Capítulo 12
No puedo moverme de la cama. Mi caída parece no tener fin, lo único que quiero es desvanecerme entre las suaves sábanas y fusionarme con el mullido almohadón.
El enojo me ha privado de un sueño reparador, dejando mi rostro hinchado y empapado en lágrimas, mientras un dolor intenso se aferra a mi pecho.
En medio de la noche, el pánico se apoderó de mí, y por un instante creí que la locura se adueñaba de mi mente.
Desde entonces, me encuentro en un estado de inmovilidad, como si algo vital en mi interior se hubiera extinguido para siempre.
El teléfono no dejó de sonar, pero lo ignoré, igual que he ignorado mis sueños y deseos durante tantos años.
Finalmente, abro los ojos al percibir una presencia reconfortante a mi lado.
Es Cleo, que me observa con una mirada profunda y expresiva.
Estoy convencida de que los animales poseen la capacidad de comunicarse a través de una conexión telepática, aunque todavía no puedo escuchar su voz en mi mente.
Sin embargo, nuestra complicidad me permite comprender sus necesidades sin palabras.
—Vienes a pedirme comida, ¿verdad, mi reina? —susurro con una voz adormilada y cargada de afecto.
Cierro los ojos una vez más, sintiendo el peso opresivo sobre mis párpados.
Cleo se acurruca a mi lado, apretando su cuerpo peludo contra el mío.
Siempre hemos compartido la cama, pero anoche, en un gesto de comprensión, me dejó a solas con mis pensamientos.
Supongo que fue su manera de honrar mi estado de crisis, respetando mi necesidad de espacio y soledad.
Me despierto sobresaltada. El insistente timbre del teléfono interrumpe el silencio.
Mi cabeza late con intensidad, me siento abatida y me reprocho haberme quedado dormida en primer lugar.
Cleo bosteza y, con el objetivo de no perturbar su sueño apacible, me muevo con lentitud para alcanzar el teléfono. Respondo con falta de entusiasmo.
—¿Sofi? —La suave voz de Juli me recibe al otro lado de la línea—. ¿Estás bien?
—No —respondo sin pretender ocultar mi angustia.
—Siento ser una molestia… ¿Qué ha ocurrido?
Permanecemos en silencio durante unos minutos. Juli muestra una paciencia inquebrantable, esperando a que encuentre las palabras para compartir mis tormentos. Sin saber por qué, cuando imagino su rostro reflejando profunda preocupación, una risa descontrolada escapa de mis labios.
—Perdona —le digo, intentando contenerme—. No debería reírme.
—Es una reacción natural de tu cuerpo para reducir los niveles de cortisol. Investigué al respecto, por eso lo sé. ¿Recuerdas cuando experimentaste algo similar tras el fallecimiento de tu padre?
Por supuesto que sí. Me encuentro convencida de que la cordura se me escabullirá de las manos en cualquier instante.
—Creo que estoy perdiendo la cabeza.
—¡No, So! —Su voz se llena de empatía—. Bueno, tal vez sí, pero yo también.
Esta vez, una sonrisa más genuina se dibuja en mi rostro.
—Debes venir.
—No estoy segura…
—Quiero ayudarte —susurra con ternura—. Sabes que te cuidaré como si fueras de cristal. ¡No me hagas ir a buscarte, Sofía!
Cleo sigue ronroneando mientras le acaricio la cabeza y la barriga. Se tumba boca arriba, exudando una expresión de pura felicidad.
—Está bien… —murmuro sin ganas.
Antes de colgar, Juli me informa que ha comprado mi boleto. El tiempo apremia y tengo poco margen si quiero rehacer mis maletas y prepararme para lo que está por venir.
Vivimos en un acogedor apartamento en planta baja, y nos consideramos afortunados por ser los únicos con acceso a un encantador patio.
Mientras me aplico hielo en la cara y sobre los ojos para bajar la hinchazón, una sensación de melancolía se apodera de mí al recordar que en pocos días tendré que abandonar este querido hogar que ha sido testigo de tantos momentos especiales.
Luego, con paso resignado, me dirijo hacia el primer piso del edificio en busca de ayuda. La puerta de mi vecina, Ramona, se abre de par en par cuando llego. Su rostro se ilumina al verme y me habla con calidez.
—¡Hola, Sofi! ¿Cómo estás? —me saluda con efusividad, invitándome a pasar.
—Bien, gracias. ¿Y tú? —respondo, adentrándome en su hogar, donde se respira un ambiente tranquilo y familiar.
Sin demora, Ramona se ofrece a preparar té helado, una especialidad suya. Mientras sirve los vasos, mis ojos se posan en un pequeño cachorro que descansa en el sofá, con una mirada cargada de temor. Mi corazón se entristece al pensar en el maltrato que sufrió antes de que Ramona lo rescatara.
—Pobrecito… No entiendo cómo la gente puede ser tan cruel —comento, dejando escapar un suspiro compasivo.
—Así funciona este mundo, pero sigo teniendo esperanzas de que algún día esto cambiará. Lo vamos a lograr —responde con convicción, mientras asiento en acuerdo.
La responsabilidad de forjar un futuro mejor recae en nuestras manos, los adultos, y no debemos defraudar a las nuevas generaciones.
—¿Pudiste conseguirle un hogar?
—¡Sí! Ahora tengo que llevar a cabo algunas entrevistas para asegurarme de que estará en buenas manos. No puedo dejarlo en las garras de cualquiera —expresa con orgullo.
