Volver a mí Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Te entiendo. Puedes contar conmigo y con Dan para lo que necesites.

Sus simples palabras me llenan de fuerza.

—Gracias. Deberías ir a verlo a la cocina, quiero imaginarme que tiene todo bajo control —le sugiero, intentando generar un ambiente más relajado y distendido.

Esta vez se ríe con alegría y se dirige hacia la cocina para unirse a su esposo. Observo su figura desaparecer por el pasillo con una sonrisa tan amplia que me hace doler el rostro.

—Sofi, ya verás… ¡Te voy a sorprender! —grita él desde la cocina, llenando el aire con entusiasmo y expectativa.

Las horas pasan con rapidez mientras disfruto de la compañía de Noah.

Su risa contagiosa llena la sala. No puedo evitar que los recuerdos de Brune cuando era bebé invadan mi mente.

Cada imagen y sonido evoca un torrente de amor por mi hija, mi mayor tesoro.

Cierro los ojos por un instante y puedo visualizar su rostro iluminado por una sonrisa traviesa y sus manitas regordetas explorando el mundo.

Por suerte, desde que llegué a la casa de esta hermosa familia, mi hija me ha sorprendido con dos llamadas colmadas de emoción y entusiasmo.

Cada vez que escucho su voz radiante al otro lado del teléfono, mi corazón se llena de puro amor.

Además de las llamadas, Brune también se ha asegurado de mantenerme cerca a través de mensajes y fotos.

Cada imagen que recibo de ella me transporta a su mundo.

A pesar de todo, todavía no he tenido la oportunidad de hablar con Néstor, pero me sorprende que Brune lo mencione con naturalidad. Me reconforta saber que ella no está condicionada por ningún conflicto o tensión, y que puede disfrutar de su relación con ambos de manera genuina.

—¡Oye, me encanta! —exclamo, deleitándome con cada bocado del sabroso pollo cubierto en salsa agridulce—. ¿Hay algo que no sepas hacer?

Dan, con una sonrisa cómplice, responde:

—Recordé lo mucho que odias el pescado.

Mi rostro se tensa.

—Oh, no me digas que tenías planeado preparar un pescado…

—Sí, era la idea inicial.

Sus palabras desatan una risa contagiosa en ambos, como si compartiéramos un secreto divertido. Ana, que nos ha estado observando con cariño, se une a la conversación con un brillo de orgullo en sus ojos.

—Pero ya sabes que Dan prefiere tener bajo la manga un plan B y C.

Le doy la razón y aprovecho el momento para indagar sobre el empleo de Ana, buscando conocer más acerca de su vida. Me cuenta que tiene la intención de regresar al trabajo, aunque con una carga horaria más reducida. La razón es clara: no quiere pasar demasiado tiempo alejada de Noah.

Su mirada hacia Dan irradia complicidad y apoyo, una muestra evidente de una pareja que se sostiene en cada paso.

En lo más profundo de mi ser, anhelo que Néstor haya sido así…

Cuando le mencionaba mi deseo de encontrar un empleo que me hiciera feliz, él respondía con un desdén disfrazado de realidad: «Hay cosas peores, no te quejes».

Jamás comprendió mi necesidad de buscar la plenitud y perseguir mis sueños.

Esas palabras suyas me enseñaron a cerrar la boca, a silenciar mis anhelos para evitar enfrentar la triste verdad de que él nunca tomaría mi mano en ese camino.

—¿Por qué no te desconectas del trabajo? —se quejaba en mis momentos de desvelo—. Vas, haces lo que debes y, cuando termina la jornada, lo olvidas por completo.

Estos últimos días, he logrado mantener un ritmo de sueño más regular, ya no temo quedarme dormida y llegar tarde al trabajo.

Ojalá Néstor lo notara… Me hubiera gustado que fuera más amable, que me animara a alcanzar mi mejor versión.

Pero él se conformaba con tan poco, sin ambiciones, sin entender el significado de la palabra «motivación».

Aceptar que no éramos compatibles y que no lo seríamos nunca fue un duro golpe; pero igualmente permanecí a su lado, tratando de convencerme de que él tenía razón, aunque en el fondo sabía que no era así.

Después de la cena, me ofrecí a ayudar a Ana a lavar los trastos sucios mientras compartíamos risas y anécdotas viejas y recientes. El sonido del agua corriendo y las voces llenaban la cocina, creando una atmósfera familiar que me hubiera gustado tener.

Una vez que terminamos de lavar, llegó el momento de despedirme.

Aunque Daniel se ofreció a llevarme en coche, sentí una inquietud dentro de mí, una necesidad de conectar con la noche y disfrutar del paisaje.

Quería saborear cada paso y deleitarme con la hermosa vista al mar.

Les agradecí por ser tan dulces conmigo, y me repitieron que podía contar con ellos.

Jamás me voy a quejar de recibir amor de esta forma.

Acabo de llegar a la casa de Juli y me sorprende no encontrarla.

Le envío un mensaje de texto para preguntarle dónde está, pero no recibo respuesta.

Supongo que quiere disfrutar de su tiempo en privado, inmersa en lo que sea que esté haciendo.

