Capítulo 16 #2
Julieta acomoda cada movimiento para que Andrés no pueda perderse ni uno.
Él sigue en su lugar, tranquilo, pero ella claramente quiere que la mire.
La música continúa sonando, y ya veo hacia dónde va todo esto: inevitablemente van a terminar juntos esta noche.
Mientras tanto, me voy preparando para quedar en segundo plano, como la amiga que observa cómo se arma el romance en vivo.
Sin embargo, no quiero pensar en eso. Decido desviar mi atención hacia Marcos, que se encuentra inmerso en una animada conversación con una muchacha guapa.
Recuerdo momentos pasados, cuando la conexión era intensa y nuestras fantasías se entrelazaban en un juego de seducción.
En otra época, habría estado sentada en su regazo, compartiendo pequeños trozos de fruta o hielo con la boca, sintiendo su aliento cálido rozar mi piel y sus manos rodeando mi cintura mientras tejíamos promesas ardientes sobre lo que podríamos hacer en la intimidad.
Pero esos momentos quedaron atrás, atrapados en las oportunidades que no aprovechamos.
Ahora, es imposible que simplemente suceda…
—Voy al baño —susurra Juli en mi oído.
No puedo evitar rodar los ojos en respuesta.
—¿Vamos juntas?
Ella suelta una risita traviesa, que revela su predisposición a aventuras y travesuras.
—No te preocupes, estaré de vuelta enseguida —promete, aunque mi experiencia me hace dudar de su sentido del tiempo.
Decido alejarme de la multitud y buscar un rincón apartado en una tumbona. La música vibrante y el bullicio de la fiesta me abruman, y una pequeña pausa se vuelve necesaria para encontrar mi propio equilibrio.
Por suerte, preví esta situación y compré cigarros antes de venir. No suelo fumar con frecuencia. Después de dejarlo durante mi embarazo, retomé el hábito solo en ocasiones muy específicas. Utilizo la excusa de fumar para escapar de situaciones que me resultan incómodas y tomar un respiro.
El paquete de cigarros descansa en mi mano, arrugado, esperando ser abierto. Me acomodo en la tumbona y llevo el primero a mis labios, sintiendo el sabor amargo del humo mientras inhalo. Una bocanada de nicotina se mezcla con mis pensamientos, creando una sensación momentánea de alivio.
Distraída, miro mi teléfono y noto que destaca un mensaje sin leer.
Daniel, 01:01 am
¡Oh, Sofi! No me apetece ir, estoy demasiado agotado. De hecho, debería estar durmiendo, pero tengo trabajo que terminar. Odio los lunes, bueno… ya es martes.
Sofía, 01:51 am
No te preocupes, te entiendo. De todas formas, no te estás perdiendo de nada. Creo que me retiraré en breve.
Daniel, 01:54 am
¿Quieres venir a casa por la tarde? Podríamos merendar juntos.
No tengo ni que pensarlo, le respondo de inmediato.
Sofía, 01:56 am
¡Por supuesto que sí! Nos vemos entonces, ve a descansar.
—¿Sofi?
Levanto la mirada de la pantalla de mi teléfono y me encuentro con alguien cuya figura me resulta familiar. Sus ojos chispeantes y la sonrisa que se dibuja en su rostro revelan cierta emoción.
—¡Sí, eres tú! ¿Qué tal, preciosa? ¡Tanto tiempo!
—¿Hola? —respondo con confusión.
—¿Te has olvidado de mí? —pregunta como si fuera una broma compartida entre nosotros.
—Es que… —comienzo a decir, pero él estalla en risas.
—¡No te preocupes! He cambiado mucho desde la última vez que nos vimos. ¡Soy Ricky!
Resisto a la tentación de poner los ojos en blanco. ¿Cómo no me había dado cuenta? Era el único compañero del instituto que siempre trataba de llamar la atención y que llegó a hacerme sentir fatal por su forma de ser. Un imbécil con todas las letras.
Espero dejarle en claro de forma sutil que no tengo ganas de entablar una conversación en este momento, mucho menos con él. Deslizo mi dedo por la pantalla de mi teléfono, buscando cualquier cosa que me distraiga y me permita ignorarlo sin tener que enfrentar su presencia.
—¿Estás sola?
Muevo la cabeza en señal de negación, evitando mirarlo. Mi expresión es neutra, no muestro ni un ápice de entusiasmo o curiosidad por su reaparición en mi vida.
—Tú también has cambiado mucho —comenta, tratando de encontrar algún punto de conexión.
Yo levanto un hombro, sin darle demasiada importancia. Su comentario sobre el cambio me suena tan revelador como anunciar que el agua moja.
Sigo desplazándome por mi feed de Facebook, como si las noticias en la pantalla fueran más interesantes que nuestra conversación.
—¿No nos seguimos en redes? Creo que nunca aceptaste mi solicitud de amistad… —añade con un tono de reproche.
—Ah, puede ser.
¿De qué manera le dejaré en claro que no estoy interesada en revivir el pasado y que su insistencia no será suficiente para despertar mi simpatía?
Se hace un incómodo silencio antes de que Ricky rompa el hielo:
—¿Aún te juntas con ellos?
Respiro hondo, tratando de disipar la incomodidad. Me encuentro en una encrucijada, debatiendo si debo responder o ignorarlo y seguir adelante.
—¿Te refieres a mis amigos? Pues sí. De hecho, vine a esta fiesta con Julieta.
