Capítulo 15 #3
Miro hacia arriba. El cielo azul se extiende sobre nosotros.
Estamos tumbadas encima de una manta suave y, a medida que mis ojos recorren el firmamento, me maravillo ante la visión de cometas coloridos que se deslizan con elegancia.
Mi corazón anhela ser como ellos, libre y sin restricciones, capaz de volar alto y alcanzar los sueños más audaces.
—No me gusto —susurro.
Juli desvía su mirada del horizonte y la dirige hacia mí, colmada de cariño.
—Volverás a gustarte —promete con esperanza—. Cuando te encuentres, So, descubrirás lo impresionante que eres y aprenderás a amarte a ti misma de una manera que nadie más podrá hacer jamás.
Sus palabras se aferran a mi corazón, susurrándome que hay un camino.
Me llega una tercera llamada y, aunque mi primera reacción es rechazarla, una voz interior me insta a comprobar quién es. Observo en la pantalla el nombre de Lucía, y dudo por un breve momento antes de contestar.
—Hola, Lu —saludo, llevándome el teléfono a la oreja—. ¿Cómo estás?
—¡Ay, preocupada! —exclama al otro lado de la línea.
Mi corazón se acelera ante su tono de voz cargado de ansiedad, frente a la posibilidad de recibir malas noticias. Con un atisbo de alarma, pregunto:
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
—¡Por ti! —responde a los gritos—. ¿Dónde estás?
Maldito seas, Néstor.
Respiro, intentando controlar mis emociones y buscando la manera de transmitir una calma que no siento del todo.
—De vacaciones.
—¿Sola? ¿Fuiste con alguien más? ¿A dónde? No sabemos nada de ti.
Las preguntas de Lucía llegan como una ráfaga y siento la presión de tener que explicar cada detalle de mi decisión.
—Estoy bien —digo intentando mantener un tono firme y cortante.
No agrego nada más. No tengo ganas ni energía para aguantar su interrogatorio. Me muerdo la lengua y decido quedarme callada, como si estuviera esquivando un examen sorpresa que nadie me avisó que iba a rendir.
—¿Vas a volver? ¿Te marchaste para siempre? —insiste.
Siento una punzada de dolor en mi pecho. ¿Será que mi viaje ha causado una brecha irreparable? Luchando por controlar la frustración que crece dentro de mí, respondo:
—Me ofende que preguntes eso.
—Te marchaste sin avisarle a nadie.
Sus palabras me golpean.
—¿Tan segura estás?
—¡Néstor no lo sabía! —afirma con énfasis, como si su argumento fuera irrefutable.
La mención agrieta mi coraza. Las memorias y las emociones dolorosas emergen, recordándome la brecha que hay entre nosotros.
—Fue él quien me reclamó que no nos debemos explicaciones. Es más, me dijo que no le importa lo que haga con mi vida a partir de nuestra separación.
—Desde que tú lo dejaste —subraya, reforzando esa realidad.
—Esto es ridículo.
—¿No dirás nada? ¿Piensas seguir con este capricho? —Su voz se eleva, impaciente, esperando una respuesta que no está dispuesta a recibir.
Como no le respondo, continúa con su reproche:
—¿Sabes qué? No tienes idea de lo fuerte que es el amor de Nes.
La rabia y el resentimiento se entrelazan, y siento el peso de su desprecio por mi decisión.
¿Alguna vez Néstor sintió ese amor inquebrantable mientras tenía sus encuentros secretos con Nina? Claro que no. Él terminó admitiendo lo que realmente sentía, y a mí todavía me duele.
—Recuérdale a Néstor de mi parte que tengo derecho a hablar con mi hija, ¿de acuerdo? Le mando un saludo a Emma…
Antes de colgar, logro escuchar un último susurro de su voz:
—Tuve que pedirle disculpas.
La amargura y el resentimiento dan paso a la curiosidad, y deseo saber más:
—¿Y por qué?
—Porque me arrepiento de haberlos presentado.
Finaliza la llamada de manera abrupta, como si mi mera existencia fuera un problema, como si fuera lo peor que le pudo haber pasado a Néstor.
Miriam, 11:58 am
Si continúas por este camino, perderás a tu hija. No es una amenaza, es un consejo. Regresa de donde sea que te hayas metido y vuelve con Néstor. Llámame urgente.
Sin decir ni una palabra, Juli toma mis manos con firmeza y me arrastra hacia el mar con una determinación contagiosa. La brisa salada acaricia mi rostro mientras caminamos por la orilla.
—¿Qué estás haciendo? —exclamo, sintiendo cómo mis pies se hunden en el agua. El frío me estremece, pero la curiosidad y la emoción me ganan.
Enseguida me suelta con un gesto enérgico y se sumerge por completo. Me maravillo al ver cómo su figura se desliza bajo la superficie, desapareciendo por un instante antes de resurgir. Sus ojos brillan con una chispa de alegría y libertad.
—¡Desconectar! —responde con un gesto radiante, desafiante ante las preocupaciones y las responsabilidades que nos aguardan en tierra firme.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro y decido seguir su ejemplo, dejando atrás mis miedos.
Sin pensarlo dos veces, arrojo el kimono detrás de mí, liberándome de cualquier atadura que me impida disfrutar del momento con plenitud.
El agua abraza mi cuerpo a medida que avanzo hacia la inmensidad azul.
Cada paso me sumerge más en un sentimiento de liberación y aceptación.
Mientras el agua alcanza mis caderas, una extraña tranquilidad se apodera de mí. Pienso que, si algo me va a hundir, no será el agua. El mar puede arrastrar, sí, pero nada se compara con el peso de las palabras tóxicas de ciertas personas. Ellas tienen más talento para ahogar que cualquier ola.