Capítulo 12 #2
—Disculpa, ¿a qué te refieres?
—Las cámaras. —Señala hacia el dispositivo de vigilancia en la pared con un gesto apresurado.
—¡Ah, ya entiendo! Lo había olvidado. —Asiento, tratando de disimular mi falta de conocimiento sobre el tema.
—Néstor me solicitó acceso a las grabaciones. Podrá ingresar usando esta contraseña —indica, extrayendo un pequeño papel de su cartera, en el que ha anotado la clave.
—Gracias —respondo, aún confundida.
Se despide con una sonrisa amable, como si hubiera cumplido una gran tarea.
Agradecida por su gesto, aunque sin entender del todo la situación, me alejo con rapidez hacia mi apartamento y tomo una bocanada de aire.
La tranquilidad del hogar me envuelve mientras busco las maletas que había guardado ayer, preparándome para mi inminente partida.
El espacio alrededor de mí parece estar impregnado de una mezcla de nostalgia y emoción anticipada, recordando que pronto lo abandonaré para siempre.
—¿Mejor?
—No. —Suspiro, dejando escapar mi cansancio.
—Tu voz suena un poco más animada, ¿sabes?
—Pues no sé… Sigo agotada y con el humor por los suelos.
—Quiero evitar que caigas en otra crisis.
—¿Me estás espiando? ¿Soy tan predecible?
—Vamos, estoy aquí al teléfono para animarte.
Julieta tiene esa habilidad asombrosa de convencer y persuadir.
Mientras seguimos conversando con una actitud positiva, siento que su presencia virtual me da fuerzas para enfrentar la tarea de empacar mis pertenencias en las maletas.
Su voz suena cálida y amigable al otro lado de la línea, y me recuerda que no estoy sola.
—Perdona, Juli. Debo colgar. Néstor me está llamando —digo con un dejo de tristeza.
—Ah, tu ex.
—Sí, no necesitas recordármelo —replico con una pizca de resentimiento—. Bueno, en realidad, supongo que es Brune.
—Y luego toma ese tren, ¿de acuerdo? Necesitas este cambio.
Es evidente que ella se encargará de hacerme ver la importancia de seguir adelante. Cierro los ojos por un momento antes de aceptar la llamada de Néstor.
Escucho los gritos de felicidad de Brune al otro lado de la línea, su risa inocente y contagiosa llenan mi corazón de alegría. Esos sonidos son un bálsamo para el alma cansada.
—¿Todo bien, cariño? —pregunto, anhelando escuchar su respuesta.
—¿Se nota, mamá? —exclama.
—Sí, mi vida. Me gustaría saber qué te tiene tan emocionada.
—Estamos en una granja, ¡es un lugar maravilloso! Papá está siendo muy divertido.
Una sonrisa se me escapa al notar la emoción en su voz.
—Me alegra escuchar eso, mi vida. Disfruta mucho en la granja —le respondo.
—Y más tarde, vendrá el tío Uriel a acompañarnos. ¡Es lo mejor! Vamos a jugar al fútbol.
La felicidad de Brune es palpable a través del teléfono, y no puedo evitar sentir un atisbo de tristeza al no poder estar allí con ella. Pero me consuelo sabiendo que al menos está rodeada de amor y diversión.
—¡Qué bueno, mi vida!
—¿Por qué no vienes?
—Me encantaría estar contigo… —susurro con nostalgia.
Escucho la voz de Néstor, pidiendo a Brune que no diga esas cosas. Sé que es difícil para él también, pero solo quiero conectarme con mi pequeña.
—Te prometo que las cosas serán mejores para todos, Brune. Mientras tanto, estoy aquí cuidando de tu hermanita peluda.
Una pequeña risa se le escapa al mencionar a Cleo. A veces olvido cuánto la extraña y cómo nuestra ausencia también la afecta.
Brune continúa compartiéndome sus experiencias en la granja, detallando los animalitos que ha conocido y las nuevas cosas que ha aprendido. Su voz se llena de entusiasmo y curiosidad, mostrando la inocencia y la maravilla de la infancia.
—¿Puedo llamarte más tarde, ma?
—¡Claro que sí! Siempre estaré aquí para ti, mi vida.
—Te amo mucho, mamá. Te mando un fuerte abrazo a través del teléfono.
Su amor incondicional me envuelve, y siento cómo mis ojos se inundan de lágrimas de alegría y tristeza combinadas.
—Oh, y quiero un besito esquimal —añade, su voz llena de ternura.
—Esta noche, voy a cerrar los ojos y soñar contigo. Te daré ese besito esquimal en nuestros sueños —le aseguro con una sonrisa.
—¿Me lo prometes?
—¡Lo juro! —respondo con cariño—. Oye, peque… ¿Me puedes pasar con papá?
Escucho a Brune preguntarle a Néstor mientras mi corazón vuelve a llenarse de tristeza.
Sé que el siguiente momento será difícil, pero necesitamos resolver algunas cosas.
Hay un breve silencio en la llamada, y puedo imaginar a Néstor alejándose para hablar conmigo en privado.