Ramona comparte los avances en el rescate. Su dedicación y determinación para encontrarle un lugar seguro y amoroso son elogiables.
La admiro por su valiosa labor y por ser un faro de esperanza en este mundo, a veces oscuro y despiadado.
Ramona ladea la cabeza, sus rulos se comportan como traviesos resortes que le otorgan un encanto adicional. Sus ojos brillan mientras me sonríe, y un rubor sutil invade mis mejillas al recordar una confidencia que compartí con ella.
—¿Cuándo me dejarás leer tu libro? —pregunta con una curiosidad genuina.
El rubor en mis mejillas se intensifica, pero no puedo evitar sonreír ante su entusiasmo.
—No debería habértelo contado… —murmuro con timidez.
Ramona no se deja amilanar.
—¡Oh, vamos! No puedes vivir en la sombra para siempre. Creo que tienes un talento innato. Además, no cualquiera se anima a escribir un libro, ¿sabes? Muchas personas ni siquiera se atreverían a intentarlo.
Una chispa de esperanza y confianza se enciende en mi interior al escuchar sus palabras. Me planteo la posibilidad de que, en cualquier momento, tal vez no muy lejano, pueda compartir mis historias con el mundo.
—Algún día… —respondo emocionada y, en parte, aprensiva ante la idea de dar a conocer mis pensamientos más íntimos.
—Bueno, eso es mejor que negarse así —afirma con una sonrisa alentadora.
Intercambiamos miradas cómplices y una corriente de afecto genuino se establece.
En otro momento de mi vida, tal vez hubiera considerado invitarla a una cita para terminar la noche envuelta entre sus sábanas, pues Ramona reúne en sí misma una combinación irresistible de amabilidad, apoyo y una belleza innegable.
Pero esa es otra de mis historias imaginarias, ahora mis pensamientos siguen enfocados en otra dirección.
—No quiero hacerte perder tiempo con la entrevista para el cachorro —le digo, señalando al pequeño—. En realidad, venía a pedirte un favor.
Ramona se muestra dispuesta desde el principio, lista para ayudar en lo que sea.
—Claro, dime qué necesitas.
—Estoy de vacaciones.
—¡Cierto! Oh… —Hace una pausa, entrecerrando los ojos—. ¿Y el viaje?
—Pues hubo algunos cambios de planes. Me voy a ir a la costa.
—¿No fue allí donde naciste y creciste?
—Así es. Me gustaría que cuides a Cleo durante esta semana. ¿Será posible?
—¡Claro que sí, Sofi! ¿Cómo podría negarme? Estaré encantada de tener más animalitos cerca.
Decidí recurrir a ella en lugar de pedirle ayuda a Lucía, ya que sabía que podía confiar en Ramona sin dudarlo.
—Aquí tienes una copia de la llave. —Se la entrego sobre la mesa—. Solo necesitas pasar a ver a Cleo y asegurarte de que esté bien…
—Lo tengo claro. No te preocupes, sé cómo cuidarla. Puedes confiar en mí.
Abro la boca para agregar algo más y ella se adelanta.
—Me aseguraré de cerrar bien con llave cada vez que pase por tu casa. No soy descuidada.
—¡Gracias! —Suspiro, depositando una gran confianza en ella—. Y por el té también.
Ramona me acompaña hasta la puerta y nos despedimos.
—Que disfrutes de tus vacaciones, bella —me desea con una sonrisa.
—Te debo un favor.
Nos damos un breve abrazo antes de que nos vea algún vecino entrometido que pueda malinterpretar nuestra cercanía.
Recuerdo una advertencia del sujeto del tercer piso sobre Ramona y sus supuestos encuentros nocturnos con mujeres, y no tuve piedad al dirigirle palabras no muy amables en respuesta a sus comentarios. No deseo verla envuelta en situaciones problemáticas ni permitir que se difundan rumores.
Me reconforta constatar que, durante unos breves minutos, logré escapar de la carga de mi propia vida, del tiempo limitado que me queda para despedirme de este acogedor lugar que tanto he considerado mi hogar.
Mientras desciendo sin ganas por las escaleras hacia la planta baja, me encuentro con Mariano, otro habitante del primer piso. Por dentro, lanzo un suspiro y ruedo los ojos con disimulo. No estoy de humor para aguantar sus monólogos interminables de hombre frustrado.
—¡Buenos días, vecina! ¿Cómo estás? —me saluda él con un entusiasmo exagerado.
—Muy bien, gracias —respondo con cortesía, evitando indagar sobre su estado de ánimo para no darle pie a sus interminables divagaciones.
A medida que avanzo y me acerco a él, Mariano comienza su típico parloteo.
Inicia por el clima, lamentándose del alto costo de vida, de los impuestos, del precio del dólar y de otros temas enredados que a menudo parecen abrumarlo.
Aunque no lo admita, en el fondo lo echaré de menos cuando me vaya de este lugar.
—Ah, por cierto, ¿está Néstor en casa? —pregunta con un dejo de esperanza.
—Oh, no. ¿Necesitas algo en particular?
—Ya que estás aquí, aprovecho para pedirte que le transmitas a Néstor que las grabaciones están listas —continúa, señalando hacia una esquina del muro donde ha instalado una cámara hace algunos meses, tras un intento de robo en el edificio.