Volver a mí Capítulo 17
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Capítulo 17

—¡Bienvenida a nuestra casa, tía Sofi! —exclama Dan, irradiando alegría y emoción al recibirme en su hogar.

Su pequeño hijo se encuentra en sus brazos, y sus ojos brillan con curiosidad mientras observa el nuevo rostro frente a él.

—¡Ay, me muero de amor! Hola, Noah. ¿Cómo estás?

Extiendo mis brazos hacia el bebé, invitándolo a acercarse. Él duda por un momento antes de parpadear encantado, desplegando una enorme sonrisa y aceptando con entusiasmo.

—Tienes un hijo precioso, Dan —digo asombrada por la dulzura y la ternura que emana de este pequeño ser.

—Gracias… Ven, pasa. Me encantaría mostrarte la casa, pero antes vamos a disfrutar de algo rico —dice, guiándome hacia el interior de su hogar.

—He traído una tarta de manzana —informo con una pizca de orgullo.

—No deberías haberte molestado…

—La hice yo misma. Espero que te guste… ¡Qué bonita casa tienes!

La residencia de Dan se encuentra ubicada en un lugar apartado, rodeada de naturaleza exuberante y alejada del bullicio del centro de la ciudad.

A pesar de su simplicidad, la casa emana una elegancia moderna y acogedora.

El orden y la limpieza reinan en cada rincón, creando una sensación de armonía y serenidad.

—Ana se encargó del diseño interior.

—¡Tiene muy buen gusto!

—Menos mal que no me metí en ese asunto, porque la casa tendría solo lo básico.

Le sonrío, tomando asiento en la amplia cocina.

La suave luz natural se filtra a través de las cortinas, iluminando el espacio.

Daniel empieza a preparar batidos de leche con frutas sin preguntarme, como si supiera exactamente lo que quiero.

A veces pienso que tiene algo de vidente, aunque quizá sea simplemente que nos conocemos tan bien que ya no hay sorpresas.

Aprovecho el momento y saco de mi bolso el juguete que traje para Noah. Se lo doy con entusiasmo. Se trata de una llamativa pelota con múltiples piezas encajables de diferentes formas y colores, un regalo pensado para estimular su curiosidad y desarrollo.

—¿Ves esta, Noah? Va aquí…

El bebé me observa con ojos brillantes, cautivado. Intuye su propósito y, con emoción, intenta encajar las piezas por sí mismo. Su padre se acerca con una gran sonrisa y se ubica frente a nosotros, dejando el batido listo sobre la mesa.

—Gracias —susurra.

—¡Le gustó! —Dan asiente con una sonrisa, los ojos le brillan mientras mira a su hijo, cautivado por la forma en que crece—. ¡Muy bien, Noah! Así se hace… Por cierto, ¿Ana?

Me fijo en la cuidada decoración de la cocina, con detalles que reflejan el buen gusto y la atención meticulosa de su esposa. Cada objeto parece estar en el lugar perfecto.

—Aprovechó para juntarse con sus hermanas. Se fue temprano, volverá más tarde… —me informa, manteniendo su atención dividida entre Noah y nuestra conversación.

—Ya veo… Entonces, ¿estás encargado de la cena?

Asiente con una sonrisa juguetona, asumiendo el papel de chef improvisado. La luz resalta los rasgos de su rostro, mostrando una expresión relajada y confiada. La energía positiva y el amor se respiran en el aire.

—¿Me ayudarás? —me desafía.

—¡Por supuesto! Cuidaré de Noah mientras tú preparas algo rico. —Le guiño un ojo, contagiada por su buena vibra.

—¡Mala! —exclama entre risas—. ¿Qué tal estuvo la fiesta?

—Oh, ya tuviste que arruinar la merienda… —bromeo.

—¿Por qué?

—Bueno, digamos que me siento vieja para divertirme como si fuera aún una adolescente. Y, además, no dejé de pensar en Brune.

Aunque estoy rodeada de amor y felicidad en este momento, todo mi ser anhela la presencia de mi hija y siento mucho su falta.

Julieta regresó exhausta después de una noche de desenfreno que se extendió hasta el amanecer. Se dejó caer en la cama a mi lado, mientras yo me levantaba decidida a comenzar el día. El sol se asomaba por la ventana, iluminando la habitación con su suave luz matutina.

Fui a la cocina y me puse a preparar la tarta de manzana. El aroma dulce de la fruta fresca llenaba el ambiente, mezclándose con el olor a café recién hecho. Con cuidado, coloqué los ingredientes sobre la encimera, disfrutando de la sensación de crear algo con mis propias manos.

Poco después, dejé una nota para Juli, recordándole que saldría a dar un paseo y que la encontraría a mi regreso. Quería aprovechar la tranquilidad de la mañana con la intención de disfrutar de un momento de soledad.

Durante mi caminata, llamé a mi pequeña.

Su vocecita cálida trajo consigo una sensación de paz.

Después de despedirme de Brune, llamé a Ramona.

Quería asegurarme de que en casa todo estuviera bien y que Cleo siguiera recibiendo el cariño y la atención de siempre.

Al escucharla, su voz me transmitió calma y confianza, confirmando que podía estar tranquila.