Mi corazón se tensa, esperando escuchar una voz comprensiva y calmada, pero la frialdad en sus palabras me hiere hasta los huesos.
—¿Qué quieres?
—Mariano me habló de las cámaras de seguridad —digo con cierta vacilación.
—¿Qué? —Su voz suena nerviosa, como si lo hubiera tomado por sorpresa.
—Sí, me dio la contraseña para acceder a las grabaciones. La tengo aquí, te la enviaré por mensaje.
—Bien, ¿ahora?
Reviso el reloj y noto que estoy retrasada. La situación me cae encima y sé que no puedo seguir perdiendo tiempo.
—Después. No te preocupes, lo haré más tarde. Tengo que colgar.
Finalizo la llamada, sintiendo un nudo en la garganta mientras enfrento las consecuencias de mis decisiones y el peso de las despedidas que se avecinan.
Juli suelta un grito tan estruendoso que todas las personas a nuestro alrededor se detienen para observarnos con curiosidad. Pero nada más importa. Mi corazón late acelerado mientras me acerco con rapidez a ella y, en un estallido de pura euforia, suelto un grito también desenfrenado.
—¡Bienvenida a la costa y a tu hogar! —exclama, irradiando alegría y emoción en cada palabra.
La brisa marina acaricia mi rostro mientras nuestros abrazos se entrelazan, y puedo sentir la energía vibrante que emana desde la playa.
La luz del sol brilla con intensidad sobre la arena dorada, iluminando nuestras sonrisas y llenando el aire con una sensación de libertad y alegría.
De este lugar escapé en mi pasado, y por primera vez logro vislumbrar que aún puede albergar momentos hermosos para mí.
Es como si las olas del océano susurraran secretos de esperanza y renovación.
Sin perder tiempo, nos dirigimos hacia la casa de Juli.
Es la primera vez que tengo el privilegio de visitar su hogar y, mientras cruzamos el umbral, mis ojos se posan en un cuadro de gran tamaño que adorna una de las paredes.
Es una fotografía enmarcada de la graduación, capturando un instante en el tiempo en el que ambas lucíamos vestidos elegantes.
Al lado nuestro, también están Daniel y Marcos.
¡Maldición! ¿Cómo es posible que todavía me afecte su sonrisa, esa imagen congelada en el tiempo?
Siento un pellizco de nostalgia al recordar aquellos días, cuando nuestras vidas seguían un camino común antes de tomar distintos rumbos.
Suspiro y dejo atrás un poco del pasado mientras sigo a Juli al salón.
El atardecer se va apagando y el cielo se pinta de naranjas y rosas que se reflejan en el mar.
Extrañaba esos colores y el olor salado del océano.
Las olas marcan el ritmo de este reencuentro.
Juli se mete en la cocina y yo me acomodo en el sofá; entre risas y recuerdos, todo se siente cálido y familiar. Es como volver a la esencia de la costa, a mis raíces, y a la compañía de una amiga que siempre estuvo ahí para sostenerme.
La noche avanza y el cielo se cubre de estrellas.
La charla fluye fácil, entre recuerdos y planes.
En esta casa junto al mar, siento cómo la vida tiene esa forma mágica de unir historias y devolvernos a sitios que parecían olvidados.
El sonido de las olas se cuela por la ventana y me envuelve una paz enorme.
Este reencuentro se siente como un nuevo comienzo lleno de esperanza.
Los colores, los sonidos y los abrazos me recuerdan que, aunque los caminos se bifurquen, siempre podemos volver a encontrar la belleza y la felicidad en lo que amamos.
Néstor, 11:56 pm
¡Estuve esperando toda la tarde la clave de la cámara! Por favor, ahora.
Me duelen profundamente las palabras de Néstor, sin un mínimo rastro de cariño en el tono que utiliza. Es como si, de pronto, se hiciera evidente algo que nunca quise admitir: tal vez siempre fue así…
Cuando siento que el bajón me está por atrapar, Juli aparece como un destello. Con solo tenderme la mano y esa energía desbordante, consigue que me olvide del teléfono y de Néstor. Sus ojos cómplices y su sonrisa hacen que todo parezca más fácil.
—¡Suelta ese maldito teléfono, So! —exclama con determinación y alegría—. ¿Quieres bailar conmigo?
Esas palabras me cambian el ánimo. La tristeza se va y aparece una chispa de esperanza. Sin pensarlo, tomo su mano y dejo el celular a un lado, dejándome llevar por su energía.
De repente, todo alrededor se siente distinto: las preocupaciones se disipan y lo que pasó hace un rato ya no importa. Cierro los ojos y me dejo llevar por la música. Con Juli cerca, encuentro fuerzas para seguir adelante y recordar que también merezco ser feliz.
Este baile improvisado me hace pensar que, al final, la vida es un poco así: elegir cómo moverse y cómo enfrentar lo que venga. Bailo con cierta torpeza, pero con ganas, y ya no hay lugar para el dolor ni las dudas, solo la alegría de estar acompañada.