Volver a mí Capítulo 13
38%

Capítulo 13

Apenas logro abrir los ojos, los párpados me pesan como plomo.

La garganta y la boca están secas, pidiendo a gritos un vaso de agua.

Cierro los ojos de nuevo y siento un latido fuerte en la sien, como si mi cabeza quisiera explotar.

Es un dolor persistente, la típica resaca leve que no termina de soltarme.

El teléfono irrumpe en mi malestar, su estridente sonido rompe el silencio que me envuelve. Trato de ignorarlo, de sumergirme otra vez en el abrazo oscuro de la cama, pero una vocecilla en mi interior me empuja a responder.

Con esfuerzo, estiro mi brazo bajo el colchón en busca del aparato. Mis dedos temblorosos por fin lo encuentran y lo llevo hasta mis oídos, sin estar preparada para el torrente de furia que sale del otro lado.

—¿Por qué tanta demora en atender? —Es Néstor, y su voz rebosa de ira contenida.

—Hola, buen día —susurro, tratando de mantener la calma a pesar del huracán que se desata en mis pensamientos.

—¿Lo es para ti? —Deja escapar una risa histérica—. ¡Es mediodía, Sofía! He intentado comunicarme durante toda la mañana porque tu hija necesita hablar contigo. Y tú la ignoras. ¿Tienes idea de cómo se siente Brunella?

La culpa se instala en mi pecho de la misma forma que lo haría una losa pesada. No fue mi intención, pero sus palabras son un golpe que me despierta de mi letargo.

—¡Perdón, no fue a propósito! —Mi voz tiembla con una mezcla de remordimiento y frustración.

Mi fatiga se vuelve evidente. Hace tanto tiempo que no duermo de corrido, porque las noches se convierten en un campo minado de pensamientos inquietantes y sueños interrumpidos.

—¿Por qué no respondiste antes?

—Estaba durmiendo, perdón. No volverá a ocurrir, lo prometo. No te enfades, por favor —ruego, buscando comprensión.

—¿Y la clave? —arremete, sin dar tregua a mi disculpa.

—¿A qué te refieres? —quiero saber, frotando mis ojos cansados con el dorso de mi mano.

—¡De las cámaras, Sofía! ¿Acaso has perdido la memoria? Me desconciertas… Ya no sé qué pensar de ti, pareces una persona diferente.

—¡Ah, la clave! Claro… Lo siento, se me había pasado por alto —respondo, sintiéndome atrapada en un torbellino de olvidos y descuidos.

—Como siempre… Usas la misma excusa y raras veces consideras las consecuencias de tus acciones.

Busco las palabras adecuadas para explicar mi descuido, con la intención de hacerle entender, pero mis pensamientos se desvanecen entre el dolor y la niebla de mi mente.

—No veo lo grave… ¡Es solo una maldita clave! —Mi voz suena más débil de lo que pretendía.

—¡Es algo que necesito con urgencia! ¿Lo entiendes?

—¿Y por qué es urgente?

El silencio se extiende al otro lado de la línea, solo interrumpido por los susurros de insultos que llegan a mis oídos. Siento un nudo en el estómago, una inquietud que crece en cada segundo de silencio.

—Quieres la clave para acceder a las grabaciones guardadas por las cámaras de seguridad del edificio.

¿Tienes intenciones de controlarme? —Se ríe—.

¿Es eso lo que deseas? Espiarme y mantener todo bajo tu mando.

Quieres vigilar mis pasos, ¿verdad? Piensas que la única manera de hacerlo es a través de esas grabaciones.

—¡Claro que no, Sofía! ¿Quién crees que eres? Tú y yo no somos nada.

Una sombra de desconcierto se posa sobre mí mientras intento comprender sus sospechas. No puedo encontrar otro motivo.

—No se me ocurre otra razón por la cual necesites las cámaras con tanta urgencia. Disculpa si estoy equivocada, pero si ese es tu objetivo, estás malgastando tu tiempo. No tienes de qué preocuparte —explico, tratando de tranquilizarlo.

—¡Cierra la boca! No eres nada. Cállate de una vez.

Aunque me disculpo, mis palabras se sienten insuficientes ante su arrogancia. Trago saliva, sintiendo que mi voz se queda atrapada en mi garganta. No merezco ser tratada así, pero el desprecio me deja indefensa, sin saber cómo responder.

—Está bien, solo estaba… Solo intentaba ayudar —balbuceo.

—Dices estupideces. No entiendo cómo puedes creer que perderé el tiempo de esa manera. Tengo cosas más importantes que hacer.

Asiento en silencio, aunque sé que él no puede ver mi gesto. Mis pensamientos se enredan en una madeja de emociones confusas, mientras trato de procesar sus palabras y mantener la calma.

—Entiendo… —susurro, dejando escapar un suspiro de rendición.

—Ahora que estás sola, puedes hacer lo que quieras.

Una punzada de tristeza me atraviesa el corazón. Sí, tengo la libertad de decidir por mí misma. Pero también me enfrento a la incertidumbre de un futuro desconocido, de un camino que se bifurca sin garantía de retorno.

—Lo sé…

No me gusta que mi voz suene tan apagada. Siento que la soledad se cierne sobre mí.

—No necesito darte explicaciones, al igual que tú no debes pedirme ninguna. ¿Entiendes?

