Volver a mí Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

—¡Idiota! —Reconocí de inmediato la voz inconfundible de Julieta, cargada de frustración e ira, seguida de un golpe seco que parecía haber encontrado su objetivo.

La puerta se abrió de repente y se reveló un furioso Marcos, que salió de manera precipitada sin siquiera mirarme.

Su rostro parecía contorsionado por la rabia y sus ojos fulguraban con una intensidad perturbadora.

Observé con cautela cómo se marchaba, sintiendo una mezcla de temor y curiosidad ante la escena que se había desplegado frente a mí.

Mi mirada se dirigió al interior del camerino, donde Julieta me observaba con sorpresa, sus ojos estaban abiertos como platos ante mi inesperada presencia.

Se formó una extraña tensión en el aire, y me dio la sensación de que el espacio mismo hubiera sido sacudido por la violencia que se había desencadenado allí.

Aproximándome a ella, sentí una punzada de dolor en mi pecho al ver su semblante alterado. Los restos de su maquillaje y su perfume favorito yacían destrozados en el suelo, como un testimonio tangible del caos emocional que había prevalecido momentos antes.

—¿Estás bien? —pregunté, preocupada por su bienestar y deseando entender lo ocurrido.

Su voz escapó entre sus labios temblorosos, cargada de angustia contenida:

—¡Mira lo que hizo! —Señaló con indignación el desorden a sus pies—. ¡Claro que no estoy bien! Ese maldito…

Un halo de confusión se apoderó de mí mientras intentaba descifrar los sucesos que habían llevado a esa explosión de ira. Quería comprender y ayudar. Pero antes de que pudiera articular mis preguntas, Juli habló con determinación, su voz rebosante de un ruego feroz:

—Marcos tiene problemas… Ve a buscarlo, So.

La perplejidad se mezcló con una creciente inquietud mientras procesaba sus palabras. ¿Por qué quería que fuera detrás de Marcos? Sin embargo, antes de que pudiera indagar más, ella agregó con una convicción palpable:

—Creo que ese imbécil está triste… No te preocupes por mí. ¡Tráelo de vuelta con vida para que pueda acabar con él con mis propias manos por todo esto!

Por dentro se cruzaban la inquietud y la determinación, como si ambas me dominaran a la vez.

Sentí cómo mis piernas se movían por voluntad propia, dirigiéndome hacia la dirección en la que Marcos se había marchado.

Mientras caminaba, sentía un revoltijo de emociones y una molestia que no sabía de dónde venía.

—¡Ya vuelvo! —dije intentando transmitir calma, aunque por dentro mi cabeza era un torbellino de dudas.

Ella asintió, pero su sonrisa era extraña, cargada de una incomodidad latente, como si ocultara más de lo que revelaba. Observé que se inclinaba para recoger los fragmentos destrozados del perfume y maquillaje, dejándome con una sensación de intriga y preocupación a medida que me alejaba.

Encontré a Marcos mientras se dirigía como un rayo hacia el estacionamiento.

El ruido de nuestros pasos resonaba en el silencio de la noche, interrumpido solo por la lejana música de la fiesta.

Mis piernas se esforzaban por alcanzarlo, tratando de descifrar qué estaba ocurriendo en su mente.

Con determinación, corrí para estar a su altura.

—¡Hey! ¿A dónde vas? —Mi voz resonó en el aire, desafiando su prematura partida.

—A casa. ¡No molestes! —respondió con brusquedad.

—¿Por qué?

Se detuvo en seco y giró la cabeza hacia mí. Sus gestos reflejaban frustración y agotamiento. Mi mirada se encontró con la suya, tratando de ver una respuesta en aquellos ojos cargados de emociones.

Marcos exhaló y pareció rendirse ante mi persistencia.

—¿Estás loca? —exclamó con una voz llena de incredulidad—. ¡No puedes correr!

Mis ojos descendieron hacia mi abultado vientre. Sentí cómo la respiración se volvía más dificultosa en mi pecho.

—¡Claro que puedo! —dije, tratando de controlar mi agitación—. Estoy embarazada, no enferma.

Marcos pareció derrotado por mis palabras y señaló el tronco de un árbol solitario que se alzaba unos metros más adelante.

—Ven… Siéntate.

Era el mismo lugar donde horas antes habíamos compartido risas y tomado fotografías, un rincón que en ese instante se veía envuelto en un aura de tristeza y confusión.

—Has bebido demasiado… —lo acusé, notando el estado de embriaguez que oscurecía su semblante. Ante su silencio, continué—: ¿Por qué se pelearon?

Marcos se tomó su tiempo antes de responder, con los ojos clavados en el suelo mientras buscaba con cuidado las palabras.

—No peleamos —dijo por fin.

—¿Entonces? ¿Y por qué te vas a casa?

—¡Es una maldita fiesta aburrida! —exclamó, dejando escapar su frustración reprimida.

No pude evitar dudar de sus palabras, sintiendo que algo más se ocultaba detrás de su actitud esquiva.

—Mientes…

Un suspiro escapó de sus labios y pateó con rabia una pequeña rama que yacía a sus pies. No me sorprendió, pero no me gustó no saber cómo ayudar. Tras un silencio, nuestros ojos se encontraron de nuevo.

—Felicidades —susurró.

—¿Por qué? Es difícil seguirte cuando estás tan ebrio.

