría una Sofía de una realidad paralela. Lo de anoche fue una verdadera locura, y que yo estuviera cómoda tampoco dependía de ti.
—En la cena… cuando nos reencontramos, noté que ni tú parecías reconocerte —dice con suavidad. La frase me golpea con fuerza, como quien te suelta una verdad incómoda pero inevitable.