Decido tomar una ducha para refrescarme después de la caminata, permitiendo que el agua fría caiga sobre mi cuerpo, liberando la tensión acumulada.

Una vez fuera de la ducha, me dirijo a la sala y me siento frente al ordenador.

Dedico un tiempo a responder los comentarios entusiastas que los lectores han dejado en Wattpad, compartiendo mi gratitud por su apoyo y disculpándome por la falta de avance en la novela.

También aprovecho para informarles que estoy de vacaciones, disfrutando de un merecido descanso.

Después de terminar mis tareas en línea, busco un rincón cómodo para perderme en un libro que me tiene atrapada.

Las palabras parecen saltar de la página y me llevan directo a mundos llenos de fantasía y emociones intensas.

Para darle más ambiente, pongo una melodía suave, con el volumen tan bajo que acompaña sin robarle protagonismo a la historia.

Estoy metida de lleno en la lectura, ya voy por el décimo capítulo cuando de repente alguien toca la puerta y me saca de golpe de la historia.

Deposito el libro con delicadeza a un lado, permitiendo que mi curiosidad me guíe hacia la entrada de la casa.

Al abrir la puerta, mi corazón se agita cuando me encuentro con la figura relajada de Marcos de pie frente a mí.

—Pensé que me harías esperar como en los viejos tiempos.

Apenas consigo articular palabra, sintiéndome descolocada. Mis gafas resbalan por mi nariz y las sujeto con cuidado contra mi pecho, tratando de recomponerme.

—Hola —consigo decir, permitiendo que mi mirada se deslice sobre su persona—. Juli no está aquí…

Sus ojos escrutan mi apariencia, y siento un leve atisbo de autocrítica al darme cuenta de que no esperaba a nadie y que mi atuendo casual no es el más favorecedor. Llevo puesto un cómodo pantalón de chándal y una camiseta que me llega hasta las rodillas, tan grande que parece abrazarme.

Me encuentro tan cerca de él que retrocedo por instinto, apoyándome contra la pared y arqueando el cuello con la idea de mantener contacto visual.

Es Marcos quien cierra la puerta, avanzando con pasos pausados por el pasillo hacia la sala.

Sacudo la cabeza despejando cualquier pensamiento, y lo sigo por detrás.

—No le llegan mis mensajes —le explico—. Así que no sé a qué hora volverá…

Se acomoda en el sofá, sosteniendo el libro que estaba leyendo entre sus manos. Con un gesto despreocupado, escanea la portada, como si tratara de descifrar un enigma.

—Bueno, intentaré llamarla —digo, cediendo ante la incertidumbre que me invade.

Una mezcla de curiosidad y ligera ironía se dibuja en su rostro cuando murmura:

—¿Romance? No me extraña…

Elijo no darle importancia a lo que dijo y me concentro en encontrar cómo resolver esta situación. Busco el teléfono y llamo a Julieta, pero lo único que escucho es el buzón de voz.

—Tiene el teléfono apagado —informo, algo frustrada—. Estuve visitando a Dan y regresé hace poco, por eso no sé a dónde ha ido…

Me observa con atención, sosteniendo todavía mi libro.

—¿Y piensas pasar la noche leyendo porno?

Su sonrisa juguetona y la sorpresa me hacen entrecerrar los ojos antes de replicar:

—¡Maldita sea, que no es pornografía!

Disfrutando de mi reacción, sacude el libro frente a mí.

—Bueno, acabo de leer dos líneas bastante… ¿Cómo decirlo? ¡Muy explícitas! —se burla.

Yo aparto la mirada hacia la portada, deteniéndome en los colores y en las letras en relieve, como si necesitara concentrarme en cualquier detalle que no sea él.

—Es cierto que tiene momentos calientes, pero es una historia romántica —explico—. Supongo que no sabías que esas dos palabras pueden ir de la mano.

Su sonrisa traviesa se hace más grande y sus ojos brillan con complicidad.

—¡Tus mejillas están tan rojas como dos manzanas gigantes, Sofi! —comenta, divertido—. Y, aunque pueda parecer un idiota a veces, en el fondo soy así: caliente y romántico.

Me quedo en silencio, incapaz de encontrar una respuesta a la altura de su comentario. Mis mejillas arden con intensidad, delatando mi nerviosismo.

—Intentaré llamarla de nuevo…

—¿A quién? —pregunta, ladeando la cabeza.

—Pues a Julieta. ¿A quién más?

Con mi mayor esfuerzo, tomo mi desesperación y la escondo en los rincones más profundos por no saber cómo encajar en esta situación.

Él se endereza, apoyando toda su espalda contra el respaldo del sofá.

—¿Para qué? —quiere saber, con una ceja arqueada y una mirada de desconcierto que me hace dudar.

Hago una mueca, tratando de enmascarar mi ansiedad, y le respondo con otra pregunta:

—¿Entonces piensas esperarla aquí hasta que ella regrese?

Suspira como si se hubiera rendido.

—Creo que no lo entiendes. No he venido a ver a Julieta. Estoy aquí para verte a ti, Sofi.

Hago un silencio con un dejo de vulnerabilidad ante su voz cargada de emociones difíciles de descifrar.

—¿Por qué?