Mis pensamientos se detienen por un momento. La relación, que alguna vez fue un refugio, ahora se ha convertido en un laberinto oscuro e impredecible.

—Lo sé…

—Lo único que necesito es que respetes mi santuario. ¡Mi hogar es lo más sagrado que tengo! —enfatiza, su voz retumba en mi cabeza.

Mis ojos se llenan de lágrimas mientras intento hacerle entender que también valoro nuestro hogar compartido, aunque las circunstancias me hayan llevado por caminos desconocidos.

—Para mí también lo es, Néstor. Me cuesta creer que pienses que sería capaz de llevar a alguien a casa, al lugar que hemos hecho nuestro después de tantos años. ¿Cómo consideras que podría hacer algo así? ¿Meter a alguien en nuestra cama? Porque eso es lo que tienes en mente, ¿verdad?

—Solo era para aclarar las cosas…

El silencio se extiende entre nosotros, una brecha abierta por la falta de confianza y la incomprensión. Mis pensamientos se desbordan, buscando una forma de reconstruir los puentes que se han desmoronado, de encontrar un equilibrio en medio del caos.

La conversación queda suspendida en el aire y, en este silencio cargado de emociones entrecruzadas, crece en mí la esperanza de que podamos encontrar un terreno común, una manera de comprendernos y recuperar lo que alguna vez fue una unión sólida.

Mientras mis pensamientos se pierden en los rincones de la habitación, me vienen a la mente las veces que Néstor trajo a Nina a nuestra casa, aprovechando mis ausencias y los momentos en que Brune dormía.

La impotencia de querer decir algo, de discutir y de mostrar mi descontento, se mezcla con el cansancio físico y emocional que me pesa encima.

Me encuentro tumbada sobre la cama, con las extremidades extendidas en un gesto de rendición, sosteniendo el teléfono apenas con la almohada y pegándolo a mi oreja en un intento de mantener la conexión.

Me río de mis propios pensamientos. Veo a Néstor como un parásito, un vampiro que se alimenta de mi energía. Y en este momento ya me venció: me quitó las ganas de todo, incluso el mínimo impulso de levantarme de la cama.

—¿Podrías pasarme con mi hija, por favor?

—¿La clave? —exige, sin mostrar signos de ceder a mi petición.

—Una vez que finalicemos esta conversación, te la daré. ¿Puedo hablar con mi hija ahora? ¿O qué tengo que hacer para que me permitas tener un momento con ella?

Con un tono cargado de superioridad, sentencia:

—Debes disculparte con Brunella.

—Lo haré, Néstor.

Suspiro rendida. Siento que la energía me abandona por completo.

—Espero que no estés con un hombre, haciendo asquerosidades en mi cama —suelta con intenciones de herir mi integridad.

—¿Cómo puedes decir algo así? —balbuceo, apretando mis puños.

—Shhh… ¡Cállate!

Escucho a Néstor llamando a Brune y, mientras lo hace, clavo mis dientes en la palma de mi mano para contener la ira y el dolor que amenazan con desbordarse.

La dulce voz de Brune llega hasta mis oídos, implorando una videollamada. Durante todo este tiempo, Néstor me ha negado la oportunidad de ver a nuestra hija a través de una pantalla, por lo que su aprobación en esta ocasión me sorprende.

Me arrimo a la pared blanca de la habitación y acepto la videollamada.

La imagen de Brune ocupa por completo la pantalla, su radiante sonrisa ilumina mi corazón.

Me muestra con orgullo el diente que ha perdido, y no puedo evitar pensar lo hermosa que está.

Mi anhelo de abrazarla y estar a su lado se intensifica mientras escucho con suma atención todo lo que me cuenta.

Cada palabra de su relato es un bálsamo para mi alma cansada.

De repente, Néstor interrumpe la comunicación, insinuando que tengo asuntos más importantes que atender. Percibo que sus palabras van más allá de su significado literal.

—No sabía que estabas ocupada, mamá. Disculpa —dice Brune con una nota de inquietud en su voz.

—No lo estoy, pero no te preocupes… No… —respondo con un hilo de voz entrecortado, luchando contra las emociones que amenazan con desbordarse.

—Por favor, llámame tan pronto como puedas. ¡Te extraño y quiero estar contigo!

—Yo también te extraño mucho.

Siento que el vacío se expande en mi interior, consumiéndome con una sensación de injusticia que parece insuperable.

Con paso cansado, me arrastro por la habitación, todavía vistiendo mi cómodo pijama. Mi búsqueda me lleva al balcón, donde encuentro a Juli sumida en su mundo virtual, sujetando el teléfono con una mano y luciendo unas gafas de sol adornadas con estrellitas que le dan un toque divertido y coqueto.

—¡Buenos días! ¿Tienes hambre? —quiere saber con una leve sonrisa.

El brillo en sus ojos es evidente, por eso respondo intentando sonar alegre:

—La verdad es que sí.

Decidida a sorprenderme, ofrece preparar el almuerzo. Creo que está buscando una oportunidad para cuidarme y mostrarme su cariño.

Me acomodo en un rincón del balcón y, por curiosidad, empiezo a revisar las redes. Ahí me encuentro con algo que me incomoda: Néstor publicó fotos de Brune junto a frases sobre protegerla y nunca dejarla. Sus palabras chocan con mi ausencia y me hacen sentir como si yo fuera la que la abandona.