Capítulo 16
Recorremos un corto camino bordeado de exuberante vegetación hacia la lujosa mansión donde se está llevando a cabo la esperada fiesta. Se encuentra en una zona exclusiva de la ciudad, lo que le da un aire de distinción y la separa del resto de las casas vecinas.
Una vez que estacionamos el coche en el lugar designado, Julieta se toma un momento para admirarse en el espejo retrovisor, ajustando los últimos detalles de su apariencia.
—¿Vamos, Paris Hilton?
—No bromees… ¿Me veo bien? —responde con una mezcla de nerviosismo y emoción, incluso sus ojos brillan con anticipación.
—¡Eres una diosa! —Le sonrío, apreciando su elegancia—. No podrán apartar la mirada de ti.
—¡Tú también te ves estupenda!
Mi vestido, de corte holgado y largo, exhibe audaces tajos en los costados, mostrando la curva de mis piernas con sutileza.
La espalda descubierta añade un toque de sensualidad discreta, mientras que el cuello en forma de V realza mi feminidad.
Es una elección que no solo es cómoda, sino que también me infunde una confianza que hacía mucho tiempo no experimentaba.
Agradezco a Julieta por prestarme unos tacones que completan el conjunto a la perfección, agregando un toque sofisticado.
En cambio, ella ha optado por un vestido corto y deslumbrante que captura todas las miradas. Su elección reveladora, con un escote más profundo y lentejuelas plateadas que brillan con cada movimiento, resalta su figura escultural y destaca su personalidad.
Al descender del coche, mis ojos se encuentran con una animada multitud de personas que se congrega en diferentes estados dentro de la extensa propiedad.
La música vibrante flota en el aire, mezclándose con risas contagiosas y murmullos.
Las luces tenues iluminan el camino hacia la mansión, destacando la elegancia del entorno.
—¿Sueles asistir a menudo a este tipo de fiestas?
—No, porque me faltaba mi compañera de diversión asegurada.
—Creo que a ella se le fue la costumbre y está un poco oxidada —añado riendo por su ingeniosa respuesta.
Nos aproximamos al personal de seguridad, quienes nos dan la bienvenida con una amabilidad profesional y nos permiten ingresar tras abrir las pesadas puertas de hierro.
—Creo que hay cosas que quedan grabadas en nuestra memoria, So. Tu cuerpo no pudo olvidar cómo moverse —afirma en tono sugestivo, insinuando la promesa de una noche inolvidable.
—Vamos a ponerlo a prueba.
—¡Bien dicho! Este lugar es increíble, ¡vaya! —exclama, admirando el entorno con asombro y deleite, mientras nuestros pasos nos guían dentro de la propiedad.
El patio se despliega frente a nosotras, rodeando la imponente casa principal.
El césped verde y cuidado se extiende hasta donde alcanza la vista, mientras que exquisitos arreglos florales añaden destellos de color y fragancia a la escena.
En el centro del patio, la piscina reluce bajo la luz de las estrellas, invitando a los presentes a sumergirse y disfrutar de momentos de frescura y diversión.
A lo lejos, puedo divisar la casa de huéspedes, más pequeña pero encantadora, que promete ofrecer refugio y privacidad a aquellos que la elijan.
Mi mirada se eleva hacia la casa principal, donde el bullicio de la fiesta parece alcanzar su máximo esplendor.
El balcón se convierte en el epicentro de la música y la energía, donde el disc jockey mezcla sus melodías con maestría, creando una atmósfera hipnótica que atrae a los invitados hacia la pista de baile.
A través de los ventanales enormes veo cómo la gente se amontona dentro de la mansión, entregada a la música, bailando y levantando sus copas con entusiasmo.
Mis ojos se deslizan hacia la planta alta, donde una habitación iluminada con luces rojas llama la atención.
Me quedo mirando, con la boca seca, a una pareja que se pierde en una escena intensa e íntima, como si el resto de la fiesta hubiera dejado de existir.
—¡Empezamos fuerte! —comento con una sonrisa juguetona.
—Vino mucha gente que nos conoce —me dice mi amiga señalando con discreción.
Asiento y dejo que mi mirada recorra el bullicio a mi alrededor. Reconozco algunos rostros, aunque parecen más extraños que conocidos.
De pronto me cruzo con los ojos de Marcos, sentado a pocos metros junto a un hombre. Él desvía la mirada cuando su acompañante le dice algo, y los dos estallan en risas.
—¿Deberíamos ir a saludar? —sugiero.
—¡Claro que sí! Nos estaba esperando.
Mientras nos acercamos, una extraña sensación de liberación me invade.
Me doy cuenta de que en este lugar nadie se preocupará por cómo estoy vestida.
Podría llevar una palmera en la cabeza y pasaría desapercibida entre la multitud.
A mi alrededor, veo mujeres con el maquillaje corrido, otras disfrazadas de conejitas o de mucamas, e incluso algunas andan descalzas, disfrutando de la libertad de ser ellas mismas sin restricciones.
Me doy cuenta de que la apariencia no importa, y la idea equivocada que tenía de una fiesta formal se disuelve enseguida.
