Volver a mí Capítulo 15
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Capítulo 15

Julieta irrumpió en mi dormitorio esta mañana, lanzándose sobre mí con la efusividad propia de su personalidad.

Su cabello largo y enredado me envolvió como un manto, mezclando nuestros universos en un abrazo.

Protesté por el horario al principio, pero pronto sucumbí ante la risa contagiosa que se apoderó de ambas.

Después de reír hasta las lágrimas, quedamos tiradas una al lado de la otra, sin pensar en el tiempo, hablando de cualquier cosa.

Tonterías, ocurrencias, recuerdos absurdos.

Así mismo fue como iniciamos nuestra amistad, cuando éramos unas niñas de doce años, y ahora solo pienso en lo mucho que me gustaría que nuestra complicidad siguiera hasta que ambas cumplamos los ochenta como mínimo.

Fue entonces cuando Juli, como si se le hubiera prendido una lamparita, soltó con toda la energía del mundo:

—¡Vamos a comprar trajes de baño!

Me dio un golpecito juguetón en una de mis nalgas, desafiante y llena de entusiasmo.

El plan me pareció la mejor idea del mundo, trayendo consigo imágenes del sol brillante y las olas del mar acariciando la arena.

Me dejé llevar por su energía contagiosa, sabiendo que cualquier aventura que compartiéramos estaría llena de risas y recuerdos imborrables.

Mientras nos preparábamos para salir, recibí un mensaje de Ramona con un informe sobre el estado de Cleo.

Me contó que la reina de la pereza estaba dormida en el sofá, sin preocuparse por nada.

Sonreí al imaginar a mi pequeña peluda, estirada como si el sillón fuera suyo por derecho, completamente indiferente al resto del mundo y con esa cara de «ni sueñes que me voy a mover».

Cuando salimos, las calles estaban llenas de vida y movimiento, mientras las voces y risas de las personas inundaban el aire. El día nos esperaba con esa energía de comienzo, como si todo estuviera listo para salir bien.

—¿Sofi? ¿Eres tú? —pregunta una mujer de voz conocida a mi espalda, rompiendo el silencio y devolviéndome a la realidad.

Una mezcla de sorpresa y felicidad se apodera de mí al reconocerla de inmediato.

Es doña Itatí, la dueña de esta emblemática tienda.

Juli y yo veníamos durante nuestros veranos de juventud y comprábamos los mejores trajes de baños.

A lo largo de los años, este lugar se convirtió en un punto de encuentro para nosotras, donde no solo adquiríamos las últimas tendencias en moda, sino que también compartíamos largas charlas y risas con la encantadora anciana.

Tenía esa chispa que te levantaba el ánimo sin darte cuenta, enseguida lograba que todo pareciera más fácil y nos hacía sentir que las cosas iban a salir bien.

—¡Doña Itatí! ¿Cómo le ha ido? —exclamo con alegría, girándome para enfrentarla y abriendo los brazos con la intención de recibir su cálido abrazo.

Ella abandona con rapidez su posición tras el mostrador, donde está rodeada de cajas de colores y accesorios brillantes. Se acerca con prisa y me aprieta contra su pecho.

—¡Oh, mi niña! —dice con voz entrecortada—. ¡Te has convertido en una mujer tan hermosa!

Las lágrimas brotan en mis ojos y un torbellino de emociones se apodera de mí, incapaz de contener la gratitud y la felicidad de volver a encontrarme con alguien tan especial en mi vida.

—Ay, no quiero llorar —balbuceo intentando controlarme—. No pensé que me afectaría tanto… Perdón, estoy muy sensible.

Doña Itatí toma mis mejillas entre sus arrugadas y suaves manos, mirándome con una mezcla de comprensión y cariño.

—Vamos, suelta esas lágrimas —me anima, apretándome de nuevo en un abrazo—. Porque son de alegría y de amor.

La escucho con atención y sus palabras me calman. Las lágrimas aparecen, no como un drama, sino como una forma de soltar lo que llevaba guardado. No sé cuántos años han pasado desde la última vez que estuve aquí, pero me arrepiento no haber pisado antes este sitio por ella.

—Creo que es el impacto de volver a estar aquí contigo.

—Y hay muchas cosas que te gustaría contarme, ¿verdad? —dice, desviando la atención hacia el motivo de mi visita, pero con esa sonrisa que no se le borra.

Asiento con ganas, agradecida de que me escuche y de poder compartirle esas historias que me fueron armando hasta hoy.

—Déjenme adivinar… ¿Trajes de baño?

—¡La vieja costumbre! —confirma Juli, asomándose por detrás de una montaña de prendas—. Mientras ustedes estaban allí, yo seguía cotilleando.

—Julieta me ha mantenido al tanto de varias cosas, en especial de ti —continúa, señalando con una mirada cómplice a Juli, quien husmea una pila de colorida ropa de verano.

—¿En serio?

La imagen de Julieta, con su expresión traviesa y su cabello alborotado, me hace sonreír aún más.

Doña Itatí asiente con una sonrisa, disfrutando de la complicidad.

—¡Claro que sí! Julieta sigue siendo una de mis fieles clientas. Y también al revés…

—¿Cómo es eso?

—Mira… —La anciana levanta sus manos para mostrarme el diseño de las delicadas uñas—. Aunque ya no se dedica a atender, sino a administrar su negocio de belleza, sigue haciéndome las esculpidas en persona, ¿qué te parece?

