Capítulo 17 #3
Aprieta los labios y fija sus ojos en las páginas desgastadas de mi libro. En otro momento de nuestras vidas, estoy segura de que me hubiera preguntado con picardía si me excitaba cuando leía, pero ahora el aire se siente cargado de una tensión que revela un pasado compartido y un futuro incierto.
—¿Vendrás así o prefieres cambiarte? —quiere saber con voz pausada, como si estuviera midiendo cada palabra.
—¿Ir a dónde?
Trato de captar las pistas en su mirada y gestos, pero no lo consigo.
—Me gustaría dar un paseo contigo, si es que no tienes nada mejor que hacer. Salvo que prefieras continuar leyendo… Si es así, te advierto desde ahora que tendrás que leer en voz alta para mí —propone por fin.
—Pero…
Levanto un hombro y niego con todo mi cuerpo al mismo tiempo.
No estaba preparada para luchar entre la resistencia y la curiosidad.
No sé qué se le ha metido a Marcos en la cabeza.
Tal vez perdió la memoria y la recuperó cuando regresé a la costa.
¿De repente recuerda que fuimos amigos? ¿O hay algo más, algo que ha permanecido latente en su corazón y solo ahora se atreve a asomarse?
—¡Oh, vamos, Sofi! ¿Soy tan mala compañía?
Sus palabras, cargadas de nostalgia y anhelo, perforan mi armadura emocional. Después de una pausa, respondo:
—Bueno… Está bien. Dame un minuto, voy a cambiarme.
Una leve sonrisa aparece en sus labios mientras me sigue con la mirada hacia la habitación de al lado.
Con el calor sofocante de la noche, elijo ponerme un jumpsuit floral que me da frescura y algo de color.
Me recojo el cabello húmedo de manera sencilla y me pongo unas sandalias sin tacón.
Antes de salir, tomo el bolso más pequeño que tengo, solo con lo esencial: dinero en efectivo y mi inseparable teléfono, listo para cualquier eventualidad.
Al salir, me encuentro con Marcos esperándome en la entrada.
Sus ojos se deslizan por todo mi atuendo, capturando cada detalle.
Aunque trato de no darle demasiada importancia, no puedo evitar sentir una ligera coquetería en el aire.
Hay algo curioso en todo esto: se siente familiar, pero al mismo tiempo distinto.
Y aun así, prefiero no etiquetarlo como cita; suena demasiado formal para lo que realmente es.
—¡Estoy lista!
—¡Vaya! Ya perdí la cuenta de las veces que me tocó esperarte. —Frunce las cejas, como si se le hubiera escapado sin querer.
—¿A qué te refieres?
—Oh, nada. Tonterías mías —susurra, casi esquivando la pregunta. Después se aclara la garganta y sube el tono—: ¡Vamos, vamos en coche!
Me abre la puerta del acompañante con una cortesía que me toma por sorpresa. Mientras me acomodo, me invade una mezcla de entusiasmo y curiosidad. Aunque es cierto que hay algo familiar en todo esto, esta invitación trae consigo una chispa distinta, una expectativa que no puedo ignorar.
Marcos arranca con suavidad, llenando el espacio del coche con el ronroneo del motor. Me siento un tanto desorientada, sin saber dónde colocar mis manos o qué pensar acerca del significado de este encuentro. Las palabras me esquivan, incapaces de hallar un camino adecuado.
—Se parece a los coches que he visto en Instagram. Es bonito —suelto, tratando de romper el incómodo silencio que amenaza con envolvernos.
Marcos me mira con una expresión llena de interrogantes, levantando una ceja en señal de sorpresa. Una carcajada escapa de sus labios, rompiendo la tensión en el ambiente.
—Este es el momento en el que iniciaremos una aburrida conversación sobre el clima, ¿no? —se burla. Supongo que él también ha captado la torpeza de mis palabras.
—Ay, lo sé… Soy pésima para sacar un tema de conversación.
—Podemos hacerlo mejor. A ver… Dijiste que fuiste a visitar a Dan. Hablemos de eso. ¿Cómo estuvo? Oh, por cierto, ¡ya conociste a Noah!
Asiento con entusiasmo y comienzo a relatarle los detalles de mi día, desde el principio hasta nuestro encuentro.
Marcos me escucha con atención, asintiendo y haciendo comentarios oportunos que me animan a seguir compartiendo.
Me sumerjo en la charla, reviviendo cada momento y permitiendo que mi entusiasmo se transmita sin filtro.
Después de acabar mi humilde parte, le pido que comparta conmigo cómo ha sido su día, y él lo hace con naturalidad.
Poco a poco vamos encontrando una mejor dinámica, abriéndonos más y logrando que la conversación fluya con facilidad.
Mientras avanzamos por las calles sin un destino preciso, siento que estamos flotando en un mar de posibilidades.
Marcos maneja con una soltura envidiable, pero no puedo evitar preguntarme si este paseo sin rumbo es intencional.
Me señala lugares que desconozco, espacios que han evolucionado con los años o que han desaparecido por completo.
—¡Vaya! Han cambiado tantas cosas —exclamo mientras estaciona.