El ambiente está cargado de energía, y las ganas de soltarme y perder el control aparecen rápido, casi sin darme cuenta.
En nuestro trayecto muchas personas saludan a Juli, y ella responde con alegría y confianza, sin detenerse. Incluso escucho murmullos y menciones de mi nombre, dejando claro que mi presencia no ha pasado desapercibida.
Marcos se levanta con una elegancia innata, recortando la escasa distancia que nos separa, con determinación y confianza en cada paso que da. Su presencia magnética atrae todas las miradas.
—¿Dan no vendrá? —nos pregunta con una pizca de curiosidad en su voz, mientras sus ojos se deslizan entre nosotras en busca de respuestas.
Me doy cuenta de la extraña costumbre de Marcos de evitar saludar a la gente. Un gesto peculiar que solo intensifica su forma de ser.
—No sé —dice Juli, encogiéndose de hombros—. Todavía no tuve chance de hablar con él.
Sin pensarlo demasiado, saco el teléfono para enviarle un mensaje a Daniel, con la esperanza de que se sume a la fiesta y comparta el momento con nosotros.
—Voy a escribirle —anuncio, deslizando los dedos sobre la pantalla.
—¡Menuda fiesta! —exclama Juli, contagiada por el ambiente de euforia que impregna el lugar—. Han venido viejos compañeros del instituto, ¿te has fijado?
Observo a los invitados, muchos de ellos rodeados de una aureola de familiaridad que se despierta al reconocer sus rostros. En medio de la multitud, Marcos continúa destacando y atrayendo toda la atención.
—Un par… Ya sabes cómo es esto. Acompáñenme, las voy a presentar —invita con entusiasmo, guiándonos hacia unos sofás de elegancia discreta, que nos empujan a una relajada charla.
Al acercarnos, noto la mirada curiosa del hombre que hace un rato acompañaba a Marcos. Parece cargar consigo una jugosa experiencia. Se fija en nosotras con interés y expectativa.
—Ellas son mis invitadas —dice Marcos con orgullo en la mirada—. Sofía y Julieta, les presento a mi colega y dueño de esta casa, Andrés.
—¡Un placer conocerlas! —expresa con amabilidad y galantería, sus ojos brillan con una inteligencia magnética—. ¿Les apetece tomar asiento y compartir un trago junto a estos viejos amigos?
Al escuchar su voz seductora, mi piel se eriza y una chispa de emoción recorre mi espina dorsal. Lo reconozco de inmediato: es un famoso presentador a nivel nacional.
—¡Encantadas! —responde Juli, contagiada por la efervescencia del momento y la oportunidad de conocer a una persona influyente en el mundo del espectáculo.
Andrés, hipnotizado, no puede apartar su mirada de las seductoras piernas de Julieta mientras se acomoda frente a él. Es imposible que ella no lo haya notado. Parece a punto de devorarla.
Dos empleados vestidos con elegantes trajes se acercan, llevando bandejas con copas de champán y piezas de sushi, que depositan con cuidado sobre una pequeña mesa.
Intercambiamos palabras con Andrés, aunque en el fondo no tengo ningún interés real en conocerlo.
Fingiendo seguir el juego, mi mente se escapa hacia cualquier otro lugar, deseando liberarse de esta conversación trivial.
Andrés aprovecha una oportunidad para invitar a Julieta a explorar la residencia, bajo el pretexto de mostrarle mejor el lugar. Ella, consciente de su influencia sobre él, deja entrever un gesto coqueto y abre la posibilidad de un encuentro posterior.
—Necesito ponerme al día con mi mejor amiga, pero quién sabe… tal vez más tarde —susurra ella, permitiendo que una pizca de misterio y seducción impregne sus palabras.
Andrés le responde con un guiño de ojo y un movimiento provocativo de su lengua sobre el labio inferior, el cual me resulta desagradable.
Con Juli, decidimos alejarnos y tomamos nuestras manos, buscando un refugio en medio de la multitud. Nos adentramos en la pista de baile, dejando atrás a Andrés y su incisiva mirada.
—¡Ay, qué hombre! —exclama con admiración y deseo, mientras su cuerpo se arquea y sus ojos brillan con una chispa traviesa—. ¡Es mucho más atractivo en persona!
—Creo que ya te ha follado de mil maneras dentro de su cabeza —respondo, poniendo los ojos en blanco.
—¡Su voz, So! Me encantaría tener su boca pegada a mi oído, diciéndome obscenidades mientras me fo…
—¡No sigas! Suficientes imágenes has metido aquí…
Juli es experta en despertar fantasías y no me sorprende que Andrés haya caído bajo su hechizo. Noto que calcula cada movimiento para atraer la atención de Andrés, y su mirada coqueta no dejan lugar a dudas sobre sus intenciones.
Su risa traviesa se mezcla con la música que nos rodea y empezamos a bailar.
Ella se mueve sin preocuparse por nada, mientras yo lo hago con más calma.
Ya no tengo la misma energía que cuando salíamos de fiesta en la adolescencia, y pienso que quizá la edad me ha bajado un poco los impulsos que antes parecían no tener límite.