—¡Por esto, y muchas cosas más, es mi mejor amiga!

—¡Cuéntame sobre tu retoño, Sofía, mientras te paseas por toda la tienda como antes! ¿Es verdad que ya tiene diez años? Me gustaría ver una foto suya.

Pasamos más de dos horas en este lugar mágico, como si estuviéramos viajando a través del tiempo.

Estamos rodeadas por plumas que ondean con suavidad, adornos brillosos de hadas y duendes que parecen cobrar vida, llamadores de ángeles que emiten su suave melodía y el aroma envolvente del incienso de sándalo que impregna el ambiente.

La tienda de doña Itatí es mucho más que un simple comercio, es una extensión de su alma, un reflejo de su esencia y su amor incondicional hacia lo que hace y por aquellos que la visitan en busca de un pedacito de magia.

Doña Itatí, con su sabiduría acumulada a lo largo de los años, siempre ha creído en el poder de la energía y la conexión humana.

Para ella, esta tienda no es solo un espacio físico, también lo considera sagrado, porque convergen las vibraciones positivas de quienes la visitan.

Como ella misma diría con su voz cálida y serena: «Aquí reside la energía de aquellos que se presentan desde el amor».

—¿Ese traje de baño? ¿Segura? —Juli levanta una ceja, mostrando su incredulidad ante mi elección.

Frente a doña Itatí, en el amplio mostrador lleno de colores y texturas, apoyo el vestido boho azul.

La luz tenue de la tienda resalta los tonos vibrantes de la tela, permitiendo que logre apreciar sus detalles delicados y la textura suave que promete comodidad durante la fiesta de esta noche.

Junto a él, he puesto un par de jumpers y blusas que seleccioné para Brune, y un bonito sombrero que espero que le guste a mi amigo Axel.

También se encuentra el traje de baño que, a juzgar por la expresión de Julieta, no le convence en absoluto.

—¡Me gusta así! ¿A ti no? ¿Qué tiene de malo?

Ella, sin embargo, no se da por vencida y se aleja hacia otra sección de la tienda en busca de una alternativa.

—Mira… ¡Este es mucho más lindo! —dice al volver, con dos trajes de baño en la mano y una sonrisa intacta—. ¿Y qué te parece este otro?

Mi mirada se desplaza entre las prendas. Son elegantes y sofisticadas. ¡Ay!, mi instinto me dice que no cambie de idea.

—Me quedaré con el que elegí.

Odio que me ponga en esta situación incómoda.

Julieta insiste en que use algo más atrevido y revelador, como cuando éramos adolescentes.

Sin embargo, mi gusto y preferencias han cambiado con el tiempo.

Si dependiera de mí, optaría por algo mucho más conservador, incluso llegaría al extremo de comprar un traje de astronauta para taparme.

Doña Itatí, sabia y comprensiva, interviene para aliviar la situación:

—¡Juli, niña! Sofi ya ha tomado su decisión.

—¡De acuerdo! Llévate ese, pero también te llevaré este como regalo —decide, dejando un diminuto bikini color rojo sobre la mesa.

—Es demasiado… pequeño. No me lo pondré, es muy revelador.

Julieta parece sorprendida por mi negativa, incapaz de comprender mis razones.

—So, nunca fuiste una persona conservadora…

Que esté decepcionada me hace darle vueltas al asunto.

Pienso en lo mucho que ha cambiado mi cuerpo a lo largo de los años, en las marcas que el tiempo ha dejado en mí.

Mi barriga no es tan plana como solía ser, mis piernas no son tan esbeltas.

Me enfrento a una realidad que me cuesta aceptar y que me hace dudar de mi propia belleza.

—Ni loca me pondré eso —respondo con firmeza—. Mi piel ha cambiado… No me sentiría cómoda con algo así. Mi cuerpo ya no es como antes, Juli. Tú lo sabes…

Asimila mis palabras, comprendiendo por fin mis sentimientos e inseguridades.

—Oh, es que… no es justo para ti. ¿Cómo puedo lograr que te veas de la forma en la que te vemos todos? ¡Eres tan guapa! Ayer Marcos se encontraba muerto de amor por ti, dejó rastros de babas por cada rincón de la sala.

Su extraño cumplido me toma por sorpresa y estoy segura de que mi cara se pone roja. Me siento halagada, pero al mismo tiempo incómoda por la atención que estoy recibiendo.

—¿Qué estás diciendo? —pregunto, desviando la mirada hacia otro lado—. No se fijó en mí para nada.

Doña Itatí se aleja a un costado, dejándonos a solas con nuestras leves diferencias.

—¿Por qué eres tan ciega, Sofía? —se lamenta Juli, frunciendo el ceño en un gesto de incredulidad.

De repente, la voz de Marcos irrumpe en la tienda, resonando con entusiasmo en cada rincón. La energía de los pocos clientes presentes se eleva, y no puedo evitar contagiarme. Resulta que Doña Itatí se ha encargado de encender la radio para divertirse viendo mi reacción.

—¿Es broma, doña Itatí? —me quejo en tono juguetón, intentando disimular la emoción que siento al escuchar esa voz.

Juli suelta una risita traviesa y me golpea el brazo con el codo.