—Por el niño… —Señaló, desviando su mirada hacia mi vientre—. No pude felicitarte antes, quería hacerlo en persona.

—Ah, es una niña —aclaré, colocando mis manos sobre mi barriga—. ¡Se mueve todo el tiempo!

—Una niña…

—Así es. —Le sonreí.

—Te ves bien —dijo en voz baja—. Me alegra mucho.

Una mezcla de sorpresa y ternura se apoderó de mí. Era la primera vez que expresaba su enhorabuena por mi embarazo de forma tan directa.

—Gracias —respondí con una sonrisa genuina, pero se desvaneció al notar que su expresión no reflejaba verdadera felicidad, a pesar de sus palabras.

Pareció debatirse en su interior, su mirada perdida en algún punto indefinido en la distancia.

Se mordió el labio inferior, una señal clara de su nerviosismo.

Rara vez lo había visto tan inquieto. Finalmente, se arrodilló frente a mí, aunque sus movimientos denotaban una guerra interna.

Sus ojos me buscaron, transmitiendo la urgencia de sus pensamientos.

—¿Qué sucede, Marcos? —pregunté preocupada por la tensión que inundaba el ambiente.

—Sofi, si alguna vez… —Hizo una pausa, luchando consigo mismo—. Es algo importante. Si un día… Quiero que sepas que… —Las palabras se atascaron en su garganta, mientras sus ojos perseguían una respuesta más allá de mi presencia—. ¡Maldita sea!

—¿Qué pasa?

—Mejor, olvídalo. Creo que te están buscando…

Me di vuelta y vi a Néstor, que rondaba los alrededores tratando de encontrarme. La poca luz y la cantidad de gente le habían complicado reconocerme.

—Oh… Oye, ven conmigo… Regresemos a la fiesta. —Me volví hacia Marcos, pero encontré un espacio vacío donde antes había estado.

Se marchó en silencio, dejándome sola, con un torbellino de interrogantes y emociones sin resolver.

—Tú me brindaste apoyo y estuviste a mi lado en momentos en los que me sentía perdido y lleno de dudas sobre el embarazo, la lactancia, los cólicos… Temas que ni siquiera sabía que existían —comenta Dan con gratitud.

Después de disfrutar de la deliciosa cena preparada por nuestra amable anfitriona, nos trasladamos a la sala, donde nos esperaban unos tragos. Los cojines, mullidos y acogedores, nos invitaron a relajarnos.

Me recuerda a los viejos tiempos, cuando solíamos compartir confidencias y risas sin preocupaciones.

—Es una pena que los bebés no vengan con un manual de instrucciones. —Suspiro, dejando escapar un ligero anhelo por la simplicidad que eso traería.

Julieta, con una expresión de añoranza en su rostro, susurra:

—¡Noah es tan adorable! Extraño verlo con frecuencia…

Daniel aclara su garganta, como si recordara que Juli estuvo a punto de secuestrar a su hijo.

—Será que no viste la peor parte. No fue nada fácil, querida —comenta con una voz cargada de seriedad y experiencia acumulada.

—Oh, vamos… No intentes asustarme. Por cierto, ¿Ana ya se decidió por el gimnasio?

—Aún no.

—¡Oh! ¿Por qué? Le dije que puedo cuidar a Noah mientras ella toma las clases.

Dan suspira, tratando de encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que piensa.

—Es complicado… ¿Puedo contarles un secreto? A veces no la entiendo… No se siente cómoda con su cuerpo, pero al mismo tiempo me dice que no le preocupa y que no importa.

Aunque no sé qué piensa Ana, me resulta fácil ponerme en su lugar. Me toca de cerca, porque yo también pasé por esos días de vulnerabilidad en los que aprender a aceptar mi imagen fue una batalla constante.

—Dale tiempo —susurro, intentando transmitir comprensión y apoyo—. Es inútil tratar de entenderlo, quizás ni ella misma se entiende. Solo escúchala y acompáñala.

Después de dar a luz, nuestro cuerpo experimenta cambios significativos y a algunas mujeres nos cuesta reconocernos.

Nos sentimos feas en ocasiones, lo cual nos provoca sufrimiento.

Pero ese dolor se duplica cuando intentamos convencernos de que es algo superficial, ya que nos enfrentamos a la falsa norma de que no deberíamos preocuparnos por ello.

Me llenaba de culpa cuando me sentía mal conmigo misma, con mi cuerpo, con las estrías, con los kilos de más, con la flacidez del vientre, con mis caderas anchas… Ser madre puede ir de la mano con el deseo de vernos mejor. No es una actitud egoísta, a pesar de lo que algunos lleguen a pensar…

Mientras expreso mis ideas, me doy cuenta de que la aceptación y el amor propio son procesos personales, distintos y a veces difíciles para cada una de nosotras.

Nuestro papel como amigas y compañeras es estar ahí, brindando un hombro en el que se puedan apoyar y un oído atento para escuchar, sin juzgar ni imponer expectativas.

Ser madre y mujer no son roles que no puedan ir de la mano, son partes intrínsecas de nuestra identidad que merecen ser abrazadas sin culpa ni estereotipos impuestos.

—Eso haré… Por suerte, Noah duerme de corrido por las noches. ¡No saben qué felices somos ahora! —comenta Dan, mientras se recuesta en los mullidos cojines del salón, dejándose llevar por la comodidad del momento.