Ricky frunce el ceño, sus ojos escanean el lugar en busca de mi amiga.
—No la veo por ningún lado. ¡Ah, sí! Ahí está… —Extiende un dedo hacia donde se encuentra Julieta, que está envuelta en un embrujo de Andrés.
Observo la complicidad entre ellos, una extraña fuerza magnética que parece atraerlos cada vez más.
—Bueno, es evidente que se divierten. ¿Te gustaría compartir un trago conmigo? —El tono de Ricky cambia de repente, tratando de acercarse con una supuesta propuesta inocente.
—No, gracias.
Ricky, desconcertado por el rechazo, parece hacer cálculos mentales como si estuviera resolviendo un acertijo imposible, cuando en realidad mi respuesta ha sido clara y directa.
—Te ves muy sola, Sofi. ¿Qué te parece si vamos a bailar? —insiste.
Mi paciencia se desvanece y me pongo a la defensiva, consciente de sus intenciones ocultas.
—Lárgate, idiota —ordena Marcos de repente, tomando una posición protectora a mi lado.
Pero Ricky se niega a marcharse y trata de justificarse con una mezcla de arrogancia y resentimiento:
—¡Eh, viejo! Soy un invitado especial en esta fiesta. Mis padres son amigos cercanos de Andrés.
La paciencia de Marcos se agota y su tono se vuelve más firme, dejando en claro que su presencia no es bienvenida.
—¡Que te largues de una vez!
—¿Crees que tienes derecho a…? ¡Eres un imbécil! Vamos, Sofi… —insiste Ricky, buscando arrastrarme a su juego.
—¡No iré contigo! —me niego, rechazando cualquier intento de manipulación.
Marcos interviene otra vez, enfrentándose a Ricky y dejando en claro que su actitud es inaceptable.
—Estás molestando a Sofi, ¿no te das cuenta? ¡Vete de una vez!
—Ah, ya veo… Aunque pasen los años, sigue siendo tu propiedad, ¿no, Marquitos? Aprende a compartir, hombre…
La indignación y el enojo se apoderan de mí, y no puedo evitar levantar la voz para poner fin a su insolencia:
—¡Vete a la mierda!
Ricky me mira con desprecio, menospreciando y desvalorizando mi opinión por ser mujer.
—Las zorras como tú no opinan —escupe con asco, revelando su verdadera actitud machista y retrógrada.
Mis reacciones llegan tarde, como si todo se moviera en cámara lenta frente a mí.
Marcos, sacado de quicio, agarra a Ricky del cuello de la camisa y lo empuja directo a la piscina.
Me da gracia que Ricky chapotea como si estuviera en una clase de aquagym, mientras Marcos se queda en la orilla con cara de «misión cumplida».
—¡Mi smartphone, maldito idiota! —grita Ricky—. ¡Y mis zapatos caros! Los has arruinado por completo.
Las miradas alrededor se encienden con curiosidad, como si estuvieran esperando el gran show. Los ojos siguen cada movimiento, ansiosos por ver si esto termina en golpes o en algo peor.
—Ups, parece que te resbalaste, amigo… —dice Marcos, saboreando cada palabra con sarcasmo—. ¿Podrías ayudarlo, por favor? —añade, dirigiéndose al personal de seguridad, que duda un instante antes de acercarse a Ricky.
El ruido de la fiesta baja a un murmullo mientras lo sacan de la piscina entre varias manos que lo ayudan como si fuera un náufrago.
Entre insultos y amenazas que se pierden en el aire, la multitud decide que ya fue suficiente drama y vuelve a la celebración, como si nada hubiera pasado.
Por suerte, Andrés emerge de entre la maraña de invitados, tratando de calmar la situación y conduciendo a Ricky hacia el interior de la mansión, donde, con suerte, la tormenta se aplacará.
Todavía incrédula por la escena que acabo de presenciar, mi mirada se encuentra con la de Julieta, que me observa desde la distancia. Un estallido de risa escapa de sus labios y, con un gesto de aprobación, levanta el pulgar en señal de festejo.
—¿Estará bien? —Desvió la mirada hacia el lugar donde trasladaron a Ricky.
Marcos frunce el ceño ante mi pregunta, como si fuera algo absurdo.
—¿Encima te preocupas por él?
—¿No tendrás problemas? —insisto con cierta inquietud por lo que pueda pasar después de la confrontación.
Marcos baja la mirada hacia mis piernas y su barbilla se alza.
—Te vas a quemar —advierte con un tono grave, mientras sus ojos se clavan en el cigarro que aún sostengo entre mis dedos.
El tabaco se ha consumido casi en su totalidad, dejando un rastro de cenizas al borde de caer sobre mi regazo. Con un gesto decidido, inhalo una última bocanada de humo antes de apagarlo y deshacerme de él en un cenicero cercano.
—No sé si debiste hacer eso… —murmuro.
Suelta un suspiro y su mirada se vuelve intensa, reflejando la frustración y el resentimiento que ha acumulado durante años hacia Ricky.
—No te preocupes. Tenía muchas ganas de hacerlo… Ese hijo de puta… siempre se buscó problemas contigo.
Un escalofrío recorre mi espalda al recordar el largo historial de desencuentros entre Ricky y yo, y las innumerables veces que me acosó y me hizo sentir vulnerable.
Aun así, me nace cierta gratitud hacia Marcos, que apareció justo a tiempo para frenar sus intentos y ponerle un límite.
Supongo que no todos los héroes llevan capa… algunos solo tienen buen timing.