Capítulo 14 #4
—¡Oh! —se queja Marcos, que había permanecido en silencio hasta ahora—. Pañales, pañales, pañales… ¿Es que no tienen otro tema?
Las risas se escapan y el clima se afloja. Juli, divertida, le responde sin perder el entusiasmo:
—¡Eh, no seas malo! A mí me interesa. No le hagan caso…
—Lo entenderás cuando te conviertas en padre. Solía pensar como tú…
Dan suspira, rememorando los cambios que experimentó.
—Así es —coincido con una sonrisa melancólica—. Cuando tienes un hijo, el mundo gira alrededor de él. Todo lo demás pasa a un segundo plano.
—Entonces ni ganas de ser padre —gruñe Marcos.
—Eso también está bien. —Le sonrío—. Un hijo debe ser deseado.
Marcos me observa con detenimiento, su expresión me resulta confusa. Parece desconcertado por mi respuesta. Creo que no esperaba escuchar de mí una postura tan comprensiva y abierta.
—¡No estoy de acuerdo! ¿Cómo puedes no querer ser padre? ¡Estás loco! —exclama Juli, dejando escapar una mezcla de incredulidad y asombro.
Me cubro la cara con las manos, sintiendo una ligera incomodidad ante la intensidad del debate. Busco un respiro, tratando de encontrar las palabras adecuadas.
—¡Juli, madre mía! Ya hemos hablado de esto… No es una regla ni un objetivo en la vida. Cada persona tiene sus propias metas y deseos.
—Es que no lo entiendo… ¡Ser padre es una bendición! —insiste ella, dejando escapar una expresión de anhelo y añoranza en su voz.
—No todos merecen ni deben tener hijos… Olvidemos este tema antes de que me duela la cabeza.
—Además, el embarazo no es una grandiosa etapa como muchos lo hacen creer. Sobre todo, el parto… Aunque por obvias razones no lo viví en carne propia, estuve con Ana en ese momento. Horas y horas de dolor…
—¡Ouch! —expresamos al unísono.
—Con solo nombrar el parto, se puede ver cómo se le cambia la cara. Aunque no lo hemos hablado, dudo mucho que ella quiera pasar por eso de nuevo.
—¿Fue por eso que no quisiste ser madre por segunda vez? —me pregunta Juli, curiosa e interesada.
—Eh… No. Mi embarazo fue hermoso, la verdad. No sentí dolor y la recuperación fue fácil. Cuando lo cuento, las mujeres que tuvieron un parto inducido se sorprenden. Al final, cada experiencia es distinta, ya sabes… —respondo, queriendo dejar claro que no se puede generalizar.
—¿Brune no pidió tener un hermanito?
—Ah, sí. Muchas veces. ¡Incontables!
—¿Entonces? —insiste Juli, ansiosa por comprender mis razones.
—No quise y no quiero. ¡No me mires así, Julieta! —le imploro con suavidad, deseando que ella respete mi elección personal.
—¡Es que me da pena! Pobre Brune, tan solita… —susurra con tristeza, reflejando su preocupación por mi hija.
Marcos pone los ojos en blanco, como si estuviera presenciando una escena sin sentido. Dan, en cambio, encuentra cierto humor en la situación.
—Espero que pronto cumplas todos tus sueños y tengas tantos hijos como desees —le digo a Juli, tratando de aliviar su tristeza con un toque de esperanza.
—¡Yo también! —responde ella con un tono melancólico—. Es lo que más deseo…
La forma en que suena su voz, tan lastimada y anhelante, me parte el corazón. Sin pensarlo dos veces, me lanzo hacia ella para abrazarla con fuerza, buscando transmitirle apoyo y consuelo en este momento de fragilidad.
—¡Ustedes no han cambiado en algunas cosas, eh! —comenta Marcos con una sonrisa burlona, tratando de aliviar la tensión en el ambiente.
—¡Sofi y yo somos almas gemelas, Marquitos! ¿Qué esperabas? —responde Juli con una sonrisa tierna y un brillo en sus ojos, recordando la profunda conexión que siempre ha tenido conmigo.
Nuestro cálido abrazo se prolonga, como un símbolo de la fuerza y la belleza de la amistad verdadera.
De repente, mi teléfono comienza a sonar, interrumpiendo el ambiente.
Al ver en la pantalla que se trata de Néstor, una mezcla de emociones y dudas atraviesa mi mente.
Decido enviar la llamada al buzón de voz, sintiendo un nudo en el estómago mientras lo hago.
—¿No vas a contestar? —me susurra Dan, notando mi indecisión frente a una nueva llamada entrante.
—No estoy segura…
Me pregunto si debería darle una oportunidad a la conversación o evitar el conflicto.