Luego decidí hacer una breve parada en el camino y visité a doña Itatí. La ayudé a abrir su tienda, compartiendo historias y risas, mientras el tiempo parecía detenerse.

El hambre comenzó a hacerse presente, así que decidí tomarme una pausa en un café cercano para disfrutar de un sándwich.

Me ubiqué junto a una ventana que daba al mar, dejando que la vista infinita de las aguas azules y el sonido relajante de las olas me transportaran a un estado de calma, donde me inspiré tanto que tuve que apuntar las ideas que me surgieron sobre la historia de mi novela en una libreta.

Finalmente, llegué a la casa de Daniel, cumpliendo nuestra cita.

Aunque la noche anterior no resultó como esperaba, hoy me siento mucho mejor.

—Es que estás creando tu nueva versión —afirma.

—¿A qué te refieres?

Dan se toma un momento antes de responder, sopesando cada palabra.

—Quiero decir que estás pasando por una etapa de cambio, amiga.

Estás descubriendo quién eres más allá de las versiones anteriores de ti misma.

No puedes quedarte en la adolescente que fuiste ni en la mujer que eras con Néstor.

Eso ya quedó atrás. Ahora estás empezando a abrir camino hacia una nueva Sofi.

Sus palabras se abren paso en mi mente y empiezo a comprender su perspectiva. Me doy cuenta de que estoy en un viaje interno, tratando de descubrir quién soy ahora, de reconstruirme desde los escombros de mi pasado.

—Creo que empiezo a entender lo que quieres decir. Tienes razón.

Daniel muestra una mezcla de preocupación y cariño en su rostro mientras continuamos la conversación.

Me brinda un espacio seguro para compartir mis pensamientos y emociones, y me anima a abrirme sin miedo.

Le cuento sobre mi decisión de separarme de Néstor y el torbellino que me ha acompañado desde entonces.

Hablo de mis dudas y miedos, de la sensación de incompetencia que me embarga.

Dan escucha, ofreciéndome su apoyo incondicional.

—No estás sola en esto. Puedes contar conmigo en todo lo que necesites. Y Brune también estará bien, lo sé —me asegura.

Siento un destello de esperanza en medio de la oscuridad que me envuelve. Me permito creer que tal vez no esté tan perdida como pensaba, que hay un camino…

Sin embargo, a medida que hablo, los pensamientos oscuros acechan en las profundidades de mi mente.

Me preocupa la idea de los días que me separan del regreso y enfrentar la realidad sin el apoyo que antes tenía.

La incertidumbre de no saber dónde pasaré las noches una vez que vuelva a la ciudad se cierne sobre mí como una nube sombría.

Estos pensamientos dolorosos los mantengo ocultos, temo darles voz y hacerlos más reales.

En silencio, imagino el reencuentro con Brune.

La visualizo llena de abrazos y besos, tratando de transmitirle todo el amor y la seguridad que necesita.

Pero también visualizo el encuentro inevitable con Néstor, enfrentando la realidad de nuestra separación.

La idea de pedirle perdón, de suplicar una segunda oportunidad, se mezcla con el temor de no poder amar de nuevo.

El simple acto de empacar mis pertenencias, de dividir los bienes en común, se convierte en una tarea desgarradora.

La idea de dejar esa casa y cerrar la puerta sin saber qué habrá del otro lado me hace sentir un poco desamparada. Tener que hacerme cargo de mi vida y bancarme las consecuencias de lo que elijo me pesa más de lo que quisiera.

En medio de esta tormenta interna, una idea se presenta como una frágil salvación: solo esperar.

Tal vez pueda postergar mi decisión hasta que Brune sea mayor de edad, cuando haya pasado más tiempo y las cosas se aclaren.

Ocho años no son nada… Sin embargo, al considerar esta posibilidad, siento un nudo en el estómago.

No sé si seré capaz de soportar hasta entonces al lado de alguien que ya no me hace sentir amada ni deseada.

La idea de perder mi propia cordura como vía de escape es una opción más tentadora.

El miedo, la duda y la angustia me envuelven. La incertidumbre se cierne sobre mí, amenazando con aplastar cualquier atisbo de esperanza. Pero, por ahora, mantengo cada una de estas preocupaciones en silencio, ocultas bajo una fachada de fortaleza.

—¡Hola a todos! Ya estoy en casa —saluda Ana con una sonrisa gigante, acercándose al espacio de bebé ubicado en la sala, donde Noah juega.

Todo a mi alrededor se llena de alegría y emoción al verla. Espero con paciencia que Ana termine de besar y abrazar a Noah antes de ponerme de pie.

—Sofi, ¡qué lindo verte! —exclama, extendiendo los brazos hacia mí. Nos estrechamos con cariño, como si el tiempo no hubiera pasado desde la última vez que nos vimos.

—¡Es una alegría estar aquí!

Me mira con atención, percibiendo la complejidad de mis emociones. Aun así, siento que su presencia ilumina mi estado de ánimo.

—¿Cómo estás? —quiere saber con una chispa de preocupación en sus ojos. Es evidente que está al tanto de que mi vida ha dado un giro importante.

—Imagino que Dan algo te habrá contado… —Ella asiente moviendo la cabeza—. Parece que a veces subo y que otras me hundo en lo más profundo.

La mano cálida de Ana se posa sobre mi hombro transmitiendo su apoyo incondicional.