Sus ojos brillan de complicidad cuando se gira hacia mí.
—Así es, aunque… este lugar no ha cambiado tanto —responde, observando a través de mi ventana.
Sigo su mirada y me encuentro con un enorme cartel de neón que brilla en la fachada, iluminando el entorno con destellos vibrantes.
—¡Oveja Negra!
Me doy cuenta de dónde estamos. Cuando era más joven, Oveja Negra no tenía fama de ser un bar sofisticado ni concurrido.
Mis padres nunca estuvieron de acuerdo con que lo frecuentara y hasta despreciaban a mis amigos por pasar tiempo aquí.
Pero ellos no entendían la magia que Oveja Negra encerraba, la alegría que se respiraba en cada rincón y la lealtad de su clientela.
Era un ambiente familiar y libre que mis padres no lograron comprender.
—¿Quieres entrar? —propone.
—¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Por supuesto!
Mientras nos acercamos a la entrada, una ola de emociones me inunda. El corazón me late con fuerza, anticipando el reencuentro con un lugar que albergó tantas risas y confidencias. Oveja Negra siempre fue un refugio, nuestro escape.
Marcos se ubica en una mesa para dos personas, debajo de una enorme sombrilla de paja, iluminada por luces suaves y parpadeantes que cuelgan con delicadeza.
La brisa nocturna acaricia mi piel mientras nos sentamos en este rincón al aire libre.
A nuestro alrededor, el murmullo de las conversaciones se mezcla con la música tranquila que llena el ambiente.
—Tienes razón. Aquí todo sigue igual —digo, mirando alrededor y apoyando los codos sobre la madera gastada por el tiempo.
—Sí, doña Irupé y don Hugo se han encargado de mantener su esencia y su cosa especial… —responde, como si estuviéramos compartiendo un secreto.
—Su cosa especial —repito con una risa suave, dejándome llevar.
Se forma entre nosotros una mirada cómplice que trae a la memoria los instantes que hemos vivido aquí. No podemos evitarlo, la calidez de esos recuerdos nos acompaña mientras nos dejamos envolver por la noche, con su mezcla de luces, sonidos y esa energía que hace que todo se sienta especial.
—¿Están aquí? —quiero saber, pensando en doña Irupé y don Hugo, con sus caras llenas de arrugas y esas sonrisas que siempre inspiran confianza.
—Seguro que sí. Esos viejos son unos cabezotas, se niegan a retirarse del negocio.
Anticipando el reencuentro, me animo a soltar mis cargas.
—¡Iré a verlos!
—De acuerdo, te espero aquí. No te demores, muero de hambre —dice con una risa contagiosa.
—Aún te quejas mucho, ¿eh? —me burlo—. Bueno, traeré la comida. ¿Papas…?
—Fritas —responde, completando mi frase—. Y el infaltable queso cheddar y el bendito tocino, por supuesto.
Le dedico una sonrisa llena de gratitud. Luego mis pasos me llevan al interior del bar, dejando que la noche me envuelva con sus promesas de reencuentros inolvidables.
—¡Sofi, hija mía! —exclama la inconfundible voz de doña Itatí.
La encuentro pasando un trapo sobre una antigua mesa de madera cerca de la barra, dedicando su esfuerzo en mantener el lugar impecable. Siento una oleada de nostalgia y cariño al abrazarla, percibiendo el aroma familiar de la colonia que siempre lleva consigo.
—¡Hola de nuevo! —exclamo, encantada de verla.
Ella se detiene por un momento, sosteniendo el trapo en el aire, mientras me observa con sorpresa y felicidad en su rostro envejecido.
—No esperaba verte aquí, niña.
—¿Te olvidas de que Oveja Negra era mi bar preferido? Pues a mí no me sorprende encontrarte, doña Itatí.
Sonríe, revelando su dentadura y el brillo de complicidad en sus ojos cansados.
—¿Será porque fui yo quien te enseñó este lugar? —dice con orgullo y nostalgia.
—¡Es verdad! Eso sí que lo había olvidado.
—¡Irupé, ven aquí! —grita doña Itatí hacia la cocina—. ¡Mira quién nos visita hoy!
La pequeña figura encorvada de doña Irupé emerge, sosteniendo un plato en sus manos. Su rostro arrugado y amable se ilumina al verme.
—¡Pero si es la desaparecida! —exclama ella, refiriéndose a mí con su peculiar sentido del humor. Su voz suena suave y melodiosa, como si llevara consigo el eco de todos los años que han pasado juntas.
Aunque tenemos la misma altura, cuando me abraza siento que su presencia me envuelve y me hace sentir pequeña y protegida. El contacto de su piel, marcada por los años, transmite una calidez y un cariño que no se desgastan.
—¡Tanto tiempo! Qué lindo es estar de regreso. ¿Cómo estás? —le digo emocionada por volver a encontrarnos después de tanto tiempo.
Sus ojos oscuros y llenos de vida me observan con ternura.
—¡Ay, mija! No sabes cómo esperaba tu visita cuando Itatí me dijo que apareciste de sorpresa en su tienda. ¡Te ves tan guapa! —dice, pasando una mano sobre mi espalda, transmitiendo su cariño.