—No, Sofi. No le contestes —interviene Juli con determinación, como si conociera el efecto que tiene en mí y quisiera protegerme de posibles desencuentros.
—¿Es Néstor? —pregunta Dan.
—Sí, es él.
Siento una punzada de tristeza al escuchar su nombre y recordar los momentos que compartimos.
—¿Qué ha pasado? ¿Han discutido?
—¿No lo sabe? —me pregunta Juli, cubriéndose el rostro con las manos al percatarse de mi negativa con la cabeza.
—Es que… Verás… Néstor y yo… ya no estamos juntos —anuncio, dejando escapar una mezcla de alivio y melancolía por el final de nuestra relación.
La noticia cae como un jarro de agua fría sobre ellos.
—Oh, lo siento mucho.
Puedo ver en los ojos de Daniel una auténtica sorpresa y tristeza por mí. Sé que se reprocha no haberme preguntado antes sobre el tema. Por su parte, Marcos, con las cejas arqueadas, permanece inmóvil como una estatua, procesando la información.
Tras un breve silencio incómodo, en el que el aire se carga de expectativas y posibles explicaciones, Marcos recupera la voz.
—¡Propongo un brindis! Por el reencuentro, claro… —sugiere con una sonrisa forzada, intentando desviar la atención.
—¡Buena idea! —Aplaude Julieta con entusiasmo, dispuesta a aliviar la tensión que se generó—. ¡Voy a preparar más bebidas!
Juli y Dan se ponen a recordar viejas anécdotas de nuestra adolescencia.
Entre copas y carcajadas, me dejo llevar y me olvido de todo lo que me pesa.
Me río con ganas, como antes, y disfruto de la complicidad del momento.
Los recuerdos no duelen, el futuro no asusta.
Solo existe este instante, y me entrego a él.
—Gracias por esta noche —susurro mientras le doy un fuerte abrazo a Daniel, sintiendo su calidez que me envuelve por completo—. ¡Me has hecho muy feliz!
La brisa marina acaricia con suavidad nuestros rostros, trayendo consigo el aroma a sal y libertad, y las olas rompen con delicadeza a lo lejos.
—¡Qué lindo es verte de nuevo en la costa! Y pensar que estaba convencido de que el milagro jamás ocurriría…
—En la vida no hay que dar nada por hecho —agrega Juli con un tono suave y reconfortante, como una brisa que acompaña el mar.
—Tú lo has conseguido, amiga. Si no hubiera sido por ti, estaría en… No sé dónde, la verdad —admito, permitiendo que la gratitud inunde mis palabras.
La mirada de Daniel se encuentra con la mía y el tiempo parece detenerse. En sus ojos puedo ver la profundidad de sus emociones, un reflejo del amor y la complicidad que hemos construido juntos. En este abrazo compartido, encuentro mi refugio, y donde ahora sé que todo es posible.
—Podemos vernos las veces que quieras mientras dure esto —agrega.
Sus palabras llenan mi corazón de esperanza y alegría. La certeza de que nuestra amistad trasciende cualquier distancia o limitación temporal se convierte en un faro de luz en medio de la incertidumbre.
—Lo sé, Dan. Gracias —respondo, sintiendo una profunda calma en mi interior.
Marcos, que ha permanecido en silencio, se aclara la garganta antes de intervenir:
—Por cierto, ¿cuándo piensas… marcharte?
La marea de emociones parece agitarse en mi pecho. El pensamiento de dejar este lugar colmado de magia y volver a la rutina diaria me llena de melancolía, pero también sé que hay responsabilidades que debo atender.
—En pocos días. Tengo que regresar al trabajo —admito con un dejo de resignación.
Marcos asiente, desviando la mirada de forma pensativa.
—Visitaré a Noah en cuanto pueda —le digo a Daniel, dejando escapar un suspiro cargado de anhelo. —Estaré libre, así que…
—Como dije, cuando quieras. Bueno, me tengo que ir a dormir. Mañana será un día largo…
—Saluda a Ana de mi parte. También me gustaría verla.
—¡Le encantará! No suele recibir visitas —me informa, con una chispa de entusiasmo en su voz.
Dejo escapar una gran sonrisa al pensar en lo fuerte que pueden ser los lazos y en lo vital que es estar presentes en la vida de los que amamos.
—Es que las madres tenemos un superpoder… La mayoría somos invisibles.
La broma parece tocar una fibra sensible en la atmósfera. Daniel pierde la sonrisa y, para mi sorpresa, noto que Marcos, que está a varios metros de distancia, llega a tensarse. Juli pone su mano sobre mi hombro, intentando decir algo para suavizar el momento.
—¡Hey! Que es broma. —Me esfuerzo por reír—. Ahora me